CAPÍTULO 21 #2
—Esta noche te lo borramos. Pero no como él te lo hizo a ti.
Te lo voy a borrar mientras te follo. Mientras te corres.
Vas a estar tan llena de mí que no vas a saber dónde acaba el dolor y dónde empiezo yo.
Y dentro de veinte años, cuando te mires la pierna en la ducha, no te vas a acordar de una celda.
Te vas a acordar de esta noche, de mi polla dentro y de cómo gritabas mi nombre.
—Estás enfermo.
—Y tú estás empapada. —Le paso los dedos entre las piernas y se los enseño, brillando—. Mírate. Te hablo de abrirte la pierna y te pones así.
Se tapa la cara con las manos. Se le escapa una risa rota que es casi un sollozo.
—Hazlo —dice, detrás de las manos—. Hazlo antes de que me arrepienta.
—No te vas a arrepentir. —La cojo en brazos—. Te vas a desmayar, que es distinto.
VICTORIA
Me tumba boca arriba en la tumbona, sobre los cojines blancos, y lo primero es el alcohol: una gasa empapada que me pasa por el muslo de la cadera a la rodilla, tres veces, y el frío me eriza la pierna entera y me pone los pezones duros.
El jardín huele a hospital, a cloro y a hierba, y yo estoy desnuda bajo un cielo lleno de estrellas, con el corazón dándome golpes en la garganta, mirando la caja abierta.
Darío no coge el bisturí. Se arrodilla entre mis piernas y me coge la mano izquierda, la del anillo, y me besa los nudillos, uno por uno.
—Antes del bisturí, otra cosa.
—¿Qué cosa?
Me da la vuelta a la mano y me pasa el pulgar por el borde del engaste, por la ranura por donde salieron las tres hojas la noche del laberinto, la que estaba lisa y vacía cuando me desperté en aquel castillo.
—Las cuchillas —dice—. Las guardé la noche del laberinto. Limpias, en un pañuelo. El jueves vino el joyero, mientras dormías con las pastillas de Gery, y te las volvió a montar en el dedo. Cuarenta minutos, con una lupa y unas pinzas, y tú roncando. No te enteraste de nada.
Me miro el anillo. Por fuera no se ve nada distinto. El diamante enorme, la talla marquesa, el engaste liso.
—Me las has puesto mientras dormía.
—Te he puesto un arma en el dedo mientras dormías. Dicho así suena peor. —Me besa la palma—. Ya sabes cómo funcionan. La palabra la dices tú. Y el pulso tiene que pasar de ciento treinta.
—Darío…
—Así que vamos a subirte el pulso, nena.
Me coge la muñeca y me pone la mano del anillo abierta encima de la letra, la palma entera contra la piel levantada de él. Y entonces me la mete.
Lo hace de rodillas, entre mis piernas, cogiéndome la pierna izquierda por la corva y doblándomela hacia el pecho, abierta hacia fuera, para que el muslo y la letra queden hacia arriba, a la luz, con mi mano encima.
Entra despacio y hasta el fondo, mirándome la cara, y se queda ahí, enterrado, con su mano sujetando la mía contra mi pierna.
—Mírame a mí —dice—. No a la letra. La letra ya la tapas tú.
Lo miro. Empieza a moverse.
Al principio largo y lento, sacándola casi entera y volviendo a meterla, y cada vez que entra me aprieta la mano contra el muslo, y cada vez que sale afloja, y es como si me follara a través de mi propia mano.
Con la que le queda libre me busca el clítoris con el pulgar y lo frota en círculos pequeños, al mismo ritmo.
No dice nada. Me mira, y de vez en cuando mira la pulsera, y vuelve a mirarme.
—Rosa —dice—. Rojo. Rojo. Rojo oscuro.
—Deja de leerme…
—Te leo lo que me dé la gana. Eres mía, y lo que te pase por dentro también.
Acelera. Ahora me folla de verdad, con golpes que me mueven entera sobre los cojines y hacen crujir la tumbona, y la pierna doblada contra el pecho hace que me llegue a un sitio que me deja sin aire en cada embestida.
Su pulgar no para. Noto el pulso en el cuello, en las sienes, en el coño, alrededor de él, cada vez más deprisa, y noto el anillo frío debajo de la palma, esperando, y empiezo a subir.
Es como una ola que se recoge antes de romper: todo se me tensa a la vez, el vientre, los muslos, los dedos de los pies, la mano encima de la letra. Se me arquea la espalda. Se me abre la boca.
—Ahora —me dice, y me aprieta la mano contra el muslo—. Dilo.
—Diavolina.
Me sale gritado, en mitad del orgasmo. Me estoy corriendo cuando oigo el clic.
Es un ruido pequeño, metálico, dentro del anillo, y al instante siento las tres hojas salir debajo de mi palma, frías, contra la letra. Darío me coge la muñeca con fuerza y tira de mi mano hacia abajo, de un solo golpe, sin dejar de follarme.
Las tres cuchillas me abren la pierna.
No me duele hasta que acaba. Lo noto como tres líneas de hielo que bajan por encima de la B, cruzándola de arriba abajo, partiéndole las dos barrigas, rompiéndola en trozos, y mientras tanto me sigo corriendo, me contraigo alrededor de él una vez, otra, otra, y la sangre sale caliente y me resbala por el muslo hacia el cojín, y él no para, me la sigue metiendo hasta el fondo con la mano encima de la mía, encima de mi sangre.
Luego llega el dolor, de golpe, como una puerta que se abre en una habitación en llamas, y grito, y el grito se me junta con el final del orgasmo y ya no sé qué es qué.
—Ya está —me dice, con la voz ronca, con la frente pegada a la mía—. Ya está, nena. La has roto tú. Con tu mano. La primera vez la has roto tú.
Me suelta la muñeca. Me miro la mano: la palma roja, las tres cuchillas fuera, pequeñas, brillando con la luz de la piscina y manchadas de mí. Me miro la pierna: tres rayas abiertas cruzando la letra de arriba abajo, y la B partida debajo, rota, deshecha, sangrando.
Me echo a llorar y a reír a la vez.
—La he roto.
—La has roto. —Me besa la frente—. Ahora me toca a mí.
Sale de mí. Se sienta en el borde de la tumbona y me sube encima de él, a horcajadas, de cara, y me vuelve a meter la polla de una vez, desde abajo, y me quedo sentada en él, empalada, con la pierna rota de sangre encima de su muslo derecho, abierta hacia fuera, a la altura de su mano.
Coge el bisturí. Rompe el sobre con los dientes.
—Ahora la D —me dice al oído—. Encima de lo que has roto. Y luego la relleno. Va a ser lo peor que te han hecho en tu vida, nena. Y no vas a poder decirme que pare, porque no vas a querer.
Le paso los brazos por el cuello. Asiento contra su hombro. Es lo único que puedo hacer.
—Muévete.
Me muevo, despacio, subiendo y bajando sobre él. Me apoya la punta arriba del todo, en la cadera, y espera a que baje.
Cuando bajo, corta.
El bisturí no es como el anillo. El anillo fue un golpe.
Esto es lento, y es peor, mucho peor, porque lo noto entrar.
Noto la punta hundirse en la piel, noto cómo cede y cómo se abre paso hacia abajo con una presión fría que se vuelve caliente medio centímetro detrás, como si alguien me estuviera abriendo con un hilo de metal al rojo, y lo noto todo, cada milímetro, la piel separándose, el borde de la herida levantándose, la sangre saliendo detrás del metal como el agua detrás de un barco.
Me arqueo hacia atrás. Grito con la boca contra su cuello, le muerdo el hombro hasta que noto su sabor, me agarro a su pelo con los dos puños y tiro, y él no se mueve, no se queja, sigue bajando la hoja, sigue sujetándome la cintura, sigue moviéndome encima de él.
—Grita —me dice—. Grita todo lo que quieras. Grítamelo a mí.