CAPÍTULO 21
DARÍO
A las once y media bajo yo primero. La piscina está como ordené dejarla: las luces de dentro encendidas, un azul que se vuelve morado hacia el fondo, el agua a treinta y un grados y el resto del jardín a oscuras, con los limoneros convertidos en sombras y el olor de la hierba recién regada subiendo del césped.
Anna sale por la puerta de la cocina con una bandeja: champán en una cubitera, una botella de whisky, dos copas y un plato de fresas que nadie le ha pedido. La deja en la mesa baja, entre las dos tumbonas, sin mirarme a la cara.
—¿Algo más?
—Sí. Que te pongas los cascos, subas la tele y no bajes aunque oigas gritos.
Anna aprieta la bandeja vacía contra el pecho.
—¿Gritos de qué?
—De los que hacía tu marido cuando tenía treinta años, Anna. Si es que los hacía.
Se pone roja hasta la raíz de la trenza, me suelta algo en mexicano sobre los hombres de esta familia y la madre que los parió, y se va arrastrando las zapatillas a toda la velocidad que le dan las rodillas.
Apago las cámaras del jardín desde el móvil, cuatro pitidos que esta casa no había oído nunca, y cierro con código las tres puertas que dan afuera.
Después saco la caja de acero que me ha dado Gery, y la dejo abierta encima de la tumbona doble: un bisturí del número once en su sobre, gasas, alcohol, vendas.
Me sirvo un whisky y me siento a esperarla.
Sale a las doce menos cinco con una camiseta mía puesta, la negra con las letras D lleva el pelo suelto y mojado de la ducha, el pie vendado, y cojea un poco por el césped, como si desconfiara de él.
Se para a dos metros de mí y se cruza de brazos.
—Tengo frío.
—Hace veinte grados.
—Pues tengo frío igual.
Me subo la manga de la camisa y le enseño la muñeca. La pulsera está roja de arriba abajo, un rojo espeso que late deprisa.
—Eso no es frío, nena. Eso es otra cosa. Y la tienes desde que has visto que te esperaba sin camisa debajo de esta.
—No llevas camisa debajo de la camisa.
—Por eso.
Le cuesta no reírse. Lo veo en la comisura, que le tiembla.
—Eres un creído.
—Soy un hombre con una pulsera que no miente. Ven aquí.
No viene. Mira la tumbona: la caja abierta, el sobre del bisturí, la luz morada brillando en el plástico. Se le va el color de la cara, y en mi muñeca la pulsera se mancha de negro un segundo antes de volver al rojo.
—¿Es para esta noche?
—Es para cuando tú quieras. Si es esta noche, es esta noche. Si es dentro de un año, me espero un año. —Le enseño el vaso—. Pero te aviso de que llevo dos semanas durmiendo en un sillón y la paciencia ya me la he gastado entera.
Se acerca. Me quita el vaso de la mano, se bebe la mitad de un trago y me lo devuelve con una mueca.
—¿Va a doler?
—Mucho.
—Podías mentirme un poco.
—Para eso tienes a tu madre. Yo te follo y te digo la verdad. —Dejo el vaso—. Y ahora quítate mi camiseta, que me la vas a mojar.
—Si todavía no estoy mojada.
—Dame dos minutos.
Me quito la ropa sin prisa, delante de ella, y me meto en el agua. Me sumerjo, salgo, me echo el pelo hacia atrás y apoyo los brazos en el borde, a la altura de sus pies.
Ella se queda de pie mirándome desde arriba, y luego coge la camiseta por el borde y se la sube muy despacio, sin dejar de mirarme.
Le veo aparecer los muslos, las costillas que todavía se le cuentan, las tetas al final.
La deja caer en el césped. En el muslo izquierdo, por fuera, tiene la letra: rosa, levantada, del tamaño de mi mano.
Es lo más bonito que he visto en mi vida, y lo que más rabia me da del mundo, y las dos cosas me la ponen dura igual.
Se sienta en el borde, con los pies en el agua, a un palmo de mi cara.
—¿Y ahora qué?
Le cojo los tobillos y le abro las piernas.
—Ahora ceno.
Se le escapa una carcajada que se le corta a la mitad, porque ya tengo la boca en la cara interna de su muslo derecho, justo encima de la rodilla, y voy subiendo.
Despacio, a besos abiertos, dejándole la piel mojada y soplando encima para que se le erice.
Ella se echa hacia atrás, apoyada en los codos sobre la piedra caliente, con el pelo colgando hacia el césped, y me mira por encima de sus tetas.
Llego arriba y no la toco. Me quedo a un centímetro, respirándole encima, y le noto el calor en la boca y el olor, el de ella mezclado con el cloro. Levanta las caderas buscándome. La sujeto contra la piedra con la mano abierta en el vientre.
—Quieta.
—No me da la gana.
—Pues no ceno.
Se queda quieta, mordiéndose el labio.
Le paso la punta de la lengua por el borde de fuera de los labios, primero por la izquierda, de abajo arriba, y luego por la derecha, de arriba abajo, sin meterme, rodeándola entera.
Le tiemblan los muslos a los lados de mi cara.
Luego le cojo un labio entre los míos, el izquierdo, me lo meto en la boca y lo chupo despacio, tirando un poco, hasta que se me escapa con un ruido mojado, y hago lo mismo con el derecho, y vuelta al izquierdo, y ella se agarra al borde de la piscina con una mano y con la otra a mi pelo.
Con los dos pulgares le abro los labios hacia los lados y la dejo expuesta debajo de la luz morada, brillante, hinchada, y me quedo mirándola un segundo, solo mirando, para que sepa que la estoy mirando.
—Darío, por Dios…
—Chsst.
Le paso la lengua plana desde abajo del todo, desde donde casi empieza el culo, hasta arriba, una sola vez, ancha y lenta, apretando, y me paro justo antes del clítoris. Otra vez. Y otra. A la cuarta se le arquea la espalda y le sale un gemido largo que se le rompe en la garganta.
Entonces le subo la piel de encima del clítoris con el pulgar, tirando hacia su vientre, y se lo dejo al aire, pequeño, duro, y le doy con la punta de la lengua, rápido, de lado a lado, muy flojo, casi sin tocarlo, hasta que empieza a mover las caderas sola, a perseguirme.
Cuando se mueve, paro. Cuando se queda quieta, vuelvo.
Lo aprende enseguida: se queda quieta temblando entera, con los nudillos blancos en el borde de piedra, para que no me pare.
Le meto la lengua dentro, dura, todo lo que da, y la muevo ahí, doblándola hacia arriba, mientras le aprieto el clítoris con la nariz.
La noto apretarse alrededor de mi lengua.
Salgo, subo, le cierro la boca entera alrededor del clítoris y chupo, despacio y fijo, como un pulso, mientras con la lengua le doy pequeños golpes por debajo, y le meto un dedo, uno solo, hasta el fondo, y lo curvo hacia mí buscando la zona rugosa de detrás del hueso, y aprieto ahí al mismo tiempo que chupo.
Le arranco un grito que rebota en la fachada.
—¡La casa, Darío!
—La casa ha cobrado este mes —le digo, sin sacar la cara, con la boca contra ella, y la vibración de mi voz le hace dar un respingo—. Que se aguante.
No me deja terminar. Me coge del pelo con las dos manos, me saca la cara de entre sus piernas y se baja al agua de un salto, delante de mí, con los ojos brillando y la boca mojada de reírse.
—Siéntate en la escalera.
—¿Me estás dando órdenes en mi piscina?
—Siéntate en la escalera o te ahogo, y me quedo con la casa y con el león.
Me siento en el segundo escalón, con el agua por la cintura, y ella se pone de rodillas en el de abajo, entre mis piernas, con el agua por las tetas. Me la coge con las dos manos y me mira desde abajo, con el pelo pegado a los hombros, y se la mete en la boca.
Me la come con ganas, entera, hasta el fondo, hasta que se le saltan las lágrimas, y la saca y me pasa la lengua por debajo, despacio, de la base a la punta, mirándome a los ojos todo el rato.
Cuando vuelve a metérsela, le pongo la mano en la nuca y la dejo bajar sola, y la noto llegar hasta donde no le cabe y quedarse ahí, quieta, respirando por la nariz, aguantando, hasta que la saco yo tirándole del pelo y sale tosiendo y riéndose, con un hilo de saliva entre la boca y mi polla.
—Me vas a matar —le digo.
—Esa es la idea. —Se limpia la barbilla con el dorso de la mano—. Llevas dos semanas tratándome como si fuera de cristal. Ya está, Darío. Ya no me rompo.
La levanto por debajo de los brazos, la saco del agua y la doblo encima del bordillo, boca abajo, con el pecho y la cara sobre la piedra caliente y las piernas dentro del agua.
Le doy un azote en el culo que suena en todo el jardín, y otro en la otra nalga, y se le quedan las dos marcadas, rojas, con mis dedos.
—¿Y esto? ¿Te rompes con esto?
—Ni un poco —dice contra la piedra, con la voz temblando de ganas.
Le cojo las caderas y se la meto de una vez, desde atrás, hasta el fondo.
Se le corta el aire. La follo así, de pie en el escalón, con el agua chocándome en los muslos y saltando por encima del borde a cada embestida, con una mano en su cadera y la otra enredada en su pelo, tirándole la cabeza hacia atrás para verle la cara.
Tiene la boca abierta, los ojos medio cerrados y la mejilla roja de la piedra, y me dice cosas que no me había dicho nunca, sucias, que no pare, que más fuerte, que la parta en dos.
Le subo la pierna izquierda al bordillo para entrar más hondo, y la noto empezar a apretarse alrededor de mí.
Y de golpe se para.
Se queda rígida, con los muslos temblando, pero ya no de lo mismo. Le miro la cara por encima del hombro y tiene los ojos clavados en su pierna, en la que le acabo de subir a la piedra, en la letra.
Salgo de ella despacio.
—No puedo —dice, sin mirarme—. Estoy ahí y la veo.
La giro, la siento en el bordillo, me siento a su lado y le pongo la mano encima de la letra, tapándola entera. Debajo noto el relieve de cada raya, caliente.
—Escúchame bien, porque no te lo voy a repetir. —Le cojo la barbilla con la otra mano—. Ese cabrón te hizo esto gritando de dolor, con la rodilla en tu espalda, contando las letras. Y tú llevas dos semanas oyéndolo contar en la ducha, en la cama y en mi cara cuando te toco.
Le tiembla el labio.