NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 20 #3
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CAPÍTULO 20 #3

—Gracias. Le voy a regalar una nevera. —Me guiña el ojo—. Para el hermano.

Corta, y me quedo mirando la pantalla negra hasta que oigo abrirse la puerta de la biblioteca.

La psicóloga sale primero. Pasa por mi lado, me mira de arriba abajo sin pararse, ve el móvil en mi mano, y sigue andando hacia la entrada con Enzo detrás a dos metros, el rifle a la espalda y un paquete de galletas en la mano.

—Señor Di Marco —me dice sin girarse—. Tiene el móvil al revés.

Le doy la vuelta sin mirarlo, porque detrás de ella sale Victoria y se para en el umbral de la biblioteca.

Lleva un pantalón de algodón gris, una camiseta mía y unas zapatillas de Anna de borreguito, una normal y la otra cortada por delante para que le quepa el pie vendado.

Tiene una tarjeta en la mano y la cara mojada, pero sonríe.

No mucho: una sonrisa de las que no se fuerzan, de las que te salen solas y te das cuenta después, cuando ya las tienes puestas. Me mira y me ve en el pasillo, apoyado en la pared, con el móvil, y a mí se me queda el estómago colgando de esa sonrisa como un idiota.

—Estabas escuchando.

—Estaba trabajando.

—Tenías el móvil al revés. Te lo ha dicho Inés al pasar.

—Es una aplicación nueva.

Se me tira encima. Me abraza con todo el cuerpo, con los dos brazos en el cuello y la cara en mi pecho, tan fuerte y tan de golpe que doy un paso atrás contra la pared, y tardo un instante en reaccionar, porque llevo dos semanas sin que me abrace ella primero.

Luego la rodeo con los dos brazos y la aprieto, con cuidado al principio y después sin ningún cuidado, con la nariz en su pelo.

—Quiero que todo vuelva a ser como antes —dice contra mi camisa.

No digo nada, con la barbilla apoyada en su cabeza.

—Lo digo en serio. —Levanta la cara—. Quiero que me discutas. Que me hagas trampas. Que no me pidas permiso con los ojos para todo, que me vas a volver loca de verdad.

—Victoria.

—Y escúchame bien, que esto es lo importante.

—Me coge la cara con las dos manos—. Si un día te digo «para», paras.

Eso sí. Pero lo demás no. No quiero que me trates con miedo a que me rompa.

No quiero vivir pensando en lo que pasó allí arriba.

No quiero que esa montaña me quite también lo que viene después.

Nos miramos, con sus manos todavía en mi cara.

—Y otra cosa.

—Dime.

—La letra. —Le baja la voz. Le sube el color a la cara—. No la quiero.

Me quedo quieto, con las manos en su cintura y la pared fría a la espalda.

—No la quiero ahí, Darío. No quiero llevar su nombre encima. Inés dice que lo que llevo escrito en el cuerpo lo decido yo. Y yo he decidido. —Me aprieta la cara con los dedos—. Arréglamela.

—¿Cómo?

—Tú. Con tus manos. No un cirujano, no un tatuador de Instagram.

Tú. —Le brillan los ojos, y no es solo de llorar.

Hay algo debajo, oscuro, afilado, que no le veía desde antes de la montaña.

Algo mío—. Me dijiste que si quería una D, tendría una D.

Pues la quiero. Grande. Encima. Que no se vea la otra.

Que se trague la otra entera. Y la quiero de ti.

Me cuesta respirar. Me acuerdo de cuando le cambiaba la venda y ella apretaba los párpados para no verme la cara mientras se la miraba, y ahora es ella la que me pide que ponga las manos justo ahí.

—¿Estás segura?

—Sí.

—No. Te lo pregunto otra vez, porque esto te lo pregunto una sola vez y después no te lo vuelvo a preguntar.

—Le cojo la barbilla con dos dedos—. Si me dices que sí, se acabó el hombre del suelo.

Vuelve el otro. El que te gana las discusiones con trampas.

El que no te pide permiso para casi nada.

El que esta noche te va a tener despierta hasta que salga el sol y te va a dejar una cosa en la pierna que vas a llevar toda la vida.

¿Estás segura de que quieres que vuelva ese?

Ella, que hace dos semanas no sabía de quién era mi cara al despertarse, me sostiene la mirada sin pestañear.

—Estoy segura.

—La única palabra que manda es «para». La dices y paro, aunque me esté muriendo. Todo lo demás, se acabaron las preguntas.

—Sí.

—¿Sí, qué?

—Que sí, Darío. Que sí. Que te he echado de menos. —Se le levanta un lado de la boca—. Al cabrón. Al de verdad.

La beso, pero no como la he besado estas dos semanas, en la frente, en la coronilla, en la nuca, con la boca cerrada y pidiendo perdón. La beso como la besaba antes, con la mano en la nuca, por debajo del pelo, empujándola contra la pared del pasillo, sin pedirle nada porque ya me lo ha dado.

Ella me lo devuelve. Se pone de puntillas sobre el pie bueno y me muerde el labio de abajo, fuerte, hasta que noto el sabor a hierro, y yo pienso, con lo poco que me queda de cabeza, que esta mujer ha vuelto a morder.

Me separo lo justo para hablar, con su sangre y la mía mezcladas en la boca.

—Esta noche. A las doce. En la piscina.

—¿Por qué en la piscina?

—Porque es donde no hay paredes.

Me mira, y veo el momento exacto en que lo entiende: tiene los ojos mojados y sonríe a la vez.

—Y no traigas bañador —le digo.

—¿Y si traigo?

—Te lo quito. Que para eso he vuelto.