NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

—Ahora mismo lo que te pasó está en el centro de la habitación.

Lo ves estés donde estés, tropiezas con ello cada vez que te levantas.

Y lo que vamos a hacer, tú y yo, no es tirarlo por la ventana, porque no se puede.

Es ir moviéndolo. Llevarlo hacia una esquina.

Que siga ahí, que sea tuyo, que forme parte de la casa, pero que deje de estar en medio.

—Se inclina un poco hacia delante—. No tienes que olvidar, Victoria. Tienes que dejar de vivir allí.

Me quedo con esa frase, y la repito por dentro mientras miro la piscina por la ventana.

—¿Y cuánto se tarda?

—Lo que se tarde. Y no en línea recta. Vas a tener días muy buenos y, de repente, uno malo, y ese día vas a pensar que has vuelto a empezar. No has vuelto a empezar. Un día malo después de tres buenos no te devuelve al sótano. Es solo un día malo.

—De acuerdo.

—Y otra cosa. Esta es importante. —Me mira por encima de las gafas, que se ha vuelto a poner sin que me dé cuenta—.

Los días buenos también son tuyos. Si un día te ríes, o te apetece arreglarte, o te apetece estar con él, no estás fingiendo.

No estás traicionando lo que te pasó. Querer recuperar tu vida no es mentirte. Es exactamente lo que tiene que pasar.

No sé por qué, pero esa es la frase que más me llega de todas.

Porque llevo días pensando algo que no me atrevía a pensar entero.

Que lo echo de menos. A él. No al que se sienta en el suelo y me cuenta la respiración y me hace aviones con los espaguetis.

Al otro. Al cabrón. Al que me discute en el coche y me gana con trampas y me pone la mano en la nuca y me dice «nena» con ese tono que me pone de mala leche y de otra cosa.

Y cada vez que lo pensaba me sentía una mentirosa, porque desearlo parecía significar que lo de la montaña no había sido para tanto.

—¿Y si quiero…? —Me pongo roja hasta las orejas—. ¿Y si quiero que vuelva a ser como antes? Todo. Con él. Y no estoy preparada. Pero lo quiero igual.

Inés sonríe de verdad por primera vez.

—Entonces el ritmo lo pones tú. Puede ser despacio o puede ser deprisa.

Lo único que no puede ser es obligado. Ni por él ni por ti.

Si quieres algo, lo pides. Si a mitad de camino ya no lo quieres, lo paras.

Y si él es el hombre que yo creo que es, por lo que he visto en cuatro días de que me sigan hasta la frutería, va a parar.

—Parará.

—Entonces no hay ninguna prisa. Pero tampoco ninguna obligación de ir lenta. —Coge su taza—. Tú decides. Esa es la primera cosa que vas a recuperar de todas.

DARÍO

Estoy en el pasillo, a cuatro metros de la puerta de la biblioteca, apoyado en la pared, con el móvil en la mano y una videollamada abierta con el volumen al mínimo.

—Darío, hermano. —Lev se acerca demasiado a la cámara.

Siempre se acerca demasiado. En la pantalla solo le cabe media cara: un ojo azul helado, una ceja con una cicatriz que le sube hasta el nacimiento del pelo rubio, y una barba de vikingo—.

Tienes cara de no dormir. Tienes cara de cadáver.

Tienes la cara de mi tío Vasili el día que lo sacamos del Neva, y mi tío Vasili llevaba tres semanas en el Neva.

—Baja la voz.

—¿Por qué bajo la voz? ¿Dónde estás? —Entorna el ojo—. Estás en un pasillo. Estás escondido en un pasillo de tu propia casa. El Don de Roma, escondido en un pasillo.

—Estoy escuchando.

—¿El qué?

—A una psicóloga.

Lev se queda callado. Se aparta de la cámara. Ahora le veo entero: está sentado en una bañera llena de hielo, en una sauna de madera, con un vaso de algo transparente en la mano y un hombre detrás de él, de pie, con una toalla al hombro y una pistola en la cadera.

—¿Una psicóloga para ti? —dice al fin—. Por fin. Llevo diez años diciéndotelo. Tienes problemas, hermano. Matas con demasiado cariño.

—Para ella.

—Ah. —Cambia de cara. Deja el vaso en el borde de la bañera—. ¿Cómo está tu española?

—Viva.

—Eso ya lo sé. Te mandé el helicóptero, ¿no? Los rusos de Murmansk eran míos. —Se rasca la barba—. ¿Pero cómo está?

Miro la puerta de la biblioteca y oigo, a través de la madera, una risa pequeña, la suya, la que le sale por la nariz cuando no quiere reírse. En la muñeca, la pulsera se me pone rosa un segundo.

—Mejor —digo—. Hoy, mejor.

—Bien. Bien. —Asiente muchas veces—. Dile que en Moscú tengo una caja con su nombre. Una caja de bombones belgas. Me la han regalado los georgianos por no matarles al hermano pequeño. Los bombones están buenísimos, el hermano pequeño no tanto.

—¿Para qué me has llamado, Lev?

—Para lo de Palermo. —Se pone serio. Cuando Lev se pone serio, se le ve de verdad la cicatriz de la ceja, que le baja hasta el párpado—. El viejo ha recibido tu paquete.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Sabes que lo ha recibido.

No sabes lo que ha hecho con él. —Coge el vaso.

Bebe—. Lo ha enterrado. Entero. Bueno, lo que había.

Con misa. Con cura. En el panteón de la familia, en Palermo.

Y después de la misa, ha cogido el teléfono y ha llamado a doce personas.

A las doce sillas, hermano. Las de la mesa redonda.

No digo nada, y la funda del móvil me cruje en la mano.

—Va a convocar la mesa —dice Lev—. Y en la mesa hay una silla vacía, la de su hijo. Y los viejos sicilianos, cuando se sientan delante de una silla vacía, no se levantan hasta que alguien se sienta en ella o hasta que alguien les trae la cabeza del que la ha vaciado.

—Que me la pidan.

—No te la van a pedir, Darío. Te la van a quitar. —Me mira con el ojo helado—. No te estoy diciendo que tengas miedo. Te conozco. No sabes. Te estoy diciendo que no te duermas. Que tienes una mujer en casa que acaba de volver del infierno, y que el infierno tiene amigos en Palermo.

Detrás de la puerta, la voz de la psicóloga dice algo que no entiendo y Victoria contesta «parará».

—Te llamo esta noche, Lev.

—Esta noche no me llames. Esta noche tengo boda. —Se encoge de hombros dentro de la bañera de hielo—. Se casa mi primo. Con una chica de Kazán. Muy guapa. Tiene un hermano que me debe dinero. Así que o el primo tiene una boda muy bonita, o el hermano tiene un funeral muy bonito. Depende del regalo.

—Felicidades.