CAPÍTULO 20
VICTORIA
—Te he traído a una persona.
Lo dice desde la puerta del cuarto, apoyado en el marco, con las manos en los bolsillos y esa cara que pone cuando ha hecho algo sin preguntarme y ya ha decidido que no piensa deshacerlo.
Lleva una camisa negra planchada. Se ha afeitado.
Es la primera vez en dos semanas que se afeita, y sin la barba vuelve a tener la cara de antes, la de hijo de puta guapo que sale en las revistas de economía, y me da una rabia enorme lo guapo que está, porque yo sigo con la cara de colores, aunque ahora los colores sean más amarillos que morados.
—¿Qué persona?
—Una psicóloga.
Me incorporo en la cama tan rápido que Copito sale rodando por el otro lado y Rey, que dormía encima de mis pies, abre un ojo.
—No estoy loca.
—Ya lo sé.
—Entonces no necesito una psicóloga.
—Nena. —Se cruza de brazos—. Cuando me rompo un hueso, llamo a Gery. No porque esté loco. Porque el hueso no se pone solo en su sitio, y si se pone solo, se pone torcido. Esto es lo mismo. Pero el hueso no se ve.
—Esa comparación es malísima.
—Es la única que tengo. Soy de la Camorra, no de la Academia de la Lengua.
Me cruzo de brazos yo también, y él sigue sin moverse del marco.
—Se llama Inés —sigue—. Es de Barcelona.
Lleva quince años en Roma y trabaja con gente a la que le han pasado cosas.
Cosas como esta. Y antes de que me lo preguntes: sí, la he investigado.
Cuatro días. Giuseppe la ha seguido hasta la frutería.
Dice que elige muy bien los tomates y que eso dice mucho de una persona.
—Giuseppe ha seguido a una psicóloga hasta la frutería.
—Giuseppe sigue hasta la frutería a todo el que entra en esta casa.
A Gery lo siguió dos años. A Anna, cinco.
—Se encoge de hombros—. Está abajo, en la biblioteca.
Si no la quieres ver, bajas tú y se lo dices, que yo no pienso ir a decirle que ha venido para nada.
Me da miedo. Mira a la gente con mis mismos ojos, pero sin pistola.
Eso, sin querer, me hace gracia, y a lo mejor por eso, porque se me ha escapado la risa por dentro antes de poder evitarlo, saco los pies de debajo de Rey y bajo.
La biblioteca es la habitación menos usada de la casa, porque Darío dice que los libros son para la gente que tiene tiempo y él tiene enemigos. Huele a madera vieja, a papel, a cuero, y la luz entra de lado por los ventanales y se queda tumbada en la alfombra.
En el sillón de al lado de la ventana hay una mujer de unos cincuenta años con el pelo gris cortado muy corto, unas gafas subidas en la cabeza y una taza de té entre las manos. Lo primero que noto es que no se levanta de golpe cuando entro: me deja llegar y elegir dónde sentarme.
Me siento en la otra punta, en el sofá de cuero, lo más lejos que puedo sin que parezca una grosería. Ella lo ve, no dice nada y le da un sorbo al té.
—Hola, Victoria. Soy Inés.
Habla con acento de Barcelona. De Barcelona de verdad, del Eixample, con las eles un poco más blandas que las mías.
—Hola.
—No tienes que hablar si no quieres. Podemos quedarnos una hora mirando por la ventana y yo cobro igual, que conste. —Sonríe—. Tu marido me ha pagado tanto que podría mirar esa ventana hasta septiembre.
Me río por la nariz.
—Es un exagerado.
—Me ha hecho firmar un papel comprometiéndome a no contar nada de lo que oiga aquí dentro.
Que es exactamente lo que dice mi código profesional desde hace treinta años, pero él lo ha querido por escrito, con mi firma y la de dos testigos.
—Deja la taza en la mesita—. Uno de los testigos llevaba un rifle.
—Enzo.
—Muy educado, el chico. Me ha ofrecido galletas.
Ahí, sin darme cuenta, ya estoy hablando.
Al principio le cuento poco: el sótano, sin detalles; el frío, la nieve, la aguja en el brazo, el dedo del pie.
Se lo cuento con la voz plana, sin mirarla, en el tono de leer la lista de la compra, y ella no me interrumpe ni una vez, no pone cara de pena ni dice «pobrecita»; me escucha con las manos juntas en el regazo. Luego le cuento lo de las puertas.
—Cuento las salidas de los sitios —le digo—. Sin querer. Entro en un cuarto y ya sé cuántas puertas tiene y cuántas ventanas y cuál está más cerca. De mi propio cuarto. Dos. La puerta y la ventana. Y no puedo dormir si la puerta está cerrada del todo. Y me da vergüenza. Porque es mi casa.
—¿Por qué te da vergüenza?
—Porque es de loca.
—No. —Inés se baja las gafas de la cabeza a la nariz—.
Es de persona que ha estado una semana en un sitio del que no podía salir.
Tu cabeza aprendió allí a buscar la salida de todo, porque eso era lo que te mantenía viva.
Y ahora no sabe que ya no hace falta. No está estropeada, Victoria.
Está haciendo su trabajo demasiado bien.
Es un perro guardián que sigue ladrando cuando el ladrón ya se ha ido.
Me quedo callada, con la vista en la alfombra, donde la luz de la ventana sigue tumbada.
—Lo que te pasó no fue normal —sigue—. Pero lo que te pasa ahora, sí. Contar salidas. Despertarte asustada. Que te falte el aire cuando hay silencio. Todo eso le pasa a cualquier persona después de algo así. No eres tú siendo débil. Es tu cuerpo acordándose.
Se me afloja el pecho, solo una pizca, como cuando te desabrochas el botón del vaquero después de comer, y el aire me entra un palmo más abajo que antes.
—Hay una cosa —digo— que no le he dicho a nadie.
—Tienes tiempo.
Miro por la ventana las palmeras del jardín y, abajo, la piscina, quieta y azul, con las hojas de abril flotando en la superficie.
—No me tocaron. Así. Ya sabes. No me… —busco la palabra, la encuentro, la suelto—, no me violaron.
Me encerraron, me pegaron, me drogaron, me dejaron en la nieve, me…
—Me paro—. Pero eso no. Y a veces pienso que no tengo derecho a estar así.
Que podría haber sido mucho peor. Que hay mujeres a las que les han pasado cosas horribles de verdad y yo estoy aquí llorando por una semana en un castillo.
Cuando en realidad fue… —Me encojo de hombros—.
No sé. Más o menos. Dentro de lo que cabe.
Inés me mira un rato largo, sin prisa, y yo le aguanto la mirada como puedo, con las mejillas ardiendo.
—Te voy a decir dos cosas, y las dos son verdad a la vez.
—De acuerdo.
—La primera: si te alivia saber que eso no te pasó, déjate sentir ese alivio. No es egoísta. Es tu cuerpo diciéndote que hay una parte de ti que no tocaron. Guárdatelo.
Asiento sin decir nada, porque si abro la boca se me va a escapar otra cosa.
—Y la segunda: no fue «más o menos», Victoria.
Ni «dentro de lo que cabe». Te quitaron la libertad, te quitaron el calor y te metieron cosas en las venas sin preguntarte.
Eso no es poca cosa porque a otras les pasara algo distinto.
El dolor no es un concurso. No hay que ganarle a nadie para tener permiso de que te duela.
Me echo a llorar, pero no como la otra noche, ahogándome. Lloro tranquila, con los ojos abiertos, mirándola, con la garganta caliente y las lágrimas bajándome solas hasta el cuello de la camiseta, porque llevaba días necesitando que alguien de fuera me dijera exactamente esa frase.
Me pasa un pañuelo de papel sin levantarse para dármelo; lo deja en la mesita, a mi alcance. Lo cojo, me sueno, lo arrugo en el puño, y entonces, sin haberlo decidido, le cuento lo otro.
—Me hizo una letra.
Inés no se mueve, ni siquiera parpadea, y a mí el corazón me empieza a golpear en la garganta.
—En la pierna. —Me pongo la mano encima del muslo, encima del pantalón de algodón, encima de la venda que ya no es venda, que ahora es un apósito pequeño, porque los puntos me los quitó Gery el martes—.
Con una daga. Me ató a su cama y me hizo una B.
De su nombre. Para que me acordara siempre de dónde había estado.
Se tomó su tiempo. Le salió bonita, ¿sabes? Eso es lo peor. Que le salió bonita.
Inés se queda en silencio un momento largo, y yo dejo la mano quieta encima del muslo, notando por debajo del algodón el borde del apósito, el relieve de las dos curvas que no quiero tocar.
—¿Y qué sientes cuando la ves?
—Que es suya. —No me sale la voz entera—.
Que me la miro en el espejo y es suya. Que me ducho y está ahí.
Que cuando Darío me cambiaba la venda yo cerraba los ojos para no verle la cara mientras la miraba.
Que él dice que me quiere con ella, y me lo creo, de verdad que me lo creo.
Pero yo no me quiero con ella. No quiero llevar el nombre de ese hombre encima toda la vida.
Ya tengo un nombre encima. En la nuca. Y no es el suyo.
—Entonces el problema no es la cicatriz.
Levanto la cabeza y la miro, con el pañuelo hecho una bola en el puño.
—El problema es de quién es —dice Inés—.
Una cicatriz es solo piel que se ha cerrado.
Lo que te duele es que la escribió otro.
Que la firmó otro. —Se quita las gafas—.
Y eso, Victoria, se puede cambiar. No te digo cómo.
No es mi trabajo y no me pagan para decirte qué hacer con tu cuerpo.
Pero se puede cambiar. Tu cuerpo es tuyo.
Lo que lleves escrito encima, lo decides tú. No él.
Me quedo con eso en la boca, dándole vueltas con la lengua como a un caramelo que no quiero que se acabe.
Lo decido yo.
—Darío dice que hay que dejar el pasado atrás —le digo, cuando puedo—. Bueno, no lo dice así. Lo dice peor. Dice «eso ya no existe, nena». Y yo quiero que sea verdad. Pero no sé cómo se hace. No sé cómo se deja atrás una cosa que llevas en la pierna.
—No se deja atrás. —Inés sonríe un poco—. Eso es lo que nadie te cuenta. El pasado no se borra. Se coloca.
—¿Cómo que se coloca?