NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

Aquí tengo que elegir. Tengo la verdad entera subiéndome por la garganta: el castillo, el sótano, la nieve, la aguja, la cama, la letra, el dedo del pie, que no sé si va a volver a ser un dedo, siete días creyendo que él estaba muerto.

Lo tengo todo a un milímetro de la boca, con la mano libre cerrada sobre la sábana hasta que me duelen los nudillos.

Y sé que si lo suelto ella va a dejar de respirar al otro lado, y va a coger un avión esta misma noche, y va a entrar por esa puerta y me va a ver así.

Le va a pasar algo por dentro que ya no se arregla, porque una madre puede con muchas cosas, pero no con eso.

Además le echaría la culpa a él, siempre, aunque le jurara mil veces que no fue él.

Lo miraría distinto el resto de su vida.

Así que me la como. La verdad entera, de un trago, sin masticar.

—Es una forma de hablar, mamá —le digo. Y miento bien, porque llevo toda la vida mintiéndole para protegerla, lo mismo que ella me ha mentido toda la vida para protegerme a mí—.

He estado enferma. Una gastroenteritis de las malas, de las de suero en vena.

Me he pasado la semana fatal, sin fuerzas ni para el móvil.

Y Darío ha estado con unos problemas de trabajo y no podíamos hablar por teléfono. Ya está. Ya pasó.

Silencio al otro lado. Un silencio que conozco: el de mi madre decidiendo si se cree algo o no se lo cree y lo deja pasar igual, porque sabe que si insiste me cierro, que para eso somos la misma.

—¿Estás bien de verdad? —dice al fin—. Mírame a los ojos y dímelo. Bueno, no me puedes mirar, que estamos al teléfono. Pero dímelo como si me miraras.

—Estoy bien, mamá. —Cierro los ojos—. Te lo juro como si te mirara.

—Pues voy para allá.

Me quedo sin aire, y la mano vuelve sola a la sábana otra vez.

—¿Qué?

—Que voy para allá. Hoy mismo. Miro un vuelo y esta noche estoy ahí. Si has estado una semana con suero, lo que necesitas es a tu madre haciéndote caldo, no a esa gente tuya que te hace platos de restaurante con espuma. Caldo de verdad. Del que levanta a un muerto. Cojo la olla exprés y…

—No.

Me sale demasiado rápido y demasiado fuerte, y lo noto en cuanto lo digo: noto cómo al otro lado ella se queda quieta, porque a una madre un «no» así le dice más que una hora de llamada.

—¿No? —Baja la voz—. Victoria. ¿Por qué no quieres que vaya?

Me invento algo rápido, con el corazón a mil, lo mismo que me inventaba excusas en el castillo para ganarle un minuto a un loco.

—Porque nos vamos, mamá. —Me seco la cara—.

Darío me lleva unos días fuera. A una casa que tiene en la costa.

Sin trabajo, sin móvil, sin nada. A que me dé el sol y me recupere.

Si vienes ahora no nos encuentras. —Cojo aire—.

Pero te prometo una cosa. En cuanto vuelva, en cuanto esté fuerte, voy yo.

A Barcelona. A tu piso nuevo, el del mar.

Y me quedo una semana entera, y me haces el caldo, y los churros, y me llevas a comer pan con tomate delante del agua.

Pero deja que primero me ponga bien. Que quiero que me veas bien, mamá. No así.

—¿Así cómo?

Casi se me escapa.

—Así de floja. Hecha un trapo. Que si me ves ahora te asustas por nada. Y cuando vaya yo, ya estaré como siempre, dándote la lata.

Otro silencio, más largo, con su respiración al otro lado de la línea.

—Qué cabezota eres —dice al final, y le tiembla la voz de una manera que me parte por la mitad—.

Igual que tu padre. Él también, cuando estaba mal, me apartaba.

«No es nada, Sara, no es nada.» Hasta que fue algo.

Sois todos iguales, los que queréis demasiado.

Protegéis a la gente de vosotros mismos y la dejáis fuera.

Y la gente de fuera, hija, también se preocupa.

También quiere ayudar. No todo lo tienes que poder tú sola.

—Lo sé, mamá.

—No lo sabes. Pero algún día lo sabrás. —Resopla por la nariz.

Lo mismo que yo. Exactamente con el mismo ruido—.

Está bien. No voy. Pero me llamas todos los días.

Todos, Victoria. Aunque sea un minuto. Aunque sea para decirme que el italiano te ha comprado otra cosa absurda. Que ya me contó Giuseppe lo del león.

—¿Te contó lo del león?

—Me lo contó. —Hace una pausa—. Hija, ¿tú estás bien de la cabeza? ¿Un león?

—Es pequeño.

—Los leones pequeños crecen, Victoria.

—Ya lo sé, mamá.

—Y comes.

—Y como.

—Y le das las gracias al italiano de mi parte. —Otra pausa. Más larga—. Por cuidarte. Dile… dile con estas palabras, que las entienda: que una madre no se olvida nunca de quién le devuelve a su hija.

Me quedo helada, con el móvil apretado contra la oreja.

—Mamá, yo no te he dicho que…

Entonces, al fondo de su línea, oigo una voz de mujer, lejana, profesional, de megafonía.

—Señora Blanco. Consulta siete. Señora Blanco.

Me incorporo de golpe en la cama y Copito sale rodando.

—Mamá. ¿Dónde estás?

—En el médico, hija, nada. Una revisión. —Demasiado rápido. Ella también sabe mentir rápido. De tal palo—. De las de siempre, de las que me hago desde que murió tu padre. Rutina. No es nada.

—¿Seguro? Porque eso ha sonado a…

—Victoria. —Y me devuelve mi propia frase, con una sonrisa que le oigo aunque no la vea—. Estoy bien. Te lo juro como si me miraras.

Y me cuelga antes de que pueda decir nada más, con la misma jugada que acabo de hacerle yo a ella.

Me quedo con el móvil pegado a la oreja, oyendo el tono de colgado, con la sensación rarísima de que las dos acabamos de mentirnos a la vez, cada una para no asustar a la otra, cada una guardándose su propio sótano.

Abrazo a Copito, que huele a leche y a pelo caliente y se deja apretar sin protestar, y lloro un rato: de echarla de menos, de haberle mentido, y de una cosa pequeña y fría que se me ha quedado clavada debajo de las costillas y que decido, por hoy, meter en un cajón y no mirar.

DARÍO

Cuando subo, está sentada en la cama con el móvil en el regazo y la cara mojada.

—Le he mentido a mi madre —dice—. Le he dicho que he tenido una gastroenteritis.

Me siento a su lado, en el borde del colchón, y le quito el móvil del regazo.

—Has hecho bien.

—No he hecho bien. He hecho lo que he podido. —Se limpia la cara con la manga—. Y me ha dicho que te dé las gracias. Que una madre no se olvida de quién le devuelve a su hija.

Me quedo quieto, con su móvil todavía en la mano.

—¿Le has contado algo?

—Nada. Ni una palabra. —Me mira—. Y me lo ha dicho igual. Como si lo supiera.

No le contesto.

—Y otra cosa —dice. Y le cambia la voz—. Estaba en el médico. Ha sonado una megafonía. «Señora Blanco, consulta siete.» Y me ha dicho que era una revisión. Rutina. Que no era nada.

—Puede ser una revisión.

—Puede. —Me mira—. Pero me lo ha dicho con mi voz, Darío. Con la que yo uso cuando miento.

Ninguno de los dos dice nada. Ella se tumba, se hace un ovillo, me coge la mano y se la pone encima de la tripa; la tiene caliente, y debajo de la palma le noto el mismo temblor pequeño de anoche, más flojo, como el eco de un portazo.

—No es nada —dice, con los ojos cerrados—. Seguro que no es nada.

—Seguro.

Se duerme a los diez minutos. Entonces bajo al despacho, cierro la puerta, enciendo la lámpara de la mesa y saco el móvil.

—Sergio.

—Dime, jefe.

—Sara Blanco. Barcelona. Quiero saber qué médico la ha visto hoy, en qué consulta, de qué especialidad, y qué le han dicho. Y quiero saberlo antes de mañana.

—Eso es información médica, jefe. Está protegida. Hospitales, historiales…

—Sergio.

—Antes de mañana —dice Sergio.

Cuelgo y me quedo un rato mirando la lámpara, y la pulsera: gris, con un latido lento. Arriba, aunque duerma, sigue triste.

Después abro el cajón de abajo y saco la libreta negra, la de los apellidos. La abro por la página donde hay uno de Palermo que todavía respira.

No le pongo fecha. Hoy no.

Hoy la cierro, la guardo, apago la luz y subo a dormir con mi mujer, que cuenta fatal y que esta noche, si se le olvida respirar, va a necesitar que alguien cuente por ella.