CAPÍTULO 19
DARÍO
Gery tarda cuatro minutos en subir.
La he sentado en la cama, con la espalda contra mi pecho, y le he puesto una mano abierta encima del esternón, encima del moratón de la rodilla, donde se le ve subir y bajar el pecho a una velocidad que no es de persona; debajo de la palma el corazón le da golpes sin orden, como un pájaro metido en una caja.
Con la otra le sujeto las dos muñecas, porque se estaba arañando la garganta.
Tiene la piel del cuello llena de rayas rojas de sus propias uñas, de intentar abrirse un hueco por donde entrara el aire.
—Escúchame —le digo al oído—. Escucha mi voz. Solo mi voz. Lo demás no existe.
No me escucha. Respira con un pitido pequeño al final de cada golpe de aire. He oído ese pitido en hombres con una bala en el pulmón y ninguno me había secado la boca como me la seca este.
—Vamos a contar. Tú y yo. Cuentas fatal, ya lo sé, pero vamos a contar igual. —Le aprieto la mano contra el esternón—. Coge aire conmigo. Uno.
Nada. Sigue con el pitido y con el ojo bueno clavado en la pared de enfrente, muy lejos de mí.
—Uno, nena. Conmigo.
Cojo aire yo, hondo, exagerado, lo bastante fuerte para que me note el pecho hincharse contra su espalda y lo bastante lento para que tarde.
—Dos. Tres. Cuatro. —Lo aguanto—. Ahora lo sueltas. Despacio. Cinco. Seis. Siete. Ocho.
Lo hago otra vez, y otra, con el pecho pegado a su espalda para que el cuerpo de ella lo note aunque la cabeza no me oiga, para que su espalda aprenda de la mía.
Tiene la camiseta empapada de un sudor frío que se me pega a la piel a través de la mía, y yo sigo contando por encima de sus golpes de aire como si pudiera ponerlos en fila.
A la cuarta, me sigue.
No entera, a trompicones: coge aire, se corta a la mitad y lo vuelve a intentar. Pero me sigue. A la sexta llega a cuatro, y a la octava le dura hasta el ocho al soltarlo.
Cuando Gery entra con el maletín y el pijama y la bata al revés, ella ya respira. Mal, pero respira. Tiene la cara empapada de sudor y de lágrimas, el pelo pegado a la frente y los ojos abiertos de par en par, mirando la pared de enfrente.
Gery se arrodilla delante, le toma el pulso, le mira las pupilas y después me mira a mí.
—¿Qué ha pasado?
—No lo sé.
—¿La has asustado? ¿Ha visto algo? ¿Ha oído algo?
—No lo sé, Gery. Estaba dormida. Estaba bien.
Gery saca algo del maletín, una pastilla pequeña y blanca, y se la pone debajo de la lengua. Ella se la deja poner sin preguntar, que es lo que más me asusta de todo, porque esta mujer pregunta hasta el precio de los caramelos de menta.
—¿Qué ha sido? —le pregunto a ella, cuando se le empiezan a aflojar los hombros contra mi pecho—. ¿Qué has visto?
Tarda en contestar. Tiene las manos agarradas a mi antebrazo y le noto los dedos temblar contra la piel.
—Nada.
—Nena.
—Nada, Darío. —Le tiembla la voz—. No he visto nada. No he oído nada. Estaba bien. Estaba bien, estaba contigo, olía rico, y de repente… —No termina—. De repente no podía respirar. Sin nada. Sin motivo. Me he muerto un poco y no sé por qué.
Gery le pone la mano en la rodilla.
—Se llama ataque de pánico. No necesita motivo. El cuerpo ha guardado cosas que la cabeza todavía no sabe que ha guardado, y a veces las saca solas, de noche, sin avisar. No te estás volviendo loca. Te estás curando.
—Pues no me gusta cómo me curo.
—A nadie le gusta.
Gery se queda una hora, sentado en la butaca con el maletín en las rodillas, sin hablar. Cuando se va, ella se ha quedado dormida contra mi pecho, sentada, con la boca abierta y las manos todavía agarradas a mi antebrazo.
No la tumbo, porque me da miedo moverla. Me quedo sentado contra el cabecero hasta que amanece, con ella encima, contándole la respiración en voz baja aunque esté dormida.
Por si acaso se le olvida otra vez.
Tenía el día entero montado desde anoche: Gery a las nueve; Lev a las once, por teléfono, que lleva una semana esperando que le devuelva una llamada sobre algo que me interesa mucho; a la una, Giuseppe y los de Milán, que llevan tres días esperando a que decida una cosa que ya tengo decidida y que no les voy a decir hasta que me convenga.
Entre medias, bajar al despacho, abrir la libreta negra, la de los apellidos, y ponerle fecha a uno que todavía respira en Palermo.
El día se viene abajo a las nueve menos cuarto. A esa hora ella abre los ojos, me mira y, antes de que yo diga buenos días, dice con una voz muy pequeña:
—Hoy no me quiero levantar.
Yo, que llevo desde los catorce años levantándome aunque me sangre algo, que no he faltado a una reunión ni el día que me sacaron una bala del hombro, que me presenté en Montecarlo delante de doce dinosaurios con dos costillas rotas debajo de la camisa, me oigo contestar:
—Pues no nos levantamos.
Me mira desde la almohada, sin moverse.
—Tú tienes cosas.
—Las cosas tienen dueño. Yo. Y el dueño ha decidido que hoy no.
Me mira con el ojo bueno muy abierto, sin creérselo, y hace bien, porque yo tampoco me lo creo del todo. Pero ya está dicho, y a mí lo que digo me pesa más que lo que pienso. Cojo el móvil de la mesilla.
—Giuseppe.
—Dime. —Se le oye masticar algo. A las nueve de la mañana. Siempre está masticando algo—. ¿Qué tal ha pasado la noche?
—Mal. Lo de Milán se mueve a mañana.
—Llevan tres días esperando, Darío. Se van a poner nerviosos.
—Que se pongan. Un hombre nervioso habla de más, y me viene bien que hablen.
Lo de Lev, lo mismo. Mañana. —Miro hacia la cama—.
Otra cosa. Hoy, en esta casa, nadie lleva un arma a la vista.
Nadie. El que tenga que llevarla, debajo de la chaqueta, y que no se le note ni el bulto.
Y que nadie suba a esta planta. Ni a limpiar, ni a traer el correo, ni a preguntar si queremos café. Ni Anna.
—¿Ha pasado algo?
—Que hoy esta casa va a parecer una casa. Por un día. Encárgate.
No hacemos nada en todo el día. Es la primera vez en mi vida que no hago nada en todo un día, y no sé hacerlo; no tengo práctica.
A las once he aprendido que Copito ronca en dos tonos, uno al coger aire y otro al soltarlo.
A las doce sé que Rey, cuando duerme boca arriba, mueve las patas delanteras en el aire, y que ella dice que está soñando que caza ñus, y que yo le digo que en Roma no hay ñus, y que ella me dice que en los sueños sí.
Le leo el periódico, las páginas de sucesos no.
Las de deportes, que no le interesan nada, y por eso las escucha, porque no tiene que pensar.
Le leo que el Lazio ha perdido otra vez y me dice que se alegra, aunque no sabe cuál es el Lazio, porque sabe que yo soy de la Roma y con eso le basta para alegrarse de que pierda cualquiera.
A la una pide Pasapalabra. Lo busco en el móvil y no sé cómo se busca; ella me lo quita de las manos, lo encuentra en dos segundos, me lo devuelve y me dice que lo sujete.
Lo sujeto una hora entera, con el brazo levantado delante de su cara, mientras un presentador le pregunta cosas a un señor de Valladolid.
—Con la ese —dice el presentador—. Persona que tiene mucho dinero y lo gasta en cosas absurdas.
—Darío —dice ella. Sin pensarlo.
—Con la ese, nena.
—Sinvergüenza.
Me la quedo mirando.
VICTORIA
Darío me deja el móvil en la mano, me da un beso en la coronilla y me dice que baja un momento, que grite si necesito algo.
Sale y deja la puerta entornada, no cerrada, con un palmo de luz del pasillo, porque ha aprendido sin que nadie se lo diga que una puerta cerrada del todo todavía me hace cosas.
Me quedo sola con Copito, con el móvil y con el corazón en la garganta, y marco.
En el primer tono me da tiempo a arrepentirme, a pensar que a lo mejor es mejor no, que en cuanto oiga su voz me voy a derrumbar y se lo voy a contar todo, que me va a oír. Tengo el pulgar sudado encima de la pantalla, listo para colgar. Al segundo tono, descuelga.
—¡Señorita Victoria Blanco!
Con eso basta para que se me cierre la garganta. Me tapo la boca con la mano para que no me oiga el primer sollozo.
—Tres semanas. ¡TRES SEMANAS sin una llamada, sin un mensaje, sin un «mamá, estoy viva»!
¿Tú sabes la de veces que te he llamado?
¿Tú sabes que estuve a punto de coger un avión y presentarme ahí a pedirle explicaciones a tu italiano?
Y Giuseppe diciéndome que estabas de viaje, de viaje, de viaje, como un loro.
Y yo, hija, que llevo veinte años de guía con jubilados por media Europa, sé perfectamente cuándo alguien me lee un guion por teléfono…
—Mamá.
La voz me sale rota en las dos sílabas, y ella se calla de golpe.
—Victoria. —Otro tono. El de verdad. El que no gasta con nadie más—. ¿Qué pasa, mi niña? ¿Por qué lloras?
—Nada, mamá. —Me limpio la nariz con el dorso de la mano—. Es que te echaba de menos. Muchísimo. No sabes cuánto. Es solo eso. Que oírte es…
—Victoria Blanco, a mí no me vengas con «es solo eso».
—Le tiembla la voz a ella también—. Llevas tres semanas desaparecida y descuelgas llorando.
A una madre no se le hace eso. Dime qué ha pasado.
¿Te ha hecho algo el italiano? Porque si ese hombre te ha tocado un pelo, me da igual que tenga media Italia a sueldo, cojo el cuchillo del jamón y me planto ahí en el primer vuelo.
Suelto una risa entre los mocos. Lloro y me río a la vez, porque es tan ella, tan de amenazar a la Camorra con el cuchillo del jamón, que por un segundo tengo ocho años y estoy en la cocina de casa con la bata de ositos y nada malo me puede pasar mientras ella esté de pie al lado del fogón.
—No, mamá. Darío no. Darío nunca. —Y esa es la única verdad entera que le voy a decir en toda la llamada—. Darío es… mamá, Darío ha ido a buscarme al fin del mundo. Él no. Él jamás.
—¿Buscarte? ¿Buscarte de dónde?