NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 18 #4
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CAPÍTULO 18 #4

—Donde tú digas —le contesto—. La letra que tú digas. Del tamaño que tú digas. Con lo que tú elijas.

—¿Con un cuchillo?

—Con lo que tú elijas.

Me mira mucho rato.

—Estás loco —dice al fin.

Se inclina, me coge la cara con las dos manos y me besa en la frente.

La meto en el agua, y el agua le cubre los moratones, las costillas, el esternón y la cadera, y fuera se quedan solo la letra, en su plástico, y la cara, y los hombros. Cierra los ojos y suelta un gemido largo, desde el fondo, de cuerpo que llevaba mucho tiempo esperando algo caliente.

La lavo. Los brazos, con la esponja; las manos, dedo por dedo; las uñas, con un cepillo pequeño, porque todavía tienen debajo algo oscuro que no se ha ido con nada y que no le pregunto qué es. El cuello. La espalda, con cuidado del moratón del cabecero.

Le aparto el pelo de la nuca para lavársela, y me paro. Debajo del nacimiento del pelo, en un sitio que la melena tapa siempre, hay algo escrito, una palabra en una letra muy fina, de hilo, que desde aquí no entiendo.

ágape

Me quedo mirándola con la esponja en la mano, y el agua me gotea del codo al suelo.

—¿Qué es esto?

Ella no se gira. Se queda, con el agua hasta el pecho.

—Me lo hice antes —dice—. Antes de todo. El día del zoo, por la tarde. Con María. Te lo iba a enseñar esa noche. Y luego…

No termina.

—¿Qué significa?

—Es griego. Es una de las siete palabras que tenían para el amor. La última. La que no depende de nada. La que no lleva cuentas. La que te sale cara y sigue ahí igual. —Hace una pausa—. Mira la ge.

La miro. La ge no es una ge: es un lazo que baja y se cruza sobre sí mismo y forma un ocho tumbado, un infinito. En el trazo que baja hay algo tan pequeño que desde donde estoy no es más que una línea.

Me acerco hasta que tengo la cara a un dedo de su nuca, hasta que la piel se me vuelve borrosa y noto el olor del coco y del agua caliente y de ella, por fin de ella, por debajo de todo, y lo leo.

Darío.

Mi nombre. Escrito dentro de un infinito, dentro de una palabra griega, en la nuca de una mujer que lo llevó puesto siete días en un castillo sin que nadie lo viera. Debajo del pelo. Donde no miró ninguno de ellos.

Tengo la garganta cerrada como un puño, y lo único que me sale es ponerle la boca encima y quedarme ahí, con los labios apoyados en su piel mojada, sin moverme, sin respirar, mientras ella se queda con las manos agarradas al borde de la bañera.

—La chica me dijo —dice ella, muy bajito— que el único que iba a poder leerlo ibas a ser tú. Y solo si te acercabas lo suficiente.

—Me he acercado.

—Ya lo sé.

—Él tuvo tu nuca delante siete días.

—Ya lo sé.

—Y no lo vio.

—No lo vio. —Gira un poco la cabeza. Me mira por encima del hombro, con el ojo bueno—. Porque no se acercó nunca lo suficiente, Darío. Por mucho que lo intentó. No se acercó nunca.

Apoyo la frente en su nuca, encima de mi nombre, cierro los ojos y no me muevo en mucho rato.

Cuando se acuesta, a las diez, huele a coco y a grosellas, y me lo dice tres veces. Se huele el brazo, se huele el pelo, se huele el cuello de la camiseta limpia, que es una mía, la gris, la más vieja, la que más le gusta, y me dice:

—Huelo a coco y a grosellas.

—Hueles a coco y a grosellas.

—Y a ti. Al jabón.

—Y a mí.

—Y no huelo a él.

—No.

—Ni un poco.

—Ni un poco, nena.

Se tumba. Se pone de lado. Yo me tumbo detrás, pegado a su espalda, con el brazo por debajo de su cuello y la mano en su vientre.

Rey se sube por los pies y se enrosca encima de su tobillo.

Copito sale por fin de debajo de la cama, con cara de haber sobrevivido a una guerra, y se encaja en el hueco de detrás de sus rodillas.

Apago la luz, y durante un rato todo está bien.

Respira hondo y lento. Relaja los hombros. Me agarra el antebrazo con las dos manos, lo mismo que cada noche, y va aflojando los dedos poco a poco, que es lo que pasa justo antes de que se duerma.

Entonces se le paran los dedos a medio aflojar, y vuelven a cerrarse, fuerte, de golpe, clavándome las uñas en la piel del brazo.

—¿Nena?

No contesta.

Le noto el cuerpo ponerse rígido contra el mío, entero, de los pies a la nuca, como una tabla.

Después, la respiración: primero se corta del todo, un segundo, dos, tres, como si se le hubiera olvidado cómo se hace, y luego vuelve, pero mal, corta, arriba en el pecho, sin bajar, un jadeo detrás de otro, cada vez más deprisa, sin que ninguno le llegue a ningún sitio.

Noto mi propio pulso en el brazo que me tiene agarrado.

Enciendo la luz. Está con los ojos abiertos de par en par, mirando a la pared, a nada, a algo que yo no veo, con la boca abierta y las manos agarradas a mi brazo con tanta fuerza que me hace sangre con las uñas.

Respira cada vez más deprisa y no le entra nada, lo sé porque se le está poniendo la cara blanca y los labios de un color que no me gusta.

—Victoria.

Nada.

—Victoria. Mírame.

No me mira, no me ve. Tiene los ojos clavados en la pared y está temblando toda.

Copito se pone a ladrar y Rey se pone de pie en la cama.

Y yo no sé qué ha visto, ni qué ha oído, ni qué le ha pasado por la cabeza entre un segundo y el siguiente, con la luz apagada, con mi brazo debajo de su cuello y su perro en las rodillas, oliendo a coco, en la cama donde lleva tres días a salvo.

Solo sé que no puede respirar.

—¡GERY!