NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 18 #3
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CAPÍTULO 18 #3

—Que a la novia de mi hermano la secuestró un hombre muy malo que vivía en una montaña y que mi hermano subió a buscarla con una tormenta y que la bajó en brazos.

—Se mete la mano buena en el bolsillo—. La mujer del embajador lee mucha novela romántica.

Me ha preguntado si el hombre malo había tenido su merecido.

—¿Y qué le has dicho?

—Que sí. Que en varias cajas.

No sé si reírme o darle un puñetazo, así que no hago ninguna de las dos cosas y le doy un abrazo de los nuestros, de los de una palmada en la espalda, rápido, con su hombro herido de por medio.

—Gracias, hermano.

—No me las des. —Mira por encima de mi hombro, a la cama, a las dos mujeres abrazadas—. Mírala. Está aquí.

—Está aquí.

—Y la mía se ha reído hoy. —Le cambia la voz—. Es la primera vez desde… Es la primera vez, Darío. Ha llorado, pero también se ha reído. Mírala.

La miro. María tiene la cara empapada y se está riendo de algo que Victoria le ha dicho al oído, con la boca torcida, con hipo.

—Eso es tu mujer —dice Giuseppe—. La tuya. Que vuelve del infierno con una pierna rota y una cara que no se puede mirar, y en dos minutos hace reír a la mía.

Entonces, desde el bolsillo del abrigo de María, sale una mano diminuta, gris, peluda, con cinco deditos perfectos, con uñas, con unas líneas en la palma igual de finas que las de una persona: una mano humana en miniatura.

Se agarra al borde del bolsillo y tira, y detrás sale una cabeza redonda, del tamaño de una mandarina, con un pelo gris de bebé todo de punta, unas orejas de soplillo y unos ojos redondos, enormes, negros del todo, que miran la habitación entera con una mezcla de terror y de interés.

Victoria se queda helada, mirando al mono con la boca abierta.

—¿Lolo?

—Lolo —dice María, sorbiéndose los mocos, sacándolo del bolsillo con las dos manos—. Lo han encontrado.

—¿Cómo que lo han encontrado?

—Esa noche. La del zoo. —María le pasa un dedo por la cabeza al mono, que se agarra al dedo con su manita—.

Se quedó en el aparcamiento. ¿Te acuerdas de que se quedó en el aparcamiento?

Que te dije «Lolo se ha quedado en el aparcamiento» y tú te reíste.

Pues se quedó. Y luego pasó todo lo demás, y nadie se acordó del mono.

Nadie. Ni yo. Yo estaba en el hospital y no me acordaba ni de mi nombre.

—María…

—Lo encontró Santiago. —Le tiembla la voz—.

Santiago, el muy bobo. Volvió al zoo al día siguiente, solo, sin decirle nada a nadie, y se pasó un día buscándolo.

Por las jaulas, por el laberinto, por el lago.

Durmió en el coche. Y luego lo encontró subido a una farola del aparcamiento, muerto de hambre, abrazado a un vaso de plástico de Coca-Cola.

Y bajó con él en brazos, y lo envolvió en su chaqueta, y me lo trajo al hospital, y me lo puso encima de la cama sin decir nada, y se fue.

Victoria se tapa la boca con la mano.

—Santi —dice.

—Santi.

—¿Por qué no me lo ha contado?

—Porque es Santiago —dice Giuseppe desde la puerta—. Lo tiene apuntado en la libreta. En la página de las cosas que no se cuentan.

Lolo, en las manos de María, ve a Victoria y se la queda mirando con los ojos redondos. De pronto alarga un brazo, una manita, y le agarra el dedo índice: se lo agarra fuerte, con los cinco deditos, y no se lo suelta.

Victoria se echa a llorar mirando la manita en su dedo, sin ruido, con el labio temblándole.

—Me ha cogido el dedo —dice.

—Lo hace con la gente que le gusta —dice María.

—¿Y con quién más lo hace?

—Conmigo. Con Santiago. —Hace una pausa—. Y con Giuseppe, pero luego le tira caca.

—Caquita —dice Giuseppe.

—Caca, Giuseppe. Ayer me tiró una en el bolso de Prada. Eso no es caquita. Eso es una declaración de guerra.

Se ríe llorando, con el mono agarrado al dedo y María encima y las orquídeas rojas en mis manos, y Rey asomando la cabeza por el borde del colchón, mirando al mono con una curiosidad que no me gusta nada.

En ese momento entra Gery con el maletín abierto.

—¿Qué es este escándalo? ¡Esto es una habitación de convaleciente, no el zoo de…!

Lolo se suelta de la lámpara, cae encima del maletín de Gery, coge el estetoscopio con las dos manos y sale disparado por la puerta, pasillo abajo, con el estetoscopio colgando del cuello, chillando de alegría.

Gery se queda mirando el maletín vacío. Después sale corriendo detrás, gritando en un dialecto calabrés que no se oía en esta casa desde los tiempos de mi padre, con la bata volándole, y en la cama María y Victoria se ríen tanto que se tienen que agarrar la una a la otra para no caerse.

En mi muñeca, la pulsera se pone rosa. No el rosa flojo de estos días: rosa de verdad, rosa chicle, durante un segundo, dos, tres. Después vuelve a bajar.

Pero ha estado.

A las siete de la tarde, cuando María y Giuseppe se han ido y Lolo ha devuelto el estetoscopio a cambio de un plátano, y las orquídeas están en un jarrón encima de la cómoda y Gery ha jurado por su madre que no vuelve a abrir el maletín en esta casa, me dice:

—Ya no quiero oler así.

Está sentada en la cama, con las rodillas dobladas contra el pecho y la nariz metida en el cuello de la camiseta, oliéndose.

—¿Así cómo?

—Así. —Se separa la camiseta del cuerpo y se la vuelve a pegar—.

A sótano. A hospital. A sudor de fiebre.

A miedo. A… —Se calla. Aprieta los labios—.

A él. Huelo a él, Darío. Huelo a su casa.

A su colonia, que se me pegó cuando me llevó en brazos por la nieve.

A su cama. La tengo metida en la piel. Me lavas el pelo y me cambias la camiseta y me sigue oliendo a él por debajo.

Me quedo quieto, con la mandíbula tan apretada que me crujen las muelas.

—No quiero oler así —repite, y le tiembla la voz—. Quiero oler bien. Quiero oler a mí. A mi perfume de grosellas. A tu jabón. A Copito, aunque huela a pienso. A lo que sea que no sea eso.

No contesto. Me levanto, entro en el baño y abro el grifo de la bañera.

La llevo en brazos. Pesa menos que hace dos días, y no sé cómo es posible, si hoy ha comido catorce aviones de espaguetis.

Le he envuelto la vía con plástico, y le he puesto otro más grande alrededor de la venda del muslo, pegado con esparadrapo por los bordes para que no entre el agua, y el pie en alto, en una bolsa.

Gery me ha enseñado más cosas en tres días, que mi padre en dieciocho años.

He llenado la bañera hasta la mitad. Agua caliente, de la que pone la piel roja. He echado sales. He echado el aceite de coco que ella usa y que yo siempre digo que huele a postre de playa, y que hoy he buscado por todo el armario del baño hasta encontrarlo detrás de mis cuchillas.

La siento en el borde y le quito la camiseta, y la veo entera por primera vez desde el avión.

Las otras veces la he visto a trozos: la pierna, para curarla; la cara, para besarla; las manos, los brazos, el pelo.

Siempre a trozos, con la sábana tapando el resto, con la luz baja, con prisa.

Hoy está entera delante de mí, sentada en el borde de la bañera, desnuda, con la luz del baño encendida, y no tengo dónde esconder los ojos.

Tiene las costillas tan marcadas que se las podría contar. Le sobresalen las clavículas y los huesos de la cadera, y tiene los brazos tan finos que la vía parece enorme.

Tiene moratones de muchos colores y de muchos días. En el pecho, en el centro, sobre el esternón, uno grande, redondo, morado, que tiene exactamente el tamaño de una rodilla, y cierro la mano sin querer sobre el borde de la bañera.

No consigo quitarle los ojos de encima. Me late el pulso en las sienes y tengo un sabor a hierro en la boca, de haberme mordido el carrillo por dentro sin enterarme, y ella me mira mirándola.

No se tapa, esta vez no. Se queda sentada en el borde de la bañera con las manos encima de las rodillas, desnuda, rota, con todos esos colores encima, y me deja mirar, esperando a ver qué cara pongo. Yo no sé qué cara pongo.

—Dilo —me dice—. Lo que estás pensando. Dilo.

—Estoy pensando que eres lo más bonito que he visto en mi vida.

Se le arruga la cara.

—Mentira.

—En esto no te miento. Lo sabes. —Me arrodillo en el suelo del baño, delante de ella, entre sus rodillas, a su altura—. Te miento en todo lo demás. En lo que hago, en dónde estoy, en a quién he matado esta semana. Pero a ti casi nunca. Y lo que te debo te lo voy a pagar.

—Tengo una letra de otro en la pierna, Darío.

—Lo sé.

—Y me la vas a ver todos los días.

—Todos.

—Y te vas a acordar de él cada vez.

—No. —Le pongo la mano en la rodilla. Lejos de la letra.

Encima de una costra—. Me voy a acordar de ti cada vez.

De que tú la llevas. De que te la hicieron atada a una cama y que bajaste a un sótano con ella y que te escapaste a la nieve con ella y que le rompiste la nariz a un hombre de noventa kilos con la frente antes de que te la hiciera.

Esa letra no es de él. Él ya no existe. Esa letra es tuya. Es lo que aguantaste.

No dice nada, pero le tiembla la barbilla.

—Y te quiero con ella —le digo—. Te quiero con eso ahí. Te quería antes y te quiero ahora y te voy a querer cuando seas una vieja insoportable que me grita desde el sofá porque no le encuentro las gafas. Con la letra o sin la letra. Eso no lo cambia una letra. No lo cambia un alfabeto entero.

Se tapa la boca con la mano y llora sin ruido.

—Y si no la quieres —sigo—, hay cosas que hacer.

Seguro que las hay. Hay cirujanos que borran cicatrices que no se ven ni con lupa.

Hay láseres. Hay tatuadores que hacen que una letra se convierta en una flor, en un pájaro, en lo que quieras.

Hay una D, si la quieres, que me la dijiste tú en sueños.

Te busco al mejor que exista. Y si no existe, lo invento.

—¿Y si no quiero nada?

—Entonces no habrá nada. Y la miraré todos los días igual.

Se quita la mano de la boca.

—¿Y si un día quiero que lleves tú una?

Me quedo quieto. Me mira con el ojo bueno, mojado, rojo, y en ese ojo hay algo que no estaba esta mañana, algo pequeño, oscuro, afilado. Algo mío.