CAPÍTULO 18 #2
—Torre de control, tenemos un problema. La pista está cerrada.
Repito, la pista está cerrada. —Hago un círculo con el tenedor por encima de su cabeza.
Rey, desde los pies de la cama, levanta la cabeza y sigue el tenedor con los ojos, con la boca un poco abierta—.
El comandante informa de que lleva a bordo tres pasajeros, tres espaguetis de primera clase, partidos por la mitad contra su voluntad, y una cantidad sospechosa de tomate de bote.
Solicita permiso para aterrizar antes de que se le acabe el combustible.
Ella me mira, y algo se le mueve en la cara.
—Torre de control —sigo, con la voz más seria que tengo—, el comandante quiere hacer constar que si no se le permite aterrizar, se verá obligado a hacer un aterrizaje de emergencia en la almohada. Y la almohada es de lino. Y Anna lo va a matar.
Se le escapa por la nariz: un resoplido pequeño, feo, acatarrado. Lo oigo y dejo de respirar, y el tenedor se queda clavado en el aire, porque llevo diez días sin oírlo, porque en un avión sobre un desierto pensé que a lo mejor no lo iba a volver a oír nunca.
Se tapa la boca con la mano, enfadada consigo misma, y se le escapa otro. Después abre la boca, y el avión aterriza.
Mastica mucho, demasiado, y después se lo pasa y se queda quieta, esperando a ver qué hace el cuerpo. El cuerpo no protesta, y ella me mira.
—Otro —dice.
En la puerta, Anna se da la vuelta y se va pasillo abajo. La oigo bajar la escalera y llegar a la cocina, y la oigo desde aquí, dos pisos más abajo, por el hueco de la escalera, ponerse a llorar a gritos con la radio de boleros de fondo.
Le doy otro vuelo, y otro, y se come catorce: catorce aterrizajes, cada uno con su número, su torre de control, su meteorología y su incidente.
En el sexto, el comandante informa de que hay una tormenta de queso rallado sobre el aeropuerto.
En el noveno, el avión es desviado por un perro blanco con una oreja doblada que intenta interceptarlo en el aire.
En el duodécimo, el piloto es secuestrado por un león, y Rey, que lleva todo el rato sentado en la cama con los ojos clavados en el tenedor, se lanza a por él con las dos patas, se lleva medio espagueti colgando de un bigote y se queda muy quieto, bizqueando, intentando verse el bigote.
Ella se ríe.
Al decimoquinto dice que ya no puede más.
Gery llega a las nueve, con el maletín.
La mira entera: las pupilas, con una linternita; el pulso, con dos dedos en la muñeca y los ojos en el reloj; la tensión, la temperatura; la pierna, que le destapa y le vuelve a tapar en treinta segundos sin decir una palabra, porque ya sabe lo que hay y sabe que yo lo sé; el pie, que le gusta un poco más que ayer; la cara.
Le pregunta si le duele la cabeza, si le pica la piel, si ha sudado esta noche, si ha visto cosas.
—¿Qué cosas? —dice ella.
—Cosas que no están.
Se queda callada y se mira las manos.
—A veces —dice—. A veces miro el techo y hay escarcha. Y no hay escarcha, que estamos en primavera en Roma. Pero yo la veo. Y luego parpadeo y se va.
Gery asiente y apunta algo en una libreta.
—¿Algo más?
Ella me mira a mí y después a Gery.
—Oigo una canción —dice muy bajo—. No está puesta. Pero la oigo.
No pregunto qué canción, porque lo sé: me lo contó él, en la primera hora, con los dientes todavía puestos. Me lo contó cantándola.
Gery me hace una seña con la barbilla y salimos al pasillo.
—Lo que le dieron allí arriba —me dice, con la puerta entornada y la voz baja— no era un solo medicamento.
Era un cóctel. He mandado analizar la sangre que le saqué el sábado.
Benzodiacepinas en dosis de caballo, para tenerla quieta.
Un opiáceo, para el dolor o para que no diera guerra, depende de cómo se mire.
Y algo más que el laboratorio no ha sabido identificar del todo, un alucinógeno de los sucios, de los que se fabrican en cocinas.
Se lo pusieron varias veces. Por lo menos cuatro.
Le he contado los pinchazos en las venas del brazo.
—¿Y eso qué significa? —le pregunto, sin moverme.
—Que el cuerpo lo está echando. —Se quita las gafas y se las limpia con la bata—.
Va a tener temblores. Sudores por la noche.
Picores en la piel, que se va a querer arrancar.
Náuseas. Le va a costar comer. Le va a costar dormir y le va a costar despertarse.
Y va a ver cosas. Va a oír cosas. Flashbacks.
El cerebro, cuando sale de algo así, devuelve lo que se le metió dentro sin pedir permiso, y lo devuelve mezclado con lo que vivió.
No va a saber a ratos qué es recuerdo y qué es droga y qué es real.
—¿Cuánto?
—Dos semanas. Tres. Con suerte. —Se pone las gafas—. Y luego viene lo otro, Darío. Lo que no es la droga. Eso no tiene plazo.
No le pregunto qué es lo otro; lo sé. Vuelvo a entrar.
Está sentada en la cama, rascándose el antebrazo con las uñas, fuerte, sin parar, con la piel roja y llena de marcas blancas. Le cojo la mano y se la aparto del brazo con cuidado.
—Me pica —dice—. Me pica por dentro. Debajo de la piel. Tengo hormigas, Darío. Te lo juro.
—Ya lo sé.
—No lo sabes.
—No. —Le sujeto la mano entre las mías—. Pero Gery sí. Y dice que se va a pasar.
Me mira con los ojos muy abiertos.
—¿Qué me dieron, Darío?
No le contesto, y ella no vuelve a preguntar.
A mediodía, la oigo antes de verla.
—¿DÓNDE ESTÁ? ¡GIUSEPPE, SUÉLTAME EL brAZO, QUE NO ME CAIGO! ¿DÓNDE ESTÁ?
La voz sube por la escalera de mármol, rebota en la cúpula del vestíbulo, recorre el pasillo entero y entra por la puerta entornada de la habitación con la fuerza de un camión de bomberos.
Copito sale disparado a esconderse debajo de la cama.
Rey se pone de pie encima del colchón con el pelo del lomo erizado y suelta su primer gruñido de verdad, un gruñido de león, grave, que le sale de dentro y le sorprende tanto a él mismo que se sienta de golpe, con los ojos muy abiertos, un poco asustado de sí.
Victoria, que estaba medio dormida contra mi costado, abre el ojo bueno.
—Esa es…
—Esa es.
Y María entra, aunque entrar no es la palabra: irrumpe.
Empuja la puerta con las dos manos, la puerta da contra la pared y rebota, y ella se queda en el umbral, despeinada, sin maquillar, con la cara gris de no haber dormido y un abrigo de camello puesto de cualquier manera encima de un pijama de rayas, en zapatillas de casa, con los ojos hinchados de días de llorar.
Está más delgada, mucho más que hace dos semanas, con esa delgadez que no es de dieta sino de pena.
La ve, y chilla. Lo de gritar se queda corto: es un chillido agudo, interminable, de los que hacen que los perros de tres calles más allá se pongan a ladrar, que le sale desde el estómago y que no tiene palabras.
Después las palabras le salen todas a la vez, atropelladas, sin orden, mientras cruza la habitación corriendo en zapatillas.
—¡ESTÁS AQUÍ! ¡ESTÁS AQUÍ, DESGRACIADA! ¡HAS VUELTO! ¡HAS VUELTO, HAS VUELTO, HAS VUELTO!
Se tira a la cama, literalmente, sin quitarse el abrigo ni las zapatillas, sin fijarse en la vía ni en el pie ni en nada, y yo me aparto justo a tiempo.
Se le tira encima a Victoria con los brazos abiertos, la abraza por el cuello y le llena la cara de besos, en la frente, en el pelo, en la mejilla buena, en la oreja, en todas partes menos donde le duele, porque hasta en mitad de un ataque de nervios María sabe dónde no tiene que besar.
—¡Te he echado de menos! ¡Te he echado de menos todos los días!
¡Me he pasado dos semanas hablando con tu foto del móvil!
¡Con la del bikini de Dubái! ¡Le he contado a tu foto todos los chismes de Roma, y tu foto no me contestaba, y era horrible, porque tú siempre contestas, tú contestas hasta cuando no te pregunto!
¡No me vuelvas a hacer esto en tu vida! ¡Nunca! ¡Júramelo!
—María…
—¡Júramelo!
—Te lo juro —dice Victoria, con la cara aplastada—. Pero me estás ahogando.
—¡Pues te ahogas! ¡Te lo has ganado!
Victoria se ríe con la cara metida en el hombro de María, y le tiemblan los hombros, y no para.
María llora a gritos, con la cara en el pelo de Victoria, con unos sollozos grandes, desordenados, que le sacuden la espalda entera debajo del abrigo. Llora todo lo que lleva dos semanas sin llorar delante de nadie: lo de Victoria, y lo otro, lo que no se dice.
Victoria deja de reírse. Le pone una mano en la espalda y después, con la de la vía, temblona, le pone la otra en la tripa, encima del pijama de rayas, donde ya no hay nada.
Desde los pies de la cama veo cómo le cuesta abrir los dedos sobre la tela, y aprieto la mandíbula hasta que me duelen las muelas.
María se queda quieta, con el sollozo cortado a la mitad, y las dos se quedan así, abrazadas, en silencio. Yo sé lo que se están diciendo sin decírselo, porque los dos hombres de esta habitación nos lo hemos dicho igual, sin palabras, en una pista de aterrizaje y en un avión sobre un desierto.
Giuseppe se ha quedado en la puerta. Lleva el brazo en cabestrillo y, en la mano buena, un ramo enorme de orquídeas rojas.
—¿Y eso? —le pregunto al acercarme.
—Orquídeas.
—Ya veo que son orquídeas. ¿De dónde las has sacado tú en tres horas?
—De la mujer del embajador de Holanda. —Se encoge de hombros—. Las tenía en el vestíbulo de su casa. Le he dicho que eran para una amiga que había vuelto de un sitio muy feo. Me las ha dado con el jarrón y todo. El jarrón me lo he dejado en el coche, que es de Murano y no me fío de ti.
—¿Le has robado las flores a la mujer del embajador de Holanda? —Me quedo mirándolo.
—Me las ha regalado. Llorando. —Me pone las orquídeas en las manos—. Le he contado la historia por encima. Muy por encima. Se ha emocionado.
—¿Qué le has contado?