CAPÍTULO 18
DARÍO
Le suena la tripa a las siete y cuarto de la mañana. Rey levanta la cabeza desde los pies de la cama, con las orejas tiesas, y mira hacia el ruido con un interés muy serio: es la primera vez que oye en esta casa algo que ruge más que él, y no sabe si ofenderse.
Yo no me muevo de la butaca. Llevo despierto desde las cinco, cuando ha empezado a entrar luz por la rendija de las cortinas, y desde entonces no he hecho otra cosa que mirarla.
Duerme de lado, hacia mí, con una mano debajo de la mejilla sana y la otra encima de la sábana, abierta, con la vía pegada en el dorso.
Tiene el pelo esparcido por la almohada, todavía un poco áspero en las puntas aunque se lo he lavado dos veces, y un mechón le cruza la cara y se le mueve con cada respiración.
Tiene la boca entreabierta, la costra en el labio de abajo, el de arriba todavía un poco hinchado, y luego están las pestañas.
Siempre me han hecho gracia sus pestañas, demasiado largas para la cara que tiene, negras, espesas, curvadas hacia arriba sin rímel, de muñeca de porcelana de las que mi nonna guardaba en una vitrina y que yo no podía tocar.
Cuando duerme le hacen sombra en las mejillas.
Esta mañana se la hacen sobre un moratón que va del pómulo hasta la sien, y lo esconden un poco, y yo no sé si darles las gracias o no.
Le vuelve a sonar la tripa, y abre los ojos. No los dos: el izquierdo sigue hinchado, una ranura violeta que se abre lo justo para dejar ver un brillo. Pero el derecho se abre entero, pesado de sueño, y ahí está.
Azul.
No sé cómo explicarle ese azul a alguien que no lo haya visto de cerca.
El del cielo es un azul de postal, sin fondo; este es de agua honda, de esas calas de Sicilia donde te asomas desde la roca y ves el fondo a diez metros y parece que lo tocas.
Claro por fuera y oscuro por dentro, con un cerco más negro alrededor del iris que hace que, cuando te mira, parezca que te mira desde más lejos de lo que está.
Hoy me mira desde muy lejos.
Me busca. El ojo se mueve por la habitación, por el techo, por la ventana, sin enfocar, y durante un segundo hay en él algo que me hiela la nuca, un miedo muy antiguo, de animal que se despierta y no sabe en qué jaula está.
Después me encuentra en la butaca y se queda quieto en mí, y el miedo va saliendo del ojo sin prisa, a medida que me reconoce.
Me mira un rato largo sin decir nada, comprobando, con esa cara que pone desde hace tres días cada vez que se despierta, la de estar asegurándose de que sigo siendo yo y no otra cosa.
—Tengo hambre —dice.
Tiene la voz ronca, rota por arriba, pero es su voz, y es la frase más larga que le he oído en tres días que no salga de una pesadilla.
Me levanto de la butaca tan deprisa que Copito, que dormía en el cojín de al lado, se cae al suelo con un gemido de protesta.
—¿Qué quieres? Lo que quieras. Pide.
Se lo piensa mucho. Arruga la frente, y el punto que tiene encima de la ceja le tira y le saca una mueca pequeña; mira el techo, se muerde el labio de abajo, se hace daño y lo suelta.
—Espaguetis —dice al fin—. Con tomate. Del de bote. Del malo, del que viene en tarro de cristal con la etiqueta de una abuela sonriendo.
—Espaguetis.
—Y partidos por la mitad.
Es lo que me pedía las noches que llegaba tarde, los domingos que no salíamos, las madrugadas que se despertaba con hambre y me sacudía el hombro hasta que bajaba con ella a la cocina en calzoncillos.
Espaguetis partidos: una aberración, un crimen contra mi país, contra mi abuela, contra cuatrocientos años de cocina italiana. Lo pedía para provocarme, para ver mi cara, y yo la ponía cada vez, y ella se reía con la boca llena de pasta rota.
Ahora me lo vuelve a pedir, con la cara rota y el ojo cerrado, una vía en la mano y una letra en la pierna: espaguetis partidos por la mitad. En la comisura de la boca le asoma algo que es mucho menos que una sonrisa; es el sitio exacto donde antes empezaba una.
Bajo descalzo, en camiseta, con la barba de diez días y los ojos de no dormir, por la escalera de mármol, que a estas horas está helada, y cruzo el salón en penumbra y el pasillo de servicio y empujo la puerta de la cocina.
Anna ya está ahí, porque siempre está ahí: a las cinco de la mañana ya tiene el café hecho, el pan en el horno y una radio pequeña encima de la nevera, muy bajita, con boleros mexicanos que no sé de dónde saca.
Lleva el delantal blanco y la trenza gris de dormir todavía sin deshacer, colgándole por la espalda hasta la cintura, y está de espaldas en la encimera, cortando algo.
Me oye entrar, se gira con el cuchillo en la mano y me ve la cara.
—¿Qué pasa, mijo? —Deja el cuchillo—. ¿Qué tiene? ¿Le ha vuelto la fiebre? ¿Llamo a Gery?
—Tiene hambre.
Anna se queda quieta con las manos en el delantal y la boca un poco abierta, y le tiembla la barbilla, esa barbilla redonda de señora de Guadalajara que no le ha temblado delante de mí ni el día que vino a decirme que su niña no había pasado la noche en la clínica de Suiza.
—¿Hambre? —repite.
—Quiere espaguetis.
—Ay, mi vida. —Se lleva las dos manos a la boca—. Ay, mi niña. Ahorita mismo, mijo, ahorita. Le hago una salsa con los tomates del huerto, de los de rama, con un poco de albahaca de la que trajo la señora de…
—De bote, Anna.
—¿Cómo de bote? —Se ha parado en seco.
—Del malo. El del tarro con la abuela en la etiqueta.
—Mijo, en esta casa no hay…
—Hay. Está en la despensa, en la balda de arriba, detrás de las latas de anchoas. Lo compró ella en noviembre y lo escondió ahí para que no lo tiraras. —Hago una pausa—. Y partidos por la mitad.
Anna me mira un rato muy largo, con los ojos cada vez más brillantes.
—¿Partidos? —dice al fin, en un hilo.
—Por la mitad.
Entonces se echa a reír llorando, con las dos manos todavía en la boca y los hombros sacudiéndosele, una risa pequeña y mojada que le sale entre los dedos. —Ay, Dios mío. —Se sorbe la nariz—. Si me pide la pasta partida es que está ahí. Es que está ahí dentro todavía, la condenada.
—Está ahí.
—Pues se la parto. —Va a la despensa. Vuelve con el paquete de espaguetis en una mano y el tarro de tomate con la abuela en la otra. Me mira con los ojos rojos—. Se la parto en cuatro, si quiere. En ocho. Se la parto en cachitos y le hago una sopa, si con eso come.
Coge el paquete con las dos manos, cierra los ojos, aprieta los labios con cara de estar traicionando a su país y a todas las cocineras que la precedieron, y lo parte. Crac.
Los espaguetis suben a las ocho menos diez, y los trae ella: en una bandeja de plata, con una servilleta de lino planchada, un vaso de agua, el queso rallado aparte en un cuenquito y, en el borde, una flor del jardín, pequeña, amarilla, que ha cortado sin que nadie se lo pida.
No entra. Se queda en el marco de la puerta con las manos juntas delante del delantal, mirando.
Le pongo la bandeja en las rodillas y la ayudo a incorporarse contra los cojines. Tarda, le duele, suelta un quejido cuando la pierna se mueve, y después mira el plato.
Lo mira mucho rato: la pasta rota, corta, ridícula; el tomate de bote, rojo y brillante; el queso; la flor amarilla.
Coge el tenedor con la mano que no tiene la vía, la derecha, que le tiembla, y lo mete en la pasta.
Los espaguetis partidos no se enrollan, nunca se han enrollado, y por eso le gustan, porque dice que se comen con cuchara aunque sean espaguetis y que eso los hace más divertidos.
Pincha unos cuantos, se los acerca a la boca y se para.
Se queda con el tenedor a dos centímetros de los labios, mirándolo sin moverse, y le veo cambiar la cara: algo se cierra detrás de sus ojos y traga una vez, intentando pasar algo que no está. Deja el tenedor en el plato con cuidado, sin ruido.
—No puedo —dice.
—¿No te gusta? Anna te hace otra cosa. Lo que…
—No es eso. —Aparta un poco la bandeja—. Es que lo miro y tengo un nudo en la garganta. Me sale solo. Tengo hambre, Darío. Tengo un hambre que me duele. Y lo miro y no me entra. No lo entiendo.
Se encoge. Se escurre un poco por los cojines hacia abajo, se gira de lado, hacia mí, y se hace pequeña.
Me quedo mirándola. Le miro el pelo, negro, largo, esparcido por la almohada, con esa onda que se le hace en las puntas cuando se le seca solo y que ella odia y yo no.
Le miro la oreja, que asoma entre el pelo, pequeña, con tres agujeros vacíos donde antes llevaba tres aros de oro que no sé dónde están.
Le miro la boca, los labios apretados uno contra otro, la costra del de abajo, la línea que hacen cuando está a punto de llorar y no quiere. Le miro las pestañas, largas, negras, quietas encima del ojo bueno, que está abierto y mira a la nada, al borde de la sábana, sin parpadear.
Pienso que daría todo lo que tengo, todas las casas, todos los coches, todo el dinero que hay en todas las cuentas de todos los países, por saber qué está viendo ahí.
En la puerta, Anna se tapa la boca con la mano y se la deja ahí.
Me siento en el borde de la cama, cojo el tenedor y pincho la pasta. Tres trozos, solo tres, una cantidad ridícula, de niño de dos años.
—Victoria.
No se mueve.
—Nena. Mírame.
Mueve el ojo hacia mí, sin girar la cabeza. Entonces levanto el tenedor en el aire, lo hago subir, lo hago girar por encima de su cabeza y hago un ruido con la boca.
—Brrrrrrr.
Me mira, y en la puerta a Anna se le cae la mano de la boca.
Yo, Darío Di Marco, el mismo hombre que hace cinco días estaba en un cuarto del Himalaya con un cuchillo curvo y cuatro horas por delante, el mismo que ha mandado una caja de vino a Palermo con un regalo dentro, estoy sentado en el borde de mi cama, sin afeitar, con una camiseta vieja, haciendo volar un tenedor de espaguetis partidos y haciendo un ruido de avioneta con la boca, con el tomate de bote goteándome en la sábana de lino.
—Brrrrrr. Atención, torre de control. Aquí el vuelo Alitalia cero cero siete, procedente de la cocina, solicitando permiso para aterrizar.
—Darío —dice, con la voz muy pequeña.