CAPÍTULO 17
VICTORIA
Lo primero que vuelve es el calor.
No llega de golpe: llega por los pies, que llevan días sin existir, y sube por las piernas, por la tripa y por la espalda con una lentitud de marea, hasta que me doy cuenta de que estoy tumbada sobre algo blando, debajo de algo pesado y tibio, y de que no tengo frío.
Por primera vez en no sé cuánto tiempo, no tengo frío en ninguna parte del cuerpo.
No abro los ojos, porque me da miedo. Me quedo quieta dentro del calor, sin moverme, hecha pequeña dentro de un hueco del que no quiero que me saquen.
Hay un peso encima de mi pecho, pequeño y caliente, que respira, con un corazón muy rápido que me late contra las costillas y un olor que conozco, a pienso de pollo, a champú y a perro dormido.
Hay otro peso en los pies, más grande, que ronronea, o que ronca, o que hace un ruido grave y raro que no sé lo que es.
Por encima de todo hay un olor a ámbar, a cedro, a cuero, al jabón que no huele a nada y por eso se reconoce, y por debajo, frío y fino, el alcohol de las heridas.
Quiero decir algo y no me sale. Tengo la garganta pegada, la lengua de corcho, los labios cortados, y cuando abro la boca lo único que me sale es aire. Abro un ojo.
El techo es alto y blanco y tiene una moldura de hojas alrededor de la lámpara que yo conté una noche, hace meses, porque no podía dormir: cuarenta y tres.
Me acuerdo porque me acuerdo de todo, y sé que es este techo.
Giro la cabeza, aunque me cuesta, porque me duele el cuello y me duele la cara al moverla.
Y está ahí.
Sentado en una butaca pegada a la cama, con las piernas estiradas y los pies descalzos encima del colchón, al lado de mi mano, dormido, con la cabeza caída hacia un lado y la boca un poco abierta.
Tiene una barba negra de muchos días que no le había visto nunca, unas ojeras moradas que le llegan a media mejilla y una camiseta negra arrugada, y una mano abierta encima de la sábana, a un centímetro de mis dedos, sin tocarlos, esperando.
No me lo creo. Lo miro y no me lo creo, porque la fiebre ya me lo puso delante una vez, sentado en el suelo de un sótano, y luego se lo llevó.
Muevo los dedos un centímetro y le toco la mano.
Está caliente; es de verdad. Tiene la piel áspera en los nudillos, recién curada, con costras pequeñas, y una cicatriz vieja en el dorso que conozco con los ojos cerrados.
Abre los ojos en el acto. No se despierta poco a poco, se despierta entero, de golpe, con el cuerpo tenso y los ojos ya abiertos y ya buscándome, el azul y el verde, rojos por los bordes. Me encuentra y se queda muy quieto. No dice nada, y yo tampoco puedo, así que nos miramos.
Quiero decirle tantas cosas que se me atascan todas en la garganta y no sale ninguna.
Que le he echado de menos. Que creía que estaba muerto y que no me lo creí.
Que he contado escalones y gotas y vigas y latidos, que he hablado con el anillo, que he tenido tanto frío.
Que tengo una letra. Que lo siento, y que no sé por qué lo siento. Lo único que me sale, es:
—Abrázame.
Se mueve con muchísimo cuidado. Aparta a Copito de mi pecho con una mano, y Copito, que no se deja apartar por nadie, se deja apartar.
Quita los pies de encima del colchón y se sube a la cama por detrás de mí, por mi espalda, despacio, para que el colchón no se hunda de golpe, y se queda un momento quieto, sin tocarme, a un palmo, esperando a ver si me aparto.
No me aparto, y entonces me abraza por detrás.
Se pega a mi espalda poco a poco, centímetro a centímetro, hasta que noto su pecho entero contra mis omóplatos, caliente a través de la camiseta, sus rodillas detrás de las mías y su respiración en la nuca.
Me pasa un brazo por debajo del cuello, para que apoye la cabeza en él, y el otro por encima de la cintura, con la mano abierta sobre mi tripa, lejos de la pierna, lejos de la vía.
Me sujeta así, envuelta, con todo su cuerpo detrás del mío, entre la puerta y yo.
Me rindo, porque es lo único que sé hacer.
Todo lo que llevaba siete días apretado se me suelta a la vez: los hombros, la espalda, las manos, los dientes, que llevaba días apretando sin darme cuenta.
Me deshago contra él, blanda, pesada, sin huesos, y me pongo a llorar sin ruido, con la cara contra su brazo, sin fuerza para sollozar, solo dejando que salga.
Él no dice nada, no me dice que ya está ni que no pasa nada ni ninguna de esas cosas que se dicen. Solo me tiene, y respira detrás de mí, lento, hondo, y sin darme cuenta empiezo a respirar a su ritmo. Le agarro el antebrazo con las dos manos, fuerte, para que no se vaya.
Después me besa. En el pelo primero, en la coronilla, una vez, y se queda con la boca apoyada en mi cabeza mucho rato. Luego en la nuca.
Giro un poco la cara hacia atrás, y me besa en la boca, en la comisura, sin presión, casi sin tocar, con los labios encima de los míos, que están cortados y secos y saben a medicina.
No se aparta; se queda ahí, quieto, sin pedir nada, respirando contra mi boca.
Un beso que no es un beso, que sirve para comprobar que estoy aquí.
Cierro los ojos y me duermo entre sus brazos, con su boca en mi mejilla y su corazón latiéndome en la espalda.
DARÍO
La pulsera tarda once minutos en ponerse rosa.
Lo sé porque lo miro, porque no he hecho otra cosa en tres días que mirarla.
Durante esos tres días ha estado gris: gris de enferma, de fiebre, de dolor, con un latido lento que a veces se aceleraba de golpe, cuando soñaba, y se ponía verde, verde fijo, verde de miedo durante un minuto, dos, cinco, hasta que yo le cogía la mano o le hablaba al oído o le ponía a Copito encima, y entonces volvía al gris.
A las cuatro de la mañana del segundo día se puso negro, un negro nervioso, muy rápido, que no había visto nunca así.
Gery le puso algo en la vía y volvió al gris.
Hace un rato, cuando ha abierto el ojo y me ha tocado la mano, seguía gris. Cuando me ha dicho «abrázame», gris. Cuando la he abrazado, gris. Ha empezado a cambiar después, de espaldas a mí, encogida contra mi pecho, llorando sin ruido contra mi brazo.
No de golpe, no con el rosa rabioso de siempre, el de cuando se ríe con la boca llena o le hago cosquillas en los pies.
Un rosa que ha empezado en el borde de la pulsera, en un punto, muy pálido, casi blanco, y se ha ido extendiendo un milímetro por minuto, comiéndose el gris de fuera hacia dentro, hasta que a los once minutos no quedaba nada de gris y la pulsera entera era de un rosa flojo, tímido, del color de las cosas que acaban de nacer. Ahí se ha quedado.
Ahora duerme de espaldas a mí, hecha un ovillo dentro de mis brazos, con la boca abierta contra mi antebrazo y las dos manos agarradas a él.
Le cambio la venda a las seis de la tarde, cuando el sueño es más hondo y no se entera.
Gery me ha enseñado; las primeras veces me temblaban las manos y tuvo que terminarla él.
Esta es la séptima, y ya no me tiemblan.
Tengo un orden: los guantes, el suero frío, las gasas, la pomada que huele a ajo, el apósito, el esparadrapo cortado de antes, a medida, para no tener que buscar las tijeras con la herida al aire.
Le aparto la sábana, le subo la camiseta, que es mía, hasta la cadera, y despego el esparadrapo tirando hacia la herida, nunca hacia fuera. Entonces la miro.
Las seis veces anteriores no la he mirado. He mirado los puntos, los he contado, que es una forma de no ver la letra: cuarenta y siete, negros, pequeños.
Le ocupa la cara de fuera del muslo, de la cadera hacia abajo. Una B mayúscula, de imprenta, del tamaño exacto de mi mano: lo sé porque se la medí el domingo, con la palma abierta, a un centímetro de la piel, sin tocarla, a oscuras.
El trazo recto es el más hondo; ahí llegó al músculo. Arriba del todo se ensancha y se tuerce, porque ahí la repitió, porque ella se movió. Él me lo contó así, riéndose: que se movió y que tuvo que repetirla. Las dos curvas, en cambio, son casi perfectas.
Eso es lo que no soporto mirar. No los bordes hinchados, rosados, brillantes, ni la piel alrededor, que ha pasado del morado al amarillo verdoso de los golpes que se curan.
Lo que no soporto es que las curvas sean bonitas.
Que se note el pulso firme. Que se note que ese hijo de puta se esmeró, que la dibujó redonda, con cuidado, mientras ella gritaba debajo de él atada a su cama.
Ya no supura. Ya no huele. Gery dice que en un año será una línea blanca, fina, que se aplanará, que se borrará un poco.
Pero se va a leer.
Me sube desde el estómago, desde las tripas, la cosa negra y caliente que conozco desde los catorce años, la que me hizo pasar cuatro horas en un cuarto del Himalaya con un cuchillo de despellejar animales. Me sube por el pecho y me llega a las manos, y las manos me piden un cuello.
No queda ninguno. Él está en una caja; Gabriel, en su cuarto, con los ojos cerrados; los de la sala de armas, detrás de su mesa volcada. No queda nadie. He matado a todo el que tuvo algo que ver, y la rabia sigue aquí, en las manos, sin saber adónde ir, porque la rabia no sabe contar.
Respiro y hago lo que hago siempre: suero, gasa, pomada, apósito, esparadrapo. La curo. Le bajo la camiseta, la tapo y me quito los guantes, y me quedo con la mano abierta encima de la sábana, encima de su muslo.
VICTORIA
La segunda vez que me despierto es de noche, y está hablando bajito, sin filo, sin ironía, casi aburrido, leyendo algo.
—«…Los nativos de este signo deberán armarse de paciencia durante la semana, ya que Venus en oposición podría traer tensiones en el ámbito doméstico.
Se recomienda evitar las discusiones innecesarias y prestar atención a la salud, especialmente a la zona de las piernas». —Una pausa—. Qué hijos de puta.
Abro el ojo bueno. Está sentado en la butaca otra vez, con el móvil en la mano y la luz de la pantalla en la cara, leyendo con el ceño fruncido.
Me está leyendo el horóscopo.
Me está leyendo el horóscopo, lo mismo que le hacía yo a él en el hospital, cada mañana, durante el coma, con la voz más irritante que me salía, para que si estaba ahí dentro se enfadara y volviera aunque fuera para mandarme callar.
—«En el amor —sigue leyendo—, una persona de su entorno podría mostrarse más protectora de lo habitual. Déjese cuidar». —Levanta la vista de la pantalla sin ver que tengo el ojo abierto—. Esto lo ha escrito alguien que me conoce. Me voy a enterar de quién es.
Se me escapa algo. Para una risa no tengo fuerza; me sale un ruido pequeño, por la nariz, corto, afónico, y él se queda helado. Baja el móvil y me mira, y le salen los hoyuelos.
—Te lo has inventado —le digo, con un hilo de voz—. Lo de las piernas.
—Sí.
—Y lo de déjese cuidar.
—También.
—Eres un tramposo.
—Lo sé.
—Sigue.
Vuelve a mirar el móvil, carraspea y sigue.
Se inventa un horóscopo entero: me dice que Júpiter entra en mi casa doce, que no sé lo que es, y que eso significa que tengo que comer tres cucharadas de caldo antes de las once de la noche o me caerá encima la desgracia.
Que Marte en retrógrado desaconseja salir de la cama en los próximos quince días.
Que mi número de la suerte es el cuarenta y siete, y que el color de la semana es el rosa.
Me como tres cucharadas de caldo. Me las da él, con la cuchara, soplando cada una, y en la cuarta me duermo.
La tercera vez me despierto llorando. No sé qué he soñado, no me acuerdo; sé que hacía frío y que había una puerta sin manilla, y que me despierto sentada en la cama, con las manos por delante, buscando la pared con los dedos, sin saber dónde estoy, con el corazón en la boca.
Él ya está a mi lado. No me toca: se queda quieto, a medio metro, con las manos abiertas encima del edredón, donde yo pueda verlas.
—Estás en casa —dice, muy bajo—. Estás en tu cama. Estás en Roma. Llueve. Copito está a tus pies. El león está babeando la almohada. Gery está dormido en el sillón del pasillo y ronca. Estás en casa, Victoria.
Lo miro y respiro. Miro alrededor: el techo con las hojas, la ventana con la lluvia, la butaca, el perro, la bola blanca enroscada en mi almohada con la lengua fuera.
Casa.
Le tiendo la mano y me la coge. Me tumbo otra vez, él se tumba a mi lado, y esta vez soy yo la que se acerca, centímetro a centímetro, hasta que tengo la cara en su cuello.
—Darío —le digo contra la piel.
—Dime.
—No me preguntes nada. Nunca. Lo de allí. No quiero hablar de eso. No quiero que lo sepa nadie. No quiero que me mires con pena.
—No te miro con pena.
—Ahora no. Pero me vas a mirar. Cuando me veas la pierna. —Cojo aire—. Ya la has visto, ¿verdad?
No contesta enseguida.
—Sí.
Cierro los ojos. Lo sabía; lo sabía desde que he notado la venda limpia, cambiada, con el esparadrapo cortado recto, que nadie en el mundo corta el esparadrapo tan recto menos él.
—¿Te lo contó Santi?
—No. Santiago no me ha dicho nada. Me lo contó él. Antes.
No pregunto quién es él. No hace falta.
—Pues no me lo nombres —le digo—. Ni la letra ni a él. Haz como que no existe. Como que no ha pasado. Y yo haré lo mismo. Y dentro de un tiempo, a lo mejor, me lo creo.
Se queda callado mucho rato, pasándome los dedos por el pelo.
—No te lo nombro —dice al fin—. Nunca. Ni yo ni nadie de esta casa. Te cambio la venda cuando duermas y no te digo nada. Y cuando quieras hablar, si un día quieres, estaré aquí. Y si no quieres nunca, también.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Me quedo quieta con la cara en su cuello, respirándolo.
—Te he echado de menos —le digo—. Todos los días.
—Y yo a ti.
—Más yo.
—No.
—Sí. Yo tenía frío.
A eso no me contesta. Me abraza más fuerte, y le noto el pecho subir y bajar de una forma rara, a trompicones, y no le miro la cara, porque sé lo que le está pasando y sé que no quiere que lo vea.
Le doy un beso en el cuello, pequeño, y en su muñeca, contra mi espalda, noto cómo se enciende la pulsera.
Rosa. Todavía flojito, todavía casi blanco. Pero un poco más que esta mañana.