CAPÍTULO 16 #2
Giuseppe se lo cruza en la escalerilla. Viene sin aire, con el brazo colgando del hombro herido, y casi no le da tiempo a apartarse.
Lo ve bajar los escalones de dos en dos, cruzar la nieve hacia el pie del avión, hacia la caja que Giuseppe ha dejado allí hace un minuto, y lo entiende antes de que pase.
—Darío.
Darío le da una patada a la caja. La caja vuela un metro, cae de lado y se abre por una esquina con un crujido de tablas, y por la grieta se sale una mano.
Es una mano de hombre, cortada a la altura de la muñeca, con los dedos largos y cuidados de quien nunca ha cavado una zanja, y en el corte asoman los dos huesos del antebrazo, blancos, limpios, rodeados de un anillo de carne granate que todavía humea en el frío de la mañana.
Cae en la nieve con la palma hacia arriba, abierta, pidiendo algo que ya nadie le va a dar, y la nieve se tiñe a su alrededor de un rosa que se va oscureciendo.
Giuseppe aparta la vista. Darío no.
La vuelve a patear; la tabla del costado salta entera y lo que hay dentro se derrama sobre la nieve en un amasijo que el sol naciente ilumina sin ninguna piedad: un pie todavía con el calcetín de seda puesto, un trozo de muslo con el hueso partido en astillas, un codo, una oreja, un mechón de pelo gris pegado a un jirón de cuero cabelludo.
Entre todo ello hay sangre, mucha sangre medio cuajada, oscura y espesa, que resbala por la costra de hielo en regueros lentos y huele a hierro y a carnicería y a algo más dulce y más podrido que se queda pegado al fondo de la garganta.
Darío se agacha, coge lo que queda de la caja con las dos manos, la levanta por encima de la cabeza y la estrella contra el suelo helado. La madera revienta en astillas, y algo se parte debajo con un chasquido seco de hueso.
Él sigue, de rodillas en la nieve roja, golpeando con los puños lo que ha quedado, la carne, la madera, el hielo, con los antebrazos, con todo el cuerpo, sin un solo sonido, con la boca abierta y los dientes apretados, salpicándose la cara, la camisa, el pelo, con una rabia que no tiene adónde ir porque el hombre que se la merece ya no está en ningún sitio donde se le pueda alcanzar.
Giuseppe baja la escalerilla y se arrodilla a su lado en la nieve. No lo sujeta, porque sabe que no podría; le pone la mano buena en la nuca y la deja ahí mientras su hermano golpea la nieve roja una y otra vez, hasta que los golpes se van espaciando, se van quedando sin fuerza y al final se paran.
Darío se queda de rodillas, con las manos abiertas sobre la nieve, jadeando.
—Ya está muerto, Darío —le dice Giuseppe, muy cerca del oído—. Ya no lo puedes matar más.
Darío tarda en contestar.
—Pues que me lo devuelvan.
Giuseppe cierra los ojos.
—Que me lo devuelvan, Giuseppe. Vivo. Que me lo devuelvan entero para empezar otra vez.
No ha sido bastante. No ha sido ni la mitad.
Le ha hecho una letra en la pierna, en la pierna, ¿la has visto?
Le ha dejado el nombre metido en la carne.
Y yo he tardado siete días. Siete días, y ella sola, en un sótano, oliendo a eso.
Y él ya no siente nada. Ya no le puedo hacer nada.
Ya se ha ido, y se ha ido con eso hecho, y yo me quedo aquí con todo esto en las manos y sin nadie a quien dárselo.
—Lo sé.
—No hay nadie más, Giuseppe. Ya no queda nadie a quien matar.
—Lo sé, hermano.
—¿Y entonces qué hago con esto?
Giuseppe no tiene respuesta. Ningún hombre la ha tenido nunca. Se queda arrodillado junto a él en la nieve, con la mano en su nuca, mientras el sol termina de asomar por detrás de las cumbres y lo tiñe todo de un oro sucio.
—Ahora subes —le dice al final—. Subes ahí arriba y te quedas con ella. Eso es lo que haces con esto.
Darío mira hacia el avión, hacia el rectángulo de luz de la puerta.
Mete las manos en la nieve limpia, a un lado, lejos de lo que queda en el suelo, y se las frota con ella hasta que la nieve se vuelve rosa y la piel le arde.
Después coge otro puñado y se lo pasa por la cara, por el cuello, por el pelo, una vez y otra, hasta que el agua helada le corre por dentro de la camisa. Luego se levanta.
Detrás de él, dos de los hombres de la pista se arrodillan en la nieve roja con una lona y unos guantes, y sin mirarse recogen lo que queda, trozo a trozo, astilla a astilla, y lo meten en otra caja. A Palermo tiene que llegar todo.
Dentro, nadie se ha movido. Enzo por fin ha encontrado la vena y el suero baja gota a gota por el tubo.
Santiago sigue con los trapos, sin prisa ya, sin saber si ha visto lo que acaba de ver por la ventanilla.
Roni está sentado en el suelo del pasillo con la espalda contra un asiento y el termo cerrado en el regazo, mirando sus propias botas.
El Don entra, y esta vez no se para en la puerta: va hasta el sofá y se arrodilla. Se queda un momento quieto, mirándola, con las manos sobre los muslos. Después se inclina y le apoya la frente en la cabeza, en el pelo sucio, y se queda así.
Y llora.
No lo oyen enseguida. Primero solo ven que los hombros se le mueven, después oyen la respiración, que sale rota en trozos, y al final ya no hay manera de no oírlo: un llanto ronco, de hombre que no sabe llorar y no ha practicado, que le sale a borbotones contra el pelo de ella y que llena el avión entero.
Enzo baja la vista y se queda mirando la bolsa de suero con una atención absoluta. Santiago se muerde el labio tan fuerte que se lo parte, y Roni, en el suelo, se tapa la cara con el termo.
Giuseppe aparece en la puerta. Se apoya en el marco con el brazo bueno y mira a su hermano llorar de rodillas, y luego la mira a ella, a la chica que discute con todo el mundo y suelta ronquidos de gato y dice palabrotas en catalán, viva, respirando, y algo se le abre en el pecho que lleva diez días cerrado con candado.
Se ríe. Se ríe con lágrimas, sin ruido, tapándose la boca, y no sabe si se ríe por ella o por él o porque es la primera cosa buena que le pasa desde que le quitaron a su hijo.
—Nena.
La voz del mafioso sale ronca, mojada, pegada al pelo de ella.
—Nena, despierta. Estoy aquí.
Le besa la cabeza, el pelo, la frente junto al punto torcido, la sien. Le besa la oreja, y en la oreja le habla, tan bajo que solo Santiago, que está al lado, lo oye.
—He venido. He tardado, ya lo sé. Insúltame. Dime lo que quieras. Pero abre los ojos, Victoria. Por favor.
En el avión, nadie respira. Santiago no había oído nunca a Darío Di Marco pedir nada por favor.
Entonces ella se mueve. Arruga la frente y suelta un quejido pequeño; el párpado del ojo sano tiembla, se despega con un esfuerzo enorme y se abre una rendija, y debajo hay un ojo azul, vidrioso, con la pupila enorme de la fiebre, que lo mira desde muy lejos y lo recorre entero: la ceja partida, los ojos, la boca, las lágrimas que le bajan por la cara, las manos rojas de frío, el pelo mojado de nieve.
—No —susurra.
—Nena…
—No es verdad. —Tiene el ojo mojado y le tiembla la barbilla—. Esto ya me lo has hecho. Viniste al sótano y te sentaste en el suelo y me miraste la pierna, y no estabas. Eres la fiebre. Y te vas a ir otra vez, y me voy a quedar sola otra vez, y ya no puedo, Darío. Ya no puedo más.
Cierra el ojo. Lo vuelve a abrir, con muchísimo trabajo, solo para mirarlo un poco más.
—Si no eres de verdad —dice—, prefiero morirme. Ahora. Contigo aquí, aunque sea mentira.