NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

NARRADOR OMNIPRESENTE

Tano es el primero que los ve salir.

Lleva una hora en el helipuerto, con la nieve hasta las rodillas y el fusil colgado del hombro, viendo cómo la tormenta se deshace sobre las cumbres y cómo por el este el cielo empieza a abrirse en una raja granate que no se parece a ningún amanecer que haya visto en Nápoles.

Ha visto a Santiago cruzar corriendo con la chica en brazos hacia el helicóptero naranja.

Ha visto a Dawa despegar sin esperar a que terminaran de cerrar la puerta.

Ha oído los gritos que salían del ala sur durante horas, y ha oído cómo, en algún momento que no sabría precisar, dejaban de salir.

Ahora la puerta de metal de la cocina se abre, y por ella salen el Don y Giuseppe, cada uno con una caja en los brazos.

Tano no pregunta. Lleva veinte años en esto y sabe que hay preguntas que, una vez hechas, ya no se pueden deshacer.

Pero mira las cajas. Mira el nombre de una bodega de Marsala quemado en la madera, y las juntas oscuras, y las gotas que caen por las esquinas y se hunden en la nieve virgen dejando agujeritos rojos de bordes rosados, una costura de puntos que nace en la puerta de la cocina y avanza hacia él.

Giuseppe lleva la grande contra el pecho, con el único brazo que le sirve, y tiene la cara de un hombre que ha vomitado hace poco y no piensa volver a hacerlo.

El Don lleva la pequeña. La lleva con una facilidad que a Tano le eriza la nuca, porque la caja no pesa casi nada, y cuando el Don se la cambia de brazo para subir al helicóptero se oye dentro un roce blando, húmedo, de algo que no tiene huesos y que alguien ha doblado con cuidado.

En la cocina del castillo, junto al manojo de llaves de la cocinera, hay un clavo vacío donde antes colgaba un cuchillo pequeño y curvo, de los que la gente de estas montañas usa para quitarle la piel a los animales que caza.

Tano no lo sabe. Nadie de los que suben a ese helicóptero lo va a mencionar nunca.

Pero esa noche, en el ala sur, un hombre que siempre presumió de no perder aprendió con exactitud cuánto se puede perder sin llegar a morirse, y quien se lo enseñó tuvo la paciencia de no equivocarse ni una sola vez.

Antes de empezar, cuando todavía le quedaban dientes, Bulldog le había contado lo de la letra con todo detalle y riéndose, convencido de que era la última herida que podía hacerle y de que, por lo menos, esa la iba a clavar él.

Darío lo escuchó hasta el final sin abrir la boca. Después se quitó la chaqueta, la dobló sobre la cama y bajó a la cocina.

Hubo otras cosas antes de las cajas.

Gabriel esperaba en su cuarto, vestido, con los zapatos puestos y la pipa apagada, porque un hombre que ha pasado treinta años curando a los perros de otros sabe reconocer el ruido de su propio final subiendo por una escalera.

Darío le hizo dos preguntas, si la había drogado él y si la había cosido él, y las dos veces el viejo dijo que sí.

—Por haberla cosido —le dijo Darío—, esto va a ser rápido.

Gabriel cerró los ojos antes. Fue lo único que pidió, y se lo concedieron.

A Genoveva la encontró en la cocina, a oscuras, con el rosario entre los dedos y los dos perros a sus pies. La vieja le miró los brazos y siguió pasando cuentas.

—La niña —preguntó—. ¿Está viva?

—Victoria está viva. Mis hombres la han sacado del sótano. Tiene fiebre, pero respira.

Se le cayeron dos lágrimas por las arrugas y no hizo nada por limpiárselas.

—Entonces haga conmigo lo que tenga que hacer, señor.

Killer se levantó, le olió la mano a Darío y se la lamió antes de volver a tumbarse a los pies de la vieja. Darío se agachó delante de ella.

—Usted le bajó una manta.

—¿Quién se lo ha dicho?

—Él. Arriba, cuando todavía hablaba. Que anoche la miró por la mirilla y la vio dormir con su manta encima. Que usted creía que no se había dado cuenta. —Hizo una pausa—. Se dio cuenta, señora, y la dejó hacer. No sé si eso le sirve de algo.

Genoveva bajó la vista hacia el rosario.

—Que Dios me perdone —murmuró—, pero me sirve.

La mandó a Sicilia en el avión de Giuseppe, con los dos perros, a casa de una anciana que fuma tabaco negro desde la guerra y duerme con una escopeta cargada junto a la cama. Le advirtió que el primer día se iban a odiar y al segundo serían inseparables. En la puerta, Genoveva se volvió a mirarlo.

—Usted es peor que él.

—Mucho peor.

—Pero a ella la quiere bien.

El helicóptero verde baja al valle en un silencio que ni Giuseppe ni Darío se molestan en romper. Las cajas van atadas al suelo de la cabina y gotean sobre el metal, y cada vez que el aparato se inclina en una corriente, el charco que forman se desliza hacia la puerta y vuelve.

Giuseppe mira las cajas. Darío no aparta los ojos de la pulsera, que está gris, de un gris tan lento que entre un latido y el siguiente cabe un padrenuestro entero.

Abajo, en la pista de tierra helada, espera el jet, blanco sobre lo blanco, con los motores encendidos, la escalerilla bajada y un rectángulo de luz amarilla en la puerta. Desde arriba parece de juguete, y parece imposible que dentro haya algo tan grande.

Darío salta antes de que los patines toquen la nieve. Cae de metro y medio sobre la rodilla mala, y Giuseppe oye el crujido por encima del motor y cierra los ojos un segundo; cuando los abre, su hermano ya está corriendo.

Son trescientos metros de nieve blanda hasta media pierna, con una costra de hielo que se quiebra a cada zancada y el viento de las aspas lanzándole remolinos a la cara.

El aire de esa altura no da para correr, apenas da para estar de pie, y él corre con la boca abierta y el pecho ardiendo y la rodilla gritando, mientras detrás de él la nieve se va manchando de rojo allí donde le caen las gotas de los codos.

Desde la cresta, Totò lo sigue con la mira del rifle y, por primera vez en cincuenta años de oficio, aparta el ojo del visor para santiguarse.

Desde la puerta del barracón, Turi Ruggiero, sentado junto a una lona con dos piedras encima, lo ve correr y piensa que ha visto a muchos hombres correr en su vida, siempre huyendo de algo, y que nunca había visto a uno correr así hacia algo.

Por fin, solo, con la cara entre las manos, Turi llora por su hermano.

Darío sube la escalerilla de dos en dos y entra.

Dentro del jet, los tres hombres llevan veinte minutos peleándose con la muerte, y la muerte va ganando por puntos.

Santiago, de rodillas junto a la cabeza de ella, empapa trapos en un barreño y se los pone en la frente, y los trapos se le calientan en segundos y él los quita y los moja y los vuelve a poner, con una disciplina de monaguillo desesperado.

Enzo, al otro lado, con la bolsa de suero en alto, busca la vena por tercera vez; las dos primeras se le han escapado, porque tiene unos dedos hechos para romper puertas y ella una vena tan fina que casi no existe, y Santiago acaba de descubrir, mirándolo, que a Enzo le puede temblar el pulso.

Roni está en medio y no sabe qué hacer con su cuerpo.

—¡Santiago! ¡Haz algo!

—¡Estoy haciendo algo, le estoy poniendo trapos!

—¡Pues ponle más!

—¡No quedan más!

—¡Rómpete la camiseta!

—¡Es térmica! ¡Me la compró la señora Anna!

—¡ME DA IGUAL QUIÉN TE LA COMPRÓ!

—Roni —dice Enzo, sin levantar la vista de la aguja—. Como no te calles, el próximo trapo eres tú.

Roni se calla, desenrosca el termo y mira a la chica con una seriedad que da pena.

—¿Y si le echo un chorrito de manzanilla en el suero? Para los nervios.

Santiago se le queda mirando con la boca abierta, y Enzo, por primera vez en toda la noche, cierra los ojos y cuenta hasta tres por la nariz.

Entonces la luz de la puerta se oscurece, y los tres se vuelven.

Santiago lo recordará siempre así: recortado contra el amanecer, sin abrigo, con la nieve fundiéndose en el pelo, el pecho subiendo y bajando a una velocidad que no parece humana, y los ojos, el azul y el verde, clavados por encima de ellos en el sofá del fondo.

Lo que ve el Don, Santiago lo ve al mismo tiempo, y es entonces cuando lo ve de verdad por primera vez, porque hasta ahora estaba demasiado ocupado con los trapos.

La señorita parece más pequeña. No más delgada: más pequeña, encogida de lado dentro del abrigo de plumas de Enzo, con las rodillas contra el pecho, en la postura de los niños que duermen con frío.

La cara es un mapa de golpes encima de golpes, negra en el pómulo, verde y amarilla en los bordes; el ojo izquierdo no existe, es solo una ranura violeta, y el labio está partido por dos sitios.

En la frente, encima de un lunar, tiene un punto de sutura torcido, y lleva el pelo tieso de sangre seca.

Tiembla. Tiembla con unas sacudidas cortas y rápidas que le castañetean los dientes aunque no está despierta, y por debajo del abrigo, a la altura del muslo, asoma el borde de una venda que alguna vez fue blanca.

El Don da tres pasos por el pasillo del avión y se arrodilla junto al sofá. Antes de que nadie pueda decirle nada, le aparta el abrigo de la pierna y levanta el borde de la venda.

—Señor, no… —empieza Santiago.

Demasiado tarde.

Debajo de la venda está la letra. Grande, del tamaño de una mano abierta, cosida con hilo negro, con los bordes hinchados y brillantes, de un rojo que tira a morado, y entre punto y punto supura algo amarillo que huele dulce.

Santiago lo había visto en el sótano a la luz de una linterna.

Ahora, con la luz blanca del avión, es peor.

El mafioso se queda mirándola sin decir nada, sin moverse.

Pero Santiago, que está a medio metro, ve cómo le cambia el color de la cara, cómo pierde la sangre del todo y la piel se vuelve gris, y cómo los dedos de la mano que sujeta la venda se cierran poco a poco hasta que los nudillos se ponen blancos.

Oye también cómo respira: hondo, raro, entrecortado, el aire entrando a trompicones en un pecho que de pronto se le ha quedado pequeño.

Le vuelve a poner la venda con cuidado, le vuelve a tapar la pierna con el abrigo y se levanta.

Sale del avión.