CAPÍTULO 15 #5
—El jet está en Katmandú, Santiago.
—¡Pues hay que llevarla a Katmandú!
—Primero hay que bajarla de la montaña.
—¡Pues hay que bajarla!
Y entonces Roni se vuelve loco.
A Roni lo he visto quemar casinos silbando. Lo he visto sacarle los dientes a un contable con unos alicates y después irse a comer pizza. Lo he visto vomitar el arroz de Enzo en un helicóptero y preguntar si eso también entraba en los treinta mil. Nunca lo había visto así.
Se pone a dar vueltas por la celda. Dos pasos para un lado, dos para el otro, con las manos en la cabeza rapada, tirándose de lo poco que tiene que tirar, y el termo se le cae al suelo y rueda y no lo recoge. Roni no recoge el termo. Eso me asusta más que la fiebre.
—No —dice—. No, no, no, no. Eso no. Eso no, Don. Eso no.
—Roni…
—¡Eso no! —Se gira hacia nosotros con los ojos rojos—.
¡Hemos subido una montaña! ¡Hemos subido una puta montaña con una tormenta que no se veía ni la mano!
¡Hemos dejado a cuatro abajo! ¡A Ciro! ¡Al Sordo!
¡A Salvo, que se murió con su hermano encima riéndose!
¡Y la hemos encontrado! ¡La hemos encontrado viva, Santiago! ¡Viva! ¡Me ha pedido pan!
—Ya lo sé…
—¡No me puede pedir pan y morirse! —Le tiembla la voz.
A Roni le tiembla la voz—. ¡Eso no se hace!
¡No llegas hasta aquí, no la encuentras, no te pregunta si has traído pan, para que luego se te muera en los brazos de un niño rubio en un sótano que huele a gasoil!
¡No! ¡Me niego! ¡Por treinta mil no entra esto!
A mí se me contagia. Me pongo a llorar con ella en brazos, y a hablar a la vez, y no sé lo que digo.
—¡No se va a morir! —le grito a Roni—. ¡No se va a morir porque yo no la dejo!
¡Porque le he prometido una cosa! ¡Porque me ha dicho que me ha adoptado!
¡Nadie me había adoptado nunca, Roni! ¡Ni mi madre, que me tuvo, pero adoptarme no me adoptó!
¡Y si se muere, el señor me mata, y si el señor me mata, me muero sin que me haya adoptado nadie de verdad, y no pienso morirme así!
—¡Pues haz algo!
—¡Estoy haciendo algo! ¡La estoy sujetando!
—¡Pues sujétala mejor!
—¡Mejor no se puede! ¡Pesa menos que tu termo!
—¡Mi termo pesa mucho!
—¡PUES ELLA PESA MENOS!
La colleja me llega de lado. Plas. En la nuca, seca, abierta, con toda la mano, una mano del tamaño de una sartén; la cabeza me sale disparada hacia delante y casi se me cae la señorita, y la aprieto contra el pecho y veo estrellitas.
Y otra, plas, a Roni, en la nuca rapada, que suena mejor, más hueca.
Los dos nos callamos. Enzo está entre los dos, con las manos todavía levantadas, una para cada uno, y no ha cambiado de cara: sigue de piedra.
—Basta —dice, bajito. No le hace falta más.
—Escuchadme bien los dos, porque solo lo voy a decir una vez. —Nos mira a uno y después al otro—. Tú, Roni, deja de dar vueltas, que pareces un perro buscando dónde mear. Y tú, Santiago, deja de llorar encima de ella, que la estás mojando y bastante frío tiene ya.
Me sorbo los mocos. Me paso la manga por la cara, con cuidado de no soltarla.
—Ahora vamos a estar serios. Los tres. Muy serios.
Porque esta mujer ha aguantado una semana aquí abajo sola, y no ha llorado delante de nadie hasta que hemos llegado nosotros, y no le vamos a hacer el favor de que se despierte y nos vea a dos idiotas pegando gritos de mercado.
—Recoge el termo del suelo. Se lo pone a Roni en el pecho—.
Y porque si a ella le pasa algo, algo, una uña rota, un catarro, el señor no nos va a preguntar de qué se ha muerto.
Nos va a matar a los tres. Despacio. Y después nos va a resucitar para volver a matarnos. ¿Entendido?
—Entendido —digo yo.
—Entendido —dice Roni. Abraza el termo—. Perdona, Enzo.
—No me pidas perdón. Coge la linterna. Ve delante.
Roni coge la linterna y se pone delante. Se le ha quitado el temblor de la voz y de las manos; saca el cuchillo de la bota y lo lleva en la otra mano.
Enzo se quita el abrigo, el gordo, el de plumas, que le llega a mí hasta las rodillas, y la envuelve con él encima de mis brazos. Se lo mete por debajo de la espalda, de las piernas, le sube el cuello hasta la barbilla. Le aparta un pelo de la cara con un dedo enorme. Después me mira.
—Corre, Santiago.
Corro. Corro con ella en brazos por el pasillo del sótano, detrás de la luz de Roni, que va dando saltos por las paredes negras, por las tuberías, por los charcos del suelo.
Huele a moho, a gasoil, a humedad vieja.
Paso por delante de una puerta abierta y veo la máquina grande, el generador, callado, con los cables arrancados colgando hasta el suelo, y sé quién lo ha callado.
Ella se mueve. Un poco. Gime contra mi cuello. Le aprieto la cabeza contra mi hombro para que no se le vaya hacia atrás con los saltos.
—Ya está, señorita —le digo, corriendo—. Ya está. Ya casi.
No me contesta, pero respira; la noto respirar contra la piel del cuello, un aliento caliente, rápido, que me quema. En la escalera del sótano subo los escalones de dos en dos, me tropiezo en uno, casi me caigo, y Enzo me sujeta por detrás del abrigo y me empuja hacia arriba sin decir nada.
La cocina está a oscuras: los fogones fríos, la mesa grande de madera, y por la ventana de encima del fregadero, la nieve, que ya no cae de lado, que ya cae recta. La tormenta se está cansando.
Enzo saca la radio sin dejar de andar y dice dos palabras, y la radio le contesta con la voz de Tano, cortada, lejana, que el helicóptero de Dawa despega en cuanto pare de nevar. Que la bajamos a la pista. Y de la pista, al jet. Y del jet, a un hospital. Y del hospital, a casa.
A casa. Me imagino la cocina de Roma. La de la señora Anna, blanca, con la luz de la mañana.
Con ella sentada en la encimera, descalza, comiéndose las galletas del señor y riéndose de algo que he hecho mal.
Con Copito debajo de la mesa esperando a que se le caiga algo.
Con Kevin en la ventana, con su hoja nueva.
Me lo imagino tan fuerte que casi no lo oigo. Casi.
Viene de arriba, del segundo piso, del ala sur. Atraviesa la piedra, la escalera, la oscuridad entera del castillo, y llega a la cocina roto, larguísimo. Me paro en seco; Roni se para delante, Enzo detrás.
Es un grito. Un grito de hombre, pero no de hombre normal: empieza grave, desde el pecho, y se va subiendo, se va subiendo tanto que deja de sonar a hombre, se vuelve una cosa aguda, fina, de animal, y se rompe por arriba, y se apaga en un gemido largo que se arrastra. Y vuelve a empezar.
Lo escucho con ella en brazos, de pie en mitad de la cocina, con la nieve cayendo detrás del cristal.
Conozco la voz de Giuseppe cuando grita. Me ha gritado por llegar tarde, por perder las llaves del Audi, por apostar contra el señor. Giuseppe grita en siciliano, gordo, con insultos que riman. Esa no es la voz de Giuseppe.
Al señor también lo conozco. El señor no grita. No ha gritado nunca. El señor, cuando de verdad se enfada, baja la voz, y es peor, es muchísimo peor, porque tienes que acercarte para oírle. Ese grito no es de ninguno de los dos.
Otro, más largo, más alto, con palabras dentro, en italiano, palabras que se deshacen antes de terminar. «No». «Basta». «Ti prego». Y una que me atraviesa el pecho, porque la dice un hombre que hace una hora tenía a la señorita en un sótano con una letra en la pierna.
«Papà».
Después ya no hay palabras, solo el ruido. Ella se mueve en mis brazos y abre los ojos, un poco, una rendija. No ve nada, tiene los ojos vidriosos, perdidos, pero arruga la frente.
—¿Qué es eso, Santi?
Le pongo la mano en la oreja. Le aprieto la cabeza contra mi pecho, contra el abrigo de Enzo, para que no lo oiga.
—Nada, señorita. Es el viento.
—El viento no dice papá.
—Este sí. —Le aprieto más la oreja—. Este es un viento italiano. Muy de su familia.
Se ríe por la nariz, un resoplido flojito, de nada, que noto en el cuello, y se vuelve a dormir.
Enzo me mira por encima del hombro. A la luz de la linterna tiene la cara muy quieta. No dice nada. No le hace falta. Los tres sabemos lo que es.
Roni se santigua despacio, con el cuchillo en la mano, y luego dice, muy bajito, casi con respeto, mirando al techo:
—Ha empezado.
Arriba, el grito se rompe otra vez. Aprieto a la señorita contra mi pecho, le tapo la oreja con la mano y salgo de la cocina hacia la puerta de metal, hacia la nieve, hacia la noche, sin mirar atrás.
Desde que entré en esta casa apunto en mi libreta todo lo que pasa cerca del señor. Los insultos. Las apuestas. Los nombres. Las cosas que no se deben ver y que yo he visto igual.
Esta no la voy a apuntar. Esta, de todas, es la única que no pienso apuntar nunca.