CAPÍTULO 15 #4
Me separo un poco y le miro la cara, y él me mira la mía: la mejilla morada, el labio partido, el ojo que todavía no abre del todo. Le veo recorrerme la cara con los ojos y aprieta los labios hasta dejarlos blancos.
—¿Y…? —No me atrevo. Lo intento otra vez—. Santi. ¿Y él?
Santiago no me contesta. Me sonríe, con los ojos llenos, con la boca temblando, una sonrisa de niño al que le han dado el regalo de Reyes que pidió. Y asiente, una vez, y yo me tapo la boca con las dos manos.
—Está arriba —dice—. Está arriba, señorita. Ha venido a por usted.
Está vivo. Está vivo, el muy desgraciado. Ha cruzado medio mundo y ha subido esta montaña y está arriba, debajo del mismo techo que yo, y me río. Me río con las dos manos en la boca y las lágrimas corriéndome por los dedos, me río y lloro y no sé cuál de las dos cosas estoy haciendo, y me da igual.
—Lo sabía —le digo entre los dedos—. Lo sabía, Santi. Se lo dije a Genoveva. ¿Tú has visto el cuerpo? Y ella, no. Pues yo tampoco. Ese hombre se muere fatal. No sabe. No le sale.
—No le sale, señorita.
—Es lo único que hace mal.
—Lo único. —Se limpia la cara con la manga, rápido—. Bueno. Y cocinar.
Me sale un resoplido de cerdo, fuerte, lo primero que se me ríe por la nariz en días. Santiago, que me tiene todavía cogida de los brazos, se pone muy serio de golpe, se acerca y me habla bajito, mirando de reojo hacia la puerta.
—Señorita. Una cosa. Muy importante.
—¿Qué?
—Esto. —Señala el abrazo. A él. A mí. El hueco entre los dos—. Que la he abrazado. Que no se lo diga nunca al señor.
—¿Qué? —Lo miro.
—Que no se lo diga. Nunca. —Se pone la mano en el pecho, encima del bolsillo donde lleva la libreta—.
Que me mata. Que la última vez que le cogí la mano para ayudarla a bajar de un coche me tuvo una semana limpiando las botas de todos los de la casa.
Una semana. Hasta las de Giuseppe, que tiene unos pies que no se los deseo a nadie.
Si se entera de que la he abrazado en un sótano, me cuelga del balcón.
Tiene balcón. Tiene cuerda. Y tiene pájaros.
Me echo a reír. Me echo a reír de verdad, a carcajadas, con la cabeza hacia atrás, y la risa me tira de la pierna y me hace ver las estrellas y me sigo riendo, mientras Santiago me mira con la cara de un hombre al que le acaban de leer la sentencia.
—Se lo digo —le digo.
—Señorita, no.
—Se lo digo, Santi. Lo primero que le voy a decir. «Hola, amor, estás vivo, Santiago me ha abrazado».
—Lo apunto en la libreta como lo último que dije antes de morir.
En la puerta, alguien carraspea. Levanto la vista y hay un hombre enorme llenando el marco entero, con la cabeza rapada brillando de nieve derretida y unos hombros que no caben.
Ese lo conozco. Ese tocaba el claxon dos veces debajo de mi casa, para avisar de que había llegado, y Darío decía que era la única forma de comunicación que dominaba.
Enzo. Me mira desde la puerta y no dice nada. Tiene la linterna de Santiago en la mano, y le ha cambiado la cara: se le ha puesto de piedra.
Detrás de Enzo, asomando por debajo de su brazo, hay uno que no he visto en mi vida.
Alto, rapado al cero, con la nariz torcida de alguna pelea antigua y una mascarilla de oxígeno colgándole del cuello.
Lleva un cuchillo en la mano que, al verme, se guarda en la bota muy deprisa, con cara de niño sorprendido con el dedo en la tarta, y contra el pecho, apretado con las dos manos, un termo de metal, viejo, abollado. Me quedo mirando el termo.
—¿Y ese? —le pregunto a Santiago, sin quitarle los ojos de encima al del termo—. ¿Ese quién es?
—Ese es…
—Ese no lo he pedido yo. —Me sorbo los mocos—. Si me lo estoy inventando, me lo estoy inventando muy raro. Yo me invento a Darío sin camisa. A mi madre con croquetas. No me invento a un señor con un termo.
El del termo abre la boca y la cierra. Mira a Enzo, mira a Santiago.
—Roni, señorita —dice. Y se agacha despacio delante de mí, con las manos a la vista, sin movimientos bruscos—. Me llamo Roni. Trabajo para el Don. Es manzanilla.
Me tiende el termo y lo cojo con las dos manos.
Quema. Bebo, y está dulcísima, con tres o cuatro cucharadas de azúcar, y me baja por la garganta y me llega al estómago y me calienta por dentro, un calor bueno, el primero en todo el día que no viene de la fiebre.
Vuelvo a llorar encima del termo, con la boca en el borde.
—Para los nervios —dice Roni—. Los nervios de los demás. Yo no tengo.
—Yo sí —le digo—. Yo tengo todos.
—Pues bébase todo el termo.
Bebo, me sorbo los mocos y lo miro por encima del termo.
—Roni.
—Señorita.
—¿Habéis traído pan?
Roni se queda quieto un segundo entero, con la boca abierta, de rodillas en el suelo de mi celda.
—Madonna santa —dice, muy bajito—. Es igualita que mi novia.
Enzo se agacha a mi lado. No dice nada ni me pregunta; me mira la pierna.
La venda, que se ha soltado por un lado y cuelga, la mancha amarilla y roja que la empapa, lo que asoma por el borde, hinchado, morado, con los puntos negros tirando de la carne.
Y la forma, porque aunque la venda la tape, se adivina la forma.
Pone cara de piedra, pero de otra piedra, de una más dura.
—Santiago —dice.
Santiago la ve. Se queda blanco, del blanco de la escarcha de las paredes.
—Señorita —dice. Casi no se le oye—. ¿Qué le ha hecho?
Me tapo el muslo con la mano. Con la manta. Con lo que encuentro.
—Nada.
—Señorita…
—¡Que no es nada! —Y me pongo a temblar otra vez. Fuerte. Entera. Me agarro al abrigo de Santiago con los dos puños—. Escúchame. Escúchame, Santi. A él no. ¿Me oyes? A él no se lo digas.
—Pero…
—¡Que no se lo digas! —Lo zarandeo. No lo muevo ni un centímetro, pero lo zarandeo—.
Ni tú. Ni el grande. Ni el del termo. Nadie.
Nunca. Que no lo sepa. ¡Que lo mata, Santi!
¡A mí ya me lo han hecho, ya está, ya pasó, pero a él lo mata, que lo conozco, que no va a poder mirarme sin verlo, que se va a pasar la vida mirándome la pierna!
—Señorita…
—Me lo tapo. Me lo arreglo yo. —Lloro. Hablo muy deprisa, con la fiebre empujándome las palabras—.
Una B es una D con cintura, ¿sabes? Le borras la cintura del medio y es una D.
Me hago una cicatriz encima, una rayita, y ya está.
Una D. De Darío. Y no se entera nadie. Y si pregunta, le digo que me caí.
Que me caí en la nieve. Que me caí en una cosa con forma de D.
Santiago me mira. Tiene diecinueve años y me mira con unos ojos de cien.
—Señorita —me dice, muy despacio—, el señor se entera de todo.
—De esto no.
—Se entera de todo, señorita. Se enteró de que me comía sus galletas a escondidas por las migas que dejaba en la alfombra. Se enteró de que me bañé en la piscina por cómo me olía el pelo. Se va a enterar de esto.
—Pues no por ti.
Santiago se calla, y luego se pone la mano en el pecho, encima de la libreta.
—No por mí —dice—. Se lo prometo.
Sé que lo dice de verdad, y sé que no va a servir de nada, y él sabe que yo lo sé. Me lo promete igual.
Detrás, Roni se ha dado la vuelta hacia la pared. Se pasa la manga por la cara muy deprisa. Dos veces. Y Enzo se queda mirando el techo de piedra con muchísima atención, un techo sin nada. Sin dejar que se le mueva nada de la cara.
—Hay que irse —dice Enzo—. Ya.
Santiago asiente. Me suelta las manos. Mete un brazo por debajo de mis rodillas, con muchísimo cuidado de no tocarme el muslo, y el otro por detrás de la espalda.
—Agárrese a mi cuello, señorita.
Me agarro, y me levanta, y el mundo da una vuelta entera.
La celda gira. La linterna en el suelo se convierte en un sol, en una luna, en los ojos verdes de la nieve mirándome entre las rocas.
La pierna me manda un latigazo de fuego desde la cadera hasta el pie, y luego otro, y luego ya no sé si es la pierna o es todo el cuerpo, y la cabeza se llena de algodón caliente, y la boca de un sabor a metal.
—Santi —le digo. Muy bajito. Contra el cuello.
—Dígame.
—Se lo voy a decir. Lo del abrazo.
—Ya lo sé, señorita.
—Para que te cuelgue del balcón.
—Ya lo sé.
—Y luego le voy a decir que te bajen. —Cierro los ojos—. Que eres mío. Que te he adoptado.
Lo noto reírse. Lo noto en el pecho, contra mi oreja, un ruido pequeño que le sube por la garganta y se rompe antes de salir. Huele a fresa, y su corazón va rapidísimo.
Y me voy.
SANTIAGO
Se me va en los brazos. Lo noto antes de verlo: noto cómo suelta la mano de mi cuello, cómo afloja todo el cuerpo de golpe, y la cabeza le cae hacia atrás, por encima de mi brazo, con la boca entreabierta y el pelo colgando hacia el suelo.
—¿Señorita?
Nada.
—Señorita. Señorita Victoria.
Le subo la cabeza con el hombro y se le vuelve a caer, y quema.
No está caliente: quema. Le noto el calor a través de mi abrigo, de mi jersey, de la camiseta térmica que me compró la señora Anna para el viaje, un calor de estufa encendida, y cuando le toco la frente con la mejilla casi me aparto.
Y a la vez tirita entera, con unos temblores pequeños, rápidos, que le salen de dentro y que le hacen castañetear los dientes aunque esté desmayada.
Pesa tan poco. Dios mío, pesa tan poco. He cargado a Copito con tres meses, que ya era un saco de patatas.
He cargado cajas de munición por esta montaña que pesaban el doble que ella.
Y ahora la tengo en brazos y es todo huesos, huesos y fiebre y una pierna que huele a algo que no quiero pensar qué es.
—Enzo.
Enzo ya está a mi lado. Le pone dos dedos en el cuello. Espera. Tiene la cara de piedra, la de siempre, pero le veo moverse algo en el ojo izquierdo, un temblor pequeño que no le había visto nunca.
—Respira —dice.
—Está ardiendo, Enzo. Está ardiendo entera.
—Es la pierna. Se le ha infectado.
—Hay que llevarla al jet. —Lo digo muy deprisa, todo junto, sin respirar—.
Hay que llevarla al jet ya, Enzo, ya, ahora, que en el jet está el botiquín grande, el del médico, el de los sueros, que el señor lo mandó cargar en Katmandú por si acaso, que hay antibióticos, que hay de todo, hay que llevarla ya…