CAPÍTULO 15 #3
Tirito. Me castañetean los dientes tan fuerte que me duelen las encías. Y a la vez me arde la cara. Me arde la frente, el cuello, los ojos por dentro. Tengo frío y tengo calor y las dos cosas a la vez no caben en un cuerpo, y el mío no sabe qué hacer con ellas, y llora.
La pierna. Ay, Dios, la pierna.
No me duele. Me quema. Tengo una brasa metida en el muslo, debajo de la venda, una brasa viva que late con mi corazón y que con cada latido empuja contra los puntos de Gabriel, que tiran de la carne hinchada hasta que siento que se van a reventar uno a uno.
Me he tocado la venda hace un rato y estaba mojada.
Pegajosa. Caliente. Y cuando me he olido los dedos no olía a sangre.
Olía dulce. Dulzón. A fruta que se ha quedado demasiado tiempo en el frutero, y he vuelto a llorar, porque una pierna no tiene que oler a fruta.
El pie derecho ya no se mueve. Le digo que se mueva y no me hace caso.
Está gordo, tirante, metido a presión en el calcetín, y si intento girarlo un milímetro me sube un relámpago desde el dedo negro hasta la rodilla que me deja sin aire y con la boca abierta.
Así que lo dejo. Ya no es mío. Que se lo quede la montaña.
En la cabeza, la canción, que no se va. Me la he traído de arriba, de su cama, clavada dentro, donde no llego a sacarla.
Me sorprendo tarareándola y me tapo la boca con la mano.
Felicità. È tenersi per mano. Y vuelvo a ver la punta de la daga bajando, y la toalla roja, y su lengua entre los dientes, concentrado, haciendo la letra bonita.
Me doy un golpe en la frente con la palma.
—Para —le digo a mi cabeza—. Para. Para. Para.
No para.
Cuento. Es lo único que sé hacer: cuento latidos de la pierna, cuento gotas de humedad que caen de algún sitio del techo, cuento hasta mil, me pierdo en el ochocientos y pico y vuelvo a empezar.
Llevo así horas, esperando a Gabriel, esperando sus pasos de viejo, el pie izquierdo que arrastra, el olor dulce de su pipa bajando por la escalera.
Gabriel no ha bajado. Genoveva tampoco. No ha bajado nadie.
En algún momento de la noche, entre el seiscientos y el setecientos, entiendo por qué.
Me lo dice la fiebre, con mucha calma, con voz de locutora de radio: porque se han olvidado de ti.
Porque ahí arriba ya están cenando, y riéndose, y él se ha puesto otro jersey de cachemira y se ha servido champán, y tú eres una cosa que se guarda en el sótano con el gasoil y las patatas.
Vas a morirte aquí abajo, en la oscuridad, oliendo a fruta podrida, y nadie se va a enterar hasta que bajen a por las patatas.
—Cállate —le digo a la fiebre.
Me pongo de lado y me hago un ovillo, con cuidado de no rozar la pierna, con la manta hasta la nariz, y lloro despacio, para que no me duela, con la boca abierta contra la lana.
Pienso en mi madre. En su mano en mi frente, fresquita, de haber estado fregando: «Esta niña está ardiendo».
La Coca-Cola sin gas, el paño mojado, Pasapalabra con el volumen bajito.
—Con la M —digo en la oscuridad, con la voz que me queda, que es una voz de papel de lija—. Persona que aparece en un sótano con una Coca-Cola sin gas y te pone la mano en la frente y te dice que no es nada, que es de crecer.
—Mamá —me contesto al silencio—. Con la M. Mamá.
Me deshago. Me deshago entera. Lloro como no he llorado desde que tenía seis años y me perdí en el Corte Inglés de Plaza Cataluña, a gritos, con el cuerpo, con la tripa, porque quiero a mi madre y quiero a mi perro y quiero a un hombre que está muerto o que no está muerto, que no lo sé, que ya no sé nada.
Y entonces oigo pasos.
Me callo de golpe. Corto el llanto a la mitad, con un hipo que me trago, y me quedo quieta, sin respirar. Arriba, muy arriba, al otro lado de la piedra, suena un golpe sordo, de algo pesado que cae al suelo y no se levanta. Después nada. Después voces, bajas, de hombre, que no se entienden.
Después, pasos en la escalera del sótano. No son los de Gabriel, que arrastra el pie izquierdo, ni los de Genoveva, que se oyen desde lejos por las rodillas. Estos son rápidos, ligeros, y son de más de uno. Bajan, se paran, abren una puerta del pasillo y la cierran; andan, se paran, abren otra.
Me están buscando, y lo sé. Lo sé con una certeza que me sube desde el estómago hasta la boca, amarga, con sabor a caldo de gallina vomitado.
Es él. Ha cambiado de idea. Una semana, un mes, lo que haga falta, dijo, y no ha hecho falta ni una noche, porque Bulldog no tiene paciencia, porque se ha aburrido.
Baja a por la otra pierna. Una letra en cada lado, para que esté igualado. Para que esté bonito.
Viene a terminar la palabra.
Me levanto, no sé cómo; el cuerpo lo hace solo. Me agarro a la pared mojada, me clavo las uñas en la piedra, empujo con la pierna izquierda, y el muslo grita, y el pie del dedo negro toca el suelo y veo blanco.
Corro. Bueno, corro no: me arrastro de pie.
Voy saltando sobre la pierna izquierda, la de la letra, que me quema a cada salto, apoyándome en la pared y arrastrando la otra detrás, hasta la esquina más lejos de la puerta, la más negra, donde hay un hueco entre la pared y unas cajas de madera.
Me meto ahí, me encojo y me tapo la cabeza con los brazos.
No hay a dónde ir, ya lo sé; una celda es una celda. Pero me escondo igual, porque esconderse es lo último que te queda cuando no te queda nada, y yo todavía no estoy dispuesta a no tener nada.
—Por favor —susurro a las cajas—. Por favor, por favor, por favor. Virgencita. Por favor. Que no sea él. Que sea Gabriel. Que sea un ratón. Que sea cualquier cosa.
Los pasos se paran delante de mi puerta. El cerrojo de fuera se descorre despacio, con un chirrido de hierro viejo que me raspa por dentro de los dientes, y me muerdo el brazo para no gritar.
La puerta se abre.
Una luz blanca, fortísima, de linterna. Barre la celda de un lado a otro, el colchón vacío, la manta tirada, el cubo, el charco, hasta que me encuentra y me da en la cara.
Grito. Grito y me tapo y me aplasto contra la pared y pataleo con el pie bueno contra el suelo, alejándome, aunque no hay más pared, aunque ya estoy en la esquina, y grito «no» y grito «por favor» y grito «la otra no, la otra no, por favor, la otra no».
La luz cae al suelo; se le ha caído, rueda y alumbra el techo. Alguien viene hacia mí, rápido, sin dudarlo, atraviesa la celda en dos pasos, se agacha en mi esquina y me coge. Me coge entera.
Le pego. Le pego en la cara, en el pecho, en los brazos, con los puños, con el pulgar fuera, como me enseñaron, le pego todo lo que tengo, que es casi nada, y no me suelta. No me sujeta las manos ni me tira al suelo; no hace nada de lo que hace Bulldog.
Me abraza.
Me rodea con los dos brazos y me aprieta contra él con muchísimo cuidado, sin tocarme la pierna, y aguanta los golpes, y me dice algo al oído, bajito, una y otra vez, que yo no oigo porque estoy gritando. Hasta que me quedo sin aire, dejo de gritar, dejo de pegar, y lo oigo.
—Soy yo. Soy yo, señorita. Soy yo. Soy yo.
Huele a nieve, a sudor, a pólvora, y por debajo de todo, muy por debajo, a fresa. A gominola de fresa.
Levanto la cara. Pelo rubio, revuelto, mojado, con nieve derritiéndose en las puntas, las mejillas quemadas del frío, las pestañas blancas de escarcha, y una cara de niño grande que se está deshaciendo delante de mí, con la boca torcida y los ojos llenos de agua.
Santiago.
No. No, no, no. Lo empujo con las dos manos, con todas las fuerzas que me quedan, me arrastro hacia atrás contra las cajas y lo miro con los ojos muy abiertos.
—No —le digo—. No. Vete.
—Señorita…
—¡Vete! —Me tapo los oídos—. ¡Que te vayas! ¡No eres real! ¡Ya me sé este truco! ¡Ya lo vi a él, sentado ahí, en ese suelo, con la camisa abierta, y no estaba! ¡Lo abracé y no estaba! ¡Ya me inventé una puerta en una pared! ¡No me lo vuelvas a hacer! ¡Vete!
—Señorita, soy yo, de verdad…
—¡No! —Y me doy en la cabeza, con el puño, en la sien, fuerte.
—¡Tonta! —Otra vez—. ¡Tonta! ¡Cabeza tonta! ¡Deja de inventarte cosas! ¡Deja de inventarte gente! —Otra—. ¡Que me haces daño! ¡Que luego se van y me haces daño! ¡Cabeza tonta, tonta, tonta!
Me coge las muñecas. No fuerte: me las rodea con los dedos, las dos, y me las baja despacio hasta mi regazo, y le tiemblan las manos más que a mí.
—No se pegue —me dice. Y la voz le sale partida—. Por favor, señorita. No se pegue. Que ya le han pegado bastante.
Lo miro. Tiene una gominola pegada en el cuello del abrigo, roja, aplastada, congelada, y me quedo mirando la gominola.
—¿Qué es eso? —le pregunto.
Santiago baja la vista, se la ve y se la despega del abrigo con dos dedos.
—Una gominola. —Sorbe por la nariz—. Le traía una bolsa. Las de fresa, las que le gustan. Pero se me han congelado subiendo. Ahora son piedras. —Me la enseña. Es una piedra roja con forma de corazón—. Si se la come, se deja un diente.
La fiebre se inventa cosas preciosas para hacerte daño después.
Pero la fiebre no se inventa una gominola congelada pegada en el cuello de un abrigo.
Eso solo lo puede traer Santiago, que lleva gominolas en los bolsillos a todas partes, a los tiroteos, a los entierros, a la montaña más alta del mundo.
—Santi —le digo.
Y me rompo.
Me rompo encima de él. Me tiro a su cuello y lloro con todo, le agarro el abrigo con los puños y le lleno el cuello de lágrimas y de mocos, y él me abraza fuerte, me mece un poco, me pone la mano en la nuca, en el pelo sucio, y me dice que ya está, que ya está, que ya está.
—Que eres tú —le digo—. Que eres tú, Santi.
—Soy yo.
—Que has venido.
—Hemos venido.
—Se habían olvidado de mí. —Lloro—. Se habían olvidado. No bajaba nadie. Ni Gabriel. Ni Genoveva. Pensé que me iba a morir aquí abajo y que me iban a encontrar cuando bajaran a por las patatas.
—Nadie se ha olvidado de usted, señorita. —Me aprieta—. Nadie. Ni un día. Ni un minuto.