NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

Es Aurelio. Lo reconozco por los zapatos antes que por la cara, esos zapatos marrones de cordones, de ir a misa, que se empeñaba en llevar a cuatro mil metros porque decía que las botas eran de campesinos.

Ahí arriba están, atados a la viga, con los cordones bien hechos.

Y a la altura de mi cintura está su cara, morada, hinchada por toda la sangre que se le ha bajado a la cabeza, con los ojos abiertos y saltones, inyectados, y la lengua fuera, gorda y negra.

Le han abierto el cuello de oreja a oreja.

Como está del revés, la herida se le abre hacia la barbilla, una segunda boca enorme encima de la primera, con los bordes blancos y lo de dentro brillante.

De ahí sale el goteo. La sangre le resbala por la cara, por la frente, por el pelo, y cae desde las puntas al suelo. Plic. Una pausa. Plic.

Debajo de los tres hay un solo charco, grande, negro a la luz de la vela, que ha empezado a cuajarse por los bordes en una piel brillante. Busca la pendiente de las losas y avanza hacia mi puerta. Ya ha llegado. Lo tengo debajo de las botas.

Aquí fuera el olor es otro. No es solo hierro: es hierro y es lo que sueltan los hombres cuando se mueren, lo que se les escapa por abajo en el último momento, mezclado con el sudor viejo de sus ropas y con un rastro dulzón, de carnicería, que se pega a la lengua y no me deja respirar por la boca.

Y por la nariz no puedo. Me dan arcadas y las contengo.

El de la izquierda es Nixon, por el anillo de oro del meñique, el de su abuelo, el que me juró que solo se quitaría muerto. Ahí sigue, colgando hacia el suelo, con una gota roja temblando en la piedra del sello. Ha cumplido su palabra.

El de la derecha es Bruno. El de la barba, el de la cuñada y la comunión, el mismo que ayer apartó la vista al entrar en mi cuarto y la vio a ella en mi cama, el que se santiguó a mi espalda creyendo que yo no lo veía. Tiene la barba apelmazada, negra de sangre, goteando.

Los perros pasan por debajo de los cuerpos. Killer olisquea los dedos de Aurelio, que le rozan el lomo, da un salto atrás con un gemido agudo de cachorro y se pega contra mis piernas, temblando. Killer, que con un año se tiró a la garganta de un oso en el valle.

Me doy cuenta de que estoy respirando muy deprisa por la boca, con un ruido áspero que no reconozco, y me obligo a parar. Uno, due. Pienso.

No los han matado aquí, porque no hay salpicaduras en las paredes.

Los han matado en otro sitio, deprisa y sin ruido, y los han subido hasta este pasillo.

Tres hombres de noventa kilos, a pulso, hasta una viga a tres metros de mi cama.

Han hecho los nudos. Los han colgado en fila, de mayor a menor, con un esmero de escaparatista.

Yo no me he despertado, y los perros no han ladrado.

Eso es lo que me sube por la columna y se queda en la nuca, frío. O ladraron y la grappa no me dejó oírlos. O alguien se agachó delante de ellos en la oscuridad, les habló bajito, les dejó olerle la mano, y ellos, que no son tontos y saben perfectamente quién manda en una casa, decidieron callarse.

Miro a Killer. Killer me mira. Y aparta la vista.

Para salir hay que pasar entre ellos. Me agacho.

La cabeza de Aurelio me roza el hombro y la bata se empapa de algo que todavía guarda calor; los dedos de Nixon me arañan la nuca al pasar, y ya están fríos, fríos de piedra.

La cuerda cruje encima de mí, uno de los cuerpos gira y me golpea el hombro con la rodilla, un golpe blando, sin intención, y casi se me cae la vela antes de incorporarme al otro lado.

El pasillo del ala sur son cuarenta metros de piedra desnuda hasta la escalera principal.

No colgué nada en estas paredes cuando llegamos.

Este sitio no tiene historia mía; tiene la de otros, monjes o soldados o quien fuera que lo levantó a pedradas y lo dejó morir, y yo nunca he querido saberla.

A la izquierda, las ventanas estrechas, con la nieve azotando los cristales y el viento silbando por las juntas del plomo.

A la derecha, puertas. Una cada cinco metros. Todas cerradas.

La vela no alumbra más de tres metros, y más allá empieza un negro espeso donde la alfombra desaparece.

Hace tanto frío que la piedra de las paredes suda escarcha; la veo brillar cuando acerco la llama.

El castillo se está enfriando por dentro, despacio, desde el corazón hacia fuera, lo mismo que le pasa a un muerto.

Los perros vienen detrás, pegados a mis talones, y han vuelto a gruñir, ahora hacia delante, hacia el negro. Levanto la pistola y apunto al centro del pasillo.

—Chi c'è?

La voz me sale tapada por la nariz y me parece la de otro hombre.

Nadie contesta; solo el viento. Doy un paso, otro, y una corriente que llega del fondo tumba la llama hacia atrás y está a punto de apagarla; la protejo con la mano de la pistola hasta que se endereza, y el calor de la cera me quema la palma.

En la primera puerta de la derecha alguien ha escrito algo con el dedo, en rojo, sobre la madera: una sola letra grande, de un palmo, que chorrea de arriba abajo. Una D. Me quedo mirándola, y la sangre de los trazos todavía brilla.

De golpe lo entiendo todo. Yo le escribí a ella una letra en la pierna, y alguien me la está devolviendo en las puertas de mi casa.

Pero es imposible. Está muerto. Nino me lo escribió: siete balas en un callejón, sin cuerpo y sin fotos, fidati di me. Fidati di me.

Mi padre no se fió. Mi padre, al teléfono, con su paciencia de viejo que lo ha visto todo: «Ese hombre no se muere, ragazzo. Se ha muerto ya tres veces y las tres ha vuelto con hambre. Si es mentira, va a venir. Y no va a venir a hablar». Y yo le grité que no era un niño.

Ahora la que me tiembla es la pistola. La sujeto con las dos manos, con la vela apretada contra la empuñadura y la cera goteándome en los nudillos, y sigue temblando. Sigo andando.

Segunda puerta. D. Tercera puerta. D. Cuarta. D. Rojas, chorreando, una en cada puerta, cada vez más grandes, cada vez con más sangre. Alguien ha ido mojando el dedo en otra cosa entre puerta y puerta, y no quiero pensar en qué.

En la quinta puerta me paro. Es la de ella, la de mi mujer: el cuarto que me traje desde Palermo, la cama, el tocador, el perfume, todo colocado en el mismo sitio, a la misma distancia de la ventana, para que al abrir la puerta fuera otra vez su cuarto.

La puerta está abierta, y en el umbral, de pie contra el marco, mirándome a mí, está la foto. La que yo dejo siempre boca abajo en el tocador porque no soporto su cara. Alguien la ha sacado del cuarto y la ha puesto en mi camino.

Florencia sonríe en la foto, con diecinueve años y el pelo recogido. Encima de su cara, encima de los ojos, alguien le ha pintado una D.

Del cuarto sale un olor a flores viejas, a polvo, al último dedo de su perfume, y mezclado con él, el olor a hierro. Se me suelta por dentro un nudo viejo que llevaba años aguantando sin que nadie lo tocara.

—¡SAL! —le grito a la oscuridad, con la voz rota, partida, tapada—. ¡Sal de una vez, hijo de puta! Fatti vedere!

El eco me la devuelve desde el fondo cuatro, cinco veces, cada una más pequeña, hasta que se apaga y vuelve el viento.

Los perros se han parado en seco a mi lado.

Ya no gruñen: tienen las orejas tiesas hacia delante, el rabo metido entre las patas, el cuerpo bajo, pegado al suelo, y miran al final del pasillo.

Levanto la vela todo lo que me da el brazo.

Al final del pasillo, donde empieza la escalera, hay dos sombras de pie que no se mueven.

La luz no llega hasta ellas. Lo que hay al fondo es más oscuro que la propia oscuridad.

Son dos siluetas altas, una más ancha que la otra.

Una lleva un brazo doblado contra el pecho.

La otra tiene los brazos caídos y algo largo en una mano, apuntando al suelo, del que cae algo.

Una gota. Otra. Las oigo dar contra la piedra a cuarenta metros, en el silencio que deja el viento entre ráfaga y ráfaga.

No les veo las caras. Veo su aliento, eso sí: dos nubes blancas que salen de la oscuridad a la altura de una cabeza, tranquilas, mucho más tranquilas que la mía.

Apunto a la de la derecha, a la más ancha, al centro del pecho, y pongo el dedo en el gatillo. No disparo. La mano me tiembla tanto que no sé a cuál de las dos le daría.

Me pitan los oídos. Huele a algo agrio que no había olido nunca y que reconozco enseguida, porque me sale de debajo de la bata, de las axilas, de la nuca, de las palmas de las manos: mi propio miedo.

Entonces, desde el fondo del pasillo, desde una de las dos sombras, llega una voz.

Baja. Tranquila. Sin ninguna prisa. Una voz que llevo años oyendo en grabaciones, en llamadas pinchadas, en vídeos borrosos que mi padre me ponía sobre la mesa del despacho diciéndome «este, ragazzo, este es el que te va a quitar el sueño».

Una voz que está muerta.

—Buenas noches, Bulldog. He venido a que me des el pésame.

VICTORIA

Me despierto llorando. No sé desde cuándo, no sé si he llorado dormida o si me he despertado porque lloraba, pero tengo la cara empapada, la almohada de piedra empapada, los mocos hasta la boca, y un hipo que me sacude entera y que me tira de la pierna cada vez que me sube por el pecho.

Está todo más negro que antes. Antes, por debajo de la puerta, entraba una rayita de luz amarilla del pasillo, una rayita de nada que yo miraba durante horas, y la rayita no está.

El zumbido de la pared, ese ronroneo de máquina que llevaba días oyendo sin saber que lo oía, tampoco, y se ha llevado con él el poco calor que subía por las tuberías.

Ahora el frío baja por las paredes, se mete por debajo de la manta de Genoveva y se queda dentro de los huesos, tan adentro que no sabía que ahí se pudiera tener frío.