CAPÍTULO 15
BULLDOG
Me despierta una gota que me cae en la cara, tibia y pesada, justo entre las cejas. Abro los ojos y no hay nada; la oscuridad es tan espesa que tengo que parpadear dos veces para convencerme de que los tengo abiertos.
Hace frío, y no el frío de siempre, el que se queda pegado a la piedra de este sitio y que ya ni noto, sino otro, uno que se ha metido debajo de las mantas mientras dormía y me ha subido por los tobillos.
Fuera aúlla la ventisca. No sopla: aúlla, entra por las aspilleras del muro norte y vuelve a salir por las chimeneas, y en algún lugar del ala este una contraventana mal cerrada golpea una vez, otra, con la paciencia de quien sabe que nadie va a ir a cerrarla.
Respiro por la boca, porque por la nariz no puedo.
La tengo partida e hinchada bajo dos tiras de esparadrapo, latiéndome con cada pulso.
Gabriel me la colocó esta tarde de un tirón, con los dos pulgares, y durante diez segundos lo vi todo blanco y le dije en siciliano cosas de su madre que no le había dicho en treinta años de servicio.
Él se lavó las manos y me pidió que no me la tocara.
Me la toco. Me duele, y me gusta que me duela. Esa mujer de cincuenta y seis kilos me ha roto la cara con la frente. En Palermo hay hombres que lo intentaron con un bate y se quedaron con las ganas.
Me cae otra gota, en el mismo sitio, con una puntería que no me gusta nada. Me paso los dedos por la frente y resbalan; me los llevo a la boca, despacio, y los huelo. Hierro: moneda vieja, matadero en agosto, el asiento de atrás de los coches que después hay que quemar.
Me incorporo de golpe. Ese olor lo conozco mejor que el de mi colonia.
Anoche lo tuve en estas mismas sábanas, antes de que Genoveva las arrancara llorando y las hundiera en un barreño de agua fría, rezando entre dientes por un alma que no sé si era la de ella o la mía.
Lo tuve en las manos durante horas, aunque me las froté tres veces con el cepillo de uñas hasta hacerme sangre yo también.
Alargo el brazo hacia la lámpara y giro el interruptor.
Nada. Lo giro otra vez, y otra, con un clic seco que en la oscuridad suena a gatillo sin bala.
Me levanto descalzo y la piedra me muerde las plantas de los pies.
Cruzo la habitación con las manos por delante, contando pasos, hasta que los dedos tocan la pared y encuentran el interruptor grande junto a la puerta. Lo bajo. Niente.
El generador está en el sótano, en la sala que hay junto a la de ella, con dos tanques de gasoil que Aurelio revisó el martes. Desde que compré esta montaña no ha fallado ni un solo día, y esta noche se ha callado.
Me quedo con la mano sobre el interruptor, y entonces oigo a los perros.
No ladran, y eso es lo primero que me hiela, más que la sangre y más que la oscuridad.
Killer y Nerón ladran a todo: a los porteadores, a Gabriel cuando enciende la pipa, a los cuervos; ladran por oficio y por aburrimiento.
Esta noche gruñen, un gruñido bajo, de pecho, sin pausa para respirar, que me sube por la piedra hasta los pies descalzos.
—Killer. Nerón. Basta.
No paran. Es la primera vez en su vida que me desobedecen, y yo, que he callado mesas enteras con una palabra, me quedo en medio de mi habitación sin saber qué decir después.
Vuelvo a tientas hasta la mesilla y abro el cajón.
La pistola está donde tiene que estar, fría y pesada.
Debajo, la caja de cerillas y la vela que obligo a tener en cada mesilla de este sitio, porque en la punta del mundo la electricidad es un favor que te hace la montaña y la montaña no le debe favores a nadie.
Rasco la cerilla. El fogonazo me ciega, huele a azufre, y la llama se encoge y se estira antes de calmarse.
Prendo la mecha y la habitación aparece a pedazos en un círculo de luz amarilla de un metro, temblorosa, rodeada de sombras que se mueven cada vez que me tiembla el pulso, y me tiembla; veo mi aliento, blanco, deshaciéndose delante de la llama.
Los perros están a los pies de la cama, los dos de pie, con el pelo del lomo erizado desde la nuca hasta el rabo, los belfos levantados y los colmillos al aire, brillando de saliva. No miran a la puerta. No miran a la ventana: miran al techo.
Levanto la vela.
El techo es de vigas de castaño ennegrecidas con tablones entre ellas, y encima de los tablones está la habitación del ala norte que nadie ha usado desde que llegamos.
Justo sobre mi almohada, entre dos tablones, hay una mancha oscura del tamaño de una mano abierta que brilla a la luz de la vela.
Crece. La veo hincharse por los bordes, beberse la madera, avanzar por las vetas con una lentitud obscena, y en el centro, en la junta, se forma una gota que se queda colgando de la viga con la llama reflejada dentro, roja, redonda, perfecta, hasta que cae sobre la almohada, en el hueco que todavía guarda la forma de mi cabeza.
Bajo la vela hacia la cama. Genoveva puso sábanas blancas esta mañana, porque las grises no se iban a poder usar nunca más, y sobre el blanco hay manchas redondas en fila, del embozo a la almohada, marcando el camino exacto de mi cara mientras dormía.
Me miro la mano: roja. Tengo sangre bajándome por el entrecejo, por la nariz rota, por la comisura de la boca, todavía tibia. Non è mia. Me froto la cara con la manga del pijama hasta que me arde la piel, y el olor no se va.
Alguien se está desangrando en la habitación de arriba. Y lleva tanto rato haciéndolo que la sangre ha atravesado el suelo para venir a buscarme.
Pienso. Mi padre dice que el miedo es lo que le pasa a un hombre cuando deja de pensar. Chi pensa non ha paura, ha problemi. Y los problemas se resuelven.
Esta tarde, a las tres, la radio del valle se volvió loca.
Durante veinte minutos estuve en la torre con los auriculares puestos, oyendo a los hombres que mi padre mandó desde Palermo gritarse unos a otros por encima de las explosiones, ci attaccano, sono troppi, elicotteri.
Luego llegó la tormenta, y después de la tormenta no quedó en los auriculares más que un ruido de arena.
Llamé a mi padre por el satélite y no contestó.
A las ocho, sin noticias, hice lo que él me enseñó: pensé.
Que eran setenta hombres con ocho helicópteros.
Que esta montaña no la sube nadie con una noche así, ni siquiera los porteadores, que nacen aquí arriba con unos pulmones del tamaño de un yak.
Así que cené solo, me tomé las pastillas que Gabriel me dio para la nariz con dos copas de grappa que él me había prohibido, y bajé al sótano.
Abrí la mirilla de su puerta y la miré dormir.
Tenía encima la manta de Genoveva, que Genoveva cree que no he visto, y la pierna vendada fuera de la lana porque el roce le hacía daño.
Dormía con la boca entreabierta y la mano izquierda cerrada en un puño sobre el pecho, apretando el anillo con una fuerza que no tiene despierta.
Estuve diez minutos mirándola. Luego cerré la mirilla y subí a acostarme, con la pistola en la mesilla, siete hombres en la casa y dos perros a los pies.
Pero alguien ha entrado. Ha entrado con esta tormenta, ha callado un generador que no se calla, ha subido a la habitación que tengo sobre la cabeza y ha dejado a alguien desangrándose justo encima de mi almohada, sabiendo dónde iba a caer.
No ha venido a matarme. Si hubiera querido, habría tenido tiempo de sentarse en el borde de mi cama, fumarse un cigarro entero y abrirme el cuello cuando le apeteciera, con lo que he dormido esta noche.
Ha venido a despertarme, solo, a oscuras, con la cara manchada. Ha venido a que tenga miedo.
Compré esta montaña para esperarlo a él.
Subí a mis perros, a mis hombres, a mi cocinera, el cuarto de mi mujer pieza a pieza, y a ese otro, el de la silla, que viaja conmigo a todas partes.
Lo subí todo aquí para que él tuviera que venir a buscarla a mi terreno, a mi frío, a mi altura.
Y aquí estoy yo, el hijo de Jean, de pie en mi propio cuarto, en pijama, descalzo, con una vela en la mano.
Y la vela me tiembla.
Me pongo la bata de lana azul oscuro que me regaló mi hermana hace once Navidades y que nunca uso porque lleva mis iniciales bordadas y me parece de nuevo rico, y meto los pies en las botas sin atarlas.
La vela en la izquierda, la pistola en la derecha, el seguro fuera con el pulgar: un chasquido que suena demasiado alto.
—Andiamo.
Los perros se vuelven a mirarme sin dejar de gruñir al techo; por lo menos me miran.
Pego la oreja a la puerta, y la madera está helada.
Oigo la ventisca lejos y mi corazón muy cerca, en la nariz rota, en las sienes, en la garganta, y al otro lado oigo algo más: una gota sobre la piedra y, por debajo, más grave, un crujido de cuerda tensa, de cáñamo estirado por un peso que se balancea.
Abro.
Lo primero que hago es levantar la pistola. Lo segundo, bajarla, porque lo que me espera delante de la puerta ya no se va a mover nunca más.
Son tres. Cuelgan de la viga gruesa que cruza el pasillo frente a mi cuarto, de los ganchos de hierro que encontramos aquí cuando llegamos, oxidados, y que nunca supe para qué servían.
Ahora lo sé. Están atados por los tobillos con cuerda de escalada, cabeza abajo, con los brazos abiertos hacia el suelo y las yemas de los dedos rozando la piedra.
Giran despacio. La corriente que he hecho al abrir los ha puesto en marcha, y la cuerda cruje, y los cuerpos dan media vuelta y vuelven, hasta que el del centro se detiene de cara a mí y me mira del revés.