CAPÍTULO 14 #4
La fila se para detrás de mí y la cuerda se afloja.
Diecisiete hombres helados, de pie en la nieve, mirando hacia arriba, con la escarcha en las barbas, las pestañas blancas y las manos que ya no sienten el fusil.
Nadie dice nada; hasta Roni se calla. Santiago se santigua despacio, con el rosario fosforito en la mano.
—Madonna —dice Tano, muy bajito—. ¿Ella está ahí dentro?
—Ella está ahí dentro.
—¿Una semana?
—Siete días. Esta noche, siete.
Nadie dice nada más. Me miro la muñeca: saco el brazo de debajo del abrigo, me quito el guante con los dientes y miro la pulsera con la nieve cayéndome encima.
Gris, lento, terco. Late.
Me pongo el guante y me giro hacia ellos, hacia los diecisiete, hacia las caras que casi no veo, blancas de escarcha, con los ojos rojos de viento, mirándome.
—Hemos llegado —les digo.
No grito, no hace falta. El viento ha parado justo ahora, y en el silencio mi voz llega hasta Turi, el último.
—Ahí arriba hay ocho hombres. Un perro con pelo gris.
Y una mujer que lleva siete días esperándome con un anillo en la mano.
—Los miro uno por uno—. Hoy se nos han quedado cuatro en el valle.
Cuatro. Ciro, que se casaba en septiembre.
Pietro. El Sordo. Salvo. Y no me sobra ninguno. No me sobra nadie.
Turi levanta la cabeza.
—Así que escuchadme bien, porque no lo voy a repetir.
Esta noche entramos. Esta noche la sacamos.
Y mañana, cuando amanezca, quiero bajar esa montaña con todos vosotros detrás.
Con todos. Con los diecisiete. Vivos. —Hago una pausa—.
El que se me muera ahí dentro, que sepa que voy a ir a buscarlo al infierno y que lo voy a traer de vuelta de una oreja para matarlo yo. Que es más lento.
Nadie se ríe, pero Roni sonríe debajo de la escarcha, y Tano, y Giuseppe detrás de la mascarilla, y Turi, al final, el último, con el fusil al hombro, asiente una vez.
—Y otra cosa. —Me giro hacia el castillo—. Al del pelo gris no lo toca nadie.
La ráfaga vuelve. La nieve se cierra delante de nosotros de golpe y el castillo desaparece detrás; solo queda la luz roja de la torre, un punto flotando en la tormenta.
Empezamos a subir.
La puerta está donde dijo Dawa, detrás de la cocina, en una cara del castillo sin ventanas: una plancha de metal lisa, gris, encastrada en la piedra negra, sin manilla, sin cerradura, sin nada por fuera.
Delante, la nieve está virgen. La tormenta lo ha tapado todo, y si alguien ha salido por aquí alguna vez, la montaña ya se ha encargado de borrarlo.
Desato la cuerda de mi cintura. Los hombres se reparten a los lados de la puerta, pegados a la piedra, sin que tenga que decirles nada: Roni a la izquierda, con el cuchillo en la mano; Enzo a la derecha; Santiago detrás de Enzo, metiéndose el rosario por dentro del abrigo, por fin; Tano y los suyos más atrás, cubriendo la esquina; Turi, solo, mirando hacia arriba, hacia la torre; Giuseppe detrás de mí, con la pistola.
Levanto el puño. Tres golpes secos contra el metal, que suenan huecos y el viento se los lleva. Espero, uno, dos, tres, cuatro, cinco. Dos golpes.
Silencio. Después, al otro lado, un ruido: un cerrojo, una barra de metal que se desliza, un crujido de hielo partiéndose en las juntas.
La puerta se abre hacia fuera. Por la rendija se derrama en la nieve una luz blanca, de fluorescente, y sale un vaho más frío que la tormenta, que huele a carne y a escarcha.
Detrás asoma una cara: un hombre de los de Bulldog, barba sin afeitar, gorro de lana, una linterna en la mano, ojos hinchados de sueño.
Abre la boca para decir algo en siciliano.
No lo dice. Roni lo tiene antes de que la cierre, con el brazo por el cuello, por detrás, y lo saca de la puerta tirando hacia abajo, hacia la nieve, sin ruido, y lo aprieta mientras el hombre patalea.
Diez segundos, quince. Cuando el hombre deja de patalear, Roni lo deja con cuidado en la nieve, de lado, con la cabeza apoyada en su propio gorro.
—Dormido —susurra—. Solo dormido, Don. Como usted dijo. Los de arriba son suyos.
Asiento y empujo la puerta. Dentro hay luz, un fluorescente que parpadea y zumba, y estanterías, sacos, jamones colgando de ganchos, un cordero abierto en canal, escarcha blanca por las paredes.
En el centro, en una silla, detrás de una cortina de tiras de plástico, hay un hombre azul con los ojos abiertos y una zapatilla de bebé en el regazo.
Santiago lo ve y se santigua tres veces. Roni lo ve y se queda quieto. A Giuseppe, cuando lo ve, le cambia la cara; se acerca y mira la zapatilla, la mira mucho rato, el lacito azul, y sin decir nada se da la vuelta.
Yo no me paro. Paso por al lado de la silla, paso por debajo de los jamones y llego a la puerta del otro lado, la de madera, la que da a la cocina, a la casa, a la escalera, al sótano. Me meto la mano en la chaqueta y toco el calcetín mojado contra mi pecho.
Detrás de mí, el último de los diecisiete cruza el umbral y Enzo cierra la puerta de metal, despacio, sin ruido, y la tormenta se queda fuera, golpeando la piedra.
Ya está. Estamos dentro.