CAPÍTULO 14 #3
El último que quedaba en el aire no ha vuelto. No sé si se ha estrellado contra una pared o si ha llegado a algún sitio; con esta nieve, por aquí no va a volar nadie hasta que pare, ni suyo ni mío. Cuatro míos, y no sé cuántos suyos. Muchos, los suficientes para que el valle huela a lo que huele.
Tengo un prisionero, uno solo: un chico de veintitrés, veinticuatro años, de Palermo por el acento. Tiene una pierna rota y está sentado en la nieve contra un bidón, temblando, con las manos en alto aunque nadie se lo ha pedido. Me agacho delante de él.
—La mujer.
No contesta.
—La mujer que tiene arriba. Pelo negro. Ojos azules. Habla mucho. ¿Qué sabes de ella?
—Nada.
Le pongo el pulgar encima de la pierna rota. No aprieto; solo lo pongo.
—Nada, te lo juro. —Le tiembla la voz—. Solo lo que se dijo por la radio. Anoche. Que se escapó. Que la encontraron en la nieve. Y que… —para.
—Y que qué.
—Que el jefe la castigó. —Me mira con los ojos muy abiertos—. No sé qué le hizo. Te lo juro por mi madre. Solo dijeron eso. Que la castigó y que la bajaron al sótano. Y que el médico estuvo abajo dos horas.
Me levanto y me miro la muñeca. Gris. Me acuerdo del verde casi negro de las dos y diez, en el hangar, y ahora ya sé qué era.
Dos horas el médico.
El chico me mira desde el suelo. Sabe lo que viene; lo sabe desde que me ha visto agacharme.
—Lo siento —le digo—. De verdad. Hoy no tengo sitio para prisioneros.
El calcetín lo encuentra Santiago. Está buscando munición entre los restos de una tienda que ya no arde, al pie de la pared de roca, justo debajo, y se agacha y saca de la nieve una cosa blanca, pequeña, mojada, y me la trae.
—Don. Mire.
Es un calcetín. Gordo, de lana gruesa, de punto, de los que hacen las abuelas, blanco o crudo; grande, demasiado grande para un pie como el suyo, con una carrera en el talón. Me lo quedo mirando.
Levanto la vista. La pared de roca sube y se pierde en la tormenta, sin que se vea el final, solo nieve, hasta que durante un segundo una ráfaga se abre y veo muy arriba, a doscientos o trescientos metros, el borde de una ladera blanca. Luego la ráfaga se cierra.
Ahí arriba está el castillo.
—Es suyo —digo.
—¿Cómo lo sabe, Don?
—Porque es grande. —Le doy la vuelta en la mano—. Es de una vieja. Es de abuela. Y ella, cuando tiene frío, se pone dos pares. Uno suyo, y encima uno que roba. Siempre roba el de encima. —Aprieto la lana mojada—. Este es el de encima. Se le ha caído desde ahí arriba.
Santiago levanta la cabeza y mira hacia donde estaba el borde, que ya no se ve: solo nieve cayendo desde arriba, desde muy arriba, desde donde cayó el calcetín. Se pone blanco.
—Don… ¿y ella?
—Ella está viva —le digo—. Esta mañana me ha mandado azul. Los muertos no se enfadan.
Me meto el calcetín en el bolsillo de dentro de la chaqueta, contra el pecho.
Al anochecer, la tormenta no ha parado; ha empeorado.
Subimos diecisiete, los que pueden andar, los que pueden sujetar un arma con los dedos que les quedan sin congelar, todos con traje de pluma, crampones y oxígeno: los ocho de Chamonix y los que Giuseppe traía en las cajas del avión gris, porque él sí sabía cuántos íbamos a ser.
Totò se queda abajo, en un barracón, con los heridos y con el rifle encima de las rodillas, porque dice que a los setenta y un años las cuestas se las sube su nieto. Tano quería quedarse con él. Le he dicho que no, que lo necesito arriba.
Turi Ruggiero no ha preguntado. Ha tapado a su hermano con una lona, ha puesto dos piedras encima para que no se la lleve el viento, le ha dado un beso en la frente a través de la lona y se ha puesto el último de la fila con el fusil al hombro.
Nadie le ha dicho que se quede; a un hombre así no se le dice nada.
Nos atamos con una cuerda, uno detrás de otro, cintura con cintura, porque es la única manera. En esta tormenta, el hombre que va delante de ti es una sombra a dos metros, y a tres metros no es nada. Si se suelta uno, no lo encuentras hasta el deshielo.
Yo voy delante. Detrás de mí, Giuseppe, con el brazo en cabestrillo debajo del abrigo y la pistola en la mano buena; después Enzo; después Santiago, con el rosario fosforito colgando por fuera, brillando verde en la oscuridad, que le he dicho tres veces que se lo meta y tres veces se le sale, y a la cuarta lo he dejado, porque es lo único que se ve de toda la fila.
Después Roni, después Tano, Mimmo y los demás, y Turi, el último, cerrando.
El camino de los porteadores sube por la cara este, una cicatriz en la montaña: un sendero de un palmo, tallado en la roca, con hielo debajo de la nieve y un precipicio a la derecha que no se ve. Mejor así.
La tormenta no sopla, golpea. Llega en ráfagas que te empujan contra la pared o te tiran hacia el vacío, sin avisar, sin orden.
La nieve no cae, va de lado, y se te mete en los ojos, en la boca, en las orejas, por dentro del cuello; se te pega a las pestañas y se congela ahí, y tienes que ir rompiéndote el hielo de los ojos con los dedos para ver la sombra que llevas delante.
Cuatro horas. Nadie habla, menos Roni.
—Don. —Tiene que gritarlo para que se oiga.
—¡Qué!
—¡Si me caigo, ¿los treinta mil se los dan a mi novia?!
—¡Si te caes, se los doy al perro de tu novia!
Cinco pasos de silencio, y una ráfaga.
—¡Me parece justo! ¡Es el único de esa casa que me quiere!
Detrás de él, Tano suelta una carcajada que se lleva el viento.
Una hora después:
—¡Don!
—¡Qué!
—¡¿Usted ha pensado qué le va a decir?!
—¡¿A quién?!
—¡A la señorita! ¡Cuando la vea! —Resopla—. ¡Mi novia, cuando vuelvo de un trabajo, siempre me dice lo mismo! ¡«¿Has traído pan?»! ¡Da igual lo que haya pasado! ¡«¿Has traído pan?»!
Lo pienso mientras subo. Me resbala la bota y me agarro a la roca con la mano, y la roca me quema la palma a través del guante.
—¡No lo sé, Roni!
—¡Pues piénselo, Don! ¡Que eso es importante! ¡Eso se lo va a recordar toda la vida!
A la tercera hora, la cuerda tira hacia atrás. Me giro: Giuseppe se ha sentado en la nieve. No se ha caído; se ha sentado, que en él es peor. Respira con la boca abierta, el aire no le llega y tiene la cara gris debajo de la escarcha de la barba.
—Sigue —me dice. Casi no lo oigo—. Sigue tú. Ya subo.
—No.
—Darío, que tengo un hombro reventado, veintinueve años, catorce de tabaco negro, y ningún pulmón.
—Me dijiste en Latina que tú entrabas por donde nadie mira.
—Me agacho delante de él, en la nieve, con la cuerda tirante entre los dos—.
Pues mira. Nadie mira por aquí. Nadie en su sano juicio sube por aquí con esta noche.
Esto es exactamente lo que me prometiste.
Y no entro en ese castillo sin ti, porque si entro sin ti me lo vas a recordar en todas las cenas de Navidad hasta que nos muramos.
Me mira, respirando. Enzo le pone la mascarilla de oxígeno en la cara y Giuseppe respira de ahí cinco minutos, diez, mientras la nieve lo va tapando. Luego se levanta.
—Eres insoportable —me dice a través de la mascarilla.
—Desde que tenías seis años.
Lo vemos de golpe. La ráfaga se abre, no sé por qué; el viento cambia, o se cansa, o toma aire para el siguiente golpe, y durante unos segundos la cortina de nieve se aparta de delante de nosotros, de lado, y lo que hay detrás aparece de golpe.
Ahí está. El castillo.
Lo tenemos encima, a cien metros, más arriba que nosotros, clavado en el borde de la montaña, con el abismo a los pies y el cielo negro a la espalda.
No es un castillo de cuento. No tiene nada de bonito.
Es una mole de piedra más negra que la noche que hay detrás, levantada a pedradas encima de la roca, con los muros tan altos y tan lisos que la nieve no se les pega: resbala y cae.
Lo único blanco que tiene son los carámbanos que le cuelgan de las cornisas, largos, afilados, una hilera de dientes a lo largo de todo el tejado.
Sin bandera, sin escudo, sin nada que diga de quién es.
No le hace falta. Se sabe de quién es.
Hay una torre alta, estrecha, torcida un poco hacia el vacío, o eso parece desde aquí abajo, y arriba de la torre, en una ventana estrecha, una luz roja, pequeña, fija, un punto sin parpadear. Nada más.
Ninguna otra ventana encendida, ningún humo saliendo de las chimeneas, ningún ruido.
Un edificio de ese tamaño, con gente dentro, en mitad de una tormenta así, y no sale ni un ruido: ni un perro, ni una voz, ni una puerta.
Parece muerto, una cosa que lleva siglos muerta y que se ha quedado ahí arriba de pie, por costumbre, esperando a que alguien suba a hacerle compañía.