NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 14 #2
38%

CAPÍTULO 14 #2

Lo que hay entre la pista y el castillo es un valle largo, ancho, blanco, partido por un río helado, y al final del valle, debajo de una pared de roca que sube y sube hasta perderse en las nubes, hay un campamento.

Lo veo con los prismáticos desde una cresta, tumbado en la nieve, con Giuseppe a mi izquierda y Totò a mi derecha.

Tiendas, muchas, grises, de las del ejército.

Restos de hogueras negras en la nieve. Hombres de pie con fusiles colgados, con gorros, con las manos en los bolsillos, pisando fuerte para no congelarse.

Más allá, en una explanada, helicópteros: cuento ocho, negros, sin matrícula, con hombres alrededor quitándoles las fundas de los rotores.

Se están preparando para salir a mirar el cielo como cada mañana, esperando a que aparezca algo.

—Ahí los tienes —dice Giuseppe—. Los de Palermo. Los de Jean. El que te miraba en la cena como si fuera a ser tu padrino de boda.

—Ese padrino está muerto. Todavía no lo sabe.

—Por eso ha mandado a tantos.

Totò, a mi derecha, no mira con prismáticos, mira por la mira de su rifle, y hace un ruido con la lengua.

—Son muchos, Don.

—Son muchos y tienen frío, Totò. Y llevan una semana mirando al cielo. —Bajo los prismáticos—. Nadie mira al cielo una semana sin aburrirse. Están aburridos. Están helados. Y creen que el que viene, viene volando.

—¿Y no?

—No. El que viene ya ha llegado. Y está tumbado en la nieve, encima de ellos, con muchas ganas de desayunar.

Me giro hacia atrás, hacia los treinta hombres tumbados en fila en la ladera, esperando, y les explico lo que van a hacer. Es corto, porque a mí no me gusta hablar mucho antes; me gusta hablar después. Cada uno sabe dónde va, qué tiene que hacer, y que cuando yo levante la mano no hay vuelta atrás.

—Y escuchadme bien —digo al final—. Estos no son los de arriba. Los de arriba son ocho, y son míos. Estos son de Jean. Estos son los que se van a meter entre ella y yo. —Miro la fila—. A estos no se les perdona nada.

Nadie contesta. Roni se quita la mascarilla de oxígeno, se la guarda en el bolsillo y se santigua, y pone esa cara, la de los casinos.

Me miro la muñeca. Gris. Ya no azul: gris otra vez, pesado, lento. Le han dado algo, o le duele tanto que la furia no le llega. Aguanta, nena. Ya bajo yo a desayunar por los dos.

Levanto la mano.

No hay manera de contar una guerra en orden. Las guerras no tienen orden. Tienen ruido.

Lo primero es el ruido. El estruendo que rebota contra las paredes del valle y vuelve multiplicado, cuatro, cinco veces, hasta que no sabes qué ha sonado y qué es eco.

La nieve que salta del suelo, el humo negro sobre lo blanco, los gritos en siciliano, en napolitano, en italiano de Palermo, mezclados, sin entenderse.

El primer helicóptero no llega a despegar.

Se le acerca un hombre de los míos por detrás de las tiendas y, cuando el piloto se da cuenta, ya no tiene helicóptero: tiene un agujero en la nieve y una columna de humo que sube recta, sin viento, hasta las nubes.

Los otros siete despegan, y ahí empieza lo difícil.

Me tiro detrás de una roca, con la nieve hasta los codos. A mi lado, Totò está tumbado boca abajo con el rifle apoyado en una mochila, quieto, absolutamente quieto, tanto que no le veo respirar. Lleva así desde que levanté la mano, y a su alrededor salta la nieve y él no parpadea.

Un helicóptero pasa por encima de nosotros, tan bajo que el aire de las aspas me arranca el gorro y levanta un remolino de nieve que me ciega. Cuando se me aclara la vista, Totò dispara. Una vez.

El helicóptero sigue volando dos segundos, tres, y después empieza a girar sobre sí mismo, despacio, sin sentido, echando humo blanco por arriba; gira, gira, se inclina y se va de lado contra la pared de roca del fondo del valle. El ruido llega después. Siempre llega después.

Totò mete otra bala sin decir nada, sin sonreír siquiera, y mueve el rifle unos centímetros a la izquierda, buscando el siguiente.

—Totò —le digo—. ¿Cuántos años tienes?

—Setenta y uno, Don.

—¿Y cuándo piensas jubilarte?

—Cuando falle uno.

Pasa una hora, o pasan diez minutos, no lo sé. Bajo con los míos por la ladera hacia el campamento, corriendo agachado, con la rodilla mala gritándome a cada paso. La nieve es honda y cada paso es sacar la pierna de un pozo, y entonces oigo su voz.

«Ay, mira, mira cómo corre. Con la cojera. Pareces el abuelo de Heidi. Vas a llegar al castillo con noventa años y yo te voy a tener que empujar en la silla de ruedas».

—Cállate —le digo en voz alta.

—¿Don? —Santiago, detrás de mí, cargado con una caja de munición que pesa la mitad que él.

—Nada. Corre.

Las tiendas arden, y el humo es negro y huele a plástico y a carne. Hay hombres en el suelo; algunos se mueven, otros no se van a volver a mover. Hay uno sentado contra un bidón, con las piernas abiertas, mirándose las manos llenas de su propia sangre, sin entender de dónde le sale.

Paso a su lado sin mirarlo. Uno de los de Palermo sale de detrás de una tienda con un fusil, me ve y levanta el arma.

No le da tiempo. Lo tengo encima antes de que termine de levantarla: le aparto el cañón con el antebrazo y le meto el cuchillo por debajo de la barbilla, hacia arriba, hasta la empuñadura.

Se le abren mucho los ojos, mucho, y le sale un ruido por la boca, una burbuja, mientras su sangre caliente me cae por la muñeca, por dentro de la manga, y le pasa por encima a la pulsera.

Saco el cuchillo y se cae. Me limpio la pulsera con la nieve.

—A ella no le gusta que la manchen —le digo al muerto—. Es muy suya.

A Ciro le dan en el cuello. Lo veo: está a diez metros, detrás de una caja, se asoma para disparar y de pronto se lleva la mano al cuello y se sienta en la nieve, despacio, sin prisa. Se sienta y se queda sentado, y la nieve, a su alrededor, se pone roja muy deprisa de lo que debería.

Cuando llego, ya no está.

Tiene veintiséis años. Tenía. Me lo dijo Tano en el avión: que se casaba en septiembre, que la novia era de Pozzuoli y tenía un hermano policía, y que en la boda iba a haber que esconder a la mitad de los invitados. Le cierro los ojos.

—Lo siento, Ciro.

Me levanto, porque hay más. A Pietro Esposito le explota algo al lado y no queda bastante de él para cerrarle los ojos.

Al Sordo lo encuentro después, detrás de un barracón, sentado contra la pared, con un agujero en la tripa y un cigarro sin encender en la boca. Me ve llegar y se quita el cigarro.

—Don. ¿Tiene fuego?

Le enciendo el cigarro. Le da una calada, tose sangre y le da otra.

—Lo que decía la gente —dice—. Que no soy sordo. Que oigo lo que me conviene.

—Ya lo sé.

—Pues ahora no oigo nada. —Sonríe—. Ni lo que me conviene. Debe de ser esto.

Le da la tercera calada. Y ya no le da la cuarta.

Los Ruggiero son lo peor. Salvo y Turi, gemelos, cuarenta y cuatro años, catanienses, uno con el pelo blanco y el otro con el pelo negro, porque Salvo se lo tiñe y Turi dice que teñirse es de mujeres.

No se hablan desde una boda en el noventa y ocho, y nadie sabe qué pasó en la boda.

Unos dicen que una mujer; otros, que una deuda; otros, que un plato de arancini que uno se comió y era del otro.

Veintiocho años sin dirigirse la palabra: trabajan juntos, viajan juntos, duermen en la misma habitación de hotel cuando hace falta, y no se hablan.

La tormenta llega a mitad de la pelea. No la vemos venir, porque estamos demasiado ocupados mirando hacia abajo, y de pronto el cielo, que estaba azul, limpio, de postal, se pone blanco por el norte: un muro, una pared blanca que baja por el valle a toda velocidad, comiéndose las crestas una detrás de otra.

El viento llega antes que la nieve. Arranca las lonas de las tiendas que no arden y se las lleva volando, tira a un hombre de los de Palermo al suelo de un empujón y levanta la nieve del suelo en remolinos que suben hasta la altura de un edificio.

Después llega la nieve, de lado, a puñados, tan espesa que de un momento a otro el hombre que tienes a diez metros es una mancha, y la mancha desaparece.

Los helicópteros que quedan en el aire se vuelven locos.

Los oigo, no los veo: oigo los motores subiendo y bajando, buscando el suelo a ciegas.

Uno pasa por encima de mí, rozando la nieve; otro se oye alejarse hacia el sur y ya no se oye más.

El último, el que se ha quedado dando vueltas alto, baja en una pasada desesperada antes de que la tormenta lo trague del todo, y barre la explanada.

A Salvo le dan en el pecho. Turi está a cinco metros.

Lo ve caer y se queda quieto un segundo. Después suelta el fusil, se tira de rodillas a su lado en la nieve, le coge la cabeza con las dos manos y le habla.

Le habla. Después de veintiocho años, le habla, rápido, en dialecto de Catania, tan cerrado que no lo entiendo; le habla y le habla y le aprieta la cara y le grita y le vuelve a hablar bajito, pegado a la oreja.

Salvo abre los ojos, lo mira y le dice algo, una sola frase que tampoco entiendo. Turi se echa a reír llorando, se ríe y llora a la vez, con la cabeza de su hermano en el regazo.

Salvo se muere así, con su hermano riéndose encima.

Cuando todo se calma, me acerco a Turi. Está sentado en la nieve con Salvo todavía en las piernas, quitándole la nieve del pelo teñido.

—¿Qué te ha dicho?

Turi tarda en contestar.

—Que los arancini eran míos —dice—. Que siempre lo supo. Que se los comió a propósito.

Vuelve a reírse, una risa rota.

—Veintiocho años, Don. Veintiocho años sin hablarme por unos arancini que sabía que eran míos.

No le digo nada. Le pongo la mano en el hombro y me voy, porque a un hombre así no se le habla. Se le deja.

Cuatro. Ciro, Pietro Esposito, el Sordo y Salvo Ruggiero.

Los cuento cuando se acaba, cuando ya no se oye nada más que la tormenta, el fuego de las tiendas silbando bajo la nieve y, muy lejos, un aspa de un helicóptero caído que todavía gira despacio, chirriando, sin motor, sin nada, por pura costumbre.