NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

DARÍO

A las once y veinte de la noche, la pulsera se pone verde.

Estoy en el hangar de Katmandú, sentado encima de una caja, comiéndome un plato de arroz con lentejas que Enzo ha comprado en un puesto de la calle y que pica tanto que Santiago lleva media hora con la cabeza metida debajo del grifo del baño.

Cuando se pone verde, dejo el plato a un lado, encima de la madera.

Verde es miedo. Se lo he visto muchas veces: en el coche, la primera noche; en el Trastevere; en el hospital.

Pero ese verde iba y venía, subía y bajaba; era verde de susto.

Este no baja. Este se queda y late rápido, y a los diez minutos sigue, a la media hora sigue, a la hora sigue, fijo, rápido, sin aflojar.

«Ni se te ocurra ponerte poético con mi pulso, Di Marco. Que te conozco. Que te veo venir con la libreta».

Me río por la nariz, una vez, y se me pasa enseguida, porque sigue verde.

A la hora y media, el verde empieza a apagarse. No a cambiar: a perder fuerza, cada vez más flojo, más lento, con el latido alargándose. Cuento, uno, dos, tres, cuatro; entre latido y latido me da tiempo a contar hasta cuatro, y me levanto.

Giuseppe está tumbado en un catre del fondo, con el brazo en cabestrillo encima de la tripa. No duerme; me ve levantarme y se incorpora.

—¿Qué pasa?

No contesto. Miro la muñeca, verde, flojo, cada vez más flojo, hasta que de pronto se vuelve loca.

Verde. Negro. Gris. Verde. Azul. Negro. Gris, gris, gris.

Verde. Un chispazo de rojo que no tiene nada que ver con lo que significa el rojo, un error, un cortocircuito.

Negro, verde, gris. Durante veinte minutos, mi muñeca es una verbena de pueblo a las cuatro de la mañana, y luego se queda en gris.

Gris de mala, gris de enferma, gris de dolor. Y ahí se queda.

Me siento otra vez en la caja, y no me doy cuenta de que me he sentado hasta que noto la madera debajo. Giuseppe se pone a mi lado y me mira la muñeca.

—Le están haciendo daño —le digo.

—No lo sabes.

—Lo sé. —No levanto la voz—. Hora y media de miedo fijo. Algo le ha durado hora y media. Después se ha apagado, que es frío, o es sueño, o es que se iba. Y después eso que has visto. Eso no es una emoción. Son todas a la vez, sin tiempo para ninguna. —Giro la muñeca—. Y ahora gris.

—Nos vamos —digo, poniéndome de pie.

—Son las doce y media de la noche.

—Nos vamos.

—Darío. —Se planta delante de mí—. Me lo explicaste tú en el avión, con un mapa y un vaso de whisky. De noche, entre estas montañas, no vuela nadie que quiera volver. Lo dijiste tú. Con esas palabras.

—Pues que vuelen de día.

—Es lo que vamos a hacer. A las siete. Como estaba previsto.

—Las siete es dentro de seis horas y media.

—Y en esas seis horas y media lo único que puedes hacer es estamparnos a todos contra una montaña. —Me pone la mano buena en el pecho—. Siéntate. Mira la pulsera. Y aguanta. Que es lo que está haciendo ella.

Lo miro un rato, y me siento.

No duerme nadie. Enzo se queda en la otra punta del hangar limpiando un fusil que ya está limpio, y Roni se sienta en el suelo al lado de mi caja, con la espalda contra la madera y el termo entre las rodillas, sin decir nada. De vez en cuando me pasa el termo. Es manzanilla, y me la bebo.

A las dos y diez, el gris se rompe. Verde, un verde tan oscuro que casi es negro, latiendo tan rápido que no me da tiempo a contar.

No es el verde de antes, es otra cosa, y me clavo las uñas en la palma y no miro el reloj.

Cuando vuelve el gris, es más apagado que antes.

Giuseppe no me pregunta; sabe que no le contestaría.

A las cinco y cuarenta y siete, la pulsera cambia a azul, y me incorporo de golpe.

No es un azul cualquiera. Es el azul de cuando le dejaba los calcetines en el suelo del baño, el de cuando le daba la razón a su madre. Un azul de pelea, con los puños cerrados.

—¿Don? —Roni se gira desde el suelo.

Me río. Me da igual el labio. Me río con la cabeza echada hacia atrás, en un hangar de Katmandú, a las seis menos cuarto de la mañana, con treinta hombres armados preguntándose si su jefe se ha roto.

—Está furiosa.

—¿Y eso es bueno?

—Es lo mejor que me ha pasado en toda la semana, Roni. —Me pongo la chaqueta—. Está viva. Alguien le ha hecho mucho daño. Y está furiosa. —Miro el azul. Late fuerte. Late con ganas—. Le ha devuelto algo a alguien. Te lo juro por mi madre. A alguien en ese castillo le duele algo ahora mismo.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque si no hubiera devuelto nada, estaría verde. Y está azul. Azul es que ha dado. —Le doy una palmada en la nuca—. Despierta a todos. Nos vamos en una hora.

Los helicópteros los compré anoche. No los alquilé, los compré: dos aparatos de transporte viejos, verdes, feos, con más años que Santiago, a un coronel retirado que tenía una hija estudiando Medicina en Londres y muchas ganas de pagarle el máster.

Lo llamé a las ocho, a las nueve estaba en el hangar y a las nueve y media cerramos el trato en una bolsa de deporte. Giuseppe me miró con mucha pena.

—¿Has comprado dos helicópteros para usarlos una vez?

—Alquilados hacen preguntas. Comprados, no.

—¿Y después qué haces con ellos?

—Se los regalo a Dawa. Que tiene tres hijas y le va a hacer ilusión.

Despegamos a las siete y cuarto, con el cielo rosa por encima de las montañas.

En el primero vamos yo, Giuseppe, Roni, Enzo, Santiago, Totò, los gemelos Ruggiero y diez más; en el segundo, Tano, Ciro, Mimmo, Pietro Esposito, el Sordo y el resto.

Los pilotos son dos rusos de Murmansk que me consiguió Sergio en dos llamadas y que no han abierto la boca en todo el vuelo más que para pedir tabaco.

A los veinte minutos, Roni vomita. No avisa: está sentado en el banco de lona con el fusil entre las rodillas y la cara cada vez más verde, y de pronto se dobla hacia delante y echa el arroz con lentejas de Enzo encima de sus propias botas.

—La altura —dice Totò, sin levantar la vista.

—No es la altura —dice Roni, limpiándose la boca con la manga—. Es el arroz.

—Es la altura.

—Es el arroz, Totò. Lo tengo aquí desde las doce. —Se toca la garganta—. Estaba esperando el momento.

—Pues has elegido el peor.

Enzo le pasa una bombona pequeña de oxígeno con mascarilla.

—Respira de esto.

—Ya respiro.

—Respiras la mitad de lo que te hace falta. Aquí arriba tus pulmones creen que se están muriendo.

Roni se pone la mascarilla y respira, y se le aclara un poco la cara. Luego se la quita.

—Don.

—Dime.

—¿Por treinta mil también entra vomitar?

—Por treinta mil entra todo, Roni.

—Ya me lo imaginaba. —Se vuelve a poner la mascarilla—. Pero quería que constara.

Santiago, a su lado, saca un rosario del bolsillo, uno de plástico, fosforito, de los que se iluminan en la oscuridad.

—¿Eso de dónde lo has sacado? —le pregunta Enzo.

—Me lo dio mi abuela en la comunión.

—¿Y lo llevas encima desde la comunión?

—Lo llevo encima desde que trabajo para el Don.

Nadie se ríe, y nadie le dice que lo guarde.

La pista de tierra está donde dijo Sergio, en un valle estrecho, encajado entre dos paredes de roca negra, con una franja de tierra apisonada en el fondo, barracones caídos de cuando aquello era del ejército y una manga de viento descolorida colgando de un palo.

Al final de la pista, junto a un bidón oxidado, hay un helicóptero pequeño, naranja, con la pintura comida por el sol.

Delante del helicóptero, con gorro de lana y las manos metidas en las axilas, hay un hombre. Dawa.

Nos ve bajar, treinta hombres, las cajas, los dos aparatos verdes con el rotor todavía girando, y se pone del color de la nieve. Me acerco despacio, cojeando.

—Señor Dawa.

—No sé quién es usted.

—Mejor.

—No sé quién es usted y no quiero saberlo. —Habla un inglés lento, cuidadoso, de alguien que lo ha aprendido con turistas—. Esta mañana se me ha atascado el filtro del combustible. Tres horas. Nunca se me había atascado. Mi mecánico dice que alguien ha metido trapos. —Me mira—. Ha sido usted.

—Ha sido un amigo mío.

—Su amigo me ha hecho llegar tarde. Al señor de arriba no le gusta que llegue tarde.

—Al señor de arriba le quedan muy pocas cosas que le gusten. —Saco un sobre del bolsillo de la chaqueta. Gordo. Se lo pongo en las manos—. Esto es para Pema. Para Dolma. Y para Nima.

Cambia de cara. Se queda mirando el sobre y después me mira a mí, con los ojos rasgados, rojos del viento, que en un segundo se llenan de algo que no es miedo.

—¿Cómo sabe los nombres de mis hijas?

—Porque me los sé. También me sé el de la calle donde viven, el colegio de la pequeña y la hora a la que sale tu mujer del mercado.

—Le cierro los dedos sobre el sobre—. Y eso, Dawa, es lo que hace él.

El de arriba. Te lo sabe todo para que vueles con miedo.

Yo me lo sé para que no tengas que volver a volar para él nunca más.

No dice nada.

—Esos dos helicópteros verdes son tuyos desde esta noche.

Los papeles están en la cabina del primero.

Hoy no tienes que hacer nada. No subes. No llamas.

No hablas por la radio. Te quedas aquí sentado, con tu termo, y si alguien te pregunta, se te ha atascado el filtro.

—Me inclino un poco—. Solo te pido una cosa.

—¿Qué cosa?

—¿Cómo entra la comida cuando no puedes volar?

Se lo piensa mucho rato, mirando hacia arriba, hacia las montañas, hacia un sitio que desde aquí no se ve.

—A pie —dice al final—. Cuando hay niebla, la suben los porteadores. Por el camino de la cara este. Llegan de noche. Hay una puerta de metal detrás de la cocina. —Levanta la mano enguantada. Golpea el aire—. Tres golpes. Esperas. Dos golpes. Y abren desde dentro.

—Tres. Esperar. Dos.

—Tres. Esperar. Dos. —Me mira—. ¿Va a matarlo?

—Sí.

Dawa asiente una vez y se mete el sobre dentro del abrigo, contra el pecho.

—Entonces que tenga un buen día, señor. —Se da la vuelta hacia su helicóptero naranja—. Yo no lo he visto nunca.