CAPÍTULO 13 #5
Ahí sí sonríe, un poco, solo con un lado de la boca: la sonrisa de cabrón. Y desaparece.
Entrar. Salir. Tirar.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, Gabriel ya no está, ni la linterna. Hay una vela pequeña en el suelo, a un metro de mi cara, en un platito de loza, y al lado de la vela una sombra pequeña, encorvada, sentada en un taburete, a la que le crujen las rodillas cuando se mueve.
—Genoveva.
—Shh.
Tiene una manta en las manos, gruesa, de lana buena, de las de su cama seguramente. Me la echa por encima despacio y me la remete por los lados, con cuidado de no tocarme la pierna.
—Si se entera, te mata —le digo.
—Si se entera, que me mate. Tengo setenta y tres años. Ya he vivido bastante. Y he visto bastantes cosas al lado de ese hombre para saber que me voy a ir al infierno de todas maneras.
Me pone en la boca un trozo de pan duro con algo dulce. Miel.
—Come.
Como despacio. Me duele masticar, me duele la cara, el labio, y como de todas formas.
Ella me mira la pierna. La manta la tapa, pero la mira igual, como si la viera a través de la lana.
—¿Una B? —pregunta.
Asiento, y Genoveva cierra los ojos. Se queda así mucho rato, con los ojos cerrados y las manos juntas sobre el regazo, moviendo los labios sin voz. Rezando, creo, o contando, como yo. Cuando los abre, tiene las mejillas mojadas.
—A ella también se la hizo —dice.
Dejo de masticar.
—¿A quién?
—A mi Florencia. —Se seca la cara con el pañuelo que lleva en la manga—.
Un mes antes de que… Un mes antes. Se intentó ir.
Una noche. Con aquel. El de abajo. El de la silla.
Los encontró en el camino. Al hombre lo subió atado.
A ella la subió en brazos. Y esa misma noche se la hizo.
Aquí. —Se toca el muslo izquierdo. Por fuera.
Arriba. Cerca de la cadera—. En el mismo sitio.
Me quedo sin aire.
—Y después la besó —dice Genoveva—. Y la bajó al sótano. En Palermo, en la casa del viejo. Una semana entera en el suelo.
Me acuerdo de la silla, de los ojos abiertos, de la escarcha.
—¿Y el de abajo? —le pregunto—. Si fue en Palermo… ¿qué hace aquí?
Genoveva tarda en contestar.
—Se lo trajo. —Mira hacia la puerta. Baja la voz—. Cuando compró esta montaña para esperar a tu hombre, se lo trajo con nosotros. En una caja de hielo, en el avión, al lado de las maletas. Donde va él, va ese. No se separa de él nunca.
No digo nada; no puedo. Me tapo la boca con la mano y lloro por mí, por la pierna, por el dedo, pero sobre todo lloro por una chica de diecinueve años, comprada por un viejo para su hijo, que estuvo tirada en otro sótano, en otro suelo frío, con una letra en la pierna, oyendo otra humedad en otras paredes, y que no salió de allí para irse a ningún sitio.
—Él la quería —dice Genoveva—. Eso es lo peor, niña. Eso es lo que nadie entiende. Él la quería. Y a ti también te está empezando a querer. Lo he visto. Y cuando ese hombre empieza a querer algo…
No termina. No le hace falta.
Se levanta, le crujen las rodillas, recoge la vela y se queda un momento en la puerta, mirándome.
—No le contestes —dice—. No le hables. No le mires a los ojos. Haz que se aburra de ti. Es lo único que lo salva a uno en esta casa. Que se aburra.
—No sé hacer eso, Genoveva.
—Lo sé. —Suspira—. Mi Florencia tampoco sabía.
Cierra la puerta y la oscuridad vuelve.
Estoy sola. La pierna late, y noto los puntos, tirantes, duros, de hilo negro de pescar seguro, que en este castillo no hay nada fino menos la ropa del loco.
Debajo de los puntos está la letra, la B, que me va a acompañar toda la vida y que voy a ver en el espejo cada mañana, en la ducha, en la playa, en la cama.
Delante de él. Si vuelvo a verlo. Si un día se la enseño, si un día me quita los vaqueros y ve una letra de otro hombre grabada en mi pierna.
Me tapo la cara con las manos y pienso en la pulsera. Me miro el anillo en la oscuridad y no lo veo, pero lo noto, pequeño, frío. Ahí sigue.
—No te quites —le digo—. Ni se te ocurra. Me han rajado la pierna, me han partido la cara, me van a cortar un dedo del pie, y tú ahí. Tú ni te muevas. Tú eres lo único de mi cuerpo que no le pertenece a nadie de este castillo.
Cierro los ojos y me concentro, no en el miedo ni en el dolor, sino en otra cosa: en la nariz de Bulldog torcida hacia la izquierda, en el crujido, en la sangre cayéndome encima, en su grito de perro pisado.
En la frente que me duele todavía, que me late casi tanto como la pierna, y que es la mejor herida que tengo.
Eso es lo que le mando. Azul. Furia, rabia, mala leche de la buena. Que la vea, que vea que estoy viva, y que estoy furiosa, y que todavía tengo frente.
—Esto es para ti —le susurro—. Que sepas que me sigue funcionando la cabeza. Por los dos lados.
Me río una vez, con resoplido, en la oscuridad, y me duele todo. Después me pongo la mano encima del muslo, encima de la manta, encima de los puntos, de la letra, de la B, y la dejo ahí, muy quieta.
Una B es una D con tripa. Me lo repito hasta que me duermo.
Una B es una D con tripa.
Una D. De Darío.