NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 13 #4
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CAPÍTULO 13 #4

Estoy en el sótano, y lo sé antes de abrir los ojos por el olor: humedad, piedra, moho, y debajo el olor de la última vez, del miedo de la última vez, que se ha quedado pegado a las paredes.

Estoy tumbada en el suelo, sobre una manta fina, una sola, y tengo otra encima, de esas grises de lana basta que pican.

La pierna me late. No me duele: me late, como si tuviera corazón propio, un corazón enorme metido en el muslo que bombea dolor en lugar de sangre.

Cada latido es una ola, y cada ola más grande que la anterior, desde la cadera hasta la rodilla, desde la rodilla hasta el tobillo, y luego vuelve a subir.

Me toco despacio con la mano. Está mojado, pegajoso, y la manta de debajo de la pierna está empapada. Me miro la mano en la oscuridad y no la veo, pero la huelo: hierro. Sigo sangrando.

—Ayuda —digo. Me sale un hilito—. Ayuda. Por favor. Que me desangro.

Nadie contesta.

—¡AYUDA!

Arriba, nada. Me intento sentar y la pierna me manda un relámpago blanco hasta la nuca, así que me vuelvo a tumbar y lloro, lloro sin ruido, porque hasta el llanto me duele en la pierna.

Cuento. Uno, dos, tres, cuatro: cuento latidos de la pierna hasta cien, y al cien vuelvo a empezar, y al trescientos dejo de contar porque se me olvida por qué número voy.

Tengo frío, mucho frío, pero no como el de la nieve. Este frío viene de dentro, de la sangre que se va, y lo sé. Página treinta y cuatro no habla de esto, pero no hace falta.

Me estoy vaciando.

La puerta se abre y una luz amarilla de linterna me da en la cara. Cierro los ojos.

—Madonna mia.

Es Gabriel, el viejo de la media cara quemada.

Lo oigo arrodillarse a mi lado con un crujido de rodillas que no es el de Genoveva, y huele a tabaco de pipa y a alcohol de farmacia.

Detrás de él vienen otros pasos, botas, que se quedan en la puerta: uno de los guardias, para vigilar, para que el médico no haga nada que no tenga que hacer.

—Déjame ver —me dice Gabriel en italiano. Bajito—. Déjame ver, piccola.

Me aparta la manta y me levanta lo que queda de la pernera del pijama, pegada a la herida con la sangre seca, y me la arranca, y me arranca la costra con ella. Grito.

—Lo siento. Lo siento.

Me ilumina la pierna con la linterna y se queda callado mucho rato.

Después le dice algo al guardia en siciliano, rápido, enfadado. No lo entiendo todo. Entiendo «animal», entiendo «vena», entiendo «si se muere, se lo explicas tú a él». El guardia no contesta.

Gabriel abre su maletín y saca cosas que oigo tintinear. Me echa algo en la herida, algo frío, y después algo que quema tanto que me arqueo entera sobre la manta y grito hasta quedarme sin voz.

—Hay que coser —dice—. Es honda. Muy honda. Llega al músculo. Necesitas puntos dentro y fuera.

—Pues cose.

—No tengo anestesia aquí.

—Pues cose sin anestesia.

—Te va a doler mucho.

—Más que hacerla no me va a doler. —Lo miro. A media cara de él. A la otra media, la quemada, que en la oscuridad parece de cera—. Cose, Gabriel. Cose antes de que me quede sin sangre para quejarme.

Gabriel me mira un segundo y después saca una jeringuilla. La reconozco: es la de la otra vez, la del líquido amarillento.

—No.

—Es para el dolor.

—¡No! ¡No, eso no! ¡Eso es lo que me pusisteis la otra vez!

Me intento sentar, me intento arrastrar hacia atrás, y la pierna me suelta otro relámpago, se me abre la herida y siento la sangre salir otra vez, caliente. El guardia entra, se arrodilla y me sujeta los hombros contra el suelo.

—¡Suéltame! ¡No quiero! ¡No quiero eso! ¡Quiero estar despierta! ¡Quiero estar despierta, Gabriel, por favor, quiero enterarme!

—Si te enteras, no te puedo coser. —Gabriel me coge el brazo y me busca la vena en el pliegue del codo con el pulgar, con los dedos fríos y temblones—. Te vas a mover. Te vas a mover y te voy a coser torcido. O te voy a coser una arteria. Y entonces sí que no te salva nadie.

—¡No me importa!

—A mí sí.

La aguja entra, y el líquido entra detrás. Lo noto frío por la vena, subiendo por el brazo hasta el hombro, hasta el cuello.

—Te odio —le digo a Gabriel—. Te odio. Os odio a todos. A ti, al de la barba, al loco de arriba, a su padre, a los de Palermo, al cordero de la cámara…

—Lo sé, piccola.

—Y al muerto también. Al muerto lo odio más.

—Lo sé.

El sótano se mueve.

No sé lo que dura. Me coge el sótano y me lo da la vuelta, y las paredes respiran, se acercan y se alejan. La linterna de Gabriel se estira y se convierte en un sol, en una luna, en los ojos verdes de la nieve, a ras de suelo, mirándome.

Noto la aguja, pero no me duele. La noto entrar y salir, entrar y salir, tirar del hilo, un tirón pequeño dentro de la carne que me sube por la pierna y se me convierte en cosquillas, unas cosquillas horribles.

Me río sin querer, con resoplido, y Gabriel se para, y el guardia dice algo, y Gabriel sigue.

Entrar. Salir. Tirar.

Veo a mi madre en la cocina de casa, con la bata de flores, friendo croquetas. Se gira y me mira con la zapatilla en la mano.

—¿Ves? —me dice—. ¿Ves lo que pasa por no ponerte chaqueta?

—Mamá, no es por la chaqueta.

—Todo es por la chaqueta.

Entrar. Salir. Tirar.

Veo a Copito corriendo por el pasillo de la casa de Roma, derrapando en el parqué, con las orejas al revés. Se para delante de mí y me lame el pie, el pie con el dedo negro, y el dedo se pone rosa otra vez.

—Buen perro —le digo—. Buen perro. Tú eres el único de esta historia que se porta bien.

Entrar. Salir. Tirar.

Luego lo veo a él. No lo veo, lo sé; ya sé que no está, sé que es la droga, sé que me lo invento. Pero está ahí, sentado en el suelo del sótano con la espalda contra la pared, una pierna estirada y la otra doblada, el brazo apoyado en la rodilla y la camisa abierta, mirándome la pierna.

No dice nada. Tiene una cara que no le he visto nunca, ni con el Mercedes, ni en el edificio, ni cuando le pegaron el tiro en Medellín y vino a buscarme sangrando.

—No me mires así —le digo—. Que no es para tanto. Es una letra. Una letra de nada. Me la voy a quitar. Me la quito y ya está.

No contesta; me mira la pierna.

—Además, ¿sabes qué? —Me río. Me duele. Me sigo riendo—. Una B, si le quitas una barriga, es una D. ¿Lo sabías? Una B es una D a la que le ha salido tripa. Me tatúo encima de la barriga de arriba, y ya está. Una D. De Darío. Ya verás. Te va a encantar. Vas a querer morderla.