CAPÍTULO 13 #3
—Bulldog —le digo, y ya no grito, ya no me queda para gritar; se lo digo bajito—. Bulldog, por favor. Lo siento. Lo siento. No lo vuelvo a hacer. No me vuelvo a escapar. No vuelvo a abrir la boca. Te lo juro. Te lo juro por mi madre. Por favor.
—Ya lo sé que no lo vas a volver a hacer.
Mete la punta de la daga por la pernera izquierda del pijama de franela, a la altura de la rodilla, y tira hacia arriba.
La tela se abre con un ruido de cremallera hasta la cadera, y la aparta hacia los lados con la hoja, despacio, sin tocarme la piel, sin rozarme, con una delicadeza de sastre.
Me deja el muslo al aire, blanco, con la carne de gallina y un moratón amarillo de cuando me di con la puerta del sótano.
Me pasa la palma de la mano por encima, por la parte de fuera, arriba, cerca de la cadera, y lo alisa, lo estira, buscando el sitio donde hay más piel y menos hueso.
—No te muevas —me dice—. Si te mueves, me sale torcida. Y si me sale torcida, la repito.
—No —le digo—. No, no.
—¿Me has oído?
—No…
—Victoria. Si te mueves, la repito.
Lo miro a la cara y está tranquilo, otra vez tranquilo. Toda la locura se le ha ido de los ojos y se le ha quedado esa calma de la chimenea, la del caldo, la de los pies en el regazo, y eso es peor. Eso es muchísimo peor.
Apoya la punta. Está fría, es lo primero que noto: un punto pequeño de frío, justo encima del hueso.
Y aprieta.
No hay palabras. He buscado muchas veces, después, las palabras para contar esto, para contármelo a mí misma, y no las hay.
No existen en español, ni en italiano, ni en catalán; no existen en ningún idioma, porque nadie que lo haya vivido ha querido volver a pensar en ello el tiempo suficiente para inventárselas. Así que lo cuento con las que tengo.
La punta entra. No es un corte, es un pinchazo: la piel resiste, se hunde hacia dentro, hace un hoyo alrededor del metal y aguanta un segundo entero, y después revienta con un chasquido pequeñito, de tela tirante rompiéndose, que no oigo con los oídos, que oigo con el hueso.
La punta sigue entrando, medio centímetro, un centímetro, y la noto dentro, noto el frío del metal dentro de la carne caliente, noto exactamente dónde termina. Podría dibujarlo.
Grito. Grito tanto que la voz se parte por la mitad y sigo gritando sin voz.
El cuerpo se mueve solo y se arquea entero; tiro de los cordones, las columnas crujen, el cinturón se me clava en el tobillo, y la pierna izquierda, aplastada debajo de su peso, da un tirón. Uno solo, un espasmo que no he decidido yo.
La punta resbala de lado. Lo noto, noto cómo se desvía, cómo abre por donde no tenía que abrir. Él saca la daga y se queda mirando.
—Te he dicho que no te movieras.
—No he sido yo —le digo—. No he sido yo, ha sido la pierna, te lo juro, ha sido la pierna sola…
Coge una toalla de la mesilla, la blanca, la de secarse los antebrazos, y me limpia la sangre para ver, para ver bien. La toalla se pone roja entera de un solo pase.
—Torcida —dice.
Vuelve a meter la punta en el mismo sitio, en el mismo agujero, más hondo, y esta vez no espera. Esta vez baja.
Una línea recta hacia la rodilla, despacio, con la punta metida, abriéndome.
Lo noto todo: la carne separarse detrás del metal, la piel abrirse a los dos lados, apartándose sin pelear, la muy traidora, y debajo de la piel otra cosa, más dura, que cruje y se resiste, que tiene fibras que noto saltar una a una. Saltan, y yo las oigo saltar.
La sangre, caliente, mucha, me baja por el muslo hacia la sábana, hacia dentro de la pernera rota, hacia el culo, mojándome entera.
Diez centímetros. Me lo sé porque los cuento, uno, dos, tres, un número por cada cosa que se rompe, y llego a diez, llego abajo.
Saca la punta. Respiro una vez, una sola, y el aire me sale de vuelta en un hipo de llanto, roto, ridículo.
Entonces él empieza a tararear, bajito, con la nariz rota, con la voz tapada.
Es una melodía que conozco de toda la vida, de las verbenas del barrio, de la radio del coche de mi padre, de la boca de Genoveva contándome que el señor la cantaba fatal en la ducha la mañana después de que me dijeran que Darío estaba muerto.
Felicità.
—È tenersi per mano, andare lontano… —canturrea, y vuelve a meter la punta arriba, donde empezó.
—No… no… por favor… por favor…
No me oye; tararea. Ahora no baja recto, ahora hace una curva hacia fuera, una barriga, muy despacio, dibujando, con la lengua asomando entre los dientes, concentrado, con un cuidado de colegio, de cuaderno de caligrafía, de letra bonita.
La punta no corta, raja: va empujando la carne por delante y abriendo el surco por detrás.
Cuando me tiembla la pierna, para y espera, me pone la mano libre encima de la rodilla, encima de la tela, me la sujeta y me da dos palmaditas.
—Ya casi —dice.
Sigue hasta que la curva llega a la mitad de la raya. Entonces la saca, me limpia otra vez con la toalla roja, mira su obra y ladea la cabeza.
—La felicità… —canturrea—. È un bicchiere di vino con un panino…
Todo se apaga. Negro, sin dolor, sin nada: un descanso, un regalo.
Una bofetada me lo quita. Abro los ojos y lo tengo encima, con la mano levantada.
—No te vayas —me dice—. Que falta la de abajo.
—Por favor…
—La de abajo es la más bonita.
Vuelve a meter la daga. La segunda barriga, desde la mitad hasta abajo, más grande, más honda, más lenta, y ahí ya no grito, ya no me sale nada.
Tengo la boca abierta y solo sale un ruido que no es mío, un ruido que hace mi garganta sola, de animal en el matadero, un mugido bajo, largo, que no se acaba y que me sube de lo más hondo de la tripa.
Me miro las manos, atadas arriba, blancas del tirón de los cordones, y en la mano izquierda, en el dedo anular, el anillo. Me quedo mirándolo, solo eso, y me agarro a él con los ojos, porque es lo único de esta habitación que no está manchado de sangre.
Llega abajo y cierra la curva, y al final gira la punta dentro de la herida, un poco, un remate, un punto final. Saca la daga y se queda mirando. Yo también miro. No quiero, me sale solo: bajo la barbilla al pecho y miro.
Es una B. Mayúscula, grande, del tamaño de la palma de una mano, en la cara de fuera del muslo izquierdo, con la raya recta un poco gruesa arriba, donde la repitió.
Los bordes están abiertos, separados, hinchándose ya, y se ve la carne de dentro, muy roja, brillante.
En el fondo de la raya recta, que es la más honda, hay una cosa blanca, amarillenta, en grumos, que es grasa, y debajo de la grasa otra cosa más oscura, granate, con rayitas, que se mueve y se contrae sola cada vez que respiro.
Es mi músculo. Me estoy viendo el músculo.
La sangre sale de las tres líneas a la vez, no a chorro sino a borbotones, lenta, constante, con el ritmo de mi corazón, llenando la B de rojo hasta que la B se desborda y la sangre resbala por los lados de la pierna hacia las sábanas grises, que ya no son grises, que son negras y hacen un charco debajo de mí, caliente, que se va enfriando por los bordes.
Él limpia la daga en la pernera rota del pijama, por un lado y por el otro, despacio.
—B —dice—. De Bulldog. Para que cada vez que te mires al espejo, cada vez que te duches, cada vez que te desnudes delante de alguien, sepas de quién eres. Y dónde estás. Y lo que pasa cuando juegas conmigo.
Me tiembla todo. Me tiembla la pierna sola, en espasmos pequeños que hacen que la herida se abra y se cierre, se abra y se cierre, como una boca, y suelte más sangre con cada uno.
Se levanta de mi espinilla y se inclina sobre mí, por encima, con una mano apoyada en la almohada al lado de mi cabeza. Con la otra, la manchada, me coge la cara y me la gira hacia él, y me besa.
Me besa en la boca, en el labio partido, con la nariz rota sangrándole encima de mi cara y su sangre y la mía mezclándose entre los dos.
Es un beso lento, largo, con los ojos cerrados.
Me besa con cariño, y eso es lo peor: me besa con cariño, atada, abierta en cruz encima de su cama, con su letra en mi pierna.
No me muevo. No le muerdo, no le escupo, no hago nada, no puedo. Me quedo quieta debajo de su boca con los ojos abiertos, mirando el anillo allí arriba, en mi mano atada, y dejo que me bese, y me odio por no tener ni fuerzas para odiarlo.
Se separa, me mira y me pasa el pulgar por el labio, quitándome la sangre.
—Al sótano —dice.
Desata el cinturón del tobillo y se lo vuelve a poner, trabilla por trabilla, con mi sangre en el cuero.
Desata los cordones de las muñecas, y los brazos caen a los lados, muertos, con un hormigueo de mil hormigas.
Abre la puerta, grita algo en siciliano hacia el pasillo y vuelve a agacharse al lado de la cama para hablarme bajito, con la voz tapada.
—Te vas a quedar ahí abajo hasta que se te quiten las ganas de escaparte.
Una semana. Un mes. Lo que haga falta. Sin estufa.
Sin ventana. Sin perros. Sin Genoveva. Sin pan con tomate.
—Me aparta un pelo de la frente con un cuidado que me da más asco que la daga—.
Y cuando subas, si subes, vas a subir siendo otra. Vas a subir callada.
Se levanta. En el pasillo suenan pasos, botas, dos hombres: el de la barba y otro.
Entran y se quedan quietos en la puerta, y ven la cama, los cordones colgando de las columnas, me ven a mí, ven la B.
El de la barba aparta la vista y se santigua, rápido, pequeño, con dos dedos, para que no lo vea su jefe.
—Portatela giù —dice Bulldog.
Me levantan entre los dos, uno por los brazos y otro por las piernas, y cuando el de la barba me coge del muslo me mete sin querer los dedos en la herida. Ahí sí grito otra vez, y es lo último que me sale antes de que se me vaya todo.
Me despierta el frío. Otra vez el frío, que me persigue; debe de estar enamorado de mí. Es el único hombre de esta montaña que no me ha pegado.