NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 13 #2
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CAPÍTULO 13 #2

Me suelta del pelo y caigo hacia atrás contra el cabecero, dándome en la nuca con la madera.

—¿Me oyes?

No contesto, no puedo: estoy intentando respirar. Me coge de la barbilla y me aprieta la cara entre los dedos, tan fuerte que se me hunden las mejillas contra los dientes.

—¿Me oyes, Victoria?

—Te oigo —digo, con la boca apretada, con la sangre goteándome por la barbilla sobre sus dedos.

—Y vas a ser una muerta. —Acerca la cara hasta tenerla a un palmo—.

Si sigues jugando, vas a ser una muerta.

No me importa lo que piense mi padre. No me importa lo que diga Genoveva.

No me importa nada. He enterrado a gente que quería más que a ti.

He enterrado a gente que quería más que a mí mismo. Y no me tembló la pala.

Me suelta la cara y me da otra. Esta vez no siento la mejilla: siento la cabeza entera irse hacia un lado, y el cuello, y los hombros detrás, y me caigo de la cama al suelo, sobre la alfombra, dándome con el codo, con la cadera, con el hombro.

Me quedo tirada al lado de la estufa, que me da en la cara con su calor seco a medio metro, y veo la rejilla naranja de muy cerca, borrosa, doble.

Lo oigo andar alrededor de mí, despacio, sin ninguna prisa.

—Harto —repite—. De tu boca. De tus chistes. De tus revistas del médico. De tus dedos pequeños que no sirven para nada. De que te rías de todo, de que te rías de mí, en mi casa, comiéndote mi comida, durmiendo en mi cama, poniéndote mi ropa.

Se agacha y me coge del jersey, de su jersey, del cuello, y me levanta del suelo tirando de ahí hasta dejarme de rodillas.

—Y de que me mires así.

—¿Así cómo?

—Así. Como si yo fuera el malo.

Lo miro desde el suelo, de rodillas, con la boca llena de sangre y el ojo izquierdo cerrándose solo.

—Es que eres el malo.

Me da un puñetazo en la cara, en el pómulo, con el puño cerrado, y se me apaga todo. Un segundo, dos, negro. Vuelvo tirada en la alfombra, boca arriba, con el techo dando vueltas y las vigas, que son once, convertidas en veintidós.

Entonces lo oigo. No a Bulldog: a él, en la cabeza, con su voz, con esa voz de la cocina de Roma una noche de lluvia, con él apoyado en la encimera comiéndose mis galletas y yo con un trapo en la mano, enfadada porque un camarero me había tocado el culo en el trabajo y yo no había hecho nada.

«Enséñame cómo cierras el puño».

Yo cerrando el puño, con el pulgar dentro.

«Así te lo partes, nena. El pulgar fuera. Encima de los dedos. Eso». Y él cogiéndome la mano, poniéndome el pulgar donde tocaba, apretándomelo con la suya. «Pero tú no vas a pegar con el puño. Tú eres pequeña. Si pegas con el puño a uno grande, te rompes tú antes que él».

«¿Entonces con qué pego?»

Él, con esa sonrisa de cabrón, dándose un golpecito en la frente con el dedo.

«Con esto. Es lo más duro que tienes. Lo más duro que tienes después de la cabeza, que también es esto.

Lo coges de las solapas, lo traes hacia ti, y le metes la frente en la nariz.

No en la boca, que te cortas con los dientes.

En la nariz. Que la nariz es de cristal en todo el mundo. Hasta en los grandes».

«¿Y si no tiene solapas?»

«Del pelo. De las orejas. De lo que sea. Y lo traes. Y no cierras los ojos, Victoria. Nunca cierres los ojos».

Abro los ojos. Bulldog está encima de mí; se ha agachado con una rodilla en la alfombra y se inclina sobre mi cara para mirarme, para ver si sigo aquí, con esa cara de loco y el pelo gris cayéndole hacia delante.

Lo agarro del cuello del jersey con las dos manos y lo traigo.

Con todo lo que tengo, con los brazos y con el cuello y con la espalda y con la rabia de seis días, lo traigo hacia mí mientras levanto la cabeza del suelo, y no cierro los ojos, no los cierro, veo su nariz venir hacia mi frente y la veo llegar.

El ruido es lo primero, un crujido húmedo, de algo que se rompe por dentro y no se va a volver a poner derecho nunca. Después, la sangre. Me cae encima, en la cara, en la boca, en los ojos, caliente, mucha, muchísima; le sale a chorro de la nariz y me cae encima, y yo no suelto el jersey.

Bulldog grita, un grito animal, de perro al que han pisado. Se echa hacia atrás y se lleva las dos manos a la cara, y la sangre le sale entre los dedos, le baja por la barbilla y le empapa el cuello del jersey negro, que ahora es más negro.

Me arrastro hacia atrás por la alfombra.

Me duele la frente, me duele tanto que veo puntitos blancos, pero me arrastro hasta la pata de la cama, me apoyo y me levanto con las piernas temblando.

Los pies, con el dedo negro y la ampolla, me mandan un relámpago hasta la rodilla en cuanto los apoyo, y me da igual.

Lo miro. Está de rodillas en la alfombra, con las manos en la cara, con la sangre goteando sobre la lana persa.

Me entra la risa, y me río con la boca partida, con sangre suya y mía en los dientes, de pie en pijama de franela al lado de una estufa de butano en el Himalaya.

—¿Te ha gustado? —le grito—. ¡Esto me lo enseñó él! ¡El muerto! ¡Esto es de parte del muerto, hijo de puta!

Baja las manos. La nariz ya no está donde estaba: está torcida hacia la izquierda, hinchándose, y le sangra por los dos agujeros.

—Hijo de puta loco —le digo, y ya no puedo parar, se me sale todo—.

Eso es lo que eres. Un loco. Con tus jerseys de cachemira y tus libros de Leopardi y tu champán a las once de la mañana y tus manos de pianista.

Todo fachada. Todo. Por fuera eres un señor.

Por dentro eres un niño loco que tiene a un muerto sentado en una silla en la nevera porque no sabe qué hacer con lo que siente.

Que le limpia la cara. Que le habla. Que no ha sido capaz de enterrarlo en años porque si lo entierra se le acaba el odio, y si se le acaba el odio no le queda nada.

¡Nada! ¡No tienes nada, Bulldog! ¡No tienes ni nombre!

¡Te llaman como a un perro y te parece bien!

Me callo, jadeando. Él se pone de pie, despacio, se limpia la sangre de la boca con el dorso de la mano y se mira la mano, mira la sangre.

Entonces aparece la sonrisa. No es la de terciopelo; es otra, una sonrisa que le sube por un solo lado de la cara, con los dientes rojos.

—Ya está —dice, con la voz rara, tapada por la nariz rota—. Ya está, Victoria. Ya está. Ya te lo has ganado.

No sé de dónde la saca. Lo veo meterse la mano por detrás, por la espalda, por dentro del jersey, y cuando la saca tiene una daga.

No es un cuchillo, es una daga larga, estrecha, con la hoja de dos filos que brilla naranja con la luz de la estufa y la empuñadura de plata labrada, ennegrecida en las vueltas. Antigua. De las de la sala de armas, de las que vi colgadas en la pared y pensé que pesaban más que yo.

Corro, y no llego a ningún sitio. Llego a la puerta, agarro el pomo, gira, la puerta se abre un dedo y veo el pasillo, la luz del pasillo.

Su mano se cierra sobre mi pelo.

Tira hacia atrás y me arranca de la puerta con un puñado de pelo que noto despegarse de la cabeza, soltarse de raíz, y la puerta se cierra sola con el golpe de mi cuerpo.

Me arrastra del pelo por la alfombra. Le pego en el brazo, en la muñeca, le clavo las uñas, le araño hasta que noto su piel debajo de las uñas, y él no se para: me arrastra hasta la cama sin mirarme, sin prisa.

Lo que se arrastra es un saco, no una persona, y él lo sabe.

Me levanta del suelo por el pelo y por el cinturón del pijama y me tira encima, boca arriba, sobre sus sábanas grises.

Antes de que me dé la vuelta se sube encima de mí con una rodilla en mi esternón y todo su peso, y las costillas me crujen y no me entra el aire.

Le pego en la cara, en la nariz rota, y grita, me agarra la muñeca derecha en el aire y me la lleva hacia arriba, hacia la columna de madera de la cabecera.

Entonces lo veo. En la otra mano, además de la daga, tiene el cordón de la cortina, el cordón dorado, gordo, de seda trenzada, con la borla en la punta. Lo ha arrancado de la ventana al pasar y no lo he visto hacerlo; lo ha hecho mientras me arrastraba.

Lo ha pensado. Mientras me arrastraba por el pelo, ha tenido la cabeza fría para pensar que le iba a hacer falta una cuerda.

Me da la vuelta al cordón alrededor de la muñeca, dos vueltas, tres, lo pasa por detrás de la columna, hace un nudo y tira, y me sube el brazo por encima de la cabeza hasta que me cruje el hombro.

—¡NO! ¡NO, NO, NO! ¡SUÉLTAME!

Le doy con la izquierda, una vez, dos, y me la caza.

Le muerdo la mano, el canto de la mano, con todos los dientes, hasta que noto la carne ceder y su sangre en la boca, y ni se inmuta.

Me deja morderle, me mira morderle, y mientras le muerdo arranca con la otra mano el cordón de la segunda cortina de un tirón y me ata la izquierda a la otra columna.

Estoy en cruz, con los brazos abiertos y atados arriba, sobre las sábanas de un hombre que me va a hacer algo y no sé qué.

Pateo con las dos piernas, con todo, con los pies destrozados, con el dedo negro, y el dolor de los pies me sube hasta los dientes y sigo pateando. Le doy en el costado, en el muslo, en la tripa, y suelta un gruñido.

Se baja de la cama y se quita el cinturón despacio: tira de la hebilla, lo saca de las trabillas del pantalón una por una y lo enrolla en la mano.

Me agarra el tobillo derecho, tan fuerte que se me duermen los dedos, y lo lleva hasta la columna de los pies de la cama; le da la vuelta con el cinturón, lo pasa por la hebilla y tira hasta el último agujero.

Me queda la izquierda. La pierna izquierda, la que va a ser.

No la ata. Se sienta encima, en la espinilla, de lado, en el borde de la cama, con todo el peso de su cuerpo aplastándome la espinilla izquierda contra el colchón. La rodilla me queda bloqueada y no puedo doblarla ni moverla; solo puedo mover el pie, y el pie es lo que menos me sirve en este mundo.

Me mira respirando fuerte por la boca, porque por la nariz ya no puede, y le sangra encima de mí; me caen gotas en el pijama.

—Así —dice—. Así sí que eres una prisionera.