CAPÍTULO 13
VICTORIA
Lo primero que vuelve es el olor: leña, lana mojada, alcohol de farmacia y, debajo de todo, la colonia cítrica de la mañana del champán, tan cerca que la tengo pegada a la nariz.
Lo segundo es el dolor, y no llega de golpe.
Llega por partes, con orden, con educación, uno detrás de otro, que es la única cosa educada que me ha pasado en esta montaña.
Primero las manos, un hormigueo que se convierte en picor, y el picor en quemazón, y la quemazón en mil cristales metidos debajo de las uñas.
Después las orejas, después la cara y después los pies.
Los pies. Abro la boca para gritar y no me sale nada, solo aire.
—Ya está. Ya está. Respira. —La voz de Bulldog, encima de mí, muy cerca—. Es la sangre volviendo. Duele porque estás viva. Respira.
Abro los ojos. Estoy en su habitación, en el sillón grande de delante de la chimenea, envuelta en tres mantas y en su abrigo de piel vuelta.
La chimenea está encendida hasta arriba, con tanto fuego que se oye rugir, y delante de mí, en el suelo, hay una estufa de las de hierro, de las de butano, de las que tenía mi abuela en el comedor, con la rejilla naranja al rojo.
Me da en la cara un calor seco que me tira de la piel.
Bulldog está de rodillas en la alfombra, delante de mí, con mis pies en el regazo, y me los está frotando despacio, con las dos manos, con un paño caliente que moja en un barreño de agua tibia, escurre y me vuelve a poner.
Se ha cambiado. Ya no va con el pecho al aire: lleva un jersey negro de cuello alto, de lana gorda, con las mangas subidas hasta el codo y los antebrazos mojados, y el pelo gris se le ha secado de cualquier manera y le cae sobre la frente. Me mira los pies; a mí no me mira.
—No los frotes —le digo. Me sale una voz de vieja fumadora—. Lo leí. Página treinta y cuatro. Los pies congelados no se frotan. Se rompen los tejidos.
Se queda quieto, con el paño en la mano, y entonces sí me mira.
—¿Página treinta y cuatro?
—De una revista del médico. Al lado de un anuncio de cremas para las varices.
Algo le pasa por la cara, no sé qué, algo que va y viene. Deja de frotar, me envuelve los pies en el paño sin moverlos y los deja en el agua tibia con mucho cuidado, con un cuidado que no le pega nada.
—Gabriel dice lo mismo que tu revista —dice—. Pero Gabriel no está, porque Gabriel duerme con tapones desde hace treinta años y no lo despierta ni un terremoto. Ya lo he mandado llamar.
Me miro los pies dentro del agua. Ya no están blancos, están rojos, de un rojo violento, de langosta, con manchas moradas en los dedos. El cuarto dedo del pie derecho tiene una ampolla grande, llena de un líquido claro, y el pequeño, el de al lado, tiene la punta negra.
Negra. Me quedo mirándola.
—¿Lo voy a perder?
—No lo sé.
—¿El dedo?
—No lo sé, Victoria. —Se pone de pie y se seca los antebrazos con una toalla—. Lo sabrá Gabriel. Yo sé de matar gente. De curarla sé lo justo.
—Es el pequeño, por lo menos. —Me lo miro—. El que no sirve para nada. El de darse con las patas de las mesas. Si me lo quitan, ya no me doy. Fíjate. Ventajas.
No se ríe. Va hasta una mesita donde hay una bandeja y vuelve con un tazón entre las manos que humea y huele a caldo, a caldo de gallina de los de verdad, con hueso y con hierbas.
—Bebe.
—No tengo hambre.
—No te he preguntado si tienes hambre.
Me lo pone en las manos y no puedo sujetarlo, porque los dedos no me cierran; se me inclina el tazón y él lo agarra antes de que se vuelque.
Se sienta en el brazo del sillón, a mi lado, y me lo acerca a la boca.
Me lo da él, a sorbos, sujetándome el tazón, y yo me dejo, que es lo más humillante que he hecho desde que me bautizaron.
Bebo. Quema, y está buenísimo. Me baja por la garganta y llega al estómago, ardiendo, y es lo mejor que he probado en mi vida, mejor que la pasta de mi madre, mejor que el tiramisú del Trastevere, mejor que cualquier cosa.
—Despacio.
Bebo despacio. Él me sostiene el tazón sin decir nada, mirando el fuego, y le veo la cara de perfil, tranquila, tranquilísima, con las manos firmes, sin un temblor. Eso es lo que me da miedo.
Porque hace un rato, contra su pecho, en la nieve, el corazón le iba a mil, y ahora no le va. Ahora está quieto, demasiado quieto, con la quietud de los que se están guardando algo para luego.
—¿Más?
—Sí.
Me da más, me lo termino y me limpia la barbilla con el pulgar. Después deja el tazón en la bandeja y coge un tenedor y un plato con un trozo de pan tostado con aceite y tomate rallado. Pan con tomate, en el Himalaya, con la sal por encima.
Me quedo mirando el plato.
—¿Esto…?
—Se lo pedí a Genoveva el martes. Le expliqué cómo se hacía. Dijo que era una manera de estropear el pan. —Me lo corta en trocitos pequeños, con el tenedor—. Es lo que coméis en tu tierra, ¿no?
Me pongo a llorar y no sé por qué. Por el pan, por el tomate, por el dedo negro, por la estufa de mi abuela.
Porque el hombre que me ha secuestrado, que me ha metido en un sótano, que me ha drogado, que ha pedido que maten al hombre que quiero, le ha explicado a una cocinera siciliana cómo se hace el pan con tomate para que yo me sienta en casa.
Él no dice nada; me pone un trocito en la boca y me lo como llorando. Está malísimo, porque Genoveva ha puesto demasiado aceite y el tomate es de lata, y me lo como entero.
Cuando me deja de doler tanto, me lleva a la cama sin preguntarme.
Me levanta del sillón con las mantas y todo, me deja en su cama, sobre las sábanas grises, y me tapa con un edredón de plumas hasta la barbilla.
Acerca la estufa a un metro de la cama, apuntando hacia mí, y echa dos troncos más a la chimenea.
Después se sienta en una silla al lado de la cama, con los codos en las rodillas y las manos juntas, y me mira mucho rato.
—¿Con quién has hablado? —pregunta, tan bajo que casi no lo oigo.
—Con nadie.
—Victoria.
—Con nadie. Te lo juro. Le di a la palanca, dije «hello», y me contestó un siciliano preguntando quién era esta mujer.
Y salí corriendo. No hablé con nadie. Ni siquiera llegué a decir dónde estaba, porque no sé dónde estoy.
—Me río un poco. Me duele la cara—. Eso sí que es una ventaja.
Si me torturas, no te puedo decir nada. No sé nada.
Soy la secuestrada más inútil del mundo.
No se ríe. Sigue mirándome.
—¿Por qué subiste a la torre?
No contesto.
—¿Por qué subiste a la torre, Victoria?
—Para pedir una pizza.
—¿Por qué?
—Porque te oí. —Me incorporo un poco, sobre los codos—.
Te oí con tu padre. Por la tarde. Te oí decir que los de Palermo se quedaban en el valle.
Que si era mentira, iba a venir por el aire.
Y pensé que si está vivo, si tu padre tiene razón y está vivo, lo vais a estar esperando con todo. Y quise avisarlo.
—¿Avisarlo de qué? —pregunta después de un silencio.
—De que no viniera por el aire.
Se echa hacia atrás en la silla y se ríe, pero no es una risa de las suyas, no es la de terciopelo, la que se ríe de mí con educación. Es una risa corta, seca, que se le sale por la nariz y que no tiene nada de gracia.
—Está muerto.
—Tu padre no se lo cree.
—Mi padre es un viejo.
—Tu padre es el único de esta familia que tiene dos dedos de frente.
Ahí su cara se para. Lo veo de verdad: se queda quieta, lisa, sin nada, como una puerta de metal sin manilla por fuera.
Y yo, que tengo la boca más grande del barrio, que me lo dice mi madre desde que aprendí a hablar, que si me hubieran cosido la boca al nacer me habría ahorrado la mitad de los disgustos de mi vida, sigo hablando.
—Y otra cosa. —Me siento del todo en la cama—. Antes de salir. Abajo. En la cámara de la cocina. He visto a tu amigo.
—Al de la silla. —Lo miro, y él no dice nada—. Al de los ojos abiertos. Al de la zapatilla de bebé en las piernas.
Pierde el color de la cara del todo, y la tiene blanca, gris, del color del pelo.
—¿Le bajas tú a quitarle la escarcha de la cara? —le pregunto—. Porque la tenía limpia. Más limpia que el pelo. Alguien le limpia la cara. ¿Eres tú? ¿Bajas por las noches con un trapo? ¿Le hablas? ¿Le cuentas cosas? ¿Le cuentas lo de Florencia? ¿Le cuentas que tú tampoco la…?
No termino.
El primer golpe no lo veo venir. Es una bofetada con la mano abierta, con toda la mano, en la mejilla izquierda, la que todavía tengo morada del primer día, y me gira la cabeza tan fuerte que oigo crujir algo en el cuello. Me caigo de lado sobre la almohada.
Me quedo quieta, con la cara en la almohada y un pitido agudo en el oído izquierdo, y no me ha dolido.
Todavía no. Primero es solo el golpe, un golpe sordo, blanco, de que te han apagado una luz; el dolor llega después, cuando ya te estás dando cuenta de lo que ha pasado, y entonces llega todo de golpe, caliente, desde la mejilla hasta la oreja y hasta el ojo, y el ojo se llena de agua solo.
Me doy la vuelta despacio. Él está de pie al lado de la cama, con la mano abierta todavía levantada, y no es él.
Es él, pero no es él. Es la misma cara, el mismo pelo gris, el mismo jersey negro, pero los ojos son los de otra persona, muy abiertos, con el blanco alrededor de todo el gris, y la boca se le ha torcido en una mueca que no le he visto nunca.
Ni en el sótano, ni cuando me ató, ni cuando me drogó. Nunca.
—Estoy harto —dice.
Me agarra del pelo, de la nuca, y me levanta de la almohada tirando de ahí.
—Estoy harto de tus juegos.
El segundo golpe es un puño en el estómago. No muy fuerte; no le hace falta. Me dobla en dos y me saca todo el aire del cuerpo, y me quedo con la boca abierta buscando algo que respirar y no hay nada, no entra nada, y el caldo de gallina me sube hasta la garganta y se queda ahí.
—Eres una prisionera.
Otra bofetada, del revés, con los nudillos, en la otra mejilla. Me parte el labio; noto cómo se abre, un tirón, y después algo caliente y salado que me llena la boca.
—No eres una invitada. No eres mi prometida. No eres nada que tú creas que eres. Eres una prisionera.