CAPÍTULO 12 #4
El calcetín de fuera se me suelta del pie derecho y lo veo caer, blanco, dando vueltas, hasta que desaparece en la oscuridad antes de llegar a ningún sitio.
No grito. No me sale: el grito se queda en el pecho, atascado, y solo me sale el aire, en nubecitas blancas, una detrás de otra, muy rápidas.
Tiro. Tiro con los brazos, con los codos, con lo que me queda de dedos, que no siento, que no sé si están agarrando o si solo creo que agarran.
Subo un centímetro, dos. Una rodilla toca el borde, luego la otra, y ruedo hacia atrás, hacia la nieve, lejos del agujero, lejos del borde, y me quedo boca arriba mirando la luna, respirando.
Arriba, el cielo está lleno de estrellas, muchísimas, más de las que he visto nunca, más de las que creía que había: una pared de estrellas, de punta a punta, tan juntas que se tocan. En mi barrio, en una noche buena, ves seis. Y dos son aviones.
—Qué bonito —digo, y me echo a llorar.
Las lágrimas se me hielan en las sienes antes de llegar a las orejas.
Ya no me levanto. Lo intento: le digo a las piernas que se levanten y las piernas me dicen que no, muy educadas, sin enfadarse; le digo a las manos que me empujen y las manos se quedan quietas en la nieve, a los lados, con los dedos abiertos.
Estoy tumbada boca arriba y el frío ya no es frío, se ha vuelto una manta, una manta muy gorda, muy pesada, que me tapa hasta la barbilla.
Pienso en Darío, en que viene por el aire, en que abajo, en el borde del que casi me caigo, hay doce fuegos esperándolo. Cresta norte, dos hombres. Cresta sur, dos. Helicópteros en tierra hasta el amanecer.
Me lo sé de memoria, y me voy a morir con ello dentro de la cabeza, sin poder contárselo a nadie. Qué rabia. Qué rabia más grande.
—Darío —le digo a las estrellas—. Escúchame bien, que no te lo voy a repetir. Cresta norte, dos. Cresta sur, dos. Los helicópteros en tierra hasta que amanezca. Si vienes, ven de noche. ¿Me oyes? De noche. Y no por el aire, burro. Por el aire te están esperando.
Las estrellas no dicen nada.
—Y si estás muerto de verdad, que no lo estás, pero si lo estás, espérame un rato más. No mucho. Que yo creo que voy para allá. Y prepárame algo caliente. Un chocolate. Con churros. Tú no sabes hacer churros. Pues aprende. Tienes toda la eternidad.
Cierro los ojos. El anillo me pesa en la mano, un pesito pequeño en el dedo anular, lo único que siento de todo el brazo.
Le mando lo que me queda. No sé qué color es; ya no me queda ni miedo, solo una cosa muy tranquila, muy blanca, muy lejana.
—Perdona —le susurro—. Perdona, que esto no es esperanza. Esto es otra cosa. Esto no lo mires.
Algo me lame la cara, una lengua caliente, áspera, que huele a jamón.
Abro los ojos. No sé cuándo los cerré ni cuánto tiempo ha pasado, y la luna ya no está donde estaba. Encima de mí hay una cara de perro, un perro gordo, blanco, con una mancha negra en el ojo, jadeando, echándome encima un aliento que es lo más caliente que he sentido en toda mi vida.
—Killer —digo. O creo que digo. No me sale voz. Me sale un soplido.
Killer ladra una vez, fuerte, hacia atrás.
Otro ladrido le contesta, el de Nerón, más lejos, y después vienen luces, luces blancas de linterna bailando sobre la nieve, acercándose, y voces, muchas voces en italiano gritándose cosas. Y una voz por encima de todas, que no grita, que no le hace falta gritar.
—Fermi. Indietro. Tutti.
Pasos en la nieve, crujidos, uno solo, acercándose. La linterna me da en la cara y cierro los ojos; luego se aparta, y alguien se arrodilla a mi lado.
Lleva un abrigo largo, negro, de piel vuelta, abierto, y debajo nada, el pecho desnudo, los pantalones del pijama de seda metidos de cualquier manera dentro de unas botas sin atar. Tiene el pelo gris revuelto de la almohada y los ojos clarísimos, casi blancos con la luz de la linterna, mirándome.
No me toca. Durante un segundo, no me toca. Se queda quieto, de rodillas, mirándome la cara, los pies sin calcetín, las manos moradas, el jersey. Su jersey.
—Victoria. —Lo dice muy bajito—. ¿Qué has hecho?
Abro la boca y me cuesta muchísimo, porque tengo los labios pegados.
—Salir —le digo—. A tomar el aire. Que en tu castillo huele a jamón.
No sonríe.
Se quita el abrigo y me lo echa encima. Está caliente y huele a él, a la colonia cítrica de la mañana del champán.
Me mete los brazos por debajo de la espalda y de las rodillas, me levanta de la nieve en un solo movimiento, sin esfuerzo, y me pega contra su pecho desnudo, que está ardiendo. O yo estoy tan fría que todo arde.
Empieza a andar hacia arriba, hacia el castillo. Los perros van a los lados, los hombres se apartan, nadie dice nada. Él, sin mirarme, mirando al frente, con los labios blancos de frío y la nieve hasta las rodillas, me dice una sola cosa, bajito, para que no la oiga nadie más que yo.
—Te dije que no había adónde ir.
Quiero contestarle. Tengo una contestación buenísima, la tengo en la punta de la lengua, con insulto en catalán y todo, pero no me da tiempo.
Cierro los ojos contra su pecho, y lo último que oigo, antes de que todo se ponga negro, es su corazón.
Va rapidísimo. Mucho más rápido que el mío.