CAPÍTULO 12 #3
Me abrazo y me meto las manos dentro de las mangas del jersey de Bulldog, el de cachemira, que en una tienda de Via Condotti costará lo que mi madre gana en tres meses y que aquí fuera, a no sé cuántos grados bajo cero, abriga lo mismo que una servilleta de papel.
Tengo que volver a entrar, por otro sitio, por la puerta principal, por donde sea. Tengo que dar la vuelta al castillo y llamar a la puerta y que me abran, y que me griten, y que me encierren, y que Bulldog me haga lo que me tenga que hacer. Lo que sea. Lo que sea menos esto.
Empiezo a andar pegada a la pared.
Los pies me duelen. Al principio duelen mucho, un dolor agudo, de pinchazos, de mil agujas que se me clavan en las plantas y en los dedos cada vez que piso.
Los dos pares de calcetines se han empapado en los primeros pasos y ahora son dos trapos mojados y helados que se me pegan a la piel y me la arañan.
Ando, me hundo hasta la rodilla, saco la pierna y me hundo otra vez.
—Mamá —digo en voz alta, porque si no hablo me vuelvo loca—.
Mamá, tenías razón. Lo de ponerse chaqueta.
Lo de no salir con el pelo mojado. Lo de las zapatillas de casa, que no son para la calle.
Tenías razón en todo. Si salgo de esta, te dejo que me pegues con la zapatilla. La de verdad. La de suela gorda.
El viento me tira la voz hacia atrás.
La pared del castillo gira y la sigo. Detrás de la esquina hay más pared, negra, alta, sin ventanas a esta altura, y muy arriba, dos ventanas encendidas, inalcanzables.
Hago una bola de nieve con unas manos que casi no me responden; me sale deforme, blanda, y la tiro hacia la ventana.
Llega a la mitad de la pared y se deshace.
—Muy bien, Victoria. Medalla de oro.
Sigo andando, y entonces los pies dejan de dolerme.
No de golpe, sino poco a poco: primero los dedos, cuyo pinchazo se va apagando, después la planta, después el talón, hasta que llega un momento en que piso y no siento nada, piso y es un golpe sordo, lejano, de otra persona.
Me miro los pies y ahí están, los veo, hundidos en la nieve, y me dicen que son míos. No me lo creo.
Una parte de mi cabeza, la que se sabe los prospectos de memoria, me dice con mucha calma que eso no es bueno, que cuando deja de doler, es peor.
Lo leí una vez en una revista del médico, «Congelación: síntomas y primeros auxilios», página treinta y cuatro, al lado de un anuncio de unas cremas para las varices.
Primer grado: dolor, enrojecimiento. Segundo grado: ampollas.
Tercer grado: pérdida de sensibilidad, la piel se vuelve blanca y dura, cérea. Necrosis.
Necrosis.
Me paro y me agacho. Me quito un calcetín, el de fuera, con las manos que ya no son mías, y me miro el pie a la luz de la luna.
Está blanco, blanco de vela, con los dedos blancos y la punta un poco amarilla. Los toco con el índice y no siento el toque, ni en el pie ni en el dedo: son dos cosas muertas tocándose.
Me pongo el calcetín y me cuesta; tardo muchísimo, porque las manos no quieren, y dos veces cae a la nieve.
—No tenía que haber salido —le digo a la nieve—.
No tenía que haber subido a la torre. No tenía que haber tocado la radio.
No tenía que haber abierto el candado. No tenía que haber ido a Roma.
No tenía que haberle gritado a un idiota en el Trastevere que me había tirado las llaves a un charco.
—Me pongo de pie. Me tambaleo—. Bueno. Eso sí. Eso sí lo volvería a hacer.
Me río. Me río sola en mitad de la nieve, con un resoplido de cerdo que el viento se lleva, y me da vergüenza hasta aquí, donde no me oye nadie, y me río más de que me dé vergüenza.
No sé cuánto rato llevo andando cuando me doy cuenta de que la pared ya no está.
Me he separado, no sé cuándo. En algún momento la pared del castillo giró hacia un lado y yo seguí recto, o la pared siguió recta y yo giré, y ahora estoy en mitad de una ladera blanca, sin nada a los lados, sin nada que tocar.
Me doy la vuelta. El castillo está ahí, arriba, lejos, una forma negra contra el cielo con dos lucecitas en lo alto, más lejos de lo que debería, mucho más lejos. He bajado. Sin darme cuenta, he ido bajando.
Empiezo a subir y cuesta el doble. La nieve me llega a los muslos y cada paso es meter la pierna en un pozo y sacarla con las manos. Me caigo de cara, me levanto con la boca llena de nieve, escupo, y subo.
Entonces veo las huellas. Delante de mí, en la nieve, una línea de huellas que cruzan la ladera de lado a lado, huellas de pies, de alguien que ha pasado por aquí.
El corazón me da un salto. Alguien. Alguien ha pasado, y si sigo las huellas, llego a alguien: a una puerta, a un camino, a una persona.
Las sigo durante un rato largo, con la cabeza gacha, metiendo los pies dentro de los agujeros que ha dejado el otro para que me cueste menos. Son pequeños, de unos pies pequeños que se hunden poco y que van arrastrándose un poco al final de cada paso, haciendo una rayita.
Me paro, porque me doy cuenta de que mis pies caben perfectos en los agujeros, y de que, cuando arrastro los pies, hago una rayita.
Son mis huellas. Llevo no sé cuánto tiempo andando en círculo, siguiéndome a mí misma.
—No —digo—. No, no, no. No me hagas esto. No me hagas esto, cabeza. Ahora no.
Me pongo de rodillas en la nieve, y ya tampoco siento las rodillas. Me miro las manos: los dedos se me han puesto de un color raro, rojos en las puntas, morados en los nudillos, y cuando intento cerrarlos en un puño se cierran a medias, despacio, rígidos.
Así, con la mano a medio cerrar, torcida, me santiguo: frente, pecho, hombro, hombro. Me sale mal y me da igual. Dios no mira la letra.
El primer ruido lo oigo a mi izquierda: un crujido de nieve, algo que pisa la costra de hielo y la rompe. Me quedo quieta, de rodillas, sin respirar.
Nada. Ha sido el viento. El viento rompe la costra cuando sopla fuerte, seguro que sí, seguro que lo dice una revista de algún médico.
Otro crujido. Más cerca.
Giro la cabeza muy despacio. La luna lo pinta todo de azul y las sombras de las rocas son negras, negrísimas, y entre las rocas no hay nada, solo rocas, nieve, rocas. Y dos puntitos.
Dos puntitos verdes, brillantes, a ras de suelo, entre dos piedras, a veinte metros, mirándome. Se apagan en un parpadeo y se vuelven a encender.
Ojos. Son ojos.
—Hola —digo. Con voz de pito. Con la voz más ridícula que me ha salido en mi vida—. Hola. Buenas noches. Soy Victoria. No estoy buena. Soy todo hueso, en serio. Cincuenta y seis kilos. Y de esos cincuenta y seis, la mitad es mala leche. Te sentaría fatal.
Los ojos no se mueven.
—Además, voy congelada. Soy un polo. ¿A ti te gustan los polos? A mí tampoco. En invierno nadie quiere polos.
Los ojos se mueven hacia un lado, hacia el otro, y desaparecen.
Me quedo quieta, contando. Uno, dos, diez, treinta, cincuenta. No vuelven.
No sé qué era. Un zorro, un perro salvaje, un leopardo de las nieves, de esos que salen en los documentales que veía mi padre los domingos, que tienen la cola más larga que el cuerpo y que no los ha visto nadie en persona en treinta años.
A lo mejor soy la primera. A lo mejor soy la primera persona en treinta años que ve un leopardo de las nieves y no tengo móvil para hacerle una foto.
O a lo mejor era un yeti.
—No existen los yetis, Victoria —me digo—. Ni los fantasmas. Ni los muertos que miran.
El muerto de la cámara se me aparece en la cabeza, con los ojos abiertos, con la zapatilla en las piernas.
—Bueno. Los muertos que miran, a lo mejor sí.
Me levanto, no sé cómo; las piernas me levantan solas, sin preguntarme, y ando.
Ya no sé hacia dónde. El castillo está a mi espalda o a mi izquierda o no está, y la luna se ha movido, o me he movido yo. El viento ha parado, y eso es lo peor, porque cuando el viento para el silencio es tan grande que oigo mi propio corazón. Lento. Muy lento. Bum. Y mucho rato. Y bum.
No es normal que vaya tan lento. Debería ir rápido, porque tengo miedo, y con miedo va rápido. Y no va rápido.
Me miro la mano, el anillo. Está ahí y brilla con la luna, lo único que brilla en todo este blanco, y me pregunto qué color le estaré mandando ahora.
Verde, será verde, verde de miedo. Pero no es solo miedo, es otra cosa: es sueño, un sueño enorme, de esos que te dan en el sofá después de comer en casa de la abuela, cuando hace calor y la tele está puesta y alguien habla bajito en la cocina.
Calor. Tengo calor.
Me paro y me miro. Estoy en mitad de la nieve, a no sé cuántos grados bajo cero, en pijama, y tengo calor, un calor suave que me sube desde dentro y que me da ganas de quitarme el jersey. Lo tengo agarrado del borde. Lo estoy subiendo.
Para. Para, Victoria. Página treinta y cuatro, al lado de las cremas para las varices: hipotermia severa, sensación paradójica de calor, el paciente se desnuda.
Me bajo el jersey y me lo agarro con los puños, fuerte, contra el cuerpo.
—No me lo quito —le digo a nadie—. No me lo quito. Es de Bulldog y no me lo quito. Que me encuentren muerta con su jersey puesto y que se le quede la conciencia hecha polvo. Que se lo tenga que quitar al cadáver. Que se lo tenga que lavar. Que lo huela todos los días.
Doy un paso. El suelo no está.
El pie derecho se hunde en nada. No en nieve: en nada, en aire. Me voy hacia delante con todo el peso del cuerpo, con los brazos abiertos, y me agarro a lo primero que toco, que es una roca, con las dos manos, con las uñas, y me quedo colgando de la cintura para abajo sobre un borde.
Miro hacia abajo y no hay fondo. Hay una oscuridad que baja y baja, y muy al fondo, tan al fondo que parecen estrellas caídas, las lucecitas naranjas: los fuegos de los de Palermo, doce fuegos, a no sé cuántos cientos de metros, directamente debajo de mis pies.