NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

Las llaves. Genoveva tiene llaves, un manojo enorme, de hierro, que lleva colgado de la cintura de día y que de noche… de noche lo cuelga. Lo he visto. Lo vi el martes, en un clavo, al lado de la alacena, detrás del trapo de los platos.

Voy a tientas. Toco el clavo, toco el trapo, toco el manojo, frío, pesado, y suena. Ay, Dios, cómo suena.

Lo agarro con las dos manos contra el pecho para que se calle y vuelvo a la puerta. Me arrodillo delante del candado y no veo nada, solo una rendija de luna que entra por la ventana de encima del fregadero y se queda en el suelo, a medio metro de donde la necesito.

Primera llave: no entra. La segunda entra, pero no gira.

La tercera no entra; la cuarta es demasiado grande, la de una puerta de iglesia, no la de un candado.

La quinta entra y no gira, la fuerzo y sigue sin girar, la saco y se me engancha, tiro, y sale de golpe y el manojo entero me resbala de las manos y cae al suelo de piedra.

Hace un ruido de campanario.

Me quedo congelada, de rodillas, con la boca abierta, y arriba los pasos se paran.

Uno, dos, tres, cuatro. Cuento; por fin cuento. Cinco, seis, siete. Siguen, hacia el otro lado, hacia la biblioteca, y suelto el aire.

—Virgencita —susurro al candado—, si me abres esto, te prometo que voy a verte en persona. Subo en el funicular. No, a pie. Subo a pie. De rodillas, si hace falta. Te llevo velas. Te llevo una caja de turrón. Pero ábreme esto.

Sexta llave. Entra. Gira.

Clac.

El frío me da en la cara antes de abrir la puerta del todo.

Nada que ver con el frío de invierno ni con el de la calle: es frío de nevera, de lugar cerrado, de aire que lleva mucho tiempo quieto, sin respirar a nadie.

Huele a hielo, y a otra cosa, una cosa dulzona, metálica, que me sube por la nariz y se pega al fondo de la garganta.

Carne. Huele a carne.

Entro y cierro la puerta detrás de mí, despacio, hasta que la madera toca el marco.

A oscuras total, sin luna ni nada, alargo la mano hacia la pared y encuentro un interruptor viejo, de los de palanca, y lo subo.

Un fluorescente parpadea una vez, dos, y se queda encendido con un zumbido de abeja moribunda.

Es una despensa, una cámara grande, el doble de mi habitación en casa de mi madre, con las paredes de piedra cubiertas de escarcha blanca y estanterías de metal llenas de sacos de harina, de arroz, latas, garrafas de aceite.

Del techo, colgando de ganchos, hay piezas de carne: medio cerdo, un cordero entero, abierto, con las costillas al aire, jamones, muchos jamones.

Hay más jamón aquí que en un Mercadona en Navidad.

Me río por los nervios, una risa pequeña, con resoplido, y me tapo la boca.

—Por lo menos no me muero de hambre —le digo al cordero.

El cordero no contesta. Tiene muy buena educación.

Al fondo de la cámara hay una cortina de tiras de plástico grueso, transparente, de esas de las carnicerías, que se han quedado opacas del hielo, y detrás de la cortina, una sombra. Una sombra sentada.

Me paro, y ahí ya no me río.

Es una silla. Es una silla con algo encima. Un saco. Un abrigo colgado. Un jamón muy grande. Es lo que sea, Victoria, es lo que sea menos lo que estás pensando, porque lo que estás pensando no existe fuera de las películas que veía tu madre planchando.

Me acerco despacio. Los calcetines se me pegan al suelo helado y cada paso hace un ruido de papel arrancándose. Con un dedo, aparto las tiras de plástico.

Es un hombre.

Está sentado en una silla de madera, en el centro de un cuadrado de piedra, desnudo de cintura para arriba.

La piel no es blanca, es azul, un azul grisáceo de mármol sucio, con manchas moradas en los brazos y en el pecho.

Tiene la cabeza un poco caída hacia un lado, el pelo negro tieso de escarcha, las pestañas blancas y los ojos abiertos.

Los ojos abiertos, mirándome.

No me mira. No me mira, Victoria. Está muerto. Está muerto desde hace mucho. Los muertos no miran. Los muertos tienen los ojos abiertos porque nadie se los ha cerrado, y nadie se los ha cerrado porque quien lo ha puesto aquí no quería que los cerrara.

Tiene las manos atadas detrás del respaldo y los pies descalzos atados a las patas, y en el pecho, a la izquierda, encima del corazón, un tatuaje pequeño: un escudo con una corona.

El mismo que llevan los hombres de Bulldog en el cuello, en la muñeca, en el antebrazo; el mismo que tiene el de la barba. Era de los suyos.

En el regazo, encima de las piernas heladas, apoyada con cuidado, con muchísimo cuidado, con un cariño que da más miedo que el muerto, hay una cosa pequeña.

Una zapatilla de bebé. De punto, blanca, con un lacito azul.

Retrocedo un paso, y otro, y me doy con la espalda contra el cordero, que se balancea en el gancho, y el gancho chirría, y el chirrido se mete por toda la cámara y vuelve, y yo me tapo la boca con las dos manos para no gritar, y no grito, pero me sale un ruido por la nariz, un ruido de animal pequeño.

Florencia. Genoveva me dijo que Florencia estaba embarazada cuando la mataron, que se había ido con un hombre de la casa, uno de los de Bulldog, uno que había cobrado de Di Marco para meterse en la cama de la mujer del heredero.

Y aquí está el hombre.

Lleva así no sé cuánto, meses, años, sentado, congelado, mirando a la puerta, con la zapatilla de un niño que no nació encima de las piernas. Para que la vea todos los días. Para que no se le olvide nunca qué fue lo que hizo.

Alguien baja aquí. Alguien le ha puesto esa zapatilla con cuidado, alguien le quita la escarcha de la cara, porque la cara está más limpia que el pelo. Alguien viene a verlo.

Me doy la vuelta. Necesito salir. Necesito salir de aquí ahora mismo, de esta cámara, de esta cocina, de este castillo, de esta montaña, de este planeta si hace falta.

En ese momento, al otro lado de la puerta por la que he entrado, en la cocina, se enciende una luz.

Veo la raya amarilla por debajo de la puerta, y sombras, pies que se mueven.

—Le chiavi non ci sono.

Es la voz de Genoveva, ronca, de sueño. Le crujen las rodillas; las oigo desde aquí.

—Allora è qua.

Ese es el de la barba.

Miro alrededor: las estanterías, los jamones, el cordero, el muerto. No hay dónde esconderse. Una cámara de carne es el peor sitio del mundo para esconderse, porque todo lo que hay está colgado o está muerto, y yo no estoy ninguna de las dos cosas. Todavía.

Detrás del muerto, en la pared del fondo, hay otra puerta, pequeña, de metal, escarchada, con una barra horizontal en lugar de pomo. Una puerta de carga, por donde meten los sacos, por donde suben la comida desde fuera.

Fuera.

La manilla de la puerta de la cocina se mueve. Alguien empuja. La puerta no se abre, porque por dentro tiene un cerrojo viejo y yo, en un ataque de inteligencia que no me reconozco, lo he echado.

—È chiusa da dentro.

Suena un golpe, y otro, un hombro contra la madera.

Paso al lado del muerto sin mirarlo y le rozo el hombro con el codo. Está duro, durísimo, una piedra con forma de persona, y me llega un escalofrío desde el codo hasta la nuca que se queda ahí.

—Perdón —le digo. No sé por qué. Le pido perdón a un muerto por darle un codazo. Mi madre me ha educado demasiado bien.

Empujo la barra de la puerta de metal y no se mueve.

Está helada, pegada, con la escarcha soldándola al marco.

Empujo con las dos manos, y nada; con el hombro, y nada.

Me doy la vuelta y empujo con la espalda, con los pies apoyados en la pared de enfrente, con todo el cuerpo, mientras otro golpe sacude la puerta de la cocina y la madera cruje.

—¡Ábrete, por tu madre! —le grito a la puerta—. ¡Que no tengo toda la noche!

La barra cede de golpe, con un crujido de hielo partiéndose, y la puerta se abre hacia fuera y yo me caigo con ella.

Me caigo en la nieve de culo, y la nieve me llega a la cintura. No es nieve blanda: por arriba tiene una costra de hielo que se rompe con el peso, y debajo hay nieve suelta, polvo, que se te mete por todas partes, por el cuello del jersey, por la cintura del pijama, por dentro de los calcetines.

El frío me pega un puñetazo.

No hay otra manera de decirlo: es un golpe en el pecho, en la cara, en los pulmones. Abro la boca para respirar y el aire me quema por dentro, me raspa la garganta, me deja sin voz, y durante dos segundos no puedo respirar, lo intento y no entra nada. Al tercer segundo entra un poco, y duele.

Me levanto, me hundo, me vuelvo a levantar. Detrás de mí, la puerta de metal se cierra sola, empujada por el viento, con un golpe seco, y cuando me doy la vuelta veo que no tiene manilla por fuera.

Es una plancha de metal lisa, sin nada, ni manilla ni cerradura ni una rendija donde meter los dedos. Una puerta que solo se abre desde dentro, porque desde fuera, quién iba a querer entrar en una cámara frigorífica en mitad del Himalaya.

La golpeo con el puño.

—¡Eh! ¡Eh!

Nada. La golpeo con los dos puños, con el pie, que no siente el golpe, y pego la oreja al metal, que me quema la oreja de frío, y no oigo nada al otro lado, ni voces, ni pasos, ni a Genoveva.

A lo mejor han entrado en la cámara. A lo mejor están ahí mismo, al otro lado, a medio metro, mirando la puerta de carga y diciéndose que no puede ser, que nadie es tan idiota de salir por ahí.

Yo. Yo soy tan idiota.

Me aparto de la puerta y miro alrededor.

Es de noche, de noche de verdad, de esa noche que no existe en las ciudades.

La luna está alta, blanca, enorme, y lo pinta todo de un azul de hospital.

La pared del castillo sube a mi espalda, negra, sin una ventana a esta altura, y delante de mí la nieve baja en pendiente hacia una oscuridad que no se acaba.

A la izquierda, rocas. A la derecha, la pared sigue y gira y se pierde.

Luego está el viento, que es lo peor. No sopla, muerde. Viene de arriba, de las cumbres, y baja cargado de nieve fina que te pica en la cara a puñados, te mete agujas en los ojos y te llena la boca cada vez que la abres, y yo la abro mucho, porque soy yo.