NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

VICTORIA

No me duermo, y mira que lo intento, lo juro.

Cierro los ojos y cuento ovejas, cuento perros, cuento las vigas del techo, que son once, y las vuelvo a contar por si alguna se ha caído mientras tanto: once, siguen siendo once.

Los perros roncan encima de mis pies, Killer en grave y Nerón silbando por la nariz, y entre los dos hacen un dúo que en mi barrio te ganaba un concurso de talentos.

Yo sigo con los ojos abiertos, mirando el techo, oyendo una frase: «Si es mentira, va a venir por el aire».

Me la repito. La he oído una vez, a través de una puerta, y la tengo grabada con la voz de Bulldog, con su pausa, con el golpe que vino después.

Es lo malo de tener esta cabeza, que no se me olvida nada, ni lo que me hace falta ni lo que no: me sé de memoria el prospecto del ibuprofeno de mi madre y la matrícula del coche del cura de mi barrio, y ahora me sé esto.

Si es mentira, va a venir por el aire, y abajo, en el valle, lo están esperando.

Hombres de Palermo, helicópteros, gente sentada en la nieve con un arma en las rodillas mirando al cielo, esperando a que aparezca algo, y ese algo es él.

Si está vivo, y yo he decidido que lo está, va a venir, porque es Darío y es incapaz de entrar en un sitio por la puerta de atrás.

Va a venir volando, con los morros por delante, con esa cara de que el mundo le debe dinero, y lo van a estar esperando con todo.

Me siento en la cama. Killer levanta la cabeza, me mira con un ojo, el de la mancha, y lo vuelve a cerrar; a ese perro le da igual todo menos el jamón.

—No me mires así —le susurro—. Tú no lo entiendes porque eres un perro. Pero si tu dueño estuviera ahí fuera y alguien le fuera a pegar un tiro, tú también te levantarías.

Killer suelta un ronquido. Lo tomo como un no.

Entonces me acuerdo de la torre. De la habitación redonda, de la radio enorme con los auriculares colgando, de la lucecita roja, de Genoveva diciendo que el señor llevaba toda la tarde ahí arriba hablando con el valle.

Hablando con el valle. Si la radio habla con el valle, a lo mejor habla con más sitios, a lo mejor habla con el mundo, y a lo mejor hay alguien, en algún sitio, en un barco o en una montaña o en un aeropuerto, que oye a una española gritando un nombre y le avisa.

Es una idea estúpida, lo sé perfectamente. Es una idea de película mala de domingo por la tarde, de esas que veía mi madre planchando, con la chica escapándose en camisón y el público gritándole a la tele «¡no subas, idiota, no subas!».

Pero yo nunca he sido de las que gritan a la tele. Yo soy de las que suben. Me pongo de pie.

El pasillo está oscuro y huele a cera. Voy con el pijama de franela, los dos pares de calcetines que le robé a Genoveva el primer día, uno encima de otro, y el jersey color hueso de Bulldog, el de cachemira, el de la mañana del champán, que se dejó en una silla del comedor y que yo me quedé.

No por romántico, sino porque abriga, y porque si alguien me encuentra en el pasillo a las tantas, por lo menos que me encuentre con cachemira.

Una tiene su dignidad, aunque sea robada.

Bajo la escalera pegada a la pared. Conté los escalones el primer día: son veintidós, el noveno cruje y el decimoquinto cruje más, así que me salto los dos estirando la pierna tanto que me tira el muslo del lado que me di con la puerta del sótano.

En el rellano del segundo piso, la capilla tiene la puerta entornada, y dentro hay una vela encendida, una sola, delante de la Virgen de la nariz rota.

Quién la habrá encendido a estas horas, no lo sé, y no lo quiero saber.

Me santiguo al pasar, por si acaso, que una Virgen con la nariz rota debe de tener muy mal carácter.

El pasillo que lleva a la torre está vacío, sin nadie, ni el de la barba ni ninguno. Desde que soy viuda nadie me vigila, y es la única ventaja de ser viuda que he descubierto. Bueno, viuda. Novia de un muerto que se muere fatal. Lo que sea.

La puerta de la torre no está cerrada. Detrás está la escalera de caracol, estrecha, sin barandilla, con una cuerda gruesa clavada a la piedra que hace de pasamanos y que está fría y mojada y huele a sótano. La agarro igual, porque no tengo otra, y subo.

Cuento. Ochenta y tres, ochenta y cuatro, ochenta y cinco. A los ciento diez se me acaban las piernas y a los ciento cuarenta se me acaba la fe. A los ciento sesenta y uno hay una puerta pequeña de madera, y la empujo.

La habitación redonda está a oscuras menos por la lucecita roja y por la luna.

Hay cuatro ventanas estrechas, una a cada lado, y por la que da al este entra una luz blanca, fría, que se queda pegada al suelo sin calentar nada.

Afuera todo es nieve, montañas negras con la cara blanca, y muy abajo, en el fondo del valle, unas luces pequeñas, naranjas. Diez, doce. Fuegos.

Son ellos, los de Palermo. Están ahí de verdad, alrededor de unos fuegos, esperando.

La radio está encima de una mesa de madera, con el micrófono de pie y los auriculares colgando de un gancho. Tiene diales, muchos, botones de metal, una aguja detrás de un cristal que marca números, una palanca que dice TX y otra que dice RX, y la lucecita roja, encendida, mirándome.

Me siento en la silla. Todavía está tibia; ay, Dios, todavía está tibia. Me quedo quieta y escucho, y no hay nada, solo el viento metiéndose por las ventanas y silbando en la piedra. Si alguien estaba aquí hace un rato, ya no está. Si alguien va a volver, no lo oigo venir.

Me pongo los auriculares. Ruido, un ruido blanco, sucio, de arena moviéndose. Toco un dial y el ruido cambia, se vuelve más agudo; toco otro y se vuelve un pitido que me atraviesa el oído izquierdo y me hace apretar los dientes. Lo vuelvo a girar, arena otra vez, y entonces una voz.

—…'u terzu fuocu è sempri addumatu. Nenti di novu. Passu.

Siciliano cerrado, de pueblo, del que hablaba la abuela de mi compañera de piso en Roma cuando se enfadaba con la tele. Lo entiendo a trozos. Le contesta otra voz, más lejos, con más ruido.

—Ricevutu. Cresta nord, dui omini. Cresta sud, dui. L'elicotteri a terra fino all'alba. Passu.

Me lo apunto en la cabeza, con letras grandes y subrayado dos veces: cresta norte, dos; cresta sur, dos; helicópteros en tierra hasta el amanecer.

No sé para qué me va a servir ni a quién se lo voy a contar, pero me lo apunto, porque soy así, porque mi cabeza es así, y si un día sirve, que esté ahí.

Ahora tengo que hablar yo. Miro la palanca: TX, transmitir, lo sé porque lo dicen en las películas de submarinos.

Si la bajo, lo que diga se oye. ¿Dónde? No sé.

En el valle seguro, y en el valle están ellos, así que si hablo me oyen ellos.

Pero si hay otra frecuencia, otro canal, uno que no sea el de ellos…

Giro el dial despacio y la aguja se mueve.

Arena, pitido, arena. Una música lejanísima, de mujer cantando en un idioma que no conozco, que aparece un segundo y se va.

Arena otra vez. Un hombre hablando en inglés de nubes y de viento a no sé cuántos nudos, con voz de aburrimiento infinito. Un aeropuerto, o un avión.

Me tiembla la mano. Un avión, alguien en el cielo, alguien que no es de Palermo.

Bajo la palanca y la lucecita roja se pone más roja. Me acerco al micrófono con la boca seca y el corazón en la garganta, y la cabeza, la muy idiota, me pregunta en qué idioma lo digo. En inglés, Victoria. En inglés, que es un avión.

—Hello —susurro—. Hello, please. My name is Victoria. I am in a castle. In the mountains. I am…

Me callo, porque en los auriculares, encima de la voz del inglés aburrido, entra otra. Más cerca. Mucho más cerca. Clarísima.

—Cu è?

Siciliano.

—Cu è ca parra? Cu è sta fimmina?

Suelto la palanca. Quema. No quema, pero la suelto y me quito los auriculares y los tiro a la mesa y me levanto tan rápido que la silla se cae hacia atrás y da contra la piedra con un golpe que retumba por toda la torre, escaleras abajo, ciento sesenta y un escalones de eco.

Por los auriculares, tirados en la mesa, todavía se oye, pequeñito, furioso.

—Cu è? Arrispunni! Cu è?

Otra voz se mete encima, en italiano de verdad, del norte, y dice algo que me deja helada antes de que me hiele nada:

—Avvisate il castello.

Bajo la escalera de caracol sin contar. Es la primera vez en mi vida que bajo una escalera sin contar los escalones, y eso ya me dice todo lo que necesito saber de lo asustada que estoy.

Bajo agarrada a la cuerda mojada, a oscuras, con los calcetines resbalando en la piedra, y me resbalo dos veces; la segunda me doy con el codo en la pared y veo las estrellas, literalmente, unas lucecitas blancas que no son la luna.

Abajo, en algún sitio del castillo, suena un teléfono, uno de esos antiguos, de campana. Suena tres veces, y para.

Llego al pasillo y corro, pero no hacia mi cuarto, porque mi cuarto es lo primero que van a mirar: si alguien de la radio ha dicho «una mujer», en este castillo solo hay dos mujeres, y Genoveva tiene setenta años y unas rodillas que se oyen desde el otro piso.

Arriba se abre una puerta y suenan pasos pesados, de bota, más de uno. Luego una voz grave, ronca, que reconozco: el de la barba, el de la comunión.

—Controlla la stanza della signorina.

Corro hacia abajo. No sé por qué abajo; porque arriba están ellos, porque la cabeza me dice que hacia abajo es hacia la tierra y la tierra es hacia fuera.

Llego a la planta baja, al comedor a oscuras, a la mesa larga con las sillas de respaldo alto que de noche parecen gente sentada esperando la cena, y no las miro. Paso por detrás sin mirarlas.

La cocina huele a pan del día y a ceniza. Los fogones están apagados, la mesa de madera enorme conserva las marcas de cuchillo de cien años, y al fondo está la puerta. La del candado. La del frío distinto.

Arriba, los pasos cruzan el techo y se paran. Una puerta, la mía. Oigo ladrar a Killer, y a Nerón, y una voz que les manda callar, mientras yo me quedo delante del candado con las manos abiertas.