CAPÍTULO 11 #3
—Ninguno. Le expliqué ocho en el coche. Rosa, rojo, azul, negro, gris, amarillo, naranja, verde. Este gris no es el gris de cuando está mala. Es más oscuro. Este no me lo explicó nadie. —Giro la muñeca. Sigue igual—. Lo he tenido que aprender solo.
—¿Y si se apaga?
—No se apaga. El anillo manda siempre. Mientras me mande algo, aunque sea esto, está viva. Y mientras esté viva, a mí me sobra el resto.
Giuseppe se echa hacia atrás en la butaca. Me mira un rato largo.
—¿Sabes qué va a pasar?
—Dímelo.
—Que mañana se va a levantar. —Sonríe—. Esa mujer no se cree ni la cuenta de un restaurante sin revisarla dos veces.
Esta noche llora, porque es lo que toca.
Pero mañana se levanta, se lava la cara y se pone a hacer cuentas.
¿Hay cuerpo? No. ¿Hay fotos? No. ¿Lo ha firmado un contable con moño?
Sí. —Señala la pulsera con el vaso—. Y ahí se acaba el luto, Darío. Te lo firmo.
Me quedo callado.
Y me sale la risa. Sola. Bajita. Para no despertar a Roni.
Porque tiene razón. Porque claro que va a ser eso. Porque esa mujer leyó con sus propios ojos que me habían metido siete balas en un callejón, y se apagó, y no la conozco si no se levanta a pedirle explicaciones a mi cadáver.
—Si mañana sigue gris, te tiro del avión.
—Mañana estamos en tierra.
—Pues te tiro de un helicóptero. Dawa me deja.
—Duérmete, Darío.
—Duérmete tú.
—No me voy a dormir.
—Pues yo tampoco.
No nos dormimos. Nos quedamos los dos mirando el gris, toda la noche, sin decir nada, contando los latidos por turnos, con la botella de Totò bajando entre los dos y el desierto pasando por debajo sin enterarse de nada.
Mascate es un horno con pista de aterrizaje.
Cuarenta minutos para repostar. Un hombre con túnica blanca y gafas de sol, a las tres de la mañana, me firma unos papeles sin mirarme. Le pago el doble para que siga sin mirarme. Lo cumple.
Roni pide permiso para bajar a comprar dátiles.
—No.
—Uno solo, Don.
—No.
—Es que en Mascate los dátiles son famosos. Lo he leído en el móvil.
—Te he dicho que no se llama a nadie y que no se usa el móvil.
—No he llamado a nadie. Solo he buscado «dátiles de Mascate». Los dátiles no se chivan.
—Roni.
—Sí, Don.
—Dame el móvil.
Me lo da. Le quito la batería. Se la devuelvo sin batería. Se queda mirando la terminal por la ventanilla con una tristeza tan honda, tan sincera, que uno de los de Nápoles le pasa una galleta de las suyas sin decir nada.
Despegamos otra vez. Arabia se queda atrás. Después el mar. Después la India entera, de noche, un mar de luces amarillas que no se acaba nunca.
Y cuando amanece, por la ventanilla izquierda, aparecen.
Las montañas.
Las he visto en fotos. En documentales. En la portada de una revista que Victoria tenía en el baño, al lado del váter, con un alpinista congelado en la cima que ella decía que le daba pena y que yo decía que se lo había buscado.
Nada de eso se parece a esto. Esto es una pared.
Blanca. De un lado del cielo al otro. Tan alta que el avión, a once mil metros, parece que vuela a su altura.
Picos afilados, de punta, apuntando arriba.
Nieve que brilla tanto que duele mirarla.
Nubes atrapadas entre las cumbres, sin poder salir.
Y en algún sitio de esa pared, ella.
El avión entero se ha despertado. Nadie habla.
—Madonna santa —dice Tano, con la frente pegada al cristal.
Santiago se santigua. Dos veces. La segunda por si la primera no ha contado.
Roni se queda con la boca abierta. Después se gira hacia mí.
—Don. Eso no se sube.
—Se sube.
—Eso no se sube, Don. Eso es Dios con la cara blanca.
—Entonces vamos a ir a pedirle algo prestado.
—¿Y si no nos lo deja?
—Se lo quitamos. —Me miro la muñeca. Gris. Sigue gris. Pero late—. Es lo que hacemos, Roni. Para eso te pago.
El piloto es un suizo callado que solo abre la boca para decir números.
Baja a Katmandú entre dos paredes de roca, por un pasillo de aire que no parece lo bastante ancho para un avión de este tamaño.
El ala izquierda pasa tan cerca de una ladera que Santiago cierra los ojos y empieza a rezar un padrenuestro en voz alta.
A mitad del padrenuestro se le olvida cómo sigue.
Roni se lo termina, por lo bajo, con una voz de seminarista que no le conocía.
Cuando las ruedas tocan la pista, todo el avión suelta el aire a la vez. Detrás, el avión gris toca tierra un minuto después, con un rebote que hace que Giuseppe, a mi lado, diga una palabrota en siciliano que no se dice delante de las madres.
Katmandú huele a humo, a incienso, a gasoil y a algo frito que tiene a Roni con la nariz pegada a la ventanilla antes de que se pare el avión.
—Don…
—No.
—Pero es que huele…
—Roni. Treinta mil.
Se sienta derecho. Se pone las manos en las rodillas.
—Treinta mil —repite, con mucha dignidad. Y sigue oliendo el aire por la rendija de la puerta.
Me levanto. Me cuelgo la bolsa al hombro. Miro la muñeca una última vez antes de bajar.
Gris. Lento. Terco.
Llora lo que tengas que llorar, nena. Y mañana levántate. Ya estoy en el mismo continente.
Y esta vez traigo amigos.