CAPÍTULO 11 #2
—¡TREINTA MIL! —Le revuelve el pelo a Santiago con tanta fuerza que casi lo despeina para siempre—. ¡Pagados por el Don, Santiago! ¡Por treinta mil no solo rompo cabezas, Don! ¡Me las como! ¡Con pan! ¡Con aceite! ¡Con un poco de sal!
—Lo que vas a hacer es sentarte y callarte.
—Sentado y callado. —Se sienta. Abre el termo. Bebe. Me mira por encima con una felicidad tan pura que me da escalofríos—. Treinta mil.
Aparto la vista. Al otro lado del pasillo, Enzo me está mirando. No ha dicho nada en todo el rato. Tiene la boca torcida hacia abajo y los brazos cruzados. Es el único hombre de treinta años que conozco capaz de enfurruñarse.
—¿Y yo, Don? —dice bajito—. ¿Cuánto cobro yo?
—Tú cobras un Maserati.
Enzo se lo piensa. Le cambia la cara.
—Es verdad. —Se gira hacia la ventanilla—. Es verdad.
Y se queda sonriendo a las nubes durante diez minutos.
Cuando el avión se estabiliza, me pongo de pie en el pasillo, agarrado a los respaldos. La rodilla protesta. No le hago caso. Llevo desde ayer sin hacerle caso y se está empezando a acostumbrar.
—Escuchadme. Lo digo una vez.
Se callan todos. Hasta Roni deja el termo.
—No vamos a Dubái. A Dubái va un señor con mi abrigo y una cojera equivocada.
Nosotros vamos a Katmandú, con escala en Mascate para repostar y para que nadie que nos busque en un radar entienda qué hacemos.
En Katmandú nos espera un hangar alquilado a nombre de una productora de documentales de montaña.
Los documentales no existen. El hangar sí.
—¿Y si alguien nos pregunta? —dice Santiago.
—Les dices que estás grabando un documental sobre la vida sexual de los yaks.
—¿Los yaks tienen vida sexual?
—Todos los animales tienen vida sexual, Santiago. Menos tú.
Se ríen los de Nápoles. Santiago se pone del color del bocadillo de mortadela.
—Allí esperamos al equipo de altura. Después, una pista de tierra en un valle sin nombre.
Allí hay un hombre que se llama Dawa, con un helicóptero, que nos va a subir.
A Dawa no lo toca nadie. Ni le habla nadie.
Ni lo mira mal nadie. Si a Dawa le pasa algo, nos quedamos todos abajo mirando la nieve y haciendo muñecos. ¿Roni?
—¿Don?
—Repítelo.
—A Dawa no lo toca nadie. —Silencio. Y después, con mucha pena—. Ni un poquito.
—Ni un poquito.
—Arriba hay ocho hombres. Un viejo con media cara quemada que hace de médico. Una cocinera. Dos perros. A la cocinera no se la toca. A los perros, tampoco.
—¿Los perros tampoco, Don? —Roni levanta las manos—. Los perros son de él.
—Los perros no han elegido al dueño, Roni.
—Usted es un blando.
—Yo soy un hombre que no mata a un animal por los pecados de su dueño. Es distinto. Y si os veo a alguno apuntándole a un perro, os meto a vosotros en la perrera. Y en la perrera de Bulldog, no en una bonita.
—¿Y el hombre de pelo gris? —pregunta Totò, desde el fondo, limpiando el rifle sin levantar la vista.
Me tomo un segundo.
—Al hombre del pelo gris no lo toca nadie más que yo.
Si lo tenéis delante, en el suelo, desarmado, dormido, borracho, rezando o pidiéndoos perdón de rodillas, no lo tocáis.
Lo atáis. Y me esperáis. El que le ponga un dedo encima me va a tener que explicar por qué, y no le va a dar tiempo a terminar la explicación.
—Que lo toque yo un poco —dice Giuseppe desde su butaca. Sin abrir los ojos—. Un poquito. Con el brazo bueno.
—Tú puedes mirar.
—Y opinar.
—Y opinar.
—Me basta —dice.
Me mira uno de los de Nápoles, desde la fila de delante.
—¿Y la señorita, Don? ¿Cómo la reconocemos? Nunca la hemos visto.
Lo pienso.
—Pelo negro. Ojos azules. Cincuenta y seis kilos de los que cincuenta son boca.
Y no os preocupéis por reconocerla. Va a ser la única persona de ese castillo que os va a insultar en español mientras la salváis.
Os va a llamar cosas que no habéis oído en vuestra vida.
Algunas en catalán. No os lo toméis mal. Es su manera de dar las gracias.
—¿Y si nos pega? —pregunta Santiago.
—Os dejáis pegar. Y después me lo contáis, que me gusta.
Giuseppe abre un ojo.
—Hay una cosa más, Darío.
Lo dice de otra manera. Con otra voz. Y el avión entero se da cuenta, porque cuando Giuseppe cambia de voz hasta los motores parece que bajan.
—Me ha llamado esta mañana un amigo de Palermo. De los que todavía me deben algo de cuando yo era guapo. —Se incorpora en la butaca—. Jean no se va a creer lo de tu muerte.
—Normal. Me conoce.
—Le va a decir a su hijo que no baje la guardia.
Que los de Palermo se queden vigilando el valle.
Y los helicópteros. —Me mira—. Según mi amigo, ya los tiene preparados: siete jets privados en tres aeródromos alrededor y ocho helicópteros armados.
Hombres, no sabe cuántos. Muchos. Y no están en el castillo.
Están en la zona. En los pasos. En las crestas.
Esperando que aparezca algo en el cielo.
Silencio.
Los de Nápoles se miran entre ellos. Santiago deja el bocadillo. Roni cierra el termo, despacio, con las dos manos.
Y yo sonrío.
—Mejor.
—¿Mejor?
—Mejor. Pensaba que esto iba a ser un paseo. Ocho hombres en un castillo, un perro gris, y a casa. —Me apoyo en el respaldo—. Así no me aburro.
—Eres un enfermo —dice Giuseppe.
—Lo dices como si fuera nuevo.
Llevamos cinco horas de vuelo cuando todos se duermen menos los dos de siempre.
Roni, en el sofá del fondo, abrazado al termo, con la boca abierta y una paz en la cara que no se merece nadie que haya hecho lo que ha hecho él.
Santiago hecho un ovillo a su lado, con la cabeza apoyada en el hombro de Roni, que si se despierta lo mata.
Enzo con una manta encima. Los de Nápoles roncando en cuatro tonos distintos, y ninguno en el mismo compás.
Fuera, noche negra sobre algún desierto.
Giuseppe y yo, despiertos. Él en su butaca. Yo en la mía. Entre los dos, una botella de whisky que le ha quitado a Totò y dos vasos de plástico, porque los de cristal están en el otro avión.
—Cuéntamelo —dice.
—¿El qué?
—Lo que le vas a hacer.
Me tomo mi tiempo. Me sirvo dos dedos. Le sirvo a él tres, porque tiene un brazo menos y el dolor se reparte.
—Lo primero, nada.
—¿Nada?
—Nada. Lo ato a una silla y me siento delante. Y no le hago nada. Durante horas. Solo lo miro. Que piense. Que piense en todo lo que le puedo hacer. Que se le vaya poniendo el culo cada vez más pequeño en la silla. La cabeza hace más daño que yo, Giuseppe. Yo solo le doy herramientas.
—Eso es muy tuyo.
—Después le enseño una foto de Victoria.
Y le pregunto qué le ha hecho. Una cosa por cada día.
Y por cada cosa que me cuente, le quito algo.
Un dedo por el sótano. Una oreja por el frasco.
Los dientes por la bofetada, que la ha tenido, lo sé, lo noto.
Y si me miente, si me dice que no le ha hecho nada, le quito el doble, porque la pulsera no miente y yo la llevo puesta.
Giuseppe bebe. Me mira por encima del vaso.
—¿Y lo de mi hijo?
—Lo de tu hijo es tuyo. Te lo dejo. Entero. Con el brazo bueno y con el tiempo que quieras.
—Gracias.
—No me las des. Me lo cobro después. Me tienes que dejar ser el padrino.
Algo cede en su cara. Un segundo. Después vuelve a su sitio.
—El padrino ¿de qué?
—Del siguiente. María es joven. Tú eres feo, pero eres insistente. Y va a haber otro. Y yo lo voy a llevar en brazos el día del bautizo, aunque me arda la piel al entrar en la iglesia. Y le voy a regalar un cuchillo pequeñito, de plata, con su nombre grabado.
—No le vas a regalar un cuchillo a un bebé.
—Ya verás si se lo regalo.
Giuseppe se ríe. Por la nariz. Fea, rota, con los ojos brillantes. Pero se ríe. Y se termina el whisky de un trago.
—Te odio, Darío.
—Lo sé. Me lo dices desde que tenías seis años.
—Porque desde que tenía seis años eres insoportable.
Me miro la muñeca.
Gris. El gris sin nombre. El que no viene en la lista. El de cuando leyó que me habían matado. Lleva así horas, latiendo tan despacio que tengo que contar. Uno. Dos. Tres. Sigue. No cambia. No se mueve. Es un gris de habitación con las persianas bajadas.
Giuseppe me lo ve mirarla. No dice nada. Me vuelve a llenar el vaso.
—¿Eso qué es? —pregunta al final.
—Eso es ella creyéndose que estoy muerto.
—¿Y qué color se supone que es?