CAPÍTULO 11
DARÍO
Pero antes de aquel gris en la muñeca hubo otra cosa. Vuelvo atrás, a esa misma tarde, a las cuatro menos cuarto, en Latina. Hay algo de ese avión que todavía no he contado.
La pista privada de Latina huele a queroseno, a hierba recién cortada y a un cigarro que conozco.
Lo huelo antes de bajarme del coche. Tabaco negro, de liar, de ese que no fuma nadie desde los noventa menos un hombre al que le dio por ahí a los catorce y nunca se le pasó. Me quedo con la mano en la manija de la puerta. No la abro todavía. Le doy un segundo para que se arrepienta.
No se arrepiente.
Bajo.
Mi avión está en la pista, blanco, sin un logo, con la escalerilla bajada y el motor al ralentí. Y sentado en el último escalón, con el brazo en cabestrillo, unas gafas de sol que no le hacen falta porque está nublado y un cigarro colgando de la boca, está Giuseppe.
Detrás de él, a cincuenta metros, hay otro avión.
Más grande. Gris. Con la puerta de carga abierta.
Y de la puerta de carga salen hombres. Muchos.
Bajan cajas largas, cajas cortas, bolsas de lona.
Reconozco a algunos. Los gemelos Ruggiero, de Catania, que no se hablan entre ellos desde una boda en el noventa y ocho.
El Sordo, que no es sordo, pero oye lo que le conviene.
Totò, que tiene setenta y un años y una puntería que da vergüenza a los de veinte.
Y quince o veinte más, de Palermo y de Nápoles, que se ponen derechos en cuanto me ven aparecer cojeando por la pista.
Me paro delante de la escalerilla.
—Te dije que te quedaras en Roma.
—Y te dije que sí. —Se quita las gafas. Tiene los ojos de no haber dormido desde el viernes—. Te he mentido. Es lo único que hago mejor que tú, y me gusta practicarlo.
—¿Y el de la chaqueta verde?
—Duerme en un sitio muy tranquilo. Con un móvil que manda mensajes muy aburridos cada tres horas.
«Nino en casa». «Nino viendo el fútbol».
«Nino se ha comido una pizza». —Suelta el humo—.
Le he puesto que Nino es del Lazio. Si Bulldog lo conoce un poco, se va a extrañar, porque Nino era de la Roma.
Pero ese perro no sabe de fútbol. Lo he comprobado.
—¿Y María?
Ahí deja de sonreír. Se pone de pie. Despacio, porque el brazo le tira.
—En Palermo. Con la nonna.
—¿Con mi nonna?
—Con tu nonna. Que le ha hecho caponata para un regimiento, le ha dado tabaco, aunque María no fuma, y le ha puesto una escopeta de caza al lado de la cama, cargada, por si acaso. —Se pasa la mano por la cara—. Y a mí me ha echado de casa.
—¿Te ha echado?
—Esta mañana. Con la cuchara de palo en la mano. Dice que la tengo nerviosa. Que María necesita mujeres alrededor y no un hombre con un brazo roto dando vueltas por el pasillo con el brazo colgando y la cara de entierro. Que me vaya a hacer algo útil. Y que si vuelvo sin Victoria, no vuelva.
Me río. Me tira el labio y me río igual.
—La nonna es más peligrosa que todo lo que hay en esas cajas.
—Por eso María está en las mejores manos de Italia.
Mejores que las mías. —Tira el cigarro a la pista y lo pisa con el talón, despacio, a conciencia, hasta que no queda nada—.
Darío. Esta vez no te pido permiso. Ya te pedí permiso para quedarme, y me lo diste, y he estado dos días mirando una habitación pintada de azul.
No puedo más. —Me mira—. Me han quitado un hijo, hermano.
Un hijo que tenía nombre. Así que esta vez lo hacemos como antes.
Como en los viejos tiempos. Tú entras por la puerta y yo entro por donde nadie mira.
—Tienes un brazo roto.
—Tengo otro. Y una boca. Y con la boca he matado a más gente que tú con las dos manos.
—Eso es mentira.
—Eso es literatura. Que es mejor que la verdad.
Me lo quedo mirando. Al fondo, Totò abre una de las cajas largas y saca un rifle con mira telescópica. Lo levanta, lo apunta a una gaviota que pasa, se lo piensa, y lo vuelve a guardar. No por la gaviota. Porque no le gusta desperdiciar munición.
—Sube —le digo a Giuseppe—. Pero si te mueres allí arriba, María me mata. Y mi nonna me mata dos veces. Y prefiero que me mate Bulldog, que por lo menos tiene prisa.
—Yo no me muero, Darío. —Sube la escalerilla delante de mí—. Yo soy el que te entierra a ti. Lo tengo en el testamento.
Dentro del avión hay dos personas que no deberían estar.
Las oigo antes de verlas. Una risa aguda, nerviosa, de alguien que se ríe porque no sabe qué otra cosa hacer. Y otra risa, más grave, más tranquila, de alguien que se ríe porque acaba de ver a otro meter la pata.
Me agacho para entrar en la cabina.
Roni está tirado en el sofá de cuero del fondo, con las botas encima de la mesa, una bolsa de patatas abierta sobre la tripa y el termo entre las rodillas. Santiago está a su lado, colorado hasta las orejas, con un bocadillo de mortadela a medio camino de la boca.
Los dos se quedan quietos.
—No —digo.
—Don. —Santiago se mete el bocadillo entero en la boca. No cabe. Se atraganta—. Don, antes de que diga nada…
—Os he dejado en Roma. Con Sergio. Sosteniendo la casa.
—Y se la hemos sostenido. —Roni ni se levanta.
Mastica una patata—. Dos días. La casa está de pie.
Le he dado una vuelta antes de salir, y no se ha caído ni el cuadro torcido del pasillo.
Que, por cierto, sigue torcido. Lo ha torcido la señora Anna a propósito para ver si alguien se da cuenta. Nadie se ha dado cuenta en dos años.
—¿Quién os ha metido aquí?
Los dos miran a Giuseppe, que se está sentando en una butaca con un suspiro de hombre mayor.
—Yo —dice Giuseppe—. Me hacía falta alguien que me abriera las latas. Con un brazo no puedo.
—No tienes latas.
—Las he traído. De atún. Muy buenas. De Sicilia.
Me dejo caer en el asiento de enfrente. Estiro la pierna mala. Me paso la mano por la cara, con cuidado del labio.
—Roni, ¿qué llevas en el termo?
—Manzanilla, Don.
—¿No era café?
—El café es para quemar casinos. La manzanilla es para los viajes. —Le da un trago—. Para los nervios de los demás. Yo no tengo nervios. Pero hay gente que se pone muy nerviosa cuando saco el cuchillo, y una manzanilla después les cambia la cara. A los que siguen teniendo cara.
Uno de los gemelos Ruggiero, que acaba de subir con una caja, se santigua sin soltarla.
—Bueno —digo—. Ya que estáis aquí, servid para algo.
Santiago suelta el aire de golpe. Roni sonríe con todos los dientes. Y se pone serio. Y cuando Roni se pone serio, los demás se ponen nerviosos.
—Entonces quiero hablar de mi sueldo.
Despegamos a las cuatro y dos minutos.
El otro avión, el gris, despega cinco minutos después.
Y una hora antes, desde Ciampino, ha salido un tercero hacia Dubái con mi nombre en la lista de pasajeros, mi abrigo de cachemira en el asiento y un hombre de mi estatura con gorra y gafas de sol que ha subido la escalerilla cojeando delante de tres cámaras de seguridad.
Le he dicho que cojeara con la izquierda.
Ha cojeado con la derecha. Le he dicho que es igual, que los que miran cámaras nunca saben de qué lado cojea nadie.
Roni espera a que se apague la luz de los cinturones.
—Don. Lo digo en serio. Quiero ser de los de dentro.
Desde lo de Mario, que en paz descanse, aunque no descansa en ningún sitio porque lo repartimos en tres bolsas por la costa de Anzio, hay un hueco.
Y yo quiero ese hueco. —Se inclina hacia delante—.
Pero tengo que saber cuánto me va a pagar. Tengo novia. Y mi novia gasta.
—¿Cuánto ha gastado este mes?
—Se ha comprado un bolso que vale lo que mi moto. Y un perro que vale lo que mi otra moto. El perro es feo, Don. Es el perro más feo que he visto en mi vida. Tiene la cara aplastada, ronca despierto y se le cae la baba encima de mis botas.
Giuseppe, desde su butaca, sin abrir los ojos:
—¿Un bulldog?
—Un bulldog francés.
Me río. No quiero, porque me duele el labio. Pero me río.
—Roni, tu novia se ha comprado al enemigo.
—Ya lo sé, Don. Lo duermo en el balcón. Por si acaso.
—Santiago —digo, sin dejar de mirar a Roni—. ¿Cuánto cobras tú?
Santiago levanta la cabeza. Tarda medio segundo. Lo ve venir. Y pone una sonrisa enorme, de niño que acaba de descubrir que le van a dejar quedarse despierto.
—Veinte mil al mes, Don. En efectivo. Más comida y alojamiento. Y la ropa, que me la compra la señora Anna.
A Roni se le cae una patata en la camisa.
—¿Veinte mil? —Se gira hacia él tan rápido que el termo se le vuelca—. ¿Veinte mil a ti? ¿A ti, que escribes «hiba» con hache? ¿A ti, que le pegaste una notita amarilla al océano Atlántico en el mapa porque pensabas que el señor Bulldog tenía una isla secreta?
—Podía tenerla.
—¡En el Atlántico, Santiago! ¡Allí no hay islas secretas! ¡Allí hay ballenas y aviones que se caen!
—Las ballenas no se lo cuentan a nadie.
—¡Porque son ballenas!
Se gira hacia mí. Está rojo. Roni rojo es una cosa que no había visto nunca.
—Don. Yo cobro cinco mil. Cinco mil. Y me juego la vida todos los días.
Le he quemado catorce casinos. Le he quemado tres almacenes.
Le hice hablar a un contable que había jurado por su madre que no iba a abrir la boca, y abrió la boca, Don, la abrió tanto que tuvimos que cerrársela nosotros.
Y este, que llora con las películas de perros…
—Una vez —protesta Santiago—. Y el perro se moría al final.
—¡Todos los perros se mueren al final, Santiago! ¡Es la naturaleza!
—El de esa película no se tenía que morir. Era un perro bueno.
—¡Los buenos son los que se mueren!
—Treinta mil —digo.
Los dos se callan.
—Treinta mil para ti, Roni. Porque tienes más experiencia. Y porque a Santiago le voy a descontar la notita.
Roni se queda quieto un segundo entero. Después levanta los dos puños al techo del avión y grita.
No es un grito de alegría. Es un grito de gol en un estadio, con el cuello estirado y las venas fuera.
Los cuatro de Nápoles, que estaban medio dormidos, se despiertan de golpe y uno se lleva la mano a la pistola.