NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 10 #3
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CAPÍTULO 10 #3

Así descubro cosas casi sin querer, con los ojos todavía hinchados.

Que la capilla del segundo piso tiene una Virgen con la nariz rota, y que me quedo delante de ella un rato largo sin saber qué pedirle, porque lo único que quiero ya no se puede pedir.

Que hay una sala entera de armas antiguas, espadas y ballestas que no me sirven de nada.

Que la cocina tiene una puerta al fondo, cerrada con un candado, por la que sale un frío distinto.

Que hay una torre con una escalera de caracol que no se acaba nunca y, arriba del todo, una habitación redonda con una radio enorme, de las antiguas, con auriculares y una lucecita roja encendida.

La radio. Me la apunto sin saber para qué, por costumbre, como se apunta un número de teléfono al que no vas a llamar.

Bajando por la escalera de caracol, a mitad de camino, oigo su voz.

Viene de una puerta entornada en el descansillo, un despacho, y habla por teléfono en italiano, rápido y enfadado.

Me pego a la pared y le hago a Killer la señal de silencio con el dedo en los labios, y el perro, que no entiende nada, se sienta y me mira con mucho interés, que es lo más parecido a obedecer que sabe hacer.

—…te digo que está muerto, papá. Nino lo ha escrito. Siete balas. Con el león encima.

Papá. Está hablando con Jean.

La voz de Jean no la oigo. Oigo solo los silencios de Bulldog, que son largos, y lo que contesta después. Lo entiendo todo, cada palabra; algo bueno tenía que tener haber vendido perfume a señoras romanas durante dos años.

—¿Cómo que no te lo crees? —Pausa—. No, no hay fotos. Nino dice que sus hombres… —Pausa larga—. Ya sé que lo han dado por muerto otras veces. Ya sé lo de Medellín. Ya sé lo del edificio. Papá, esta vez es…

Un silencio muy largo. Después Bulldog, más bajo, con una voz que no le había oído nunca, la de un hijo al que su padre no le cree.

—Sí, papá. Los dejo. Los de Palermo se quedan en el valle. Los helicópteros también. —Pausa—. No, no voy a bajar la guardia. Que si es mentira, va a venir por el aire. Ya lo sé. —Y esta vez casi grita—. ¡Que ya lo sé, papá! ¡Que no soy un niño!

Se oye un golpe, un puño contra una mesa o un teléfono contra una pared, y después nada.

Me quedo pegada a la piedra con el corazón golpeándome las costillas.

Jean no se lo cree. Jean, que lleva cincuenta años enterrando gente.

Jean, que se sentó en una cena enfrente de Darío y lo miró toda la noche como a un hijo que no le había salido.

Si hay un hombre en este mundo que sabe cuándo alguien está muerto de verdad, es ese.

No, me digo. Para, Victoria. No te hagas esto. Ya te ha pasado una vez: abrazaste el aire en un sótano, te inventaste una puerta en una pared. No te inventes ahora a un hombre vivo en un callejón, porque si te lo inventas y luego no está, no te vas a levantar nunca más.

Pero es que Medellín. Una bala a tres centímetros del corazón, lo dieron por muerto y se despertó en una clínica comiéndose la gelatina de Giuseppe.

El edificio de Dubái, una bomba debajo de la cama, tres semanas en coma, y se despertó sin acordarse de mi nombre y aun así se acordó de todo.

El Mercedes. Lo vi arder. Me corté los pies corriendo descalza sobre cristales. Salió.

Ese hombre se muere fatal. No sabe hacerlo.

Me resbalo por la pared hasta quedarme sentada en un escalón, con Killer apoyándome el hocico en la rodilla, y me tapo la cara con las manos.

No sé si lloro o me río; las dos cosas me salen por el mismo sitio y me mojan los dedos igual.

No sé si está vivo. De verdad que no lo sé.

Pero su enemigo no se lo cree, y yo, que lo quiero, no me lo voy a creer antes que su enemigo.

Por la noche, Bulldog no viene a cenar. Genoveva me sube una bandeja y me dice que el señor está en la torre, con la radio, que lleva toda la tarde ahí arriba hablando con el valle y que ha pedido que no le moleste nadie.

Me como la mitad. Pasta con berenjena, un trozo de pan, un poco de queso duro que pica. Me cuesta cada bocado, me baja por la garganta como si fuera arena, pero me lo como, porque si viene a buscarme tiene que encontrarme de pie.

Genoveva me mira desde la puerta, con los brazos cruzados.

—Esta mañana no querías nada.

—Esta mañana estaba de luto.

—¿Y ya no?

La miro.

—Genoveva, ¿tú has visto el cuerpo?

Se queda quieta.

—No.

—Pues yo tampoco.

Me mira un rato largo, con esos ojos viejos de haber visto de todo, y después asiente, despacio, una vez, sin decir nada. Se lleva la bandeja.

Cuando se va me meto en la cama. Los dos perros suben de un salto, que ya les he dado permiso aunque su dueño no lo sepa, y se me tumban encima de los pies como dos sacos de arena calentitos. Me miro el anillo a la luz de la chimenea.

—No sé si está vivo —le digo—. Pero tú tampoco lo sabes, así que no te pongas listo y te me caigas. Tú quédate ahí, agarrado. Que a lo mejor dentro de unos días ese hombre entra por esa puerta con la cara partida, oliendo a sudor y a pólvora, y lo primero que me va a mirar va a ser la mano.

Cierro los ojos y le mando a la pulsera lo único que tengo esta noche.

No sé qué color es. No es rosa, porque no estoy contenta, y no es verde, porque por primera vez desde anoche el miedo no me llena entera.

Es una cosa pequeña, que me nace en el estómago y me sube hasta la garganta y no me deja llorar del todo.

Esperanza, creo que se llama. Si no tiene color, que se lo inventen.

Yo aquí sigo, con el anillo puesto, esperando a que alguien que se muere fatal venga a demostrarme otra vez que no sabe hacerlo.