CAPÍTULO 10 #2
—Escúchame bien, Victoria. Lo de ayer se acabó.
Lo del espejo, lo del cajón, lo de la rodilla, lo de anoche.
No te lo tengo en cuenta. —Hace un gesto con la mano, borrando una pizarra invisible—.
Ayer eras la novia de Di Marco. Hoy Di Marco no existe.
Y una mujer no puede ser la novia de nadie que no existe. Así que hoy empezamos de cero.
—¿Me vas a regalar una agenda nueva?
—Te voy a regalar un apellido. —Lo dice tan tranquilo, mirando la copa—.
En primavera. En Palermo. En la catedral, que la tiene reservada mi familia desde hace tres siglos para estas cosas.
Va a venir media Sicilia. Mi padre te va a llevar del brazo, porque tu padre está muerto y yo no voy a permitir que entres sola.
Me quedo sin aire, y no por la boda. Por lo de mi padre. ¿Cómo sabe este hombre que mi padre está muerto? ¿Qué más sabe? ¿Sabe lo de los domingos a las siete? ¿Sabe dónde vive mi madre? Me agarro a lo único que tengo, que es la boca.
—¿Tu padre? ¿Jean? ¿El que se pasó toda la cena mirando a Darío como si fuera el hijo que le hubiera gustado tener? —Ladeo la cabeza—. Ese señor me va a llevar del brazo al altar, y cuando me deje delante de ti va a pensar exactamente lo mismo que pienso yo: que se ha equivocado de novio.
Le cambia la cara. No se le mueve nada concreto, no aprieta nada; simplemente se le queda más quieta, como el agua de un pozo cuando alguien deja de tirar piedras.
—Dame la mano —dice.
—No.
—Dame la mano, Victoria. Que te lo estoy pidiendo bien.
—Me lo pides bien porque esta mañana has cantado Felicità. Mañana me lo pedirás con un pinchazo.
No dice nada. Se levanta, viene hasta la cama, se sienta en el borde y me coge la muñeca izquierda, no fuerte pero firme, y me la pone encima de su rodilla con la palma hacia abajo. El anillo brilla con la luz de la ventana.
—Esto —dice— ya no significa nada. Es la joya de un muerto. Y tú vas a llevar la mía.
Me coge el anillo con dos dedos y tira. No sale. Tira más, lo gira, empuja desde abajo con el pulgar como mis guardias el primer día con su jabón y su aceite, y el anillo sube dos milímetros hasta el nudillo y ahí se queda, clavado.
—Tus hombres ya lo intentaron —le digo—. Mientras yo dormía. Uno quería cortarme el dedo. Me lo contaste tú, el primer día, muy orgulloso.
—Y le prohibí que lo hiciera.
—Porque me quieres entera. De momento.
Suelta el anillo y se queda mirándolo, sin entender. Entonces se lo digo, porque es lo único que tengo que él no tiene, y porque necesito decirlo en voz alta para creérmelo yo.
—Ese anillo no se quita. Me lo puso él en un campo, de rodillas, con la camisa llena de sangre de mentira y cien hombres alrededor.
Y me dijo que no sale nunca. Que solo sale el día que yo deje de quererlo.
—Se me rompe la voz a mitad y la recojo como puedo—.
Así que puedes tirar todo lo que quieras.
Puedes traer a Gabriel con una sierra de joyero.
Pero mientras siga ahí, todo tu castillo y toda tu montaña y toda tu catedral de Palermo saben una cosa que tú no quieres saber.
Ni se inmuta. Me mira la mano, me vuelve a mirar a mí, y sonríe con la sonrisa de un jugador de póker que acaba de ver la carta que le faltaba.
—Entonces esperaré.
—¿A qué?
—A que salga. —Se levanta y recoge su copa del brazo del sillón—.
Si es verdad lo que dices, ese anillo es un reloj.
Y los relojes, Victoria, siempre acaban marcando la hora.
Un día te vas a despertar, vas a estirar la mano y se te va a caer en la almohada.
Y ese día, solo ese día, me vas a mirar y vas a saber que he ganado.
—Se termina el champán de un trago—. Tengo todo el tiempo del mundo.
Tú no tienes nada más que hacer que olvidarlo.
Se va.
Me quedo con la mano encima del edredón, tirando del anillo yo misma, despacio, con miedo, igual que se comprueba la puerta de casa antes de dormir. No se mueve. Me lo llevo a los labios y lo beso, y el metal está frío, y lloro encima de él hasta que se empaña la piedra.
—Ni se te ocurra —le susurro—. Tú quédate ahí. Que yo no lo voy a olvidar. Que me acuerdo de lo que costaba un zumo de naranja en nuestra primera cita. ¿Te crees que me voy a olvidar de él?
El anillo no contesta. Pero tampoco se mueve.
Por la tarde descubro que ya no me vigila nadie.
Abro la puerta del cuarto esperando a un guardia y en el pasillo no hay nadie, ni en la escalera, ni en el rellano.
Bajo un piso y me cruzo con uno de los hombres de Bulldog, el grande de la barba del primer día, el de la cuñada y la comunión.
Me ve con mi pijama de franela, mis dos pares de calcetines robados y la mejilla morada, y se aparta para dejarme pasar como si yo fuera un mueble que alguien ha cambiado de sitio.
Ahí lo entiendo, y me duele más que la bofetada. Ya no hace falta vigilarme, porque ya no viene nadie a buscarme. Soy una viuda en una montaña sin carreteras. ¿Adónde voy a ir?
Ando por el castillo como andan los fantasmas, sin rumbo, tocando las paredes, porque si me quedo quieta en la cama me muero.
Los perros vienen detrás, que han decidido que soy su nueva costumbre: el de la mancha pegado a mi pierna, y el otro, Nerón, que no tiene ninguna pinta de Nerón sino de bollo de crema, a dos metros, por si acaso.