CAPÍTULO 10
VICTORIA
Bulldog entra sin llamar cuando ya es de noche, con el pelo mojado y una sonrisa que no le había visto nunca, una sonrisa de niño la mañana de Reyes.
No dice nada. Se sienta en el borde de la cama, desbloquea el móvil, me lo pone en la mano y se queda ahí, a medio metro, con los codos en las rodillas, mirándome la cara.
No miro la pantalla. Lo miro a él, porque un hombre no sonríe así si lo que hay en ese teléfono es bueno para mí, y algo en el estómago me lo dice antes que los ojos: que no lo lea, que tire el móvil al fuego, que me tape las orejas y me ponga a cantar. Pero bajo la vista. Siempre bajo la vista.
«Buenas noticias, Bulldog. Te lo hago corto.
Di Marco está muerto. Vino a mi local a preguntarme por ti, con el león y todo, el muy idiota.
Le metí siete balas en el callejón de atrás.
No te puedo mandar fotos, mis hombres ya se han encargado de que no aparezca nunca.
Confía en mí. Puedes dormir tranquilo. Nino».
Lo leo una vez y no entiendo nada, como cuando lees un idioma que no sabes.
Lo leo otra vez y las palabras se me van quedando pegadas una a una: siete, callejón, el león, que no aparezca nunca.
A la tercera vez ya no puedo leerlo, porque la pantalla se mueve, o me muevo yo, o se mueve la habitación entera.
—No —digo.
Me sale normal. Una voz normal, de quien corrige un dato equivocado en una factura.
—No. Esto lo has escrito tú.
—Lo ha escrito Nino. —Bulldog no deja de mirarme. Se está bebiendo mi cara como quien se bebe una copa que lleva años guardando—. Lo vio con sus propios ojos, principessa. Con el león y todo.
El león. Me agarro a eso con las dos manos: el león no lo sabe nadie, el león es de esta semana, nadie en Roma sabe que Darío se fue a comprarme un regalo y volvió con un león. Y entonces lo entiendo, y es peor, porque si Nino sabe lo del león es que lo vio. Es que estuvo delante de él.
No sé en qué momento empiezo a temblar. Me doy cuenta porque el móvil hace ruido contra el anillo, clic, clic, clic, un ruidito pequeño y ridículo, y Bulldog me lo quita de la mano con mucho cuidado, como se le quita un vaso a un niño que lo va a romper.
Me llevo la mano a la boca y no me sale el aire.
Lo busco y no está. Abro la boca, la cierro, la vuelvo a abrir como un pez en una pescadería, y el pecho se me queda trabado a mitad de camino, lleno de algo que no sube ni baja.
Pienso en sus manos. En lo calientes que las tiene siempre, aunque nieve.
Pienso que alguien le ha tocado esas manos en un callejón para ver si estaban frías.
Y entonces sale.
No es un llanto, o no uno de los que conozco.
Es un ruido que me sube de muy abajo, de detrás del ombligo, y que no reconozco como mío, un ruido de animal atropellado en el arcén.
Me doblo encima de las rodillas. Me agarro el pelo con las dos manos y tiro, porque necesito que algo me duela por fuera para no notar lo de dentro, y no funciona, no funciona nada, lo de dentro es más grande que la habitación y que el castillo y que la montaña entera.
Bulldog no se mueve. Se queda sentado mirándome llorar, y cuando levanto la cabeza y lo veo ahí, tranquilo, con la sonrisa todavía puesta, algo cambia de sitio en mí.
El dolor no se va. Se le pone otra cosa encima, caliente, que me sube por la garganta como sube la bilis.
—Vete con tus muertos —le digo.
Me sale ronco, roto, con la cara empapada.
—Vete con tus muertos, hijo de puta. Con tu madre y con todos los que has enterrado. Que te estén esperando con la mesa puesta, porque te vas a ir con ellos. Me da igual cuándo. Me da igual cómo. Te vas a ir con ellos y yo voy a estar delante para verlo.
—Victoria…
—¡No digas mi nombre! —Me levanto de la cama sin saber cómo, de rodillas sobre el colchón, y le doy un empujón en el pecho con las dos manos que no lo mueve ni un centímetro—.
¡No vuelvas a decir mi nombre con esa boca!
Él te habría matado. ¿Me oyes? Habría venido y te habría matado despacio, y yo le habría aguantado la linterna.
Lo único que has hecho en tu vida es esconderte detrás de un perro como Nino para no tener que mirarlo a la cara, porque sabías que si lo mirabas a la cara te meabas encima.
Le escupo.
No lo pienso. Le escupo en la mejilla, y la saliva le resbala hasta la barba, y durante un segundo no pasa nada, nada en absoluto: él se queda quieto, con los ojos grises muy abiertos, mirándome como si le hubiera hablado un mueble.
Después me da la bofetada.
Con el revés de la mano, la del anillo de sello.
Me tira de lado contra las almohadas y me deja un pitido largo en el oído izquierdo, y el sabor a hierro llega un segundo después, cuando ya estoy tumbada.
No me levanto. No porque no pueda. Porque me da igual.
Me podría haber dado diez. Ya no queda nadie a quien le importe cómo tengo la cara.
Bulldog se limpia la mejilla con la manga, despacio. Se pone de pie y se guarda el móvil en el bolsillo.
—Mañana lo verás de otra manera —dice—. Duerme. Esta noche puedes dormir tranquila.
Se va. La puerta se cierra con la llave, dos vueltas.
Me quedo tumbada de lado, con la mejilla latiendo contra la almohada y los ojos abiertos, mirando la chimenea.
No sé cuánto tiempo pasa. Me acuerdo de que me prometí, en el sótano de Álex, que si salía de allí no iba a volver a rezar nunca, porque nadie me había escuchado.
Y me pongo a rezar igual, sin palabras, en el mismo idioma en que se reza cuando no sabes rezar: que no, que no, que no, que no sea verdad, que me lo devuelvan, que me quiten lo que quieran, los ojos, las manos, la voz, pero que me lo devuelvan.
No duermo. Me paso la noche escuchando el viento contra la ventana y contando las horas que tarda en llegar el día, sin saber para qué quiero que llegue.
Me despierto con la boca pegada y una frase en la cabeza.
Siete balas.
No es un recuerdo. Es un letrero encendido detrás de los ojos, antes que la luz y antes que el frío, y no hay manera de apagarlo: siete balas, callejón, que no aparezca nunca, con el león y todo.
Me debo de haber dormido un rato al amanecer, porque la chimenea está apagada y el cielo de la ventana es gris, y durante un segundo, un segundo entero antes de abrir los ojos del todo, no me acuerdo.
Durante un segundo estoy en Roma y él está al otro lado de la cama.
Después me acuerdo, y es como enterarme otra vez.
Me duele la mejilla. Me la toco: hinchada, caliente, con la forma de cuatro dedos y un anillo de sello. El perro de la mancha en el ojo está tumbado en la alfombra, mirándome. No ronca, no duerme. Mueve la cola una vez contra el suelo, tum, como si me preguntara algo.
—No me mires así —le digo, y la voz me sale hecha trizas—. No me mires así, gordo, que no tengo nada.
Me tapo la cabeza con el edredón y lloro debajo, en la oscuridad caliente que huele a mí, con las rodillas contra el pecho, hasta que me duele la tripa de llorar.
Genoveva entra a las nueve, o a las diez, o a la hora que sea en este sitio donde los relojes van a su aire.
Trae una bandeja con café, pan tostado con mantequilla y un huevo pasado por agua en una huevera de porcelana con florecitas azules.
La deja en la mesilla y me mira la mejilla. No dice nada de la mejilla.
—Come.
—No puedo.
—Puedes. No quieres. Es distinto.
—Pues no quiero. —No me destapo. Le hablo desde debajo del edredón, porque no quiero que me vea la cara—.
En mi casa, cuando se moría alguien, mi abuela tapaba los espejos y no se encendía la tele en una semana.
Aquí no hay tele. Y los espejos me dan igual.
Así que lo único que me queda es no comer.
Genoveva se sienta en el borde de la cama. Le crujen las dos rodillas, una detrás de otra. Se queda así un rato, sin tocarme, mirando la ventana.
—Él está contento —dice, bajito—. Esta mañana cantaba en la ducha. Una de Albano y Romina. Felicità.
Me destapo.
No me río. Me sube una náusea desde el estómago vacío y me tengo que tapar la boca, porque me lo imagino debajo del agua caliente, enjabonándose, cantando, mientras Darío está en un callejón o en un río o en ningún sitio, y es tan obsceno, tan sucio, que el cuerpo me lo quiere echar fuera.
—Dile que se ahogue —le digo a Genoveva con la mano en la boca—. Que se le meta el agua por la boca a mitad del estribillo y se ahogue cantando.
Genoveva no contesta. Me deja la bandeja y se va. Al rato me como medio huevo, sin ganas, mirando la pared, porque mi abuela tenía una huevera de florecitas idéntica y no me parece justo que se quede llena, y porque una parte de mí, pequeña y tozuda, todavía no ha decidido morirse.
Él aparece a media mañana, sin llamar, con un jersey de cachemira color hueso, unos pantalones grises con raya y el pelo todavía mojado de la ducha de Felicità.
Recién afeitado. Huele a una colonia nueva, cítrica, cara, de las que te echas cuando tienes algo que celebrar, y trae en la mano una botella de champán abierta y dos copas. A las once de la mañana.
—Buongiorno —dice.
—Para ti, a lo mejor.
Sirve las dos copas. Deja una en mi mesilla, al lado de la huevera, y se queda con la otra. Brinda contra la mía, que sigue en la mesilla sin que yo la toque, y suena un tintineo limpio, de cristal bueno.
—Por la paz.
—Por tus muertos —le digo—. Que ya te están esperando.
Se ríe. Se sienta en el sillón de cuero, cruza una pierna sobre la otra y me mira no beber de mi copa.
—Te duele la cara.
—Me la has partido tú. Es lo que tiene la física.
—Me escupiste.
—Y te volvería a escupir. Acércate y lo compruebas.
Bebe. Deja la copa en el brazo del sillón y se inclina hacia delante, con los codos en las rodillas y las manos colgando entre las piernas, como un entrenador en el descanso.