CAPÍTULO 9 #4
Milán, por teléfono. El hombre de la flota tarda un minuto entero en contestar cuando le digo lo que quiero.
Después dice que sí. Dice que sí con la voz de alguien que acaba de pagar una deuda vieja y no sabe si le ha salido barata o cara.
Dos aviones. Uno sale a las tres de la tarde de Ciampino hacia Dubái, con mi nombre en el manifiesto y mi abrigo de cachemira en el asiento, para que lo vean subir.
El otro, una hora después, de una pista privada en Latina. Sin nombre. Conmigo dentro.
Equipo de altura. Un proveedor de Chamonix que vende a expediciones y que no pregunta por qué alguien necesita ocho trajes de pluma, oxígeno y crampones para pasado mañana. Le pago el triple para que siga sin preguntar.
Hombres. Enzo vuelve del bosque a mediodía, oliendo a gasolina y a agua estancada, y me dice «ya está, Don» sin más. No le pido detalles. Renzo. Cuatro de los de Nápoles. Siete conmigo. Ocho arriba. Me sobra uno.
Anna me cose el labio en la cocina, con hilo de pescar y una aguja hervida en un cazo, porque no quiero médicos que pregunten. Me duele más que la jaula entera. Se lo digo. Ella me dice que me aguante, que más dolió parirme a mí, y que ella no me parió pero se lo imagina.
María. Subo a verla antes de irme. El cuarto de invitados está vacío, con la cama hecha.
Anna me dice que Giuseppe ha venido a por ella mientras yo dormía y que no ha dicho adónde.
No pregunto más. Si Giuseppe no lo dice, es que está donde tiene que estar.
Le dejo a Anna las tres cuchillas del anillo de Victoria, limpias, envueltas en un pañuelo, para que se las haga llegar.
Son las que le dieron a María tiempo para correr.
Que las tenga ella hasta que se las devuelva a su dueña.
A la una, me llega un mensaje de un número que no es el de Giuseppe.
«El de la chaqueta verde ha avisado de que Nino llegó a casa a las cuatro y cuarto, borracho y contento, que la mujer le gritó y que ahora duerme. Muy convincente el chico. Ya no toma café. G.».
Debajo, una foto. Una taza vacía en la barra de un bar.
Me río solo en la cocina, con el labio cosido. Me tiran los puntos.
A las cuatro y dos minutos de la tarde, el avión sin nombre despega de Latina.
Desde la ventanilla veo cómo se queda abajo la costa.
Después el mar. Después solo mar. Enzo duerme con la boca abierta en el asiento de enfrente.
Renzo juega a las cartas con los de Nápoles, en voz baja.
Tengo una manta encima de las piernas que no me he puesto yo.
Me la ha echado Enzo antes de dormirse, sin decir nada. No se lo voy a mencionar en la vida.
Rey se ha quedado en casa. Cuando me he ido, Copito estaba tumbado a un metro de él, haciendo como que no lo miraba. Mirándolo. Les doy tres días para dormir juntos.
Me miro la muñeca.
Verde.
La miro cada pocos minutos durante la primera hora y media. Verde. Verde. Verde oscuro, el de estos cuatro días. Casi lo agradezco. Verde quiere decir que todavía no lo ha leído. Que él todavía no se lo ha enseñado. Que a lo mejor no se lo enseña.
A las seis menos cuarto, con el sol cayendo sobre algún punto del Mediterráneo, que allí arriba es noche cerrada, la pulsera hace algo que no le he visto hacer nunca.
Se vuelve loca.
Todos los colores a la vez. Rosa, rojo, azul, negro, amarillo, naranja, gris, verde.
Peleándose dentro de los diamantes, uno encima de otro, sin que ninguno se quede.
La noche del confeti, cuando le puse el anillo, hizo lo mismo, y ella contó ocho mientras yo creía que no me miraba.
Pero aquella noche se calmaron en cinco segundos y se quedaron en rosa.
Esta vez no se calman.
Diez segundos. Veinte. Un remolino que se golpea contra las paredes de la joya. Y yo me cojo la muñeca con la otra mano y aprieto. De imbécil. Como si así la sujetara a ella desde aquí.
Y de golpe, se apagan todos menos uno.
No es ninguno de los ocho. Es un color que no estaba en la lista que le di en el coche. Un gris tan oscuro que casi es negro. Tan apagado que casi no brilla. Parece la pulsera apagándose. Y no termina de apagarse.
Me quedo mirándolo. No respiro.
Se lo ha enseñado. Quince horas ha tardado. Habrá esperado a tenerla despierta del todo, sin lo que le den para dormir, para no perderse nada de su cara.
Le ha puesto el móvil en la mano y se ha quedado delante, mirándole la cara mientras leía que me han metido siete balas en un callejón. Y esto que tengo en la muñeca, este color que no tiene nombre, es lo que le ha hecho a ella lo que he escrito yo.
—Don.
Enzo está despierto. No sé cuánto lleva mirándome.
—Duérmete, Enzo.
—Don, usted…
—Duérmete.
Se gira hacia la ventanilla. No se duerme.
Me quedo mirando la pulsera hasta que me arden los ojos. El gris no se va. Se queda latiendo tan despacio que tengo que contar para saber que sigue. Uno. Dos. Tres.
Late. Sigue. Está viva.
Y cree que yo no.
Apoyo la frente en la ventanilla, a once mil metros, y le hablo bajo. A ella. A la joya. Al cielo naranja de fuera, que se va apagando.
—Perdóname, nena. Te lo explico el viernes. En persona. Con la boca cosida y de rodillas, que es como mejor me sale.
Abajo, muy lejos, aparece la primera luz de la costa de África.
Faltan treinta y seis horas.