NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 9 #3
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CAPÍTULO 9 #3

Un minuto. Un minuto entero, con los dos mirando una pantalla en mitad de un campo de girasoles muertos.

Las dos marcas se ponen azules.

Leído.

Tres puntos. Bulldog está escribiendo. Desaparecen. Vuelven. Desaparecen otra vez. Me imagino a ese perro gris en su montaña, sentado en una butaca, con el móvil en la mano, sin saber qué escribir porque por primera vez en su vida está contento de verdad y no sabe cómo se hace eso.

Llega una sola palabra.

«Bien».

Giuseppe suelta el aire por la nariz.

—Le has hecho el día.

—Le he hecho los últimos.

—Ahora la familia de Nino —dice Giuseppe, guardándose el móvil del muerto en el bolsillo de la camisa—.

El de la chaqueta verde. Si Nino no vuelve a casa esta noche, ese hombre avisa.

Y si avisa, ese perro se va a preguntar por qué alguien que acaba de matar a Di Marco no vuelve a casa a celebrarlo con su mujer. Y ahí se te cae la caligrafía.

—Iba a mandar a Roni.

—Roni se lleva un termo a los tiroteos. Esto no es para Roni. —Se baja del capó—. Lo hago yo.

—Tienes un brazo roto.

—Tengo otro sano. —Mueve los dedos de la mano buena—.

Me has prohibido la montaña, Darío. No me has prohibido el Trastevere.

Y te recuerdo que hace cuatro días un hombre de ese perro me quitó un hijo.

Déjame este. Aunque sea un perrito de chaqueta verde.

Déjame algo con lo que volver a casa y poder mirar a María a la cara.

Lo miro. Y le veo una cosa en los ojos que no le veía desde que teníamos dieciséis años y salimos juntos de aquel sitio del que no hablamos nunca. Algo que se le había dormido con María, con la habitación pintada de azul, con los antojos de las cuatro de la mañana.

Se le ha despertado.

—No lo mates en la calle —le digo—. Llévatelo. Y que su móvil siga mandando mensajes. «Nino ha llegado a casa». «Todo tranquilo». «Nino ha salido a por tabaco». Una semana. Lo que tarde yo.

—¿Y la mujer y los niños de Nino?

—Que no se enteren de nada hasta que yo vuelva. Mándales a alguien con cara de buena persona. Dinero. Una casa en la costa. Unas vacaciones que no han pedido. Cuando vuelva, les cuento yo que el padre no va a volver. —Me miro las manos—. Se lo he prometido antes de pegarle el tiro.

—Qué detalle por tu parte.

—Soy un caballero.

Giuseppe se sube al BMW, saca a Rey del asiento de atrás y me lo pone en los brazos.

—Llévatelo a casa. Copito lo va a odiar. Va a ser lo más divertido que pase en esa casa en una semana.

—¿Y tú?

—Yo tengo un café pendiente en el Trastevere. —Arranca—. Uno cada cuarenta minutos. Ya voy tarde al siguiente.

Las luces traseras se alejan entre los girasoles.

Me quedo solo en el Aeropuerto, con un león en los brazos, un diente flojo y la camisa llena de sangre de gente que no conocía a las nueve de la noche. Llamo a Sergio para que me manden un coche.

Mientras espero, me miro la muñeca.

Verde. Todavía no se lo ha enseñado.

Todavía.

Llego a casa con el sol saliendo.

Anna me abre la puerta, me ve la cara y se lleva las dos manos a la boca. No le dejo decir nada. Le paso el león.

—Agua, carne y una manta. Para él. Yo me apaño con café.

—Mijo, su cara…

—Mi cara aguanta. La de él es más bonita. Cuídala más.

Copito está donde lo dejé, sentado delante de la puerta de nuestro cuarto.

Me oye entrar, suelta un ladrido corto y baja la escalera a toda velocidad, tropezándose con sus propias patas, con la cola moviéndose tan rápido que le mueve medio cuerpo.

Llega abajo. Me huele. Huele detrás de mí, buscándola.

Y ve a Rey en los brazos de Anna.

Se para en seco. Eriza el lomo entero, de la nuca a la cola.

Lo de la cola, por lo visto, no se lo ha perdonado.

Y le sale un gruñido de perro de verdad, ridículo en un cuerpo de ese tamaño, y se planta entre Anna y la escalera, con las patas abiertas, defendiendo la casa de ella de una bola de pelo blanco que pesa el triple que él.

Rey lo mira desde los brazos de Anna. Ladea la cabeza. Le estira una pata.

Copito le ladra. Rey le bufa. Copito da un paso atrás, ofendido, y vuelve a ladrar más fuerte. Rey bosteza con toda la boca y se vuelve a acomodar en Anna, sin el más mínimo interés.

Me río. Por primera vez en cuatro días me río de verdad, y me duele el diente, la mandíbula, el riñón, el alma. Me tengo que agarrar a la barandilla.

—Me va a matar —le digo a Anna—. Se fue una noche a comprarme un regalo y le he cambiado la casa entera.

—Va a estar feliz, mijo.

—Va a estar furiosa. Es su manera de estar feliz.

Duermo dos horas. Sergio me despierta a las nueve con café, tres pantallas y la cara de un hombre que no sabe en qué día vive.

—Tengo a Dawa.

Me siento en la cama.

—Dawa Sherpa. Cuarenta y un años. Quince como piloto de rescate en altura, hasta que una empresa china le compró el helicóptero a su jefe y lo dejó en la calle.

Desde hace dos años vuela por libre. Cobra en dólares, en efectivo, no pregunta.

—Me gira una pantalla. Un hombre de cara ancha, quemada por el sol, gorro de lana y una sonrisa a la que le faltan dos dientes—.

Mujer y tres hijas en Katmandú. Lo manda todo a casa.

Sin vicios. Sin deudas. Lo único que tiene es miedo, porque sabe para quién vuela.

—¿La pista?

—No es Lukla. Más al este. Una pista de tierra militar, abandonada, en un valle sin nombre.

Reposta ahí, sube con la comida y baja vacío.

Martes y viernes, a las siete de la mañana de allí.

—Se rasca la nuca—. Si sale hoy, llega a Katmandú mañana a primera hora.

Pero el equipo de altura no aterriza hasta el viernes de madrugada, y sin equipo no sube. A la pista no llega antes de las diez.

—Entonces el viernes Dawa no despega a las siete.

—¿Cómo que no?

—Que el viernes por la mañana a Dawa se le estropea algo. Algo pequeño. Que se arregle en tres horas. Lo justo para que llegue yo. —Me bebo el café de un trago—. ¿Puedes?

—Puedo hablar con alguien de Katmandú que puede hablar con alguien que le eche azúcar al depósito.

—Hazlo.

—¿Y después? ¿Le pone una pistola en la cabeza para que le suba?

—Después le pago. Y le pongo una pistola en la cabeza.

Las dos cosas. Un hombre con miedo y con dinero vuela más derecho que uno que solo tiene miedo.

—Le devuelvo la taza—. Y búscame a sus hijas.

A qué colegio van, qué desayunan, cómo se llama el perro.

No para hacerles nada. Para que él sepa que lo sé.

Y para que cuando le diga que no les va a pasar nada, me crea.

Sergio me mira un segundo más de lo normal.

—Hay días que me da usted miedo, Don.

—Solo los días que me levanto.

El resto del día es una lista que se va tachando.