CAPÍTULO 9 #2
No es miedo. Es el cuerpo, que ha aguantado seis hombres, un ruso y un contable, y ahora que se ha quedado solo se permite la queja.
Me miro las manos vendadas, hinchadas, con la sangre de otros seca en los nudillos, y pienso que son las mismas que le ponen crema en la espalda cuando se quema en la piscina porque se niega a usar protector.
«Es que me deja la piel pegajosa, Darío».
Y se pone roja entera y no puede dormir boca arriba en dos días, y yo le paso la crema fría con la punta de los dedos mientras ella me insulta en catalán.
Rey se despierta, pisa el freno de mano, salta a mis piernas y me lame la cara partida.
—Ya —le digo—. Ya lo sé.
Me dura un minuto. Después se me pasa.
Unos faros aparecen por el camino. El BMW de Giuseppe y detrás la furgoneta de Enzo.
Giuseppe se baja con el brazo en cabestrillo y la camisa abierta. No ha dormido. Tiene la cara gris de un hombre que ha enterrado algo que nunca llegó a ver. Me coge la barbilla con la mano buena y me gira la cara hacia los faros.
—Estás horrible.
—Pues las mujeres de la primera fila no opinaban lo mismo.
—Las mujeres de la primera fila han visto a un ruso con la cabeza metida en una reja. Tenían el listón bajo. —Me suelta—. ¿Cuántos?
—Seis en la jaula. Uno fuera.
—¿Alguno vivo?
—Uno. Para que lo cuente.
—Qué generoso estás. Será el cumpleaños.
—Era. Ya son las tres.
Enzo se baja de la furgoneta, me ve la cara y abre la boca. Me ve los ojos y la cierra. Es un buen hombre. Sabe cuándo callarse.
—Maletero —le digo, y le tiro las llaves—. Dentro hay un señor con moño que ya no va a necesitar peluquería. Lo quiero donde no lo encuentre ni Dios. Al coche también.
—¿El suyo, Don?
—El mío. Con él dentro.
Enzo mira el coche. Un Maserati de este año.
—Don, con todo respeto…
—Tiene sangre de Nino en el capó, en la chapa y en el maletero. Y lo he conducido con un muerto detrás escuchando la radio. Me da mal fario. Quémalo. —Le doy una palmada en el hombro—. Cuando volvamos te regalo uno igual. A ti.
A Enzo se le enciende la cara un segundo. Después se avergüenza de que se le haya encendido. Se sube al Maserati y se pierde por el camino del bosque.
Saco a Rey del coche antes de que se lo lleve. Lo meto en el asiento de atrás del BMW. Se pega a la ventanilla con la nariz aplastada y me mira con una ofensa que ni mi abuela.
—¿Y Simba? —pregunta Giuseppe—. ¿Te lo vas a llevar al Everest?
—Se llama Rey.
—Le has puesto Rey a un león. —Da una calada—. Tú. Que llevas quince años riéndote de los que les ponen nombres de pastelería a los perros.
—Rey no es nombre de pastelería.
—Es nombre de colonia barata. —Suelta el humo—. Victoria te lo va a cambiar en cuanto lo vea. Pompón. O Bizcocho. Y tú vas a decir que no. Y vas a perder. Y dentro de un año te voy a oír llamar Bizcocho a doscientos kilos de depredador delante de los albaneses.
—Primero la tengo que traer.
La broma desaparece de su cara.
—¿Dónde está?
—En el Himalaya. Al lado del Everest. Un castillo en una montaña que no sale en los mapas.
Giuseppe se queda con el cigarro a medio camino de la boca. Lo tira. Lo pisa con más fuerza de la necesaria.
—Ese hijo de puta se la ha llevado al techo del mundo para que tú no pudieras subir. Eso no es esconderla. Eso es escupirte en la cara.
—Ya lo sé.
—¿Y?
—Subo.
—Claro que subes. Te pregunto cómo.
Se lo cuento. Dawa. La pista. Martes y viernes. Ocho hombres arriba. Un médico con media cara quemada. Una cocinera. Dos perros. El avión a Dubái con mi nombre en el manifiesto. Los aviones de Milán.
Me escucha sin interrumpir, apoyado en el capó, con el brazo bueno cruzado sobre el cabestrillo. Cuando termino, se queda callado.
—Te falta algo.
—¿Qué?
—Bulldog. —Señala el móvil de Nino, que tengo en la mano—.
Ocho hombres arriba, de acuerdo. Pero no es lo mismo ocho hombres esperando a alguien que ocho hombres que creen que ya no viene nadie.
Si ese perro sabe que estás vivo, los tiene a los ocho con el dedo en el gatillo día y noche.
Y a ella con una pistola en la sien cada vez que suene un helicóptero.
Le enseño el móvil. La pantalla encendida.
—Por eso te he dicho caligrafía.
Mira el móvil. Me mira a mí. Y le sale esa sonrisa torcida que tenemos los dos desde críos, la de justo antes de hacer algo que no se puede deshacer.
—Ah —dice—. Hijo de puta.
Nos sentamos en el capó del BMW, uno al lado del otro, en la misma postura que a los catorce años, cuando nos sentábamos en capós de coches que no eran nuestros a fumarnos cigarros que tampoco eran nuestros. Rey araña el cristal desde dentro. No le hacemos caso.
Busco a Bulldog en los contactos de Nino. Lo tiene guardado como «El Gran Líder». Con mayúsculas.
—Mira esto. —Le enseño la pantalla a Giuseppe—. Le tenía terror y lo guardaba con sarcasmo.
—Eso es tener huevos.
—O ser imbécil.
—Suele ser lo mismo.
Abro la conversación. Bajo. Sigo bajando. Meses de mensajes. Los leo. Para hablar con la voz de un hombre, primero hay que aprender cómo respira.
Nino empezaba siempre igual. «Buenas noticias, Bulldog» cuando eran buenas.
«Tenemos un problema, Bulldog» cuando eran malas.
El nombre siempre después de la coma. Firmes.
Nunca un «hola». Le encantaba la palabra «corto»: «te lo hago corto», «corto y al grano», «no te la alargo».
Firmaba con el nombre. Nino. Como si el otro pudiera tener dudas.
Jamás escribía en mayúsculas. Jamás un emoji.
Y exageraba los números, todos: nunca era un hombre, eran tres; nunca una hora, eran dos y media.
Bulldog contestaba con una palabra. «Bien». «Sigue». «Mátalo». Una sola vez, en enero, escribió una frase entera: «Si me vuelves a hacer esperar, te devuelvo a tus hijos por correo». Nino no le contestó a esa. Tardó dos días en volver a escribir. Y cuando escribió, empezó con «Buenas noticias».
—Este hombre vivía con miedo —dice Giuseppe, leyendo por encima de mi hombro.
—Ahora ya no.
Le paso el móvil.
—Escribe tú. Tienes mejor letra.
—Es un móvil, Darío.
—Tienes mejor letra igual.
Giuseppe lo sujeta con la mano buena y escribe con el pulgar, despacio, borrando, volviendo a empezar. Yo le dicto. Él discute. Yo cedo. Él tacha. Somos dos hombres que han escrito muchas cartas que no firmaban.
—Que lo mató en el callejón de atrás del local —le digo—. Eso es verdad. Lo he matado ahí. Las mentiras que aguantan tienen un pie apoyado en algo cierto.
—¿Cuántas balas?
—Una.
—Nino no ha dicho un número de verdad en su vida. —Niega—. Si fue una, él dice siete. Siete suena a un hombre muerto de miedo que no deja de apretar. Suena a Nino.
—Siete.
—Y el león. Pon el león.
—¿Por qué?
—Porque doscientas personas te han visto entrar en el Power Club con un león en brazos. Mañana lo sabe Roma. Pasado mañana lo sabe ese perro. Si el mensaje dice que te ha matado y no dice nada del león, suena a que no estaba allí. Si lo dice, suena a que lo vio con sus propios ojos.
Tiene razón. Siempre tiene razón cuando se trata de mentir. Es lo único que hace mejor que yo, y no se lo voy a reconocer nunca, ni en mi lecho de muerte, ni en el suyo.
—Pon que no hay fotos. Que sus hombres se han encargado del cuerpo. Lo que no existe no se puede revisar.
—¿Y el final?
Miro los girasoles muertos. El poste sin luz. La oscuridad del campo.
—«Puedes dormir tranquilo».
Giuseppe levanta la vista.
—Nino no escribía eso.
—Ya lo sé. Eso no lo escribe Nino. Eso lo escribo yo.
—Me miro la muñeca—. Quiero que lo lea y se lo crea.
Quiero que esta noche, por primera vez desde que se la llevó, ese hijo de puta se acueste sin una pistola debajo de la almohada.
Que mañana duerma igual. Y que el viernes, cuando oiga las aspas del helicóptero de Dawa, piense que le suben la compra.
Giuseppe termina. Me lo devuelve.
«Buenas noticias, Bulldog. Te lo hago corto.
Di Marco está muerto. Vino a mi local a preguntarme por ti, con el león y todo, el muy idiota.
Le metí siete balas en el callejón de atrás.
No te puedo mandar fotos, mis hombres ya se han encargado de que no aparezca nunca.
Confía en mí. Puedes dormir tranquilo. Nino».
Lo leo dos veces. Es perfecto. Suena a un hombre asustado que acaba de hacer lo más grande de su vida y está esperando que su amo le acaricie la cabeza.
Pongo el pulgar encima de enviar.
Y no aprieto.
Giuseppe no dice nada. Me conoce desde que teníamos seis años. No necesita preguntar.
—Se lo va a enseñar —digo.
—Sí.
—Va a ir a buscarla, le va a poner el móvil en la mano y se va a quedar delante, mirándole la cara mientras lo lee. Eso es lo que va a hacer. Lo primero. Antes de beberse una copa para celebrarlo. Lo único que le va a importar de mi muerte es ver cómo le cambia la cara a ella cuando se entere.
—Sí.
—Va a leer que me han metido siete balas en un callejón. Sola. En una montaña. Drogada, o algo peor. Va a creer que ya no viene nadie. Que el único hombre del mundo que sabía buscarla se ha muerto en un charco sin haberla encontrado.
—Sí. Eso va a creer.
—Y se lo voy a hacer yo.
—Se lo vas a hacer tú.
No me lo suaviza. Por eso es mi hermano. Cualquier otro me diría que es por su bien, que es la única manera, que ella lo va a entender. Él no. Él me deja mirar la cosa entera, sin papel de regalo. Porque sabe que la voy a hacer igual. Y si la hago, la tengo que hacer sabiendo lo que es.
—¿Sabes qué es lo peor? —le digo—. Que lo voy a ver. —Levanto la muñeca—. Esta cosa me lo va a contar. Color a color. Y yo voy a estar a once mil metros, sin poder hacer nada, mirando cómo se rompe por algo que he escrito yo.
Giuseppe me pone la mano buena en la nuca. Lo que se hace en nuestra familia. La única que hemos tenido.
—Entonces mándalo —dice—. Y míralo. Y te lo comes. Y el viernes, cuando le abras la puerta, te pones de rodillas y le pides perdón. Que es la única postura en la que sabes pedirlo.
Aprieto enviar.
Sale. Dos marcas grises.