CAPÍTULO 9
DARÍO
Salgo del Power Club con una rodilla que no es la mía.
En la jaula no me he enterado de cuándo me la he torcido.
Ahí dentro uno no se entera de nada que no tenga delante.
Ahora, en la calle, con el aire de las tres de la mañana dándome en la cara, el cuerpo me pasa la factura entera, con recargo.
La rodilla. El riñón. Un diente que baila cada vez que trago saliva.
La boca, que sigue sabiendo a moneda vieja.
Me da igual. Tengo un valle, una pista de tierra, un piloto que se llama Dawa y un viernes al amanecer. Con eso llego a gatas si hace falta.
Rey va dormido contra mi pecho, con la cara pegada a una camisa empapada de mi sudor y de la sangre de seis hombres. Ronca. A los leones, por lo visto, la sangre ajena les da sueño.
La calle de atrás está vacía, mojada, con una farola en la esquina que se enciende y se apaga como si no se decidiera. Mi coche está donde lo dejé, con el morro casi besando la pared.
Y apoyado en la puerta del conductor, con las manos a la vista, está Nino.
No me paro. Sigo andando con la misma cojera, con el león en el brazo, y lo leo de los pies a la cabeza, que es lo que se hace con un hombre que te espera donde no debería estar.
Los zapatos, mojados hasta los cordones. Lleva un buen rato aquí. El abrigo abierto, las dos manos fuera de los bolsillos, apoyadas en el techo del coche, bien visibles. Postura de control de carretera. Sabe lo que hace. Sabe que si me ve un bulto de más, no termina la frase.
Y la cara. Ni terror ni éxtasis. Cálculo. Ha pasado media hora en esta calle haciendo números y ha llegado a una cifra.
—Di Marco.
—Pensaba que ya estarías en casa contando billetes.
—No hay billetes que contar. —Se encoge de hombros—. He perdido la apuesta del fondo y he ganado la de la puerta. Me he quedado en tablas, que en mi caso es perder.
Abro la puerta de atrás y acomodo a Rey en el asiento, encima de mi chaqueta. Cierro sin hacer ruido. Me apoyo en el coche, al lado de él, como dos viejos amigos esperando un taxi.
—Habla. Que la rodilla no me deja estar mucho de pie y tú no me caes lo bastante bien para sentarme contigo.
Nino respira hondo. Lo ha ensayado. Lo noto en el ritmo.
—Te he dado todo. El sitio, el valle, el piloto, los días.
Todo lo que sé. Y mañana, cuando el hampa de Roma se despierte y alguien le diga a Bulldog que el Don de la Camorra ha peleado en mi sótano, Bulldog va a hacer la misma cuenta que has hecho tú en la mesa.
Y le va a salir lo mismo. —Se moja los labios—.
Tiene a un hombre delante de mi casa. Día y noche.
Lo tienen todos los que trabajan para él.
Si piensa que lo has traicionado, no te mata a ti.
Te deja vivo para que vuelvas a casa y te la encuentres vacía.
—Ya lo sé. Calle Ascianghi, catorce, segundo. El tuyo lleva una chaqueta verde y se toma un café cada cuarenta minutos en el bar de abajo. Sergio le ha hecho fotos de perfil y de frente. Tiene una nariz muy fea.
Nino no se sorprende. Le pesa, pero no le sorprende. Es lo que me gusta de él. O me gustaba.
—Entonces ya sabes lo que te voy a pedir.
—Dímelo igual. Me gusta oír a la gente pedir.
—Protección. —Se separa del coche y se pone delante de mí—.
Para mí, para mi mujer y para los niños.
Y no quiero limosna, Darío. Quiero entrar.
Trabajar para ti. Ser de los tuyos. Sé cosas de Bulldog que ni su padre sabe.
Sé quién le mueve el dinero en Malta, sé qué jueces de Palermo le comen de la mano, sé dónde guarda lo que no quiere que nadie encuentre.
Te lo doy todo. Todo lo que tengo en la cabeza, para ti. A cambio de un sitio en tu mesa.
Me lo quedo mirando un rato largo.
Y me río.
No me sale de golpe. Me sale despacio, desde el estómago, y me duele el riñón, y me duele el labio partido, y me río igual, con la cabeza echada hacia atrás contra el techo del coche, en una calle mojada del Trastevere a las tres de la mañana.
Nino espera a que termine. Le tiembla un párpado.
—¿Qué tiene de gracioso?
—Tú. —Me limpio un ojo con el dorso de la venda—. Tú, Nino. Me acabas de vender a tu jefe en una mesa, por una pelea, y ahora me pides que te siente en la mía. ¿Sabes lo primero que me enseñó mi abuelo? Que el perro que muerde la mano del que le da de comer no cambia de dueño. Cambia de mano.
—Bulldog no es mi…
—Bulldog es tu dueño. Te da de comer. Y tú esta noche le has mordido.
Por miedo, por dinero, por tus hijos, me da igual el motivo.
Has mordido. —Me separo del coche—. Si te siento en mi mesa, el día que alguien te dé un poco más de miedo que yo, o un poco más de dinero que yo, o te ponga un hombre con chaqueta verde delante de casa, me vas a vender a mí con la misma cara de cálculo que tienes ahora.
Y yo no duermo con gente así. Duermo con una española que me roba el lado de la cama, con un perro que me muerde los zapatos y con un león que me ronca encima.
Todos leales. Todos baratos. Tú me saldrías caro de cojones.
—Darío, yo…
—No te quiero entre los míos, Nino. Si has vendido al tuyo, ¿qué me harías a mí?
Lo entiende. Lo veo en cómo se le colocan los hombros. Ha venido a negociar y ha descubierto que no había nada que negociar. Que la cifra a la que ha llegado después de media hora bajo la lluvia estaba mal desde el principio.
Mira hacia la esquina. Hacia la farola que no se decide. Hacia la calle abierta.
—No corras —le digo—. Con esos zapatos te resbalas, y me da vergüenza ajena.
—Mis hijos…
—Tus hijos van a estar bien. —Me saco la pistola de la espalda, de la cintura del pantalón, donde ha estado toda la noche mientras doscientos imbéciles me veían subir a la jaula y pensaban que iba desarmado—.
Eso te lo juro yo. Al de la chaqueta verde lo voy a quitar de en medio esta misma noche.
A tu mujer le va a llegar dinero para que tus hijos estudien en Suiza y aprendan a esquiar y no sepan nunca a qué se dedicaba su padre. Es más de lo que les ibas a dar tú.
—¿Y yo?
—Tú no. —Le apoyo el cañón en la frente, justo entre las cejas, encima del puente de la nariz—. Gracias por el mapa, Nino. De verdad. Has sido muy útil. Es una pena que la utilidad no sea lo mismo que la lealtad.
Cierra los ojos.
Disparo.
El eco rebota entre las fachadas mojadas y se va calle abajo, hacia el río.
La cabeza le salta hacia atrás con el golpe y por detrás le sale lo que tenía dentro, todo lo que sabía de Malta y de los jueces de Palermo, en una mancha oscura que salpica la pared hasta la altura del primer piso.
Las piernas le aguantan medio segundo más que el resto.
Después se dobla. Cae de espaldas contra el capó de mi coche y resbala hasta el asfalto, despacio, dejando una raya roja en la chapa negra.
Se queda sentado contra la rueda delantera, con la barbilla en el pecho, el moño morado torcido y una de las varillas de acero colgándole de un mechón.
Un perro ladra en algún balcón. Se apaga una ventana. Nadie sale. En el Trastevere, a las tres de la mañana, un disparo es un ruido más, y la gente tiene la decencia de no asomarse.
Me agacho a su lado. La rodilla me lo agradece con un latigazo. Le registro el abrigo. La cartera. Las llaves de un coche que no está. Y en el bolsillo de dentro, el móvil.
Le cojo la mano derecha. Todavía está caliente. Todavía blanda. Le apoyo el pulgar en la pantalla.
Se desbloquea.
Antes de que se apague, entro en los ajustes y le quito el bloqueo. Sin código. Sin huella. Un móvil abierto que ya no es de nadie y que a partir de ahora va a hablar con la voz de un muerto.
Le quito la varilla del pelo. No sé por qué. Me la guardo.
Abro el maletero y lo meto dentro. Los hombres que viven sentados pesan el doble cuando se mueren. Me cuesta. Me sale un gruñido. Y desde el asiento de atrás, Rey se despierta, se asoma por la ventanilla con los ojos azules medio cerrados, mira el maletero, me mira a mí, bosteza.
—Tú no has visto nada —le digo.
Se vuelve a tumbar. Es el único testigo que no me ha costado ni un euro.
Me subo al coche. Arranco. Y llamo a Giuseppe.
Contesta al primer tono. No duerme. Ninguno de los dos duerme desde el viernes.
—¿Dónde mierda estás?
—Saliendo del Trastevere.
—Tienes voz de tener la boca rota.
—Tengo la boca rota, un diente que se quiere ir de casa y un contable en el maletero.
—¿Tuyo o de otro?
—Nino Sanna.
Silencio. Corto. Lo oigo encender un cigarro.
—¿Te ha dado la dirección antes o lo has matado por impaciente?
—Me ha dado la dirección. Después me ha pedido trabajo.
—Ah. —Suelta el humo—. Y tú le has hecho la entrevista.
—Muy corta. No pasaba el periodo de prueba.
—Bien. ¿Qué necesitas?
—Salida treinta y cuatro, veinte minutos. Trae a Enzo, que hay que hacer desaparecer un coche con inquilino. Y ten a Sergio despierto. Tengo un móvil abierto y un trabajo de caligrafía.
—¿Caligrafía?
—Ya lo verás.
Se queda callado. Y cuando vuelve a hablar, le ha cambiado la voz.
—Darío. ¿Está viva?
Me miro la muñeca en un semáforo en rojo. Verde. Verde oscuro, apretado, de miedo. Pero verde.
—Está viva.
—Veinte minutos.
La salida treinta y cuatro es un cruce de tierra entre dos campos de girasoles muertos, con un poste de luz que no funciona desde que yo tenía quince años.
Algunos de los hombres que nos hicieron daño de niños empezaron aquí su último viaje.
Giuseppe y yo lo llamamos el Aeropuerto.
Nunca le hemos explicado a nadie por qué.
Llego el primero. Apago el motor. Y me quedo quieto, con las manos en el volante.
Me tiemblan.