NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 8 #3
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CAPÍTULO 8 #3

Todo el cuerpo me dice que no. Pero el miedo, cuando es tanto, obedece solo, aunque la cabeza no quiera. Me siento en la otra punta de la cama, en el borde, con el culo medio fuera, preparada para correr aunque no tengo adónde.

—Me ha llegado un mensaje de Roma. —Se levanta. Se mete las manos en los bolsillos—. ¿Estás preparada para oírlo?

Y se me enciende una alarma en el pecho. Una sirena de las de bomberos.

Darío.

—Te he hecho una pregunta, Victoria.

—Te escucho —susurro.

Por favor. Por favor, que Darío esté bien. Por favor, Moreneta, que estás muy lejos pero te debo una docena de velas.

—Léelo tú. Así no me puedes decir que te miento.

Me tira el móvil al regazo, con la pantalla encendida.

Lo cojo. Es el mismo. El de los perros en la nieve. El de la biblioteca. El que tuve a un milímetro de mandar.

Hay un mensaje abierto. El que lo manda es una sola letra. N.

«Buenas noticias, Bulldog. Te lo hago corto.

Di Marco está muerto. Vino a mi local a preguntarme por ti, con el león y todo, el muy idiota.

Le metí siete balas en el callejón de atrás.

No te puedo mandar fotos, mis hombres ya se han encargado de que no aparezca nunca.

Confía en mí. Puedes dormir tranquilo. Nino».

Lo leo una vez.

Lo leo dos veces.

A la tercera, las letras se me deshacen en la pantalla y ya no leo nada.

Siete balas.

No grito. Al principio no. Al principio el cuerpo hace algo rarísimo. Se queda quieto. La respiración, el temblor, el corazón, todo para a la vez. Y durante un segundo larguísimo no existe nada más en el mundo que esa frase en una pantalla en un cuarto a oscuras.

Siete balas. Un callejón. Que no aparezca nunca.

Con el león y todo.

Y eso, lo del león, es lo que me lo hace verdad.

Porque eso no se lo puede inventar nadie.

El león es mi regalo. El león era para él.

Y él lo llevaba encima, de un lado para otro, por Roma, como si fuera un perro de bolso.

Se me ocurre, en mitad de todo, que si lo mataron con el cachorro en los brazos, ¿dónde está Rey? ¿Quién le da de comer a Rey?

Y entonces el corazón vuelve. Y no vuelve a latir. Vuelve a golpear. Desde dentro, contra las costillas, una vez, dos, tan fuerte que me duele. Y desde el fondo del estómago me sube algo que no es una palabra ni es llanto.

Sale.

Es un grito. Creo que es un grito. Un ruido que me raja la garganta al salir, que llena el cuarto, que tira el polvo de la colcha. Me caigo de la cama. De rodillas en el suelo, con el móvil en la mano, gritando.

—No. No. No es verdad. ¡NO ES VERDAD!

Y él se ríe.

De pie encima de mí, con las manos en los bolsillos, la camiseta manchada de vino y la boca manchada de su propia sangre. Se ríe. Bajo. Con ganas.

—Nadie va a venir a por ti —dice—. Nunca. Ahora eres mía.

Y pienso en la pulsera.

Eso es lo que me parte por la mitad. No las siete balas.

No el callejón. La pulsera. Que todo lo que le llevo mandando cuatro días, el verde, el rosa del pulpo debajo del agua, ya no lo mira nadie.

Que en algún sitio de Roma hay una muñeca fría con una joya encendida, mi corazón encendido, en el brazo de un hombre que no la va a volver a mirar.

Le he mandado rosa a un muerto.

Le he estado hablando a un anillo en un baño, pidiéndole que aguantara, y ya no había nadie al otro lado para aguantar.

Y llevo la mano a la pierna sin pensar.

No lo decido yo. Lo decide el cuerpo. El mismo cuerpo traidor que traga cuando le tapan la nariz y que se levanta cuando yo ya no quiero. Ahora elige otra cosa. Se mete por debajo del pantalón de una muerta, encuentra el cinturón en el muslo, encuentra el paño, encuentra el metal.

Me pongo de pie con la pistola en las dos manos, apuntándole al pecho.

Deja de reírse.

Durante un segundo le veo una cara que no le había visto nunca. Y ese segundo me paga los cuatro días.

Sorpresa. Pura. Los ojos grises muy abiertos. La boca abierta. Las manos fuera de los bolsillos.

—¿Qué pasa, Bulldog? ¿No te han contado que las muñecas de aeropuerto también vienen con accesorios?

Mano alta en la empuñadura. Pulgares juntos. Busco el seguro con el pulgar, donde estaba anoche, donde estaba en la mía, y lo quito. Clic.

Darío detrás de mí, en la galería, con la boca en mi oreja. El dedo fuera hasta que decidas.

He decidido.

—Victoria. —Levanta las manos con las palmas hacia mí. Ya no se ríe nada—. Victoria, baja eso. No sabes lo que…

—Esto es por él.

Y cierro los ojos.

Lo único que me dijo que no hiciera nunca.

Aprieto.

El ruido es lo primero. No se parece a nada.

Ni a las películas, ni a la galería con los cascos puestos.

Es un portazo dentro del cráneo. Me entra por los oídos y me sale por la nuca, y detrás se queda un pitido agudo que se come todo lo demás.

La pistola me salta en las manos hacia arriba, mucho más fuerte de lo que me acordaba, me dobla las muñecas, y el dedo del puñetazo me manda un calambre hasta el codo.

Abro los ojos.

Detrás de él, el espejo del tocador estalla.

El espejo ovalado de su mujer muerta revienta en una lluvia de cristales que caen sobre los cepillos de plata, sobre la foto boca abajo, sobre la barra de labios color cereza.

El frasco de perfume se vuelca, rueda, y el último dedo de líquido amarillo se derrama por la madera y gotea al suelo.

Y el cuarto se llena de golpe de un olor dulzón, a flores viejas, a una mujer que lleva años sin estar aquí.

Le ha pasado a un palmo de la cabeza. A un palmo. Le he visto moverse el pelo gris con el aire de la bala.

No le he dado.

Me quedo con los brazos estirados, temblando. Pólvora y perfume. Y él no se mueve. Las manos todavía en alto. Y muy despacio, gira la cabeza hacia el tocador. Hacia el espejo roto. Hacia el perfume que gotea.

Y pone una cara que tampoco le había visto nunca.

No es sorpresa. No es miedo. Es la cara de alguien al que le acaban de romper lo único que guardaba entero.

Vuelvo a apuntar. Me tiemblan tanto las manos que el cañón le baila delante del pecho de un hombro al otro, y aprieto.

No pasa nada.

El gatillo no baja. La corredera se ha quedado a medio camino, con algo de metal asomando por el hueco, torcido.

Darío me explicó qué hacer cuando pasa esto.

Me lo explicó dos veces, con mucha paciencia, en la galería, mientras me mordía la oreja.

Golpe abajo, tirón atrás, algo así. Y no me acuerdo.

Yo. Que me acuerdo de lo que costaba el zumo de naranja de una cita de hace ocho meses.

Aprieto. Aprieto. Nada.

Él se gira hacia mí.

Cruza el cuarto en dos pasos y me quita la pistola de las manos sin ningún esfuerzo, porque ya no me queda ninguno. La mira. Le saca el cargador, que le cae en la palma con un ruido seco. Lo mira también. Se guarda las dos cosas en el bolsillo.

—De mi cajón —dice, muy bajo.

No me lo dice a mí. Se lo dice a sí mismo. O a quien la haya dejado ahí.

Y me pega.

Con la mano abierta, en la mejilla, tan rápido que no lo veo venir.

Me gira la cara y me tira al suelo, de lado, y me entra en el oído un pitido nuevo encima del otro.

El moño se deshace. Las varillas caen al suelo con un tintineo que suena a campanilla de misa. El pelo se me viene encima de la cara.

—¡Gabriel! —grita hacia la puerta.

Conozco ese grito.

La puerta se abre. El viejo de la cara partida, con su maletín. Y detrás, los dos de antes. Me cogen entre los tres. No peleo. No me queda con qué.

Me quedo tirada en el suelo del cuarto de una muerta, con la mejilla ardiendo, el pelo en la cara, oliendo a pólvora y a flores viejas. Y a medio metro, el móvil sigue encendido, con su mensaje abierto, con sus siete balas, iluminando el polvo del suelo.

El algodón frío en el codo. El pinchazo. El hilo de hielo subiendo.

Esta vez no peleo contra el negro. Esta vez casi lo quiero.

Lo último que pienso, antes de que se me cierren los ojos, es en una muñeca a medio mundo de aquí, en un callejón de Roma o en el fondo del Tíber, con una pulsera encendida que no mira nadie.

Y le mando, con lo poco que me queda, lo único que tengo. No sé de qué color sale. Espero que no sea verde. Espero que sea algo que no tiene color, que no viene en ninguna lista, que no le explicó ningún joyero.

Espero que, si está en algún sitio, lo sienta igual.