CAPÍTULO 8 #2
—Te contesto. —Me limpio la boca con la servilleta, muy fina, con el meñique levantado, como la señora del cuadro que tienes en el pasillo—.
No me voy a vestir como tú quieras. No me voy a comportar como tú quieras.
No voy a hablar como tú quieras. Y, por último, pero no menos importante, no me vas a convertir en una muñeca de esas que se compran en las tiendas de aeropuerto, con su vestidito y su moño.
Puedes quemarme la ropa, drogarme, meterme en un sótano y elegirme el peinado.
Lo que no puedes elegir es quién soy. Eso me lo quedo yo.
Y la sábana también, que me ha cogido cariño.
Se remanga la chaqueta de terciopelo con dos tirones secos. Niega con la cabeza. Suelta una risa por la nariz.
—Buon appetito.
Y no vuelve a hablar en toda la cena.
Lo cual, para mí, es una tortura mucho peor que el sótano. Veinte minutos sentada delante de alguien sin poder decir nada. Me como la mitad del plato solo por tener la boca ocupada.
Me levanto. Sé que la mitad del plato es poco. Sé que si sigo así me voy a desmayar en un pasillo y le voy a dar la razón. Pero el cuerpo no me deja comer más, y no lo voy a obligar. Ya me obliga bastante todo el mundo.
—Gracias por la cena. Estaba buenísima. Felicita a Genoveva de mi parte. A ti no, que tú no has hecho nada.
No llego a dar dos pasos.
Algo me frena por detrás. Ha pisado la sábana. La parte que arrastro por el suelo. La tiene debajo de la bota y la está enrollando en la mano, vuelta a vuelta. Un pescador recogiendo sedal.
—¿Tienes prisa?
—Mucha. Tengo una cita con mi almohada. Es muy celosa.
Tiro. No avanzo. Él tira una vez, firme, y tengo que agarrar la sábana con las dos manos contra el pecho para que no me deje en pijama delante de él. La pistola se me mueve en el muslo. Noto el corazón en la garganta, y ahí se queda.
—No me basta con un gracias. —Se levanta. Rodea la mesa enrollándose la sábana en el puño, acortando, hasta que lo tengo pegado a la espalda—. ¿Sabes lo que más me gusta de ti?
—Me da igual.
—Ya sé que te da igual. Te lo digo igual.
Me baja la capucha de un tirón.
Y me coge el pelo. Todo. Desde la nuca. Lo retuerce en el puño. Lo sube. Lo enrosca sobre sí mismo hasta hacer un nudo apretado en lo alto de la cabeza, y tira hacia atrás hasta que tengo que mirar al techo. Me arde el cuero cabelludo, pelo a pelo.
—Un moño —dice, pegado a mi oído—. ¿Ves qué fácil? Te lo he pedido por las buenas. Te he mandado a una abuela para que te lo hiciera con cariño. Y has elegido que te lo haga yo.
Saca del bolsillo de la chaqueta dos varillas de metal, finas, largas. Me las clava en el nudo, una, dos, y la punta de la segunda me roza el cráneo. El moño queda firme. Tirante.
Y entonces noto su respiración bajar.
A la nuca. Al tatuaje.
Se acerca. Mucho. Tanto que noto el aire de su nariz en la piel, justo encima de la ge. Y sé lo que está haciendo. Lo está leyendo. Está leyendo el nombre de otro hombre, escondido en mi piel, en letra diminuta, el que solo se lee si te acercas mucho.
Se queda ahí un segundo largo. Demasiado largo.
Me arden los ojos. No de pena. De rabia.
—Lo que más me gusta de ti, Victoria —sigue, rodeándome hasta ponerse delante—, es que no te dejas domar. Las que se dejan me aburren a la semana. Contigo llevo cuatro días y todavía no me he aburrido. —Ladea la cabeza—. Ahora quítate esa sábana. Quiero ver qué hay debajo.
—Debajo hay un pijama de franela gris con bolitas. Te lo resumo. Te ahorro el disgusto.
—No te lo estoy preguntando.
Coge el cuchillo de la carne de mi plato.
Me lo apoya plano en el hombro, entre la sábana y la piel. Frío. Y empieza a bajarlo. Despacio. Separando la tela de mi cuerpo con la punta, centímetro a centímetro. El hombro. El pecho. La cintura. La cadera.
El muslo.
La pistola.
Y ahí dejo de pensar.
Darío me lo dijo una tarde en el jardín, tumbado en el césped con Copito encima de la tripa: «Cuando un hombre está muy seguro de que te tiene, nena, es cuando más se descuida.
Busca lo que deja abierto. Y si no sabes qué es, ve a los huevos.
Los huevos siempre los dejamos abiertos. Es un defecto de fábrica».
El primer día, en el pasillo, le di al guardia en el muslo.
Hoy no fallo.
Le meto la rodilla entre las piernas con todo lo que tengo. Con la droga, con el hambre, con los cuatro días, con todo.
Le sale un ruido del fondo del cuerpo. No es un grito.
Es peor. Es el ruido de una tubería atascada.
Se dobla en dos. El cuchillo cae al suelo con un tintineo.
Y no le doy tiempo a nada: le pego un puñetazo en la cara.
Mal. Con el pulgar metido dentro del puño, que es exactamente lo que Darío me dijo que no hiciera nunca porque te lo rompes.
Noto cómo se me dobla el dedo hacia donde no se dobla un dedo.
Pero le doy. En la boca. Y el aro del labio le abre la carne de dentro, y le sale sangre.
Lo empujo con las dos manos contra la mesa. La vajilla entera se viene abajo. Los platos, las copas, la botella de vino. Una cascada de porcelana y cristal y tinto.
Corro.
—¡Que alguien la pare! —le oigo detrás, con la voz rota, doblado encima del mantel.
Ya estoy en el pasillo.
Corro descalza. La sábana se me enreda en los pies a los tres metros y me la quito de encima, y la dejo tirada en un rincón, que se quede con ella el fantasma de verdad, si es que hay alguno en este castillo, que seguro que hay.
En pijama. Con el moño clavado y la pistola dándome golpes en el muslo a cada zancada.
El dedo del puñetazo me late con corazón propio.
Escaleras arriba. Abajo están ellos. Un piso. Dos. Tres. Pasillos que no conozco. Puertas cerradas. Antorchas apagadas. Abajo, cada vez más cerca, botas. Voces en siciliano que se llaman unas a otras.
—Di sopra! È salita di sopra!
Arriba. Ha subido arriba.
Sí, señores, he subido arriba. Muy bien. Un diez en orientación.
En el tercer piso hay una puerta entornada. La empujo. Me meto.
Está oscuro. Tanteo la pared hasta que doy con una cortina gorda, de terciopelo, y tiro. La luz de la nieve entra de golpe y me enseña dónde estoy.
Es el cuarto de una mujer.
Una cama grande con una colcha de terciopelo rojo, cubierta de polvo.
Un tocador con un espejo ovalado, y encima, cepillos de plata, un frasco de perfume con un dedo de líquido amarillo en el fondo, una barra de labios sin tapa, seca, del color de las cerezas.
Un marco de foto boca abajo. Todo quieto.
Todo esperando a alguien que hace mucho que no viene.
Abro el armario. Busco algo oscuro, cualquier cosa que no sea un pijama gris que se ve a un kilómetro en un castillo de piedra negra.
Y me quedo con la mano en la puerta.
Ropa de embarazada.
Vestidos anchos con la cintura alta, de esos que se atan debajo del pecho.
Pantalones con una banda elástica enorme en la tripa.
Un camisón blanco con un lazo. Y en la balda de arriba, doblado con un cuidado que me cierra la garganta, un montoncito de ropa diminuta.
Bodis. Unos calcetines del tamaño de mi dedo gordo.
Un gorrito de punto amarillo con dos orejitas de oso.
Me acuerdo de Genoveva. «Yo tuve una hija».
Me acuerdo de María en el césped, con las dos manos en la barriga.
Me tengo que agarrar a la puerta del armario porque las piernas me dejan de funcionar un segundo.
No hay tiempo. Cojo lo primero oscuro que veo, un conjunto deportivo negro dos tallas más grande que yo, y me lo pongo encima del pijama a toda prisa. El dedo del puñetazo me grita al meter el brazo por la manga. La pistola sigue en el muslo, ahora debajo de dos capas. Me remango. Respiro.
Una escalera de servicio. Una ventana baja. Una puerta que dé fuera. Algo.
Pasos en el pasillo.
Me meto en el armario, entre los vestidos de una mujer muerta, que huelen a naftalina y, muy por debajo, a un perfume dulce que no es el mío. Cierro las puertas y dejo una rendija del ancho de un dedo.
La puerta del cuarto se abre de golpe. Entran dos hombres de negro y se ponen uno a cada lado. Detrás entra él.
Se ha quitado la chaqueta de terciopelo. Ahora va en camiseta, con una mancha de vino que le baja por el pecho en diagonal. Y tiene sangre en la boca. Se la ha limpiado mal, con el dorso de la mano, y le ha quedado una raya roja desde el aro hasta la barbilla.
No dice nada. Mira el cuarto de una pasada. La cama. El tocador. La cortina abierta. Va a la ventana y la cierra, y el cuarto vuelve a la oscuridad.
Me tapo la boca con las dos manos. No respiro. Me tiemblan hasta los dientes.
—Fuera —les dice a sus hombres—. De esto me encargo yo.
Salen. Cierran.
Él se sienta en el borde de la cama, entre el polvo. Se queda así un rato largo, con los codos en las rodillas y las manos colgando entre las piernas. Mirando al suelo. Mirando la foto boca abajo del tocador.
Después levanta la vista. Y la clava en el armario. En la rendija. En mí.
Lo sabía. Lo ha sabido desde que ha entrado.
—Eres más cabezota que ella —dice. Mira el perfume, la barra de labios—. Y eso es mucho decir. Sal de ahí. Te prometo que no te voy a hacer nada.
Puedo quedarme aquí dentro, entre la ropa de una muerta, esperando a que abra él. O puedo salir.
Salgo. Si me va a sacar, prefiero salir sola. Aunque sea con la ropa de deporte de una embarazada.
Me mira de arriba abajo. El conjunto deportivo enorme.
Las mangas remangadas. El moño torcido, con mechones escapándose por todas partes.
Y algo le pasa por los ojos cuando ve la ropa de ella encima de mí.
Algo que no sé leer y que desaparece enseguida, como cuando cierras una puerta antes de que te vean la habitación desordenada.
Me señala con la barbilla el otro lado de la cama.
No me siento. Me cruzo de brazos, para que no se me note el temblor.
—Siéntate. Te prometo portarme bien y pasar por alto lo de abajo, porque tengo una noticia que darte.
—¿Qué noticia?
—¡Que te sientes, joder!
Doy un salto. El grito rebota en las paredes cerradas.