NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

VICTORIA

Me despierto con la mano debajo de la almohada, agarrada a una pistola.

Mi madre, cuando yo era pequeña, me metía una estampita de la Virgen debajo de la almohada para que no tuviera pesadillas. Ha cambiado un poco el concepto, mamá. Pero la intención es la misma.

No me muevo. Me quedo de lado, con los ojos cerrados, escuchando.

El fuego se ha apagado. Los perros roncan a dúo, uno grave y otro con un silbidito por la nariz que, si no estuviera secuestrada, me parecería lo más tierno del mundo.

Por la ventana entra una luz blanca, de nieve, de esas que te dicen que es de día aunque aquí el día y la noche se parecen bastante. Los dos son fríos. Los dos son de él.

Saco un brazo de debajo del edredón para frotarme la cara, y me lo veo.

Tengo los dedos de un hombre pintados en la piel.

Cuatro manchas moradas en fila, en la parte de arriba del brazo, y una más gorda al otro lado, donde iba el pulgar.

En el otro brazo, lo mismo. El que me sujetaba en la biblioteca me ha dejado la firma, como los niños que escriben su nombre en el cemento fresco.

En el antebrazo izquierdo, además, tengo una fila de medias lunas. Mis uñas. Las del sótano, cuando me pellizcaba para saber qué era verdad. Algunas ya tienen costra.

Me las quedo mirando un rato. Son lo único de mi cuerpo que me he hecho yo. Y no sé si eso me consuela o me da más pena.

Me duele todo. Me duelen las mejillas por dentro, donde el viejo me apretó hasta que se me abrió la boca.

Me duele la mandíbula de apretar los dientes contra un frasco.

Me duele la cabeza con un dolor sordo de resaca, solo que sin la parte divertida de haber bebido.

Tengo sed, hambre y ganas de vomitar a la vez, y las tres se pelean por el primer puesto.

Pero estoy viva. Tengo una pistola debajo de la almohada. Y anoche, en un baño de mármol, me reí por un pulpo.

Algo es algo.

Genoveva entra sin llamar. Es su manera de dar los buenos días.

Trae ropa doblada sobre el brazo y una cara que no le había visto. No es la cara de gruñir porque no me acabo el plato. Es otra. Más vieja, si es que se puede. Es la cara de alguien que viene a hacer un recado que no quiere hacer.

Deja la ropa a los pies de la cama. Los perros levantan la cabeza, la huelen, comprueban que no es comida y la vuelven a bajar con un desprecio absoluto.

—Esto es lo que quiere que te pongas —dice—. Para la cena. Y que te peine. Un moño. Alto. Ha dicho que te quiere ver el cuello.

El cuello.

Me llevo la mano a la nuca sin pensar. Al tatuaje. A esa ge con un nombre escondido dentro que solo puede leer quien se acerque mucho.

Me incorporo, con la otra mano todavía debajo de la almohada, y despliego la ropa con dos dedos. Prueba número uno de la acusación.

Una falda negra con flores bordadas, de vuelo, que se abre al andar, cuatro dedos por encima de la rodilla. Un top blanco de un solo hombro.

—¿Esto? —Levanto el top—. Genoveva, esto en mi barrio no se llama «ropa para cenar». Esto se llama «la vecina del tercero un sábado a las dos de la mañana». Mi madre me ve salir con esto y me pone de rodillas a rezar el rosario entero. Con los misterios dolorosos.

—Signorina…

—No. —Lo dejo caer encima de la falda—. No me lo pongo. Y a mí no me peina nadie. Ni tú, ni él, ni el Papa de Roma. Bájale y dile que la falda y el moño se los meta en el mismo sitio donde le dije que se metiera el vestido verde. Él ya sabe dónde es. Tiene el mapa.

Genoveva no se mueve. Junta las manos encima del delantal y se aprieta los dedos unos contra otros. Tiene las manos de haber pelado patatas setenta años. Unas manos que no saben estar quietas.

—Escúchame, niña. —Le tiembla un poco la voz—.

Ya sé que no me vas a hacer caso. Las que son como tú no hacen caso nunca.

Pero te lo pido igual. Póntelo. Déjame peinarte.

Agacha la cabeza una noche. Una sola. —Parpadea rápido—.

Yo tuve una hija igual de cabezota que tú.

Igual de valiente. Igual de bocazas. Y no la agachó nunca. Ni una vez.

Tuve.

No le pregunto qué pasó. Me lo ha dicho el verbo.

—Lo siento. —Y lo siento de verdad. Por ella, por esa hija, por la cara que tiene ahora mismo—.

Lo siento mucho, Genoveva. Pero no puedo.

Si agacho la cabeza esta noche, mañana me lo pide otra vez.

Y pasado mañana ya no me lo tiene que pedir.

Prefiero que me cueste caro ahora que ir dejando de ser yo a cachitos.

—Eso mismo decía ella.

Me quedo sin respuesta. Es la primera vez en mi vida que alguien me cierra la boca con cuatro palabras. Busco algo, lo que sea, para no ponerme a llorar con ella.

—¿Y mi ropa? La blusa con la que llegué. Me da igual que esté rota. Me da igual que esté sucia. La quiero.

—La quemó. —Genoveva se seca los ojos con la punta del delantal—. Ayer. En la chimenea de abajo. Dijo que ya no te iba a hacer falta.

La blusa del zoo. La que tenía la sangre de María.

Era lo único que me quedaba de mi vida, aparte del anillo. Y ahora es humo en una chimenea.

Genoveva se va. Cierra con un golpecito suave, de esos que piden perdón. Y me quedo sola con una falda de vuelo, un top de un hombro, dos perros y una pistola.

Qué combinación más rara para un lunes. O martes. Ya no sé ni en qué día vivo.

Me acerco a la ventana.

Fuera, todo es blanco y azul. Un cielo limpio, sin una sola nube, y la nieve brillando tanto que me hace llorar los ojos.

Las montañas están ahí, todas, enormes, con las puntas clavadas en el cielo.

Y por primera vez no me dan miedo. Me dan otra cosa.

Una pena tan grande que no me cabe en el pecho y se me sale por los ojos.

Detrás de todas esas montañas está Roma. Está nuestra casa. Está Copito tirado delante de la puerta de nuestro cuarto, esperando, porque es tonto y es fiel y no sabe hacer otra cosa. Está María, que no sé si está viva. Está Darío.

Apoyo la frente en el cristal helado y le pregunto, sin voz:

¿Me estás buscando? ¿Has dormido algo? ¿Te miras la muñeca? ¿Viste el rosa de anoche? ¿Te enteraste de que era por un pulpo? ¿O ya te has cansado de una pulsera que solo te cuenta que tengo miedo?

Y me sale una sonrisa. Pequeña. Torcida. Porque sé exactamente lo que me contestaría, con esa cara de estar aguantándose la risa que pone cuando le digo algo que le parece adorable y no lo quiere admitir:

«Nena. Yo no me canso. Me aburro, que es distinto. Y de ti no me aburro ni muerto».

Me borro la sonrisa antes de que me dure mucho. No porque no la quiera. Porque si me dura, me la quitan. Y prefiero quitármela yo.

Pero la guardo.

No me pongo la falda. No me pongo el top. No me hago el moño.

Me pongo el pijama gris de franela de anoche. Me quito el cinturón de la bata, me lo ato alrededor del muslo, por debajo del pantalón, bien apretado, y meto la pistola entre el cinturón y la piel, envuelta en el paño, por la cara de dentro de la pierna. Ando por el cuarto para probar.

Ando de vaquero que ha perdido el caballo.

Me paro delante del espejo del armario. Se nota. Si alguien se fija, se nota. Y Bulldog se fija en todo. Es lo único que hace bien, aparte de secuestrar.

Así que quito la sábana de la cama.

Es enorme, blanca, de hilo antiguo, de las que pesan. Me envuelvo en ella entera. Los hombros, los brazos, el cuerpo, las piernas, hasta los pies. Y un trozo por encima de la cabeza, de capucha. Me miro en el espejo.

Soy un fantasma. Un fantasma de función de colegio, de esos que hace la madre con una sábana vieja la noche antes y con los agujeros de los ojos mal cortados. Solo me falta hacer «buuu».

Lo hago. Bajito. Para mí.

El perro de la mancha en el ojo levanta la cabeza y me mira con una cara de juzgarme que me ofende profundamente.

—¿Qué? —le digo—. Tú te pasas el día durmiendo encima de una alfombra persa. No estás en posición de opinar sobre mi estilo.

Me sigue hasta la puerta, oliendo la sábana que arrastro. Le rasco detrás de la oreja.

—Deséame suerte. Y no le cuentes a tu dueño lo que llevo en la pierna. Mañana te guardo el queso. Palabra de fantasma.

Bajo la escalera arrastrando la sábana por los escalones. No sé si es la droga que todavía tengo en la sangre o que ya he perdido la vergüenza entera, pero no me da ninguna. Ninguna. Me siento capaz de hacer cualquier cosa con tal de que ese hombre entienda que no soy su muñeca.

El comedor pequeño. La chimenea encendida. La mesa para dos.

Ya está sentado. Esta vez lleva una chaqueta de terciopelo azul noche encima de una camiseta negra, el pelo hacia atrás, y en la mano una copa de vino que mueve en círculos sin beber. Parece la portada de una revista de relojes caros.

Cuando me ve entrar envuelta en la sábana, deja de mover la copa.

Paso de largo sin mirarlo y me siento en la otra punta de la mesa, de espaldas al fuego, para que me llegue el calor a la nuca. Estamos solos. Ni hombres en la puerta, ni Genoveva. Nadie. Y eso me pone más nerviosa que si hubiera diez.

Me mira mucho rato. Tanto que noto la mirada por encima de la sábana, buscando lo que hay debajo. Cruzo las piernas. Despacio. La pistola me roza el muslo.

—¿Por qué no te has puesto lo que te he mandado? —dice al fin—. ¿Y por qué vas disfrazada de fantasma de colegio?

—De colegio no. De colegio de monjas. Hay un matiz.

No le hago caso. Corto la carne. Huele a romero y a ajo, y el estómago se me retuerce de hambre por mucho que yo no le quiera dar el gusto. Me como un trozo. Está buenísima. Lo odio.

—Victoria. Contéstame.

Dejo el cuchillo en el plato.