CAPÍTULO 7 #3
—Te voy a dejar vivo —le digo—. Porque necesito que alguien lo cuente bien.
Y tú tienes cara de exagerar. Vas a bajar, y a todo el que te pregunte le vas a decir que has peleado contra Darío Di Marco y que estás vivo porque a él le ha dado la gana.
—Aprieto un poco. Lo justo para que se mee encima, y se mea, se lo noto caer por la pierna—.
Y la próxima vez que alguien te ofrezca mucho dinero por meterte en una jaula con un nombre que no conoces, pregúntate por qué pagan tanto. Suele ser porque el que entra no baja.
Lo suelto. Cae de rodillas en su propio charco. Tose. Se arrastra a la puerta y desaparece entre una gente que ya no sabe si gritar o rezar.
Cinco.
En el rincón, con el tobillo del revés, la mano rota y la cara deshecha, queda el ruso.
Voy hacia él sin prisa. Ya no hay ninguna.
—Reglas nuevas, decías. —Me agacho delante de él—. Cinco pañuelos. Los has gastado todos. ¿Te queda alguno más en el culo, campeón?
No contesta. Me mira con el ojo que no tiene tapado de sangre. Y en ese ojo ya no hay arrogancia, ni acento de cuartel, ni oso bizco. Hay lo que hay en todos al final. Ese segundo en que un hombre entiende que se ha acabado. Lo he visto cientos de veces. Nunca me aburre.
Podría dejarlo vivo. Lo pienso. Medio segundo.
Me miro la muñeca.
Verde. Oscuro. El más oscuro que le he visto. Ella. Ahora. Muerta de miedo. Mientras yo pierdo el tiempo en un sótano de Roma con una trampa de seis contra uno.
—¿Sabes cuál ha sido tu error, Yuri? —Le cojo la cara con la mano vendada y le aprieto las mejillas hasta que se le abre la boca—.
No ha sido tumbarme. Eso ha tenido mérito, mira, te lo reconozco: hacía siete años que no comía lona.
Tampoco ha sido llenarme la jaula de amigos.
Tu error ha sido hacerme perder el tiempo.
Hoy. La única noche de mi vida en que el tiempo no es mío. Es de ella.
Lo levanto por el pelo.
Lo arrastro hasta la reja, al hueco de abajo, entre dos barrotes, donde la gente de primera fila mete la cara para ver mejor. Y le meto la cabeza ahí. Entera. El cuello justo en el hueco, la barbilla del lado del público, la nuca del mío.
Una mujer de la primera fila se echa hacia atrás. Un hombre se pone delante de ella para ver mejor.
—Esto es por los minutos.
Le apoyo la bota en la nuca.
Y empujo.
Al principio, el cuello aguanta. Los músculos se tensan como cuerdas.
Grita, pero el grito sale ya del otro lado de la reja, hacia el público, y le salpica saliva y sangre a la primera fila.
Patalea en la lona. Me intenta coger la pierna con la mano buena.
Empujo más. La reja no cede. Es acero de verdad, de los de antes.
El que cede es él. Primero las vértebras de arriba, con un crujido que sube por mi bota hasta la rodilla.
Después algo más hondo, un chasquido grave que noto en los dientes.
El grito se corta a la mitad. Las piernas le dan dos patadas más, ya sin dirección, como las de un pollo cuando le cortas la cabeza y sigue corriendo por el patio. Y se queda quieto.
Con la cabeza del lado del público. Mirándolos.
Aparto la bota.
En la jaula ya no queda nadie vivo más que yo.
El sótano se calla.
Del todo. Doscientos hombres que hace un minuto pedían sangre se han quedado mudos ahora que la tienen. Siempre pasa. A la gente le gusta pedir sangre. Lo que no le gusta es que se la den entera.
Me miran a mí. De pie en el centro. Sangrando por la boca. Con cinco cuerpos alrededor y un ruso con la cabeza metida en una reja, mirando al público.
Abro la puerta de la jaula y bajo.
Al pie de la escalerilla está Estela. Con las coletas deshechas y un sobre gordo apretado contra el pecho. Me lo da sin decir nada. Diez a uno contra el hombre solo. Para Nino, la ruina. Para mí, lo que me gasto en un mes en gasolina.
No lo abro. Se lo meto entero en el escote, que no le cabe, y se queda asomando por arriba.
—Por el agua del león. Y por no avisar a nadie. Has sido una buena chica.
Se pone roja hasta las mariposas de los dientes.
Nino me espera dos pasos más allá, con Rey en brazos y la cara de un hombre que acaba de hacerse leyenda y acaba de entender, a la vez, con quién ha estado negociando.
—Di Marco. Te juro por mi madre que yo no sabía lo de los pañuelos. Las reglas nuevas, yo…
—Tu madre debe de estar muy cansada de que jures por ella.
—Le quito a Rey de los brazos. El cachorro me huele la cara, gime un poco, y me lame la sangre de la barbilla con su lengua rasposa.
Lo dejo. Es lo único de esta noche que me toca sin querer hacerme daño—.
Lo sabías. Has mirado a la jaula. Y el dinero de tus mesas del fondo se ha ido contra mí en bloques en cuanto han escrito mi nombre.
Has apostado a las dos puntas, Nino. Si gano, ganas.
Si me matan, también. Muy bien hecho. Yo habría hecho lo mismo.
La diferencia es que a mí no me habrían descubierto.
Pierde el color. Toda la cara, de golpe, hasta la araña parece más pálida.
—Don…
—Tranquilo. He cumplido. He subido, he ganado, te he hecho leyenda.
Ahora me toca cobrar a mí. —Me coloco a Rey en el brazo—.
Lo de antes, al oído, era el mapa. Ahora quiero las llaves.
Quién la subió. Con qué. Desde dónde. Cuándo vuela.
Cuántos hombres arriba. Qué armas. Todo. Aquí. Ahora. Sin dejarte una coma.
—Todo, Don. Todo lo que sé.
—Y primero me repites el sitio.
—¿Otra vez? ¿Por qué?
—Porque el que miente se acuerda de lo que dijo. El que dice la verdad se acuerda de lo que pasó. Y suenan distinto.
Nino mira a su alrededor. El sótano en silencio. Los cuerpos. El ruso con la cabeza en la reja, que dos de los suyos intentan sacar sin saber muy bien cómo. Me lleva a un rincón, lejos de los oídos, y empieza.
Lo repite. Con otras palabras. En otro orden.
Tropezándose. Añadiendo cosas que antes no ha dicho.
El nombre del valle. Una pista de tierra a dos horas de la montaña, donde reposta el helicóptero.
Un piloto nepalí, Dawa, que sube los martes y los viernes y cobra en dólares en mano.
Una cocinera vieja. Dos bulldogs. Ocho hombres. Un médico con media cara quemada.
Suena a lo que pasó.
Lo escucho con mi león en un brazo y la sangre secándoseme en la cara. Y voy archivando. El valle. La pista. Dawa. Martes y viernes. Ocho hombres.
Y mientras Nino me cuenta cómo llegar al sitio donde la tienen, sin que él lo sepa, sin que nadie en este sótano lo sepa, la pulsera de mi muñeca sigue verde. Verde oscuro. Verde de miedo. Encendida por una mujer que está a medio mundo de aquí y que aguanta. Y aguanta. Y aguanta.
—Aguanta, nena —susurro, tan bajo que ni Nino me oye—. Ya lo tengo. Ya sé dónde estás. Ya sé cómo llegar.