NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

No es dolor. Es calor. Un calor raro, distinto, en la piel debajo de la pulsera.

Bajo los ojos medio segundo. No debería. Pero llevo cuatro días programado para mirar esa joya cada vez que se mueve.

El verde se está yendo.

Desde el borde sube otro color. En tiempo real. Delante de mí.

Rosa.

Se está poniendo rosa.

Me quedo clavado, con el puño cargado al lado de la oreja, en mitad de una jaula, con el ruso a un palmo y doscientos hombres gritándome que remate. Y yo mirándome la muñeca. Un quinceañero esperando un mensaje.

Rosa es contenta.

¿Contenta? ¿Contenta de qué? ¿Qué demonios le están haciendo en esa montaña para que se ponga contenta? ¿Qué le están dando? ¿Quién la está haciendo reír? Porque si es él, si es ese perro gris el que…

«¡DARÍO, QUE TE DAN!».

El puño del ruso me entra por la izquierda.

Con la mano buena. Con toda la rabia de un hombre destrozado al que le regalan un segundo. Y el segundo se lo he regalado yo.

Me gira la cabeza entera. El mundo se pone blanco. Oigo un pitido. Las piernas dejan de contestarme y la lona sube a buscarme. Caigo de rodillas. Después de lado. Con la cara pegada a una lona que huele a cuarenta años de sudor ajeno y la boca llena de mi propia sangre.

Hacía siete años que no la probaba encima de una lona. Sigue sabiendo igual. A moneda vieja.

El sótano se vuelve loco. El campeón ha tumbado a la leyenda. Nadie se lo esperaba. Ni ellos, ni el ruso, que se tambalea encima de mí sin creerse su suerte, ni yo, que estoy tirado en una lona por mirar una pulsera.

«Muy bien, cariño. Muy bien. Te secuestran a la novia y te dejas matar en un sótano por un señor que se llama Yuri».

Su voz. En mi cabeza. Clara. Con ese tonito suyo de cuando me descubre haciendo algo idiota.

«¿Sabes lo que voy a decir en tu funeral? Que te mató un oso bizco. Delante de todo el mundo. Lo voy a poner en la esquela».

—No me jodas, nena —murmuro contra la lona.

«Pues levántate. Que si te mueres aquí, me caso con Giuseppe por despecho. Y él me deja dormir en diagonal».

El ruso levanta el pie. Va a por mi cara. El pisotón que corona campeones.

«Ahora, Darío».

Le cojo la bota en el aire.

Con las dos manos vendadas, a un palmo de mi nariz. El ruso se queda a la pata coja, con la pierna en mis manos y cara de no entender cómo ha pasado. Lo entiende enseguida. Lo veo en sus ojos: acaba de dejarme vivo un segundo de más.

—Gracias —le digo, escupiendo sangre—. Me estaba echando una siesta.

Le giro el pie.

Hacia fuera. Con las dos manos. Con todo el cuerpo.

El tobillo aguanta un instante y después cede, con un chasquido húmedo que se oye en la tercera fila, y el pie queda mirando hacia un lado que no es el de un pie.

El hueso le asoma por la piel del tobillo, blanco, brillante.

Aúlla. Cae de culo. Se agarra la pierna con la mano que le queda buena y la mira como si fuera de otro.

Me levanto de la lona.

Me miro la muñeca. El rosa ya no está. Ha vuelto el verde. Más oscuro. Más apretado. El verde de cuando algo que te ha hecho feliz te dura un segundo y luego te lo quitan.

Y yo no sé qué ha sido. Y eso es lo que más me jode.

Me pongo encima de él y le devuelvo, con intereses, lo que me ha dado.

El primero a la boca. Escupe dos dientes, y uno queda clavado en la venda de los nudillos.

Me lo quito y se lo meto en el bolsillo del pantalón corto, para que lo tenga de recuerdo.

El segundo a la nariz, que ya no es una nariz, es una cosa blanda.

El tercero, el que me ha tumbado, se lo devuelvo dos veces, y en la segunda noto cómo el pómulo se le hunde debajo del puño. Galleta mojada.

Está acabado. Lo ve todo el sótano. Una mano rota, un tobillo del revés, la cara de un cuadro abstracto.

Echo el brazo atrás para el último.

Y el ruso sonríe.

Con la boca llena de sangre y un hueco donde había dientes, sonríe. Y con la mano rota, temblando, saca de la cintura del pantalón un pañuelo. Rojo. Lo deja caer en la lona. Saca otro. Y otro. Cinco. Cinco pañuelos rojos alrededor de su cuerpo hecho trizas.

El sótano entero se vuelve loco.

Y yo lo entiendo todo de golpe. La pizarra. El dinero callado. Nino mirando la jaula.

—Reglas… nuevas —me dice, con lo que le queda de aire—. Cinco victorias… cinco pañuelos. Y por cada pañuelo… entra uno.

—Tienes cinco pañuelos y una sola cara, Yuri. Te los voy a hacer tragar uno por uno.

Detrás de mí, la puerta de la jaula se abre.

Entran. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Frescos. Descansados. Crujiéndose los nudillos. Uno con pinta de albanés, dos que parecen gemelos y no lo son, un calvo con una cicatriz que le parte la cabeza en dos, y un chico de veinte con los ojos de haberse metido algo en el baño.

Seis contra uno, contando al ruso que se arrastra al rincón con su tobillo de recuerdo.

El dinero de las mesas del fondo no apostaba contra mí. Apostaba contra un hombre solo.

Y la cosa que llevo diecisiete años criando en el sótano se despereza. Estira el cuello. Y sonríe.

Llevo cuatro días sin poder pegarle a nadie que importe. Matando fantasmas por teléfono. Gritándole el nombre de mi mujer a un zoológico vacío.

Aquí, por fin, hay carne.

—Cinco —digo—. Adelante. Que alguno tenga huevos de ser el primero.

El primero es el chico de los ojos raros. Porque los que van colocados siempre son los primeros.

Viene corriendo, con los brazos abiertos, a placarme.

Me aparto medio paso en el último momento, y cuando me pasa por al lado le meto el codo en la nuca, en la base del cráneo, donde el cuello se junta con la cabeza.

Ese punto lo aprendí a los dieciséis años, en una cárcel de Nápoles, contra un lavabo de acero y un chico que me quería quitar las zapatillas.

El chico cae de cara. Los dientes contra la lona.

Y hace un ruido con la garganta, un ronquido largo, y después no hace nada más.

Nada. Los ojos quedan abiertos, mirando el suelo.

Uno.

Los gemelos que no son gemelos vienen juntos, uno por cada lado.

Más listos. Lo malo de pelear en pareja con alguien con quien no has peleado nunca es que no sabes hacia dónde se mueve el otro.

Me echo sobre el de la derecha, lo cojo del brazo y tiro de él hacia mí con toda mi fuerza, y lo uso de escudo.

El de la izquierda ya ha soltado el puño.

Le da a su compañero en la oreja. El compañero me mira con cara de traición.

Le parto la nariz con la frente, y la sangre me baja por la cara a mí también, la suya, caliente.

Al de la izquierda le hundo la rodilla en el estómago, y cuando se dobla le paso el brazo por el cuello, por detrás, y cierro.

Y no suelto.

Me clava las uñas en el antebrazo. Me abre la piel.

Me da codazos en las costillas, uno, dos, tres, cada vez más flojos.

Patalea. Le noto la nuez moverse contra mi brazo, arriba y abajo, intentando tragar un aire que no le llega.

Aprieto más. Oigo algo pequeño romperse dentro de su garganta, un crujido como de vaso de plástico.

Los codazos se vuelven caricias. Las caricias se paran.

Se le afloja todo el cuerpo y se me resbala del brazo al suelo. Un saco de patatas.

Dos.

El de la nariz rota vuelve. Llorando de dolor y de rabia, con la nariz colgando.

Y me agarra torcido: me mete dos a la cara antes de que me recoloque.

El segundo me baila un diente. Lo noto suelto contra la lengua.

Le escupo la sangre a los ojos, y mientras se los frota le cojo el brazo, se lo retuerzo a la espalda hasta que el hombro hace un ruido de bisagra rota, y le estampo la cara contra la reja.

Una vez. La reja suena. Dos. La reja suena distinto, porque ahora lo que suena es su cara.

A la tercera ya no grita. A la cuarta lo suelto, porque ya no hay mucho que estampar, y resbala por el metal dejando un rastro rojo de arriba abajo. Pintura de dedos.

Tres.

No voy a mentir. Me estoy llevando lo mío.

El calvo me coge por detrás mientras remato al tercero y me mete un puñetazo en el riñón que me sube por la espalda.

Hierro al rojo. El mundo se tuerce. Me fallan las piernas.

Y el calvo comete el error de su vida: me salta a la espalda, me cruza el brazo por el cuello y aprieta. Mi propia técnica. Delante de mí.

Es muy de aficionado imitar al profesor delante del profesor.

Peso veinte kilos más que él. Y llevo media vida aprendiendo qué hacer cuando un hombre se te cuelga del cuello.

Me dejo caer hacia atrás.

De golpe. Con todo el peso. Contra la lona.

Con él debajo. El golpe le saca el aire en un bufido y oigo cómo se le parte algo en la espalda, contra el suelo, un crac seco como de silla de madera.

Se le afloja el brazo. Ruedo. Me pongo encima.

Y le hago lo que él me intentaba hacer a mí, con la diferencia de que yo sé.

Antebrazo cruzado en la garganta. Me echo hacia atrás con todo el cuerpo.

Las venas de la cabeza calva se hinchan, gordas, moradas, como gusanos debajo de la piel.

Tiene los ojos rojos. Abre la boca y no le sale nada, solo la lengua, gorda y oscura.

Manotea en la lona buscando algo a lo que agarrarse.

No hay nada. Los manotazos se vuelven temblores. Los temblores se vuelven nada.

Cuatro.

El quinto, el albanés, retrocede hasta la reja.

Ha visto caer a cuatro en menos de tres minutos. Y ha entendido, tarde, que no le han pagado por darle una paliza a un retirado. Le han pagado por meterse en una jaula con algo que se come a la gente.

—No. —Levanta las manos—. Yo no. A mí me han pagado por entrar, no por…

—A ti te han pagado por entrar. —Voy hacia él escupiendo sangre en la lona a cada paso—. Nadie te ha pagado por salir. Ese es el problema de vuestro negocio. Solo cobráis la mitad fácil.

Intenta llegar a la puerta. No le dejo. Lo cojo por el cuello y lo levanto contra la reja, con los pies colgando, pataleando. Me acerco a su cara.