CAPÍTULO 7
DARÍO
Nino termina de susurrarme al oído y se echa hacia atrás en la silla. Huele a sudor de miedo y a colonia de duty free. Una mezcla que no se le desea a nadie.
Me repito lo que me ha dicho una vez, entero. La montaña sin nombre. El valle. La altura. El castillo. Lo archivo.
—Sabía que ibas a aceptar —dice, recolocándose el moño morado con la otra mano—. Un hombre que baja aquí por una mujer no se va sin dejar sangre.
—No he bajado por una pelea, Nino. He bajado por una dirección. La pelea es lo que me cobras por ella. No te confundas, que se te sube a la cabeza y ya la tienes bastante llena de pinchos.
Se toca las varillas del moño sin querer. Ni se ha dado cuenta.
Levanto a Rey de la mesa. Lleva media negociación roncando, con la barriga al aire, ajeno a que su dueño se acaba de vender a una jaula por un punto en el mapa. Protesta, me muerde el pulgar sin ganas y se vuelve a dormir en el aire. Se lo planto a Nino en el pecho.
—¿Yo?
—Tú. Me lo cuidas hasta que baje. Agua si la pide.
Carne si la pide. Nada de puro, que estornuda.
Y si le pasa algo, un arañazo, un susto, un pelo fuera de sitio, cuando baje de esa jaula te meto esas dos varillas del moño por donde te quepan, y te aviso de que no te van a caber por ningún sitio cómodo.
Nino sujeta al cachorro con los brazos estirados, lejos del traje, como si le hubieran dado un bebé ajeno en un bautizo. Rey abre un ojo, le ve la araña tatuada en la mandíbula y le bufa.
—Hasta el león tiene criterio —le digo—. Fíjate.
Antes de irme me apoyo en la mesa con las dos manos.
—Una cosa más. Cuando te he pedido el sitio, has mirado a la jaula. Medio segundo. Los hombres miran hacia lo que les preocupa, y lo tuyo no era Bulldog. Era esa jaula. —Le sonrío—. No me digas qué es. Me gustan las sorpresas. Pero apúntate que lo he visto, para cuando nos riamos de esto tú y yo.
No se ríe. La ceniza del puro le cae en el pantalón y ni lo nota.
El vestuario es un agujero de azulejos rotos, con un banco de madera que ha visto más sangre que mi sótano y una bombilla desnuda que parpadea en el techo.
Huele a linimento, a pies, y a ese miedo seco que se queda pegado en las paredes de los sitios donde la gente se pega por dinero. Hay un espejo picado en el que me veo a trozos. Un ojo azul, medio labio, una ceja. Para el humor que llevo, ni tan mal.
Me quito la camisa. La doblo. Manías de un hombre al que su abuela le pegaba con la cuchara de palo si dejaba la ropa tirada.
Empiezo a vendarme las manos.
Siete años sin hacerlo, y las manos se acuerdan solas. Dos vueltas a la muñeca. Cruzar por el dorso. Entre los dedos. Apretar.
Y mientras vendo, me la imagino ahí, sentada en el banco, con las piernas cruzadas y esa cara de estar organizando un juicio.
«¿Te vas a quitar la camiseta? ¿Ahí fuera? ¿Delante de todo el mundo? Darío Di Marco, como te mire la serpiente esa de las mariposas en los dientes, te enteras por la pulsera. Amarillo fosforito. Que se vea desde Nápoles».
—Que mire —le contesto en voz baja, a un banco vacío—. Mirar es gratis.
«Te ha puesto un whisky sin que se lo pidieras. Eso no es gratis. Eso es una declaración de intenciones».
—Celosa.
«Observadora».
Cruzo la venda entre los dedos. Aprieto.
«Y te van a partir la cara».
—Me la han partido otras veces. Y sigues babeando.
«Esa cara es mía, Di Marco. Me costó mucho que me dejara mirarla de cerca. Si me la devuelves rota, te la cobro con intereses».
Me río solo, en un vestuario de mierda, hablando con una mujer que está en el techo del mundo. Si me ve alguno de mis hombres, me interna.
Termino la derecha. Empiezo la izquierda.
En la izquierda está la pulsera. Verde. Lleva cuatro días verde. Verde es miedo. Pero para tener miedo hay que estar viva, y mientras esté verde yo puedo hacer lo que sea. Romperme la cara con un ruso, por ejemplo.
Hace unas horas, un rato, se puso azul. Azul de cabreo. Me reí solo en el coche. Alguien le estaba tocando las narices a mi mujer, y ella se lo estaba haciendo pagar.
Repaso el plan mientras aprieto la venda, porque es lo que hago con la espera: la convierto en una lista.
Un día de vuelo con escala. Después, helicóptero de altura, de los que no se alquilan sin que alguien haga preguntas, así que Sergio va a tener que pagar para que no las hagan.
Cuatro aviones: dos míos y dos de un hombre de Milán que me debe un favor desde que le saqué a su hijo de una cárcel de Montenegro con todos los dedos.
Uno, con mi nombre, a Dubái, para que Bulldog pierda una semana mirando camellos. Los demás, detrás, sin nombre.
Hombres, pocos. Allí arriba no mata el número, mata el frío. Enzo. Renzo. Cuatro de los de Nápoles. Giuseppe no. Giuseppe se queda en casa sujetándole la mano a María aunque me odie hasta que se muera.
Me miro en el espejo picado. El que me devuelve la mirada a trozos no es el que se tumba en el sofá a ver documentales de pulpos con la cabeza de una española en el regazo.
Es el otro.
El que llevo diecisiete años criando en un sótano a base de huesos ajenos.
Esta noche le toca comer.
—¡DAMAS Y CABALLEROS!
El presentador es un gordo con una americana de lentejuelas que le aprieta los sobacos y un micrófono que pita cada vez que grita, o sea, siempre.
—¡ESTA NOCHE, ALGO QUE NADIE ESPERABA! ¡VUELVE EL QUE NUNCA PERDIÓ EN ESTE SÓTANO! ¡EL QUE SE FUE PORQUE LE DIO LA GANA Y VUELVE PORQUE LE DA LA GANA OTRA VEZ!
El sótano revienta.
Doscientos hombres se levantan a la vez, golpean las gradas con los pies, gritan mi nombre. No es alegría. Es hambre. Han pagado por ver sangre y acaban de entender que hoy van a ver bastante más de la que han pagado.
Cruzo entre las gradas sin mirar a nadie. Uno me tiende la mano. Otro me tira un billete de cien a los pies, como a un toro. Lo piso al pasar.
Arriba, en la pizarra, escriben mi nombre. Y los números se vuelven locos.
Los miro. Yo los números los miro siempre.
Se vuelven locos al revés. El dinero que grita apuesta por mí. El dinero que no grita, el de las mesas del fondo, el de los señores con abrigo dentro de un sótano a cuarenta grados, se está yendo en contra. En bloques. Sin dudar.
La gente que grita apuesta con el corazón. La que no grita apuesta con información.
Eso es lo que miraba Nino.
En la jaula está el ruso. Yuri. Dos metros de carne con la cabeza rapada y un tatuaje de un oso en el pecho que lo ha tenido que dibujar su primo con un bolígrafo, porque el oso bizquea.
Salta en el sitio, se golpea los guantes, me ve entrar y sonríe con todos los dientes que le quedan, que no son todos.
Subo. La puerta de la jaula se cierra detrás de mí con un chasquido de hierro. Y el cuerpo se me coloca solo. Se acuerda. A partir de aquí, solo baja uno andando.
—¿Este es la leyenda? —me dice, con un acento de cuartel—. En las fotos de arriba sales más alto.
—Y tú en las fotos de abajo vas a salir más bajo, niño. En una caja.
—¿Tú no eres el de la Camorra? ¿El Don? —Se ríe—. Pensaba que los Don tenían gente para pegarse.
—La tengo. Pero a ti te quería tocar yo. Eres mi capricho de la noche. —Me crujo el cuello—. ¿Sabes lo que me gusta de los rusos? Que caen como los armarios de Ikea: mucho ruido y luego nadie sabe montarlos otra vez.
Suena la campana.
Viene rápido. Más de lo que esperaba en un armario de ese tamaño, se lo reconozco.
Me tira un directo de tanteo. Lo dejo pasar por encima del hombro. Una derecha. Me echo atrás y el aire de su puño me roza la nariz. Otra derecha. Paso a la izquierda. Le dejo el centro de la jaula. Le dejo creer que avanza.
Los primeros treinta segundos no son para pegar. Son para leer.
Y este, con toda su fama, tiene un regalo. Cada vez que suelta la derecha, la izquierda se le baja. Un palmo. Medio segundo de barbilla al aire, abierta, como la puerta de un bar a las seis de la mañana.
Le dejo tirar tres derechas más. Solo para confirmarlo. A la tercera, en vez de apartarme, entro.
Le meto el codo derecho en el pómulo con la cadera detrás.
Con todo el peso. El hueso hace un ruido seco, de rama gorda partiéndose, y el sótano entero lo oye por encima de los gritos.
La cabeza le gira de lado. La carne se abre debajo del ojo y la sangre le sale a chorro, no gota a gota.
A chorro. Me salpica el pecho, caliente.
No le dejo respirar. Rodilla a las costillas flotantes, que crujen como pan duro. Se dobla para cubrirse, y cuando baja las manos le meto el otro codo en la sien. Las piernas se van hacia un lado y el cuerpo hacia el otro, y se tiene que agarrar a la reja para no caer.
—¿Decías algo de las fotos?
Se viene a por mí ciego. Rabia pura. Que es lo que yo quería. Un hombre con rabia pega más fuerte y piensa menos, y yo llevo media vida cobrándoles a los rabiosos lo que no piensan.
Me empuja contra la reja. Me mete dos en el cuerpo que sí entran.
El primero en el hígado. El segundo, un poco más arriba.
Noto el hierro de la reja clavándoseme en la espalda y el puño de él clavándoseme por delante, y durante un segundo no sé cuál de los dos duele más. Aguanto. Le dejo creer que me tiene.
Y cuando echa el brazo atrás para el golpe gordo, el que va a contar en el bar, me agacho.
Su puño se estampa contra la reja con toda su fuerza. Oigo cómo se le parten los nudillos. Uno. Dos. Tres. Como cuando se pisan cáscaras de nuez. El grito que pega es de los que se recuerdan.
—Esa mano ya no te sirve ni para hacerte una paja, Yuri. —Me limpio la boca con el dorso de la venda—. Te quedan tres cosas útiles en el cuerpo. Vamos a ir tachando.
Y tacho.
Le trabajo el cuerpo con calma. Hígado. Lo dobla.
Un gancho a la ceja izquierda, que se abre de punta a punta y le tapa el ojo de sangre.
Otro al estómago, que le saca el aire y algo más, porque escupe un chorro de vómito y cerveza en la lona.
La gente ruge. El ruso retrocede. Yo lo sigo sin prisa.
Dentro de una jaula no hay adónde ir. Esa es la gracia de una jaula.
Lo tengo. Un golpe más y se cae.
Echo el brazo atrás.
Y entonces me arde la muñeca.