NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 6 #3
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CAPÍTULO 6 #3

Después debajo de la cama. A cuatro patas, con la bata arrastrando, levantando el faldón del dosel. Polvo. Una zapatilla de estar por casa, de piel. Una sola. Así que sí que tiene algo en los pies, a veces. Nada más.

Después el armario. Camisas negras. Camisas grises.

Jerséis de cuello alto en tres tonos de gris distintos, colgados por orden, del más claro al más oscuro.

Un psicópata con el armario ordenado por gamas de gris.

Me lo apunto para usarlo en algún momento.

Busco entre la ropa, en los bolsillos de los abrigos, en las cajas de zapatos.

Nada. Ni un teléfono, ni una llave, ni un mapa.

El escritorio está junto a la ventana. Antiguo, de madera oscura, con seis cajones.

Pruebo el de arriba a la izquierda: cerrado con llave.

El de arriba a la derecha: cerrado con llave.

El del medio se abre, y dentro hay papeles.

Mapas, doblados. Curvas de nivel, nombres que no conozco, unas cruces a lápiz.

Me los miro igual. No los entiendo. Pero me los grabo. A mí se me queda todo.

Estoy con el cuarto cajón, que se atasca, cuando oigo la puerta.

Me quedo congelada. Con las dos manos en el cajón. A cuatro metros de la cama.

Pero no es él. Es Genoveva. Con una taza humeante en una bandejita y el camisón tapado con un chal de lana. Se para en el umbral. Me mira a mí. Mira el cajón. Me vuelve a mirar a mí.

—Busco unos calcetines —le digo. Que es lo primero que se me ocurre—. Tengo los pies como dos polos de hielo. Su jefe me debe unos calcetines desde el primer día.

Genoveva no dice nada. Entra. Deja la taza en la mesilla. Huele a manzanilla. Y antes de irse, sin mirarme, en ese siciliano suyo que ya entiendo casi entero:

—Los calcetines están en el armario. Segundo cajón por abajo. Debajo de las bufandas.

Y se va.

No sé si me ha creído. No sé si me está avisando de que hay cosas mejores que buscar que calcetines.

No sé si es una abuela muy buena o muy lista.

Voy al armario, abro el segundo cajón por abajo, y debajo de las bufandas, efectivamente, hay calcetines.

De lana. Gordos. Me pongo dos pares, uno encima del otro.

Y vuelvo al escritorio.

El último cajón, el de abajo del todo, está hinchado por la humedad y no sale. Tiro. Nada. Tiro más fuerte y cruje tanto que el perro de la mancha levanta la cabeza. Me quedo quieta. Me mira. Lo miro.

—Es un cajón —le susurro—. Tú también estarías hinchado si vivieras aquí.

Vuelve a bajar la cabeza.

Pruebo de otra manera. Lo levanto un poco mientras tiro, como hacía con el armario de mi madre, que se atascaba igual cuando llovía. Uno, dos, tres. A la tercera cede de golpe y casi me caigo de culo.

Dentro hay un paño oscuro, doblado sobre algo. Un paño de cocina, con el mismo bordado que los de las bandejas de Genoveva. Pesa más de lo que debería pesar un paño.

Lo aparto.

Una pistola.

Negra. Más grande que la mía. Me quedo mirándola sin tocarla, como si fuera a dispararse sola por estar delante de mis ojos.

La cojo. Pesa. El metal está frío.

Y me acuerdo de la puerta gris. De la galería de tiro debajo de la bodega.

De la caja negra con lazo y mi nombre grabado en cursiva.

De Darío detrás de mí, con la boca pegada a la oreja, metiéndome mano con la excusa de corregirme la postura: «La mano alta en la empuñadura, nena, o te comes la corredera y te deja una cicatriz que no te va a gustar enseñar.

Pulgares juntos. El dedo fuera hasta que decidas.

Y no cierres los ojos nunca. Ni aquí, ni en la cama».

Le di un codazo. Se rio. Me acuerdo de todo.

Le doy la vuelta. El seguro está donde estaba en la mía. Puesto. Aprieto el botón del cargador con el pulgar y lo saco, despacio, para que no suene.

Lleno.

Lo vuelvo a meter. Despacio. Clic.

No sé si voy a tener valor de usarla. Pero sé una cosa: es lo primero en tres días que se parece al poder.

La envuelvo en el paño. La meto entre los pliegues de la bata, contra el costado, y me aprieto el cinturón. Cierro el cajón, que vuelve a crujir, y el perro vuelve a mirarme con cara de esto te lo voy a contar.

—No te chives —le digo—. Mañana te guardo un trozo de queso.

Me siento en el sillón. Me bebo la manzanilla de Genoveva, que está tibia y lleva demasiada miel. La de mi abuela también. Vuelvo a coger a Leopardi, porque necesito tener algo normal en las manos mientras por dentro todo se recoloca.

Cierro los ojos.

Por primera vez desde que llegué, no me duermo pensando en serpientes, ni en Álex, ni en la puerta que no existía.

Me duermo pensando en el peso de un arma contra mis costillas. Y en que a lo mejor, cuando Darío cruce por fin esa puerta, no me encuentre en el suelo abrazando el aire.

A lo mejor esta vez me salvo un poco yo.

Aguanta, me digo. Ya casi. Ya tienes algo. Ya no estás tan sola.

Me duermo con el fuego crepitando, con dos perros roncando a los pies de una cama que no es la mía, con dos pares de calcetines robados y una pistola escondida contra el corazón, en la habitación del hombre que me tiene secuestrada.