CAPÍTULO 6 #2
Lo conozco. Se la estará mirando cada cinco minutos.
Y cada vez, verde. En el zoo. En el pasillo.
Con la zarigüeya. Un poco de azul en la cena, eso seguro, cuando le llamé cobarde a este.
Y después verde otra vez. Verde con el frasco.
Verde con las serpientes. Verde con el Darío falso deshaciéndoseme encima.
Eso lo va a volver loco. Y un Darío loco a medio mundo de distancia es un Darío que hace barbaridades. Y no las paga él. Las paga gente.
Me miro el anillo. Sin cuchillas, pero en su sitio. Le hablo, porque a estas alturas ya le hablo a todo: a las paredes, a los perros, a un anillo.
—Escúchame. Te voy a mandar otra cosa. Pero no te la puedo fingir. Si me pongo calma de mentira, este chivato se pone naranja y entonces sí que se acaba el mundo: secuestrada y mintiéndole desde el Himalaya. Así que te la voy a mandar de verdad. Dame un segundo.
Cierro los ojos.
No pienso en esta montaña. Pienso en Copito durmiendo en mis tobillos, con esa forma de roncar de lado que tiene, de abuelo con bigote.
En la noche del documental de pulpos, cuando me quedé dormida encima de Darío a los diez minutos y al despertarme me juró, muy serio, que en sueños había defendido al pulpo a gritos.
«Decías que no era culpa suya tener tantos brazos, nena.
Que era un tema estructural». Yo le tiré un cojín.
Él me lo devolvió a la cara. Acabamos sin ver el final del documental.
No me lo invento. Lo traigo de donde lo guardo.
Y algo en el pecho se me afloja. Poco. Lo justo.
Y me río. Sola, debajo del agua, en el baño de mi secuestrador, me río por un pulpo.
Ojalá lo vea. Ojalá en este momento esté mirándose la muñeca y, después de tres días de verde, se le encienda un rosa. Aunque sea flojito, de esos que casi no se ven. Y que sepa que ese rosa no se lo manda ninguna droga. Se lo mando yo. Con todo mi arte.
Salgo con un pijama de franela gris que me queda enorme y una bata de hombre que tengo que remangarme tres veces. No sé de dónde ha sacado un pijama de mi talla en una montaña sin tiendas. Prefiero no pensarlo.
La habitación es grande, caliente, con una chimenea encendida y una cama con dosel que en otro contexto me habría hecho chillar de ilusión. Sábanas blancas. Alfombra de las que se te hunde el pie.
Los perros están delante del fuego. Killer, el de la mancha en el ojo, levanta la cabeza, me mira, decide que no merezco ni un gruñido y la vuelve a bajar. El otro ni se entera. Ronca con la lengua fuera.
—Hola otra vez, señores —les susurro—. Ya veo que la vigilancia la lleváis con mucho compromiso.
En la mesilla junto al sillón hay un libro, gordo, de tapa dura, el lomo destrozado de tanto abrirlo. Leopardi. Canti. En italiano.
Lo abro por donde se abre solo, que es donde más lo ha leído él, y está subrayado a lápiz.
E il naufragar m'è dolce in questo mare.
Me lo quedo mirando. Un hombre que secuestra mujeres y las mete en sótanos tiene subrayado, con su lapicito, a un señor de hace doscientos años diciendo lo bonito que es ahogarse. Claro que sí, Valentino. Muy profundo todo.
Me siento en el sillón con las piernas dobladas y el libro en el regazo. Leo un poco, porque a mí me pones letras delante y leo, aunque sean los ingredientes del champú. Y por un rato, el calor del fuego me va deshaciendo el nudo del pecho.
Hasta que se abre la puerta.
Entra sin llamar. Se ha cambiado. Ahora lleva una camiseta blanca de algodón, de las que en un hombre normal serían ropa interior y en él parecen una declaración, y un pantalón de pijama de seda negra que tiene que costar más que mi primer coche.
Descalzo, para variar. Este hombre no ha visto unos calcetines en su vida, y ya empiezo a entender por qué no me los da: no sabe dónde se compran.
—Mira tú —dice—. Qué domesticada.
—No estoy domesticada. Estoy sentada. Son cosas distintas. Y tu Leopardi es un llorón.
Mira el libro. Lo atrapa en el aire. No esperaba que lo leyera. Y mucho menos que lo entendiera.
—¿Lees italiano?
—Leo italiano, hablo italiano, insulto en italiano y vendí perfume en italiano durante más de un año a señoras de la Via Condotti que me trataban como a una criada.
—Cierro el libro—. E il naufragar m'è dolce.
Precioso. Te lo has subrayado. ¿Te imaginas ahogándote mientras lees, o te imaginas ahogando a otros? Es por saber qué tipo de lector eres.
No contesta. Se sienta en el borde de la cama, lejos. Lo apunto: lejos. No sé si por respeto o por estrategia. Con él todo es estrategia hasta que se demuestre lo contrario.
—Come algo. —Señala una bandeja junto a la ventana: pan, queso, fruta, agua.
—No tengo hambre.
—Llevas tres días comiendo como un pájaro y te han visitado serpientes. Si te desmayas de hambre en mi casa, me toca explicarle al viejo por qué se me muere la invitada, y no tengo ganas.
—Siempre «la invitada». Qué elegante. En mi barrio a esto lo llaman secuestro, pero bueno, cada uno con su vocabulario.
Me bebo el agua. Entera. De un tirón. Si me quiere drogar, a estas alturas no le hace falta esconderlo en un vaso.
Después cojo un trozo de pan, por callarlo, y descubro que tengo un hambre de lobo.
Me como el pan, el queso y media manzana mientras él me mira.
Sin decir nada. Con una cara que no sé leer.
—¿Ya? —dice cuando termino—. ¿Ni un discurso? ¿Ni un perro feo?
—Estoy cansada.
—Ya lo veo.
—No de la forma que tú crees. —Dejo el libro en la mesilla.
Con cuidado. No sé por qué, de repente me importa tratarlo bien—.
Estoy cansada de pelearme contigo cada minuto.
A veces una necesita estar callada un rato.
Eso no quiere decir que hayas ganado. Quiere decir que estoy recargando para mañana.
Se levanta. Se va hacia la puerta.
—Me parece bien. Duerme. Mañana tienes tiempo de odiarme. —Se para con la mano en el pomo—. Los perros se quedan. Si tocas la ventana, ladran. Y ni te acerques a mi biblioteca. Ya sabes lo que pasó la última vez.
—No tengo ningún interés en tu biblioteca. Ya he visto tu gusto en poesía.
—Buenas noches, zarigüeya.
Se va.
Me quedo quieta un rato largo. Cuento hasta trescientos. Después hasta seiscientos, porque trescientos me parece poco para un hombre como él. Escucho el pasillo. Nada. Solo el fuego y los ronquidos del perro de la lengua fuera.
Entonces me levanto.
Primero la mesilla. Despacio, porque los cajones de este castillo son todos viejos y chivatos. En el primero, un pañuelo planchado, una caja de cerillas y un rosario de cuentas negras. Me quedo mirando el rosario. Este hombre reza. O lo tiene de adorno. No sé qué me da más miedo.